Nadie te hará daño

¿Dónde te metes? preguntó secamente Gregorio a su esposa al verla entrar en el piso.
He estado trabajando.
¡Pero si hoy es sábado!
Ya sabes que también trabajo los sábados.
Trabajas, pero dinero no hay.
Tú sí que no trabajas nada
¡Mucho cuidado con lo que dices! gruñó Gregorio, acercándose de manera amenazante. ¡Venga, ve al supermercado! En casa no hay ni qué llevarse a la boca.
Gregorio, solo nos quedan cien euros y falta una semana para cobrar. Podrías haberte buscado algo, o al menos salir a hacer unas carreras con el coche.
¿Pero crees que soy un taxista o qué? Da gracias de vivir en mi piso dijo abriendo la puerta. ¡Venga, al súper!

***
Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Antonia. Qué injusto ¿Acaso era ella culpable de que las cosas hubieran ido tan mal? Llevaban cuatro años casados. Al principio nada fue mal: ambas familias ahorraron y les compraron un piso de dos habitaciones. Después juntaron para el coche, uno sencillo, pero ¡cómo les alegró estrenarlo! Todo a nombre de Gregorio, el jefe de la familia. Los padres de Antonia, que vivían en un pueblo de Castilla, también pusieron su parte.

Gregorio tenía un pequeño negocio con su padre, no daba grandes beneficios pero les permitía vivir. Pero Gregorio, por orgullo y querer más, lo perdió todo al discutir con su padre. Ya llevaba un año sin trabajo, esperando no se sabía qué.

De los gritos pasó a las manos. Antonia trabajaba seis días a la semana y aun así el dinero nunca llegaba. Su marido la señalaba como culpable de todo. Más de una vez pensó en regresar con sus padres al pueblo, pero allí ya vivían sus dos hermanas menores, y sentía que no podía ser una carga para ellos.

***
Salió del portal, secándose las lágrimas, y se dirigió hacia el supermercado. Pero evitó el más cercano; prefería ir más lejos, donde era más barato y, además, no quería volver tan pronto.

En el aparcamiento de uno de los comercios, un todoterreno se detuvo. Un hombre bajó, caminando con cierta cojera. Antonia lo vio de reojo.

¡Toñi! gritó alguien lleno de alegría.
Giró la cabeza de golpe.
¡Fernando!
Era su compañero del colegio. Fernando tenía una discapacidad en las piernas y en los brazos desde pequeño. Siempre estaba de hospital en hospital. Los chavales se metían con él, pero Fernando nunca perdió el humor ni las ganas de aprender. Estudió mejor que nadie y, después de cada tratamiento, recuperaba algo de movilidad. Si en primero de primaria apenas podía andar, en bachillerato ya salió por su propio pie a recoger su matrícula de honor.

Ahora se acercaba a ella con paso seguro, bajando de aquel coche impresionante.
Antonia, ¡no me lo puedo creer! Su voz sonaba fuerte y tranquila. Hace un par de años organizamos una quedada, Clara me dijo que te avisó, pero no viniste.
Bueno ya sabes cosas dijo ella insegura, y a Fernando no se le escapó el gesto.
¿Vas al súper? le preguntó él para cambiar de tema.
Sí.
¡Vamos! Yo también.
Fernando la sujetó suavemente llevándola a la entrada, pero del supermercado caro, donde Toñi no quería entrar. Al ver la vacilación, él dedujo lo que pasaba. Y, al mirar con más detalle, comprendió varias cosas.

Toñi empezó, intentando decir algo.
No, Fernando, a este no quiero entrar. Lo siento.
Se soltó y, cabizbaja, caminó hacia el supermercado más barato.

***
Antonia eligió cuidadosamente cada producto, sumando mentalmente cada euro. Al salir se encontró de nuevo a Fernando, que la esperaba junto al coche. Se acercó decidido, le tomó la mano, abrió la puerta del copiloto y le ordenó con dulzura:
¡Súbete!
Sin protestar, se sentó, y Fernando se acomodó junto a ella.
Cuéntamelo todo.
Y, como una niña, Antonia le contó entre sollozos su vida.

Déjale, Toñi, ya está sentenció Fernando.
¿Y adónde voy a ir? Todo está a su nombre
Antonia, soy uno de los mejores abogados de Valladolid. No importa a nombre de quién esté nada, la mitad te corresponde sacó su móvil. Dame tu número.
Ella dudó, pero se lo dictó. Él la llamó al instante y sonó la melodía en su teléfono.
Hoy es sábado. El lunes vas al juzgado a solicitar el divorcio. Yo te diré qué hacer y qué documentos preparar encendió el motor. Te acerco a casa, ¿dónde vives?
En la calle Cervantes, cerca de Correos.
Yo justo acabo de mudarme a esa urbanización indicó, señalando un edificio nuevo y bonito.

***
Al llegar ella a su casa, Fernando bajó y le abrió la puerta.
Toñi, piénsalo. Te llamaré el lunes. Si pasa algo antes, me llamas sin dudar.
Fernando, le tengo miedo
No tengas miedo le sonrió cálidamente.

