No hay vuelta atrás
He dejado la taza sobre la mesa y he mirado a mi marido. Estaba de pie junto al espejo del recibidor, arreglándose el cuello de la camisa nueva. La camisa era estrecha, de cuadros pequeños, de esas que llevan los chicos de veinticinco, no un hombre que dentro de un mes cumplirá cincuenta.
Jorge, ¿vas al trabajo o a otro sitio?
Al trabajo, ¿a dónde si no?
Sólo preguntaba. Antes nunca te habías vestido así.
Se giró. Había algo en su mirada distinto, un leve matiz de distancia, de impaciencia. Como si tuviera prisa por irse a algún sitio y yo me hubiese quedado en medio de su camino.
Nati, la gente renueva el armario. Es normal.
No he dicho nada.
Precisamente. No dices nada, pero miras.
Se puso el abrigo. No el gris, el de siempre, ese que llevaba colgado del perchero desde hacía siete años, sino uno nuevo, corto, azul marino. Lo seguí con la vista, luego cogí mi taza y fui a la cocina. Afuera era principios de marzo, todo gris y mojado. En el alféizar lucía mi geranio, que yo regaba sin falta cada martes. Sus hojas eran gruesas, simétricas, tenían ese aroma que huele a hogar. Apoyé la frente en el cristal y pensé en la última vez que Jorge y yo fuimos juntos a algún sitio. Octubre. Al teatro. A una obra que me gustó y sobre la que él no dijo ni una palabra de camino a casa.
Veinticinco años. Hace tiempo que dejé de contar cuántos días son.
Trabajo de contable en una pequeña constructora, en un polígono a las afueras de Valladolid. Un lugar familiar, tranquilo, donde el equipo casi no ha cambiado en años. Allí siempre se han dirigido a mí como Natalia Jiménez, incluso los mayores. Soy puntillosa, puntual, jamás llego tarde ni me voy antes. La casa también la llevo ordenada. Cada domingo cambio el mantel de la cocina por otro igual pero limpio y planchado. Mi batín, suave, color nata, lo compré hace tres años y lo cuido con esmero. Por las tardes me gusta sentarme con un libro, tomar té con mermelada de grosella negra que yo misma preparo en agosto. Mi vida está organizada como un vestido bien cosido: nada sobra ni falta, y todo me está justo.
Los cambios en Jorge comenzaron en febrero. Primero se apuntó a un gimnasio. No sería nada raro si no hubiese sido por el tono con el que me lo soltó en la cena. No fue un he decidido cuidarme, sino un ya estoy harto de estar hecho polvo. No le di importancia. A esa edad, los hombres tienden a crisis. Lo había leído muchas veces: crisis de los cincuenta, máquinas de pesas, dietas… Quieres demostrarte que aún no está todo acabado. Que vaya, por salud no está de más.
Luego vino el perfume. Fuerte, dulzón, con un punto químico al final. Nada que ver con el que usaba antes, ese aroma amaderado y discreto que tantas veces reconocí en el abrigo. Este otro permanecía flotando en el recibidor mucho después de que él se marchase. Un día cogí el frasco en el baño y leí la marca. Sonaba a algo inventado, extranjero, el frasco era negro y plateado. Lo dejé en su sitio.
Después, la camisa nueva. Y otra, y luego los vaqueros ceñidos, con desgastes en las rodillas, claramente caros. Los vi por casualidad ordenando el armario. Los colgué donde estaban y cerré la puerta.
En marzo empezó a llegar tarde a casa. Al principio, una vez a la semana, luego más. Las excusas eran de manual: quedadas con compañeros, líos con proyectos, una copa con un amigo. Yo sólo escuchaba y asentía. Confiar era una costumbre. Veinticinco años son más que una cifra. Es aprender a creer en el otro porque, de lo contrario, ¿para qué todo?
Pero algo tiraba por dentro. Callado, sordo, como un dolor viejo con la humedad.
