¡Luisito, que se nos ha acabado el aceite de oliva y del detergente ya sólo queda para una lavadora! exclamó Carmen desde el umbral de la puerta, secándose las manos en el delantal. Habrá que pasar por el Mercadona, que la lista de la compra ya no cabe en el frigo.
Luis, absorto viendo un derbi en la tele Madrid-Barça, cómo no, apenas gruñó.
Carmi, sabes cómo están las cosas bufó, sin despegar la vista del balón. En la empresa vuelven a retrasar los pagos. El jefe ha dicho que este mes de extra, nada de nada. Yo te di ayer los últimos 20 euros. A ver si puedes estirarlos…
Carmen soltó un suspiro tan largo como un puente de la Constitución. Eso de “estira un poco” lo llevaba escuchando medio año, como si el presupuesto del hogar fuese chicle a la madrileña, elástico a rabiar. Se metió en la cocina, abrió la nevera y la miró con esa mezcla de esperanza y resignación: un triste tarro de aceitunas y una olla con el socorrido cocido de la víspera. Cocido sin chorizo, por supuesto, que no estaban los tiempos para alegrías carnívoras.
Carmen trabajaba como enfermera jefe en un centro de salud del barrio. El sueldo era fijo, sí, pero daba para poco. Antes, cuando Luis traía pasta de la buena, vivían sin apreturas: hasta veraneaban en Benicàssim y renovaban el armario una vez al año. Y la nevera, que para eso estaba, rebosaba como el metro a las ocho. Pero ahora, según él, todo era culpa del “crack empresarial”: sueldo recortado, las pagas extras evaporadas, y el pobre sólo aportaba una miseria, lo justo para la factura de la luz y el surtidor del coche.
El peso de alimentar y mantener la casa cayó sobre Carmen. Doble turno, guardias, y el fin de semana, alegría, a ver abuelitas con gota. Y Luis bueno, Luis llegaba molido, se arrojaba al sofá con cara de mártir y exigía cena de tres platos y su cañita de cerveza.
A ver cuánto más se puede “estirar” esto murmuró Carmen mirando la aceitera.
La tarde siguiente, tras el curro, fue al supermercado. Se quedó un buen rato mirando los solomillos, pero acabó llevándose una bandeja de higaditos de pollo. Barato, rendidor. Al llegar a caja, sacó hasta el último céntimo de su cartera. Y aún quedaban tres días para el adelanto de sueldo. Triste historia.
Por la noche, mientras los higaditos bailaban en la sartén, Carmen se puso a quitar el polvo del pasillo. Luis dormía ya a pierna suelta, bien cenado y con un par de latas de Mahou encima (según él, “ahorro del cambio suelto”). Al cogerle la chaqueta para colgarla bien, notó algo en el bolsillo interior. Siente uno esa punzadita de conciencia, pero la manía de vaciar bolsillos antes de lavar la ropa la tenía bien aprendida. Encontró un papel doblado.
Un recibo. No del súper, sino del cajero, de esa misma tarde a las 18:45. Carmen abrió la servilleta de números y se le dobló hasta el alma.
Saldo en cuenta: 4.150 euros.
Parpadeó. ¿Sería un error de coma? No: los números estaban bien claritos. Encima, justo arriba, leía: Ingreso nómina: 950 euros.
Novecientos cincuenta. En casa había dejado veinte. Y con la cantinela de no hay más.
Carmen se dejó caer en un taburete. Las imágenes le pasaron por la cabeza como en tele de barrio: sus botines viejos haciendo charco, los antibióticos sin receta y los higaditos del demonio. Todo porque “no había dinero”.
Ardía por dentro, ácido puro. Si ni compresas ni tés podía comprarse en condiciones, y él acumulando billetes. ¿Para qué? ¿Un coche nuevo? ¿Un pisito en Torrevieja para otra? ¿Por puro reojo?
Volvió el recibo a su sitio. Quiso gritarle a Luis, zarandearle y tirarle el ticket a la cara. Pero se contuvo. Escándalo, para qué: todo serían excusas y “lo hice por una sorpresa” o, por qué no, un es un error del banco.
No, mejor cambiar el plan.
Carmen guardó el tupper con higaditos en su bolso. Si no hay dinero, pues no hay, pensó con media sonrisilla.
A la mañana siguiente salió temprano, sin hacerle el desayuno a Luis. Dejó un post-it en la mesa: “Perdona, no quedan productos. Bebe agua.
