No habéis sabido educar bien a vuestros hijos. En cambio, fíjate en Sashka y Miquel…

No habéis sabido criar a vuestros hijos como es debido. Mira a cómo le ha ido a Javier…

Al principio, Lucía no entendía por qué su madre había empezado a recriminarle todo. Hasta hace poco, todo parecía ir bien, sobre todo en la infancia. Siempre la ponía de ejemplo ante su hermano mayor, la elogiaba constantemente.

Vivían con lo justo, no sobraba el dinero pero tampoco les faltaba nada. Tenían lo necesario y para los grandes gastos la familia ahorraba durante meses. Incluso tenían un coche, viejo, pero el padre lo mantenía a punto.

Al terminar el instituto, el hermano, Javier, se marchó a Madrid a estudiar. Eso les costaba mucho dinero: la universidad, el alquiler, la comida…

Lucía veía que los padres hacían verdaderos esfuerzos para llegar a fin de mes y ahorrar. Y a ella sólo le llevaban dos años de diferencia, así que pronto también le llegaba el turno de ir a la universidad.

Una madrileña más no podemos permitirnos, dijo su madre. Aquí también hay universidad, estudia aquí.

Lucía ingresó en la universidad de su ciudad y buscó trabajo. Primero repartiendo folletos los fines de semana, luego de camarera en una cafetería cerca de casa. Estudiaba como becaria y se costeaba la ropa y, a veces, la comida para la familia.

Muy bien, hija, así ayudas en casa. Estudias y trabajas. Javier no puede, tiene muchos estudios, allí las exigencias son otras. Termina agotado.

Yo también acabo agotada, me paso las noches haciendo trabajos.

No, tú no te cansas igual. Estás en casa, eso es distinto.

Al final, Javier terminó la carrera y se quedó en Madrid buscando trabajo. ¿Para qué volver al pueblo, si en la capital había oportunidades? Pero el trabajo que encontraba no se adaptaba a las expectativas que se había hecho. Aun así, los padres seguían apoyándole.

Tiene que afianzarse allí; después todo irá bien.

Pero lo bien nunca llegaba del todo. Javier acabó trabajando, y poco después se casó con la hija del jefe, porque iba a ser padre.

Así nació el hijo de Javier, y se vio bien afianzado. Los suegros le regalaron un piso, el suegro le ascendió y le aumentó el sueldo. Le había tocado la lotería. Los padres de Lucía respiraron aliviados.

Por su parte, Lucía se casó también, pero no con el hijo de un jefe, sino con un hombre sencillo, con quien se compró el piso a base de esfuerzo, aunque no fuera en Madrid.

Tuvieron una hija, y luego vinieron gemelos. Esperaban el segundo y, de pronto, trajeron gemelos. Era complicado, sí, pero nunca se quejaron. Los niños crecían y estudiaban allí, en el colegio del barrio.

Cuando sus padres cumplieron treinta y cinco años de casados, decidieron hacer una celebración. Habían dejado pasar las bodas de plata, las de oro, por falta de dinero. Esta vez se animaron.

Javier acudió con su hijo, su esposa estaba ocupada pero envió un regalo: un certificado para comprar electrodomésticos. Recomendó comprar un lavavajillas.

Javier entregó el regalo antes de tiempo, eligieron y lo instalaron. Toda la velada la madre no paró de presumir, enseñándoselo a familiares y amigos. Después del banquete, la máquina lavaba los platos sola.

El regalo de la familia de Lucía, en comparación, pasó desapercibido. Era un viaje para dos, una especie de luna de miel para los padres, más caro aún, pero eclipsado por el lavavajillas de Javier.

Los padres viajaron y le dieron las gracias a Lucía, aunque comentaron que había gastado el dinero sin pensar. El viaje se acabó, pero el lavavajillas, ahí seguía.

Luego, la madre empezó con sus comentarios, en cada ocasión, sobre el exitazo de su hijo. Que Javier vivía en Madrid, que eso sí era ser alguien. Que había hecho carrera, que tenía piso, mujer e hijo, uno.

Un niño y basta, no tres correteando por la casa. ¿Para qué tuviste tres? Tienes que formarlos, ahora parece fácil, pero ya verás… Javier…

En casa de Javier tienen lo último en todo. El robot aspira, la luz se enciende sola, el lavavajillas, la comida ya hecha, y hasta viene una asistenta…

Mamá, yo me apaño sola; mis hijos y mi marido ayudan.

Pero Javier…

Tu hermano…

Es que tu hermano…

Pasaron los años y los hijos de Lucía fueron creciendo. Ninguno se fue a una universidad de Madrid, todos estudiaron carreras en su ciudad. Y de eso, por supuesto, también opinó la madre.