En abril vi que miraba el móvil de otra manera. Antes lo dejaba sobre la mesa y se iba, sin más. Ahora se lo llevaba en el bolsillo. Si sonaba, salía al pasillo. Una vez entré a la cocina y, al verme, puso el móvil boca abajo y preguntó si necesitaba ayuda con la cena. Nunca antes me había ofrecido ayudar.
Mi amiga Lucía la misma de siempre, desde la universidad fue directa:
Nati, ¿de verdad no ves nada? Esto es el clásico. Crisis de la mediana edad. El mío se compró una moto a los 48 y estuvo tres meses de motero con chupa y casco. Luego se cansó y la vendió.
Jorge no es así.
Todos no son así hasta que resultan serlo.
No empieces.
No te estoy asustando, te lo digo con cariño. Fíjate bien.
Observé, y cuanto más lo hacía, menos entendía lo que veía. Seguía estando, comía, dormía, de vez en cuando hablaba de la oficina o de arreglar el grifo. Todo igual. Y al mismo tiempo, todo distinto. Se había vuelto ajeno, de un modo difícil de explicar. No era cruel ni arisco. Simplemente, parecía estar pendiente de algo que yo no alcanzaba, y sus palabras eran sólo por rutina.
Un día, mientras tomábamos té juntos en la cocina le serví primero, como siempre, puse los dulces sobre la mesa pregunté:
Jorge, ¿estás bien?
Normal.
Te noto distante últimamente.
Levantó la mirada de la taza.
Nati, estoy cansado. El trabajo está complicado.
Lo entiendo. Sólo quería saberlo.
Todo está bien repitió, cogiendo una galleta.
El mayo fue cálido. Planté petunias en la terraza, rojas y blancas, compradas en el mercadillo de la mujer mayor de siempre. Las regaba temprano, salía a ver cómo florecían. Era mi pequeño placer, sin preguntas ni exigencias.
Ese mes Jorge llegó varias veces pasadas las once. Alegó cenas de negocios. No discutí. Me limitaba a escuchar cómo se movía en el baño, cómo crujía el suelo bajo su lado de la cama. Costaba más dormir después.
Hasta que, una noche, no aguanté más:
Jorge, ¿tienes a alguien?
Su silencio duró segundos eternos, más de lo necesario para un no.
¿A qué viene eso?
Sólo pregunto.
Nati, no inventes cosas.
De acuerdo contesté. Y nunca volví a sacar el tema.
Pero algo se había movido dentro, como un mueble desplazado apenas un palmo; la habitación era la misma, pero ya nada encajaba.
Ya en verano empezó a quedarse a dormir en casa de un amigo. Una vez, dos, tres. Le preparaba ropa en una bolsa y no decía nada. Pensaba que quizá Lucía tenía razón, que sólo sería una crisis. Pasaría. Los hombres, a esta edad, se pierden y luego regresan. No se pueden tirar veinticinco años así como así.
A mitad de julio se sentó frente a mí en la cocina. Llevaba aquella camisa de cuadros que recordaba de marzo. Puso las manos entrelazadas sobre la mesa, miró por la ventana un rato. El geranio al lado de él. Yo, con mi taza esperando. Ya sabía lo que iba a decir. Quizá lo sabía hacía tiempo.
Nati, tenemos que hablar.
Habla.
Me voy.
Bajé la taza. El té aún humeaba, noté el calor en la cerámica.
¿Con quién?
Hizo una breve pausa.
Se llama Alba. Tiene veintidós años. La conocí hace medio año.
En la terraza de al lado alguien regaba las plantas. El agua caía lentamente, haciendo pequeños sonidos en la tiniebla.
Desde febrero entonces le dije.
Más o menos.
Cuando empezaste a comprar camisas nuevas.
Nati
No te reprocho. Sólo ordeno las piezas.