En el centro de salud, trabajó en automático toda la jornada. En la pausa, bajó a la cafetería y, por primera vez en siglos, se pidió un buen menú: estofado con puré y pan, hasta un flan y un café. Vaya homenaje.
Volvió a casa casi ligera: ni bolsas pesadas, ni vueltas con las manos llenas. Libertad de movimientos, espalda recta.
Luis la esperaba como un perro muerto de hambre.
¿Tan tarde llegas? Estoy que me zampo un zapato. La nevera está desierta, que ni una triste tortilla me puedo hacer. ¿No has pasado por el súper?
Carmen se quitó el abrigo con parsimonia y entró en el salón.
No, Luisito, hoy no he pasado.
¿Cómo que NO? ¿Y qué hay para cenar?
Nada de nada se sentó con un libro. Te dije el otro día que no había un euro. Hasta el jueves no cobraremos. Hoy me he tomado un té en el trabajo, y hasta ahí. Aguanta, que para todos es crisis.
Luis se quedó boquiabierto, esperando el milagro: que sacara comida de la manga, o llamara a la vecina, o encontrara un jamón olvidado en el altillo.
Pero ¿y ahora qué hago?
Bebe agua. O vete a dormir: con el sueño se pasa el hambre.
Luis bufó, cerró de un portazo y se oyó ruido de armarios, búsqueda desesperada de lo que fuera. Terminó comiendo macarrones hervidos sin aceite ni ná. Platos de gourmet, para un magnate de cuenta bien llena.
El día siguiente, igual. Carmen comió su menú en el bar, café y pastelito por la tarde, y a casa feliz y sin fardos.
Luis ya recibía a Carmen con el ceño más oscuro que las borrajas.
No hace gracia, Carmen. Llevo dos días comiendo pasta insípida. ¿Vas a hacer tu trabajo de una vez?
Soy tu mujer, no un gnomo de la nevera respondió con guasa. Los milagros pa Lourdes. Dame dinero y hago la compra, y montamos una paella de campeonato. Si no, toca dieta mediterránea: aire y agua.
¡Que no tengo un duro! chilló Luis, pero ya ni miraba. Retrasos
Pues entonces, todos a dieta. Es sanísimo.
Luis salió escopetado esa noche; volvió oliendo a bocadillo de calamares. Para calamares sí encontraba calderilla, toma ya.
Pasó una semana. El ambiente en casa era un cubito de hielo. Carmen dejó de cocinar, ni fregar la vajilla de él, ni lavar camisas suyas.
No hay detergente decía ella tan tranquila, ante la pila de ropa sucia. No hay para más.
Luis probaba con la pena, luego con el enfado.
¡Te estás volviendo una borde! le gritó un viernes por la noche. ¡Trabajo para llegar a esto! ¡Esta pocilga! ¿Para qué quiero una mujer así?
¿Y yo para qué quiero a un hombre así? le clavó la mirada Carmen. Que ni para pan ni para jabón. Yo también curro, Luis, y no dejo de cansarme. Pero parece que la intendencia es sólo mi circo.
¡Eres mujer! ¡Es tu deber!
Mi deber es querer y cuidar si recibo lo mismo. El chollo unilateral se ha acabado.
El sábado, Carmen despertó oliendo a desayuno: huevos fritos y chistorra. Luis estaba sentado, con café y bocata de queso Brie de esos de gourmet.
Al ver a Carmen, se atragantó, pero disimuló rápido.
Mira quién madruga Si quieres, siéntate. He encontrado algo de calderilla en la parka de invierno, bajé al súper.
En la mesa, embutido bueno, huevos de corral, pan reciente. “Calderilla”, pensó Carmen, que ni Urdangarin.
Gracias, no tengo hambre mintió, viéndole tragar con incomodidad. Tú come, que te hace falta energía.
Luis tragaba y evitaba la mirada. Por fin:
Oye, Carmen. Dejemos ya el numerito. He pedido cinco mil a Javi. Aquí tienes. Haz una compra de verdad, haz un puchero. No se puede vivir así.
Le puso dos billetes de 50 euros en la mesa. Carmen miró el dinero, y a él.
¿A Javi, dices? Vaya, qué generoso. ¿Y cómo se lo vas a devolver sin sueldo?
¡Ya veré! ¿A ti qué más te da? Venga, haz la compra.
Vale. Compro lo que me apetezca. Y tú, si eso, pídele la cena a Javi, que es muy apañado.
