En una tranquila noche de otoño en las afueras de Valencia, España, la joven Laura Mendoza de 23 años regresaba a casa después de su turno en una cafetería del centro. Eran casi las once y media cuando salió del autobús en la parada habitual, a unas cuatro cuadras de su edificio de apartamentos en el barrio de Benimaclet.
La calle estaba mojada por la lluvia reciente y las farolas proyectaban una luz amarillenta sobre el asfalto brillante. Laura caminaba rápido, con el bolso cruzado sobre el pecho y los auriculares puestos, aunque la música estaba baja. Siempre había sentido esa ligera inquietud al caminar sola tan tarde, pero hasta esa noche nunca le había pasado nada fuera de lo común.
De repente, al doblar la esquina de la calle principal hacia su callejón más estrecho, escuchó pasos detrás de ella. Al principio pensó que era su imaginación o alguien que también volvía tarde. Pero los pasos se aceleraban cada vez que ella aceleraba el suyo. Laura se quitó un auricular y miró discretamente por encima del hombro. A unos veinte metros vio a un hombre de complexión media, con capucha oscura, que caminaba con la cabeza baja.
Sintió un nudo en el estómago. Sacó el teléfono del bolsillo fingiendo que revisaba algo, pero en realidad activó la cámara trasera para ver mejor sin girarse del todo. El hombre seguía allí, manteniendo la distancia, pero sin desviarse. Cuando Laura llegó a la altura de un pequeño parque infantil cerrado, decidió cruzar la calle para cambiar de acera. El desconocido hizo exactamente lo mismo.
En ese momento el miedo se volvió real. Laura empezó a caminar más deprisa, casi trotando. Su edificio ya se veía a lo lejos, con las luces de la entrada encendidas. Sacó las llaves con anticipación y marcó el número de su novio con el dedo tembloroso, pero no contestaba. Pensó en llamar a la policía, pero ¿qué iba a decir? «Hay un hombre caminando detrás de mí»… sabía que no llegarían a tiempo.
Justo cuando estaba a unos cincuenta metros de la puerta, escuchó que los pasos se acercaban mucho más rápido. Laura ya no miró atrás. Corrió los últimos metros, metió la llave en la cerradura con las manos temblando y entró al portal casi cayéndose. Cerró la puerta de golpe y se apoyó contra ella, respirando agitada.
Desde la ventana del rellano vio cómo el hombre se detenía frente al edificio, miraba hacia arriba durante unos segundos y luego se alejaba caminando tranquilamente, como si nada hubiera pasado. No intentó entrar. Simplemente se fue.
Laura subió las escaleras corriendo hasta su apartamento en el tercer piso, cerró con llave y cadena, y solo entonces se permitió llorar. Llamó a su novio, que llegó media hora después. Juntos revisaron las cámaras de seguridad del portal, pero el hombre había mantenido la cabeza baja todo el tiempo y la capucha cubría su rostro casi por completo. La policía tomó declaración al día siguiente, pero sin imágenes claras ni testigos, el caso quedó archivado como «incidente sospechoso».
Desde esa noche, Laura ya no vuelve sola tan tarde. Cambió su ruta, evita los auriculares y siempre lleva un spray de pimienta en el bolsillo. A veces, cuando camina por esa misma calle durante el día, todavía siente un escalofrío al recordar aquellos pasos acelerándose detrás de ella.
Nunca supo quién era ese hombre ni qué quería realmente. Pero está segura de una cosa: esa noche, en las calles de Valencia, algo muy peligroso estuvo a punto de suceder… y nadie más lo vio.