Me miró con un desconcierto incómodo, casi culpable. Quizá esperaba llanto, reproches, algún drama que le hiciese sentirse menos responsable.
No lo entiendes dijo finalmente. Quiero volver a sentirme vivo. Tener algo por delante. Míranos. Parecemos ancianos.
Tienes cuarenta y nueve años, Jorge.
Justo.
No acabo de comprender a qué viene ese justo.
Se levantó. Dio una vuelta por la cocina, dejó la taza vacía en el fregadero. Un gesto inútil, para no mirarme a los ojos.
Vivimos como vecinos. Lo sabes. Todos los días lo mismo. El mantel, el geranio, el té a la misma hora. Eso no es vida, Nati. Es un estanque.
Es un hogar susurré. Lo que yo construí en veinticinco años.
Lo sé. Y te lo agradezco, de verdad. Pero ya no puedo.
Mientras lo escuchaba, pensaba que apenas lo conocía. No porque hubiera cambiado, sino porque quizá siempre fue así y yo sólo veía lo que quería ver.
¿Te llevas las cosas hoy?
Parece que eso le sorprendió.
No, hoy no. Lo haré poco a poco.
Está bien.
Me levanté, tiré el resto del té y dejé las tazas juntas. Cogí el trapo, me sequé las manos y salí de la cocina. Abrí la ventana del salón. Fuera olía a asfalto caliente y a tilo de la acera. Respiré hondo, pensando en que mañana habría que regar las petunias y que faltaba leche en la nevera.
Los pensamientos pequeños ayudan a continuar cuando no hay palabras que sirvan.
Las primeras semanas tras su marcha fueron extrañas, no duras en el sentido de quedarme paralizada. Me levantaba, iba al trabajo, regaba las flores. Pero la casa sonaba distinto, más vacía. Sus objetos en el baño ya no estaban, la percha de la entrada parecía desangelada. Compré un colgador nuevo y puse mi bolso para que no quedara ese hueco.
Lucía vino el primer fin de semana. Trajo una empanada y se quedó hasta tarde.
¿Cómo estás en serio?
Bien.
Nati, de verdad.
De verdad, bien. Mal, sí, pero bien. ¿Lo entiendes?
Sí guardó silencio. ¿Te explicó bien por lo menos?
Explicó. Que éramos viejos, que la casa era un estanque.
Un estanque.
Eso.
El estanque era suyo, no tuyo.
Le serví más té. Afuera ya era de noche, en la cocina brillaba la lámpara, la empanada aún sobre la tabla y el calor del hogar invadiendo la tarde. Supe, en ese instante, que crear ambiente es sencillo; el problema es que ahora ya no hacía falta compartirlo.
Lucía, tiene veintidós.
Me lo contó.
No es celos. Es pura aritmética. Cuando yo tenía veintidós, él ya era un adulto. Ahora está con alguien que tiene mi edad de entonces.
Todos quieren volver allí. No se puede.
El tiempo no vuelve.
No. Y aún no lo ha entendido.
No respondí. Notaba que debía comprender algo, pero aún no adivinaba qué. De momento sólo sentía el espacio desplazado de ese mueble movido de sitio. Todo estaba igual, y costaba circula por la casa.
En la oficina nadie supo nada, y yo tampoco tenía interés en contarlo. Notaron que hablaba menos, pero no sorprendió a nadie. No era especialmente charlatana. Un día la joven becaria, Marta, me preguntó si todo estaba bien. Contesté que sí, sólo cansada. Marta me trajo un café de la máquina y ese gesto, tan simple, fue más de lo que esperaba.
Agosto pasó en una especie de letargo. No malo, sólo raro. Hice mermelada, como cada verano, quitando la espuma siempre en la misma taza que acababa yo sola acompañando con pan blanco. Las grosellas habían salido gordas y dulces ese año. Ver los tarros en fila en la despensa me daba una extraña tranquilidad, como si la vida continuara con independencia de todo.
