Mis hijos groseros esperan que me marche de este mundo. Piensan en quedarse con mi piso, pero yo ya me he asegurado de antemano.

Resulta que tengo 60 años y vivo sola. No tengo hijos ni marido. Aunque en algún momento sí estuve casada. Cuando tenía 25 años, me casé perdidamente enamorada.

La cosa es que el matrimonio terminó por culpa de las aventuras de mi esposo. Ni corto ni perezoso, se trajo a su amante al piso. Yo, como es lógico, no pude aguantar semejante panorama, recogí mis cosas y me fui directamente a casa de mis padres. Solo dos meses después de divorciarme, me entero de que estoy embarazada.

Sinceramente, no me apetecía contárselo a mi ex. No le busqué ni le llamé. Decidí criar sola a mi hijo. Cuando nació mi hijo, los médicos me dieron una noticia que parecía el remate final: Su hijo ha nacido muy débil, pero hay algo más. Tiene una enfermedad incurable. Si llega a los 11 o 12 años será toda una hazaña.

No tenía ni idea de qué hacer o dónde esconderme. Crié a mi hijo, dándole de comer cada día, pero no podía quitarme de la cabeza ese pensamiento: que mi niño se iría temprano de este mundo.

Mi hijo vivió hasta los 15 años. Una semana después de que él falleció, también se marchó mi padre. Perdí a dos personas fundamentales en mi vida en un abrir y cerrar de ojos.

Mi padre me dejó su piso, no solo espacioso, sino además en pleno centro de Madrid. He vivido sola todos estos años y tampoco puedo presumir de haber tenido muchos hombres rondando. Quise tener otro hijo, pero siempre tuve miedo de que se repitiera la historia, así que nunca me atreví. Cuando cumplí 45 años, me compré un portátil para estar en contacto con la familia y entretenerme leyendo las noticias.

Y claro, las familias con olfato rápido descubrieron que vivía sola y empezaron a venir de visita como quien va al Rastro un domingo. Traían regalos y souvenirs de los sitios más raros. Preguntaban si había hecho testamento, y cuando se enteraban de que no, empezaban a lamentar su mala fortuna financiera. Algunos incluso se dedicaban a apretar la mano de otros familiares, intentando quedar como más nobles y dignos ante mis ojos. En realidad, yo tengo clarísimo a quién le dejaré el piso. Hay una amiga cuya hija me ayuda sin esperar nada a cambio, siempre con una sonrisa.

Mi familia solo quiere el piso, punto. Al final dejé de contactar con ellos, pero ni por esas se dieron por vencidos.

Un día, mi primo me llama y, con una cara más dura que el granito, me pregunta si sigo viva y a quién le voy a dar el piso. Me sentí tan ofendida que bloqueé a todos los familiares en el móvil y en el ordenador para que no me molesten nunca más.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

Mis hijos groseros esperan que me marche de este mundo. Piensan en quedarse con mi piso, pero yo ya me he asegurado de antemano.
Der Junge, Der Das Geheimnis Der Schatzkammer Kannte