Existe un refrán muy conocido en nuestra tierra: Más vale ser listo que honrado. Antaño me parecía exagerado y un tanto cínico, pero la vida terminó por mostrarme, de la forma más clara y sencilla, cuánto acierto encerraban esas palabras.
Hace ya medio año, tal vez algo más, se instaló en el piso de enfrente una vecina nueva. Una mujer de alrededor de cuarenta años, correcta, siempre arreglada y afable. Nos cruzábamos a menudo junto al ascensor y nos saludábamos con la educación fría y correcta propia de los vecinos madrileños: ni más, ni menos.
Su primer golpe en mi puerta fue a las dos semanas de mudarse. Era ya bien entrada la noche, casi las nueve y media, cuando abrí y allí estaba Carmen, con una sonrisa apurada y un bol vacío entre las manos.
Ay, perdona que te moleste a estas horas dijo en voz baja y melosa. Justo estaba terminando la masa para hacer unas tortitas y me he dado cuenta de que no me queda sal. ¿Tú podrías dejarme un poco? Mañana mismo te la devuelvo, palabra.
¿Quién puede negarse con una petición tan sencilla? Llené media salsera y ella, agradecida, se marchó.
Pero no fue la única vez. Sólo pasaron unos días hasta que volvió a llamar, esta vez reclamando azúcar.
Me apetecía un té bien calentito ahora con este frío se quejó, bien envuelta en un batín grueso. Y no tengo ni un gramo de azúcar. ¿Podrías dejarme un poco, por fa? Te compro un paquete grande y te lo traigo, lo juro.
A mí no me importó, aunque sí empecé a preguntarme cómo era posible que, llevando ya casi un mes en casa, no hubiera comprado lo básico: sal, azúcar, aceite lo más elemental, lo que nunca falta en una cocina de ciudad. Pero preferí no darle más vueltas.
La historia se fue repitiendo con más y más frecuencia. Primero fueron los huevos, después el aceite de oliva, al poco la cebolla, el zumo de medio limón, una bolsita de té, una pastilla de paracetamol y hasta un rollo de papel higiénico.
Era siempre el mismo ritual: tarde ya, pidiendo disculpas con la mirada baja y la historia de que se lo había olvidado. Prometía devolver todo mañana mismo, pero nada de lo que salía de mi despensa regresaba jamás. Carmen tenía una memoria prodigiosa para saber cuándo estaba en casa, pero una amnesia absoluta para recordar sus pequeñas deudas una vez cerraba la puerta.
Hasta que un día fui yo la que necesitó algo: me quedaba sin zanahorias para la sopa y pensé en pedirle una. Sabía que estaba en casa, así que llamé a su puerta. Después de oír mi petición, arqueó las cejas con aire inocente:
Uy, pues sí tengo, pero justo hoy las necesito para cenar. Me hacen falta, no puedo dartelas.
Cerró la puerta sin más.
Ahí se me encendieron todas las alarmas: mis productos, de dominio público, pero sus zanahorias, inviolables y sagradas. Aquel día decidí que se había acabado el juego. Ni un préstamo más.
Saqué la libreta y anoté de memoria todo lo que Carmen se había llevado: azúcar, huevos, café, aceite, cebollas, el limoncito, té, pastillas, el dichoso papel Sumando su coste, calculé que me debía casi ochenta euros.
Guardé la hoja en el recibidor, segura de que pronto la necesitaría, pues el ciclo se había tornado más que predecible.
Efectivamente, el sábado por la tarde, justo cuando pensaba hornear un bizcocho, sonó el timbre. Miré por la mirilla: Carmen, sonriendo ansiosa con un recipiente vacío.
Inspiré hondo, puse mi mejor sonrisa fría y abrí la puerta.
¡Hola, vecina! exclamó con ese tono acelerado tan suyo. Oye, que quería preparar unas tortitas, pero me he quedado sin harina. ¿Me dejas trescientos gramos? ¡De verdad, de verdad que te lo devuelvo todo!
¿Harina? Claro que tengo, Carmen contesté, asintiendo. Pero antes, ¿te importaría que hagamos cuentas? Por si acaso
Le tendí la hoja con la lista. Carmen parpadeó, desconcertada, sin saber qué hacer. Acostumbrada a que dejara pasar todas sus peticiones sin rechistar, no esperaba ese giro.
Mira le señalé los apuntes, aquí tienes lo que has ido cogiendo en estos dos meses: huevos, azúcar, café, aceite, cebollas ¿te suena todo?
Bueno no sé, no llevaba cuenta balbuceó, y su sonrisa nerviosa desapareció.
Yo sí la llevé repliqué tranquila. Y he sumado sólo lo justo, además de hacerte precio de amiga. Todo suma ochenta euros. Cuando lo arreglemos, te amaré la mejor harina y te la tamizo también.
Le tendí la mano, esperando el gesto.
¿Me lo dices en serio? ¿Vas a cobrarme por un poco de sal y unas cerillas? ¿Tú estás bien?
Mejor imposible, Carmen. Si uno se lleva algo, tiene la obligación de devolverlo. Si no, lo que está haciendo es comprarlo, y yo sólo pido lo que corresponde.
¡Qué roñosa eres! exclamó con indignación, llevándose las manos a la cabeza. ¡Pensé que podríamos ayudarnos como personas! ¡Pero qué tacaña!
Tacañería es tener dinero para sushi y mendigar a los vecinos el papel higiénico respondí, sin levantar la voz.
Por primera vez, Carmen se quedó roja de rabia.
¡Pues quédate tú con tu harina, allá tú! ¡Jamás volveré a pedirte nada!
Dio media vuelta y cerró su puerta de un portazo. Me quedé en el pasillo, en calma, hasta sentí alivio.
Han pasado dos semanas desde aquello. Carmen ya no me saluda. En el ascensor finge que está entretenida con el móvil. Incluso la he oído quejarse ante la portera de que en este edificio vive gente tacaña y rara.
¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar? ¿Seguiríais aguantando?