Un día Jorge llamó para recoger el resto de sus cosas. Vino una mañana de sábado. Le abrí la puerta, le dejé entrar. Recorrió la casa casi sin decir palabra, llenó una bolsa con libros, alguna herramienta, una carpeta de papeles. En la cocina se detuvo un instante, contempló la mesa y el geranio.
¿Cómo estás?
Bien.
No te enfades conmigo.
No me enfado, Jorge. Sólo sigo.
Asintió y se fue. Cerré la puerta oyendo cómo se alejaban sus pasos en la escalera. Después fui a hacerme una tortilla. Tres huevos, un poco de perejil. Comí, fregué el plato, salí a mirar las petunias. Ya estaban marchitándose: septiembre se acercaba.
El divorcio se formalizó en octubre. Sin dramas, casi como un trámite más. Me recomendaron una abogada joven de manos rápidas y mirada cansada. Todo se hizo en orden. El piso era mío desde antes del matrimonio, así que no hubo mucho que repartir. Jorge no pidió nada. En la nueva vida no quedaba espacio para discutir el pasado.
Salí del juzgado y paré un momento en los escalones. Un cielo gris, chispeando. Me subí el cuello de la gabardina y caminé hasta la panadería, donde compré una trenza de semillas de amapola. En casa preparé té, corté el pan y miré por la ventana, viendo cómo el otoño barría las hojas.
En las relaciones de pareja, leí después en un artículo perdido por Internet, el verdadero final sucede mucho antes de que se formalice. Era cierto, pensé. Algo se rompió antes, en ese silencio del teatro, en la vuelta del móvil. Yo sólo no quise ponerle nombre.
Noviembre trajo frío y una rutina nueva. Me apunté por fin a clases de acuarela, algo que llevaba años posponiendo. Todos los miércoles iba a una pequeña academia en el centro. Olía a papel húmedo y a pintura, y allí nadie sabía nada de mí. Dibujaba mal; las manchas fuera de sitio, las proporciones torcidas. Pero me relajaba ese proceso, concentrada en el color y el agua.
La profesora, una señora mayor con pendientes de plata, me dijo un día:
Tienes miedo a estropear. Sé valiente. El papel aguanta.
Pensé que esa frase servía para muchas cosas.
Lucía llamaba cada semana o venía. Hablábamos del trabajo, de libros, del mundo. Poco a poco, las conversaciones sobre Jorge se iban acortando, cada vez menos frecuentes. Me sorprendía notar una especie de satisfacción callada. No porque me diese igual. Sino porque la vida, lenta pero segura, iba recuperando el espacio que ocupó mi historia.
A veces me preguntaba qué hice mal, como tantas mujeres cuando sus maridos marchan con otra más joven. Y siempre, al preguntarme, no encontraba una respuesta honesta. Llevé bien mi casa, fui fiel, nunca escenifiqué dramas, trabajé, no exigí demasiado. Quizá el error fue pensar que eso era suficiente.
Pero al final esa idea se esfumaba. En el fondo, si soy sincera, tampoco sabría qué hacer distinto.
El invierno fue frío. Me compré unas botas nuevas, cómodas, de tacón bajo y color burdeos. Una compañera dijo que me quedaban geniales. Sólo un detalle, pero lo recordé el resto del día.
En enero llamó Lucía. La noté inquieta.
Nati, ¿estás sentada?
No, cocino. ¿Qué pasa?
¿Has sabido algo de Jorge?
No. No tenemos relación.
Le ha dado un infarto. Allí, en una discoteca.
Apagué el fuego.
¿En serio?
Eso me ha contado Tamara, de su empresa. Cayó en la pista de baile. Tuvieron que llamar a la ambulancia.
¿Está bien?
Vive, sí, pero fue grave. Está hospitalizado.
Guardé silencio. Nevara detrás del cristal, grandes copos sin prisa.
¿Y cómo vivía estos meses?