¿¡Pero tú has flipado!? Luis se levantó tirando la silla. ¡Te doy dinero, es de los dos, para la familia!
¿La familia? se puso en pie también Carmen, la voz tensa. ¿Y los 950 euros de la nómina del jueves? ¿Eran de quién? ¿Y los cuatro mil en tu cuenta? ¿Son fondo de caridad para marido hambriento?
Luis palideció y luego se incendió.
¿Has estado espiando mis cosas? susurró, como si Carmen hubiera atracado el Banco de España.
No cambies de tema, Luis. Encontré el recibo limpiando tu chaqueta. ¿Y me quieres decir qué da más asco? ¿Que ocultes los billetes? ¿O que me mires cómo cuento moneditas para detergente, medio muerta de agotamiento, mientras tú cenas a cuerpo de rey? ¿No se te cae la cara?
¡Estaba ahorrando! gritó golpeando la mesa. Para el coche. Que mi Seat ya va en tercera y milagro. Era para darte una sorpresa, pero tú sólo piensas en gastar.
¿Sorpresa? Carmen se rió con amargura. Sorpresa sería que comiéramos juntos y lo decidiéramos los dos. Lo tuyo tiene otro nombre: ser un caradura. Te mantenías con mi sueldo y el tuyo en la hucha. Eres un gorrón, Luis.
Mujer, que soy el hombre, necesito coche para no ser el pardillo en el bar Y tú con los menudos del hígado. Un mes apretando y te pones así.
No me morí, cierto. Pero lo que sí: el respeto y la confianza murieron. Aquí te dejo tu dinero. Cómprate un billete.
¿Un billete? ¿A dónde?
A tu futuro dorado. O a casa de tu madre. O donde quieras. No quiero vivir con alguien que me ve como la chacha y la tonta útil.
¿Me echas por dinero?
No, Luis. Por tu actitud. Vete haciendo la maleta.
Luis no se fue enseguida. Hubo bronca, tacos, promesas de comprarle abrigo de visón (“con tus ahorros”, claro). Carmen, fría y firme, lo veía realmente por primera vez: un tipo egoísta y llorica.
Al anochecer, llenó la bolsa.
¡Arrepentirás! soltó en la puerta. ¿Quién te va a querer con cuarenta y tantos? ¡A vivir sola con los gatos! ¡Yo encontraré a una decente!
Suerte dijo Carmen, cerrando la puerta.
Resbaló al suelo, agotada hasta la médula. No salía ni un lamento. Sólo ese eco enorme del vacío, ese piso en silencio.
Fue a la cocina. Vio los embutidos caros sobre la mesa: los tiró al cubo de basura. Abrió la nevera: sólo su tupper olvidado de higadillos. “Pues mira, al menos sé adónde va mi sueldo”, se dijo.
Pasó un mes.
Carmen volvía del ambulatorio paseando con calma. Era mayo, la primavera olía a azahar y Madrid, ese Madrid, relucía. Entró en su supermercado favorito. Echó al carro una lata de anchoas en oferta, un trozo de queso azul, una botella de Albariño, tomates, un buen filete de salmón.
Pagó con tarjeta ahora, el saldo nunca temblaba. Resulta que vivir sola, además de tranquilo, era baratísimo. Luz y agua apenas subían, y la compra daba para alegría. Y sin gastos de cerveza, tabaco ni la eterna pa gasolina.
Carmen llegó a casa, puso Sabina de fondo, cocinó el salmón, se sirvió una copa de vino y cenó viendo anochecer desde la ventana.
El móvil sonó: mensaje de Luis.
“Carmi, ¿qué tal? ¿Charlamos? Me he dado cuenta, la cagué. El coche ni lo compré, tengo el dinero. Volvemos a intentarlo. Echo de menos”
Carmen leyó, dio un trago frío, recordó los gritos por sus higaditos. Recordó cómo le daba la vuelta a la cartera por un detergente.
Borró el mensaje y lo bloqueó.
Yo también me echaba de menos dijo bajito, viendo su reflejo en la ventana. Y esta vez, no pienso perderme de vista nunca más.
Al día siguiente, Carmen se compró unas botas nuevas. Buenas, de piel, y hasta una escapada a un spa en la sierra. Con lo que le había sobrado del nueva vida, le llegó justito.
La vida después de un divorcio, resulta, no se acaba. Sólo se mejora. Y se vuelve auténtica.





