Mamá está cansada
Sonsoles gritaba tanto a la cajera que a la pobre mujer le temblaban las manos.
¿Vas a tardar mucho más? ¡Si no sabes trabajar, mejor quédate en casa!
Lo siento, la mujer mayor ya pasaba los productos rápido, pero aún así logró acelerarse.
Sonsoles, su marido, Enrique, le tocó el codo con cuidado, ya está bien, vámonos.
Su esposa se giró bruscamente:
¡Tú cállate! ¿Alguien te ha pedido tu opinión?
Enrique bajó los ojos, avergonzado, y guardó silencio. Siempre lo hacía.
***
En casa olía a pollo guisado con especias. La suegra, doña Carmen Morales, removía la sopa al fuego.
¡Ay, ya estáis aquí! He hecho sopa de pollo con fideos. Sentaos, que os sirvo.
He pedido mil veces que no te metas en mi cocina, susurró Sonsoles con rabia. ¿Vives aquí o estás de visita?
Doña Carmen palideció y dejó la cuchara.
Solo quería ayudar…
¡Pues no hace falta! Ya sé apañármelas sola, gracias.
De repente, salió corriendo la pequeña Lucía, con siete años.
¡Mamá, hola! Javier, del primer portal, me ha dicho que soy una floja. Pero yo no soy, ¿verdad?
Déjame en paz, le espetó Sonsoles, sin mirarla. ¿No ves que estoy ocupada?
Lucía se quedó quieta. Miró a su abuela. Ella apartó la vista.
Sonsoles se fue a su habitación y cerró la puerta de un portazo.
***
Así vivían siempre.
Cada día era igual. Sonsoles se despertaba enfadada, se dormía enfadada, y entre medias gritaba a quien tuviera delante. Al marido, a la suegra, a la hija, a las cajeras, a los compañeros, a cualquier desconocido.
A veces, muy de vez en cuando, se sorprendía pensando: “Dios mío, ¿qué estoy haciendo?” Pero el pensamiento se hundía en una oscuridad de la que parecía no saber salir.
Enrique aguantaba. Se había acostumbrado. Diez años de matrimonio le habían enseñado solo una cosa: callar y no llamar la atención.
Trabajaba en dos sitios, traía euros a casa, hacía lo que ella pedía. Por las noches, cuando Sonsoles dormía, él se sentaba en la cocina a tomar té y miraba fijo a algún punto. Pensaba.
Carmen Morales llegó hacía tres meses para ayudar con Lucía mientras los padres trabajaban.
Carmen aceptó. Y cada día sentía sobre sí la mirada de Sonsoles, llena de rabia.
Lucía… Lucía simplemente vivía. Corría, jugaba, preguntaba cosas. Cada vez que se acercaba a su madre, chocaba con una pared.
Al principio lloraba. Luego dejó de hacerlo. Iba con la abuela y se sentaba en silencio a su lado. Así era más tranquilo.
***
El viernes sucedió lo de siempre.
Sonsoles volvió del trabajo hecha una furia: el jefe le había gritado, la compañera le pisó terreno, en el Metro alguien le pisó el pie.
Justo antes de que llegara, Lucía había derramado zumo sobre el sofá beige nuevo, recién comprado a plazos.
La niña estaba parada junto al vaso vacío, sin apartar la mirada de la mancha roja extendiéndose.
¡¿Pero qué has hecho?! chilló Sonsoles al entrar en casa. ¡¿Tú sabes lo que cuesta este