Pues, imagina. La niña esa, de fiesta en fiesta; clubs, trasnoches. Seguía con el gimnasio, se pasaba. No era ritmo para él.
Entiendo.
¿Harás algo?
No lo sé.
Colgué y me asomé a la ventana. La nieve caía firme y densa. Abajo, unos críos hacían un muñeco. Los observé, intentando saber qué sentía. Lo descompuse en sensaciones: preocupación, una pizca de cansancio y, muy al fondo, callado, cierto alivio por estar aquí y no allí.
Al día siguiente llamé al hospital. Pregunté en qué planta, si tenía el alta restringida. Estaba estable, podía entrar.
Por la tarde preparé una bolsa: agua sin gas, manzanas, un poco de galletas caseras. Las había horneado el día anterior. Lo metí todo, me puse la cazadora y salí.
El hospital olía a lo habitual: calor estéril, desinfectante, un leve fondo de ansiedad. Encontré el control, la enfermera joven, ojerosa me indicó la habitación.
Entré despacio. Había cuatro camas, tres vacías. Jorge estaba junto a la ventana. Estaba cambiado, o simplemente no lo había mirado así antes. Más delgado, las manos huesudas y la cara ceniza. No era el hombre rejuvenecido que soñó, sino un hombre cansado de tanto intentar.
Me vio y al principio no lo creyó.
Nati…
Hola, Jorge.
Dejé la bolsa en la mesilla, acerqué un taburete y me senté.
No pensaba que vendrías.
Aquí estoy.
Se quedó mirándome. Había mucho en esos ojos, pero no quise analizarlo.
¿Cómo te encuentras?
Mejor. Ayer estaba fatal, hoy mejor. Dicen que me queda una semana mínimo.
Eso está bien. Descansa.
Nati se interrumpió, tocó la sábana. Alba no vino. La llamé cuando me trajeron. Me dijo que vendría. No ha aparecido.
Miré las manzanas, luego a él.
Lo sé.
¿Cómo?
Lo imaginé.
Cerró los ojos. Largo rato en silencio. Luego:
He sido un imbécil, Nati.
Probablemente.
No, seguro. No sé qué me pasó. Veía a esa chica y pensaba que era joven otra vez, ¿me entiendes?
Lo entiendo.
Y al final resulta que soy sólo un viejo tonto, al que quieren mientras tiene dinero.
No respondí. Detrás del cristal el cielo era muy azul. Nieve en el alféizar.
Nati, quiero pedirte perdón.
No hace falta que largues ahora un discurso. Estás enfermo.
Sí, necesito decírtelo. He comprendido todo. Yo comparaba, cuando tendría que haber valorado lo nuestro. Tú levantaste nuestro hogar y yo lo llamé estanque. No fue justo.
Fijé la vista en sus manos. Las conocía de memoria. Veinticinco años no cambian tan a fondo.
Nati. Quiero volver.
La habitación entera se densificó.
¿Me oyes?
Te oigo.
Quiero volver a casa. Me he dado cuenta que la vida era eso, contigo. Lo demás no era real.
Me levanté. Crucé hacia la ventana. Un árbol desnudo, una paloma sobre la rama. Miré esa paloma y pensé, honestamente, sin lástima.
Me pregunté qué siento por él. Busqué algo vivo en un hueco donde antes lo hubo. Sólo hallé tranquilidad. No frialdad, ni rencor. Paz. La del cuerpo tras el dolor.
Jorgedije sin girarme. Vas a estar bien. Te recuperarán y volverás a caminar.
Nati, hablo de nosotros.
Sé de qué hablas. Y me alegro de que lo entiendas. Pero yo no volveré.
Me escrutó. Algo se quebró en su cara.
¿Por qué?
Intenté responder honesta, sin dureza.
Porque lo que siento ahora por ti es compasión. Cierto afecto amable. No es suficiente para compartir vida. ¿Sabes la diferencia?
Podrías volverlo a sentir…
No. Hay cosas que ya no regresan. No porque no quiera. Porque no están. Como un pozo seco del todo.
Nati, por favor…
He venido porque no me eres indiferente. Te he traído manzanas y agua. Eso es real, es lo que siento ahora. No puedo volver a lo anterior. No es resentimiento. Es que aquello ya no existe.
Cerró los ojos, permaneció callado. Al final, muy bajo:
Lo entiendo.
Mejor así.
Me puse el abrigo, lo ajusté al cuello.
Avisaré a la enfermera para que te cuide. Llama a Pablo. Es tu hijo.
No tenemos mucha…
Llama. Es tu hijo.
Cogí el bolso, llegué a la puerta. Me giré.
Las manzanas son reineta. Cómete alguna.
Salí y cerré suavemente.
El pasillo olía a calor de hospital y a norma. Saludé a la enfermera, bajé por la escalera. Fuera hacía frío y olía a nieve mezclada. Crucé el vestíbulo y empujé la puerta para salir.
Ya no nevaba. Estaba claro y limpio, crujía bajo los pies. Caminé a la parada de bus pensando en lo que diría a Lucía. Decidí esperar. De momento, estar sola con esto.
El bus llegó rápido; me senté junto a la ventana. Por el cristal se deslizaba la ciudad: árboles deshojados, farolas, gente con bolsas. La vida seguía, al margen de todo.
Pensé que lo más difícil no era la partida del marido, sino el después. No sobrevivir ni adaptarse, sino decidir cómo seguir. No vengarse, no esperar, no mirar atrás, sino comenzar lo propio. Es mucho más complicado de lo que parece.
Miré el calendario mentalmente. El miércoles tenía clase de acuarela. La profesora insistía en que practicásemos paisajes de nieve. Yo no dominaba aún cómo se mezclan el azul y el gris en las sombras. Pero iba a intentarlo.
El bus llegó a mi parada. Bajé, me tapé el cuello, caminé por la acera llena de huellas. Conocía cada esquina: la farmacia, la panadería, el patio con los columpios que chirrían aunque nadie se balancea.
Entré a casa. Olía a hogar, aunque muy tenuemente. Dejé las botas, me puse las zapatillas. Fui a la cocina y puse agua a hervir. Arreglé el mantel, de lino y rayas, lo ajusté de un lado.
Mientras el agua bullía, miré la geranio en la ventana. Las hojas tenían polvo, pasé el dedo. Había que limpiarlas un día de estos.
La tetera silbó.
Vertí el té, sujeté la taza entre las manos, sintiendo el calor.
Fuera comenzaban a encenderse las farolas, una tras otra, como siempre en enero, temprano y a desgana.
Di un sorbo pensando que el viernes tendría que ir al mercado a por leche y huevos. También compraría más reineta, mientras las haya. Haría una tarta y por fin le pasaré la receta a Lucía.
Eso haré el viernes.
El miércoles, a pintar la nieve.
***
Fuera, enero avanzaba en Valladolid, ruidoso y caótico. Aquí, en mi cocina con geranio en el alféizar, por fin había silencio. Mi silencio. Y no lo dejaría escapar.
El móvil estaba sobre la mesa. Podía sonar. Podía insistir él. Yo sabía que contestaría. Preguntaría por su salud, le recordaría que obedezca a los médicos. Porque es lo único que sé hacer.
Pero volver, no volveré.
Escucha, Natalia Jiménez me dije en voz alta, y el eco en la cocina sonó firme: no era un estanque. Era vida. Simplemente, no era la suya.
Terminé el té. Lavé la taza, entré al salón y encendí la lámpara baja; nunca he sabido leer bien bajo la luz del techo.
El libro estaba listo en el sofá, señal marcado. Lo abrí donde lo había dejado y seguí leyendo. Afuera caía una tímida nevada. El geranio, en su lugar. El mantel, recto.
Todo en su sitio.