***
Antonia apenas entró y ya se abalanzó sobre ella Gregorio:
¿Con quién te has ido en coche?
Era un compañero del colegio, Gregorio.
Aquí muerto de hambre y tú de paseo
Y tras una retahíla de insultos, vino la bofetada.

Antonia soltó la bolsa y, ahogada de rabia y dolor, salió corriendo. Apenas cruzó el portal, chocó de frente con Fernando.

¡Al coche! le ordenó, abriéndole la puerta.
Subió y arrancaron sin perder tiempo.

***
Antonia se dio cuenta de adónde la llevaba cuando ya estaban entrando en un amplio y bonito piso de tres habitaciones.
Fernando, ¿a dónde me traes?
A mi casa. Aquí nadie te hará daño. Vivo solo.
En ese momento sonó su móvil. La voz de Gregorio atronó:
¿Dónde te metes?
Más insultos y amenazas. Fernando cogió el teléfono de su mano y le contestó firmemente:
Antonia va a divorciarse. La vivienda se queda con ella.
¿Tú quién eres?
Si sigues molestando, te buscaré problemas legales.
Colgó y devolvió el teléfono a Antonia, que seguía llorando.
Tranquila, Toñi. Ve al baño, lávate la cara, ahora vamos a comer algo.

Mientras tanto, Fernando puso agua a hervir y llamó a alguien por teléfono.

***
Tras tomar un té, sin apenas apetito, Fernando le dijo:
Vamos a arreglar esto con tu marido.
No dijo ella, asustada. Tengo miedo
En esto haremos lo que tú quieras le sonrió con calma.

Frente al portal les esperaba un coche de la Policía Local. De él bajó un teniente joven, que saludó a Fernando.
Señor González, estamos a sus órdenes.
Antonia subió al coche, temblorosa.

***
En pocos minutos llamaron a la puerta.
¿Quién molesta ahora? replicó Gregorio, abriendo.
Gregorio Ramírez, ¿verdad? dijo el agente muy serio.
Sí.
Tenemos que hablar con usted.
Gregorio fulminó a Antonia con la mirada, pero les dejó pasar.
Entraron y el policía empezó con el atestado.
Antonia, recoge tus documentos y lo imprescindible dijo Fernando con firmeza. Aquella serenidad le dio a ella por primera vez en mucho tiempo la sensación de tener un aliado. Siempre había afrontado sola las broncas, y de pronto, ahí estaba su antiguo compañero, amable y seguro.

Antonia, sin pensar, cogió sus papeles y se los dio a Fernando, que le sonrió mirándola con afecto. Empezó a preparar una bolsa con lo más necesario, casi sin pensar, pero con una esperanza nueva abriéndosele en el pecho: al fin podía soñar con otra vida.

He terminado, señor González anunció el teniente al levantarse.
Perfecto, déjeme hablar con él a solas.
Fernando se sentó frente a Gregorio.
Mire, el lunes Antonia presenta la demanda de divorcio. Hará falta que usted la firme. No tienen hijos, así que será rápido. El piso y todo lo que hay se reparte a medias.
¿Y si no firmo? Todo está a mi nombre respondió Gregorio, con sorna.
Entonces Antonia pondrá una denuncia por malos tratos. Soy presidente del Colegio de Abogados de Castilla, y le aseguro que el juez será justo.
Ya hablaré yo con mi mujer a solas esta noche dijo Gregorio.
¿Y quién le ha dicho que ella pasará la noche aquí? Si hace falta, esta misma noche le detienen y usted se queda una buena temporada en el calabozo.
Vale, que se vaya donde quiera cedió finalmente Gregorio.
El lunes paso a recogeros y vais los dos al registro.

***
Sonó el teléfono de Antonia. Era su madre. Desde el inicio de la crisis matrimonial, su relación se había enfriado: los padres de Antonia eran de los que el matrimonio es para siempre.
¡Mamá! respondió Antonia, ilusionada.
Hola, hija la voz de la madre sonaba cansada.
¿Mamá, te pasa algo? ¿Por qué estás triste?
Más bien tú suenas contenta parece que estás feliz de separarte.
Pues sí, mamá, no lo niego admitió Antonia con voz firme.
Tú verás, eres quien ha de vivir tu vida.
¿Y tú por qué llamas?
Olga, tu hermana, también quiere casarse. Con uno de la ciudad, que ni piso tiene; solo amor. Sus padres propusieron que entre todos compremos un estudio para ellos, pero nada de boda por ahora. Y la pobre Olga va triste.
Que se vengan a mi piso, y después vemos qué pasa.
¡Pero Antonia, ¿y tú dónde vas a estar?
Mamá dijo Antonia, mostrando más alegría en la voz que en años, yo también me caso otra vez.
No has acabado un matrimonio y ya empiezas otro
Te prometo, mamá, que este va a ser para toda la vida. Se llama Fernando. ¡No sabes cuánto le quiero!

***
Esa tarde, cuando Antonia miró el atardecer por la ventana y sintió la paz de la casa de Fernando, supo qué importante es no conformarse con la desgracia y buscar el valor para ser feliz. Porque, a veces, la vida solo cambia cuando de verdad te decides a elegirte a ti misma.

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Elena Gante
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