No habéis sabido criar bien a vuestros hijos. Mira al hijo de Javier, Nicolás…

Mamá, nuestros hijos son estupendos, y de Nicolás no lo sabes todo. Estuvimos en su casa y la cosa no es como la cuentan.

No inventes; si tú no has conseguido nada, tus hijos menos. Habéis parido pobres.

Sí, mamá, no he conseguido nada: un buen trabajo pero no en Madrid, un marido que le va bien pero no es el adecuado, hijos con matrículas pero solo aquí.

Un piso reformado, pero ninguna criada. Solo una aspiradora y un lavavajillas sin domótica. Y ni eso es suficiente.

Os ayudamos, aunque no en todo. Pero tu Javier ni dinero puede enviaros para medicinas, él tiene muchos gastos…

Él ha llegado a ser alguien, tú, en cambio, nada.

Un día Javier volvió a casa. Su madre pensaba que venía de visita, pero era para quedarse. Su esposa le había pedido el divorcio, en la empresa de su suegro le habían despedido, y tenía problemas graves con su hijo.

En el pueblo no encontraba trabajo y el sueldo no tenía nada que ver con el de Madrid.

Lucía, hemos decidido que tu hermano debe montar un negocio. Está preparado. No puede trabajar de ingeniero cualquiera después de haber estado en Madrid soltó la madre.

Pues adelante, mamá, haced lo que veáis.

Pero necesitamos tu ayuda: dinero, un crédito. Si vosotros no necesitáis nada, no vivís en Madrid.

Pues Javier tampoco ya. Va tocando poner los pies en el suelo.

Tú podrás prescindir de cosas, pero él no. Él…

Mamá, ayudamos a nuestros hijos, y a vosotros. No es mucho, pero cada uno recibe algo. Tenemos que cambiar el coche y hay otras cosas pequeñas.

El coche puede esperar. Lo de Javier es más urgente.

Ya sé, mamá. Javier siempre ha sido lo primero. Desde que se fue a la capital. Ni siquiera aquí nos ayudasteis.

La casa de tus abuelos se vendió para que Javier estudiara y viviera en Madrid. La de los abuelos paternos se empleó en su coche, porque, claro, el gran Javier necesitaba coche.

Y yo les supliqué dinero prestado para un carrito doble para los gemelos y ni siquiera eso. ¿Pensabas que cuando íbamos a Madrid estábamos en casa de Javier? Solo le llevábamos paquetes vuestros. Dormíamos en hoteles. Su mujer nunca nos quiso ver, éramos de provincias.

Está divorciado y necesita ayuda. Ya no tiene ni piso.

Ni coche, el hijo lo dejó destrozado.

Deja de hablar mal de él y ayúdanos.

No, mamá. Aquí hay trabajo, los sueldos no son como en Madrid, pero dan para vivir. Para él serán poca cosa, pero no para nosotros.

¿Y qué puedo darle? ¿Calderilla? ¿Para el negocio, para coche, para piso…? Ya está bien, no es decente que una hermana pobre de provincias le mantenga el tren de vida a un personaje.

¿Por qué me hablas así?

Nada, mamá. Me he dado cuenta que solo mi hermano fue alguien. Ahora vive con vosotros; que os ayude él. Le llega su turno.

¡Lucía! Nos estás empujando a vender el piso, ¿te das cuenta?

Ah, ¿sí? ¿Que yo os obligo? Por lo menos, no olvidéis compraros una habitación.

Los padres vendieron el piso, compraron uno pequeño y antiguo de una sola habitación. El resto del dinero se lo dieron a Javier, que se volvió con ello a Madrid. ¿Qué haría en el pueblo?

El negocio nunca existió, pero Javier, de puertas afuera, seguía siendo el que llegó lejos. La madre seguía echándole en cara a Lucía su insignificancia, y acabó pidiéndole ayuda para arreglos en el piso. Lucía les ayudó en lo que pudo, pero se negó a pagar el arreglo.

Ya sé que ese piso lo heredará Javier, que lo arregle él. ¡Si él es el importante!

El dinero de Javier se esfumó y volvió de nuevo a casa de sus padres. En una sola habitación, y poco más que una cama plegable en la cocina, pero al menos, él pudo presumir en su día de haber sido alguien. Sus padres apostaron al hijo equivocado, como solemos decir: se equivocaron de pleno…

¿Y vosotros qué opináis? Dejad vuestros comentarios y dadle a me gusta.

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Elena Gante
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The Moment a Mother Finally Finds Her Lost Son on a Chicago Street