Marcos regresó a su piso de Madrid y al abrir la puerta, percibió una extraña ausenciacomo si el aire estuviese vacío de murmullos, y el eco de los pasillos revelara demasiado silencio. Su esposa, de nombre Estrella, y su hijo de apenas un año no estaban por ningún lado. La sorpresa se mezcló con una inquietud surrealista, como si el reloj hubiera perdido el ritmo o la ciudad se hubiera desviado de su eje. Decidido a descifrar ese misterio, bajó por la escalera envuelta en azulejos azules y llamó al timbre del vecino, el señor Martínez, para preguntar por el paradero de Estrella.
Pero antes de poder pronunciar una palabra, Martínez apareció en el umbral con el pequeño hijo de Marcos, Ignacio, en brazos, envuelto en una manta que parecía una bandera de sueños. Resultó que Estrella había confiado el niño al vecino, marchándose apresuradamente por una razón inexplicable, como si hubiera sido absorbida por los pasadizos de la ciudad que cruzan el Retiro y desembocan en ningún lugar.
Marcos, acostumbrado a cambiar pañales y preparar biberones, no pudo evitar preguntarse qué fuerza insondable habría impulsado a Estrella a desaparecer. Por lo menos, ella le había dejado un plato de tortilla en el microondas, una pequeña ofrenda doméstica sobre la mesa de madera. Pero el tiempo adquirió un tempo extrañomedia hora, una hora, dos, cincoy la ansiedad de Marcos aumentaba como el humo de los trenes que cruzan Atocha.
Marcó el número de Estrella una y otra vez, pero el teléfono sólo emitía el sonido de las líneas perdidas, como si sus palabras navegaran por las calles de La Latina sin destino. Las horas se volvían líquidas, y la angustia se colaba en sus pensamientos, hasta que logró dormir a Ignacio, acurrucado en un rincón, esperando un mensaje o un milagro.
Finalmente, el móvil vibró como un conjuro. Marcos lo tomó con manos temblorosas y llenó la llamada de preguntas: ¿Dónde estás? ¿Qué has hecho hoy? Pero la voz de Estrella, distante y desconocida, evitó contestar. Con un tono frío, le anunció que no volvería jamás, que había decidido dejar a Ignacio bajo el cuidado de Marcos para siempre, como si hubiera cruzado una frontera invisible hacia otro mundo.
El corazón de Marcos se rompió en trozos pequeños, como los cristales de una lámpara de feria. Se aferró al teléfono esperando que todo fuera una broma cruel en el sueño de una noche madrileña, pero la realidad persistió como el aroma de café en la madrugada. Ahora se veía arrojado a la extraña responsabilidad de ser madre y padre al mismo tiempo, prometiéndose cuidar de Ignacio entre las sombras y luces de la ciudad, aprendiendo a tejer esperanzas mientras el sol y la luna se trenzan sobre Madrid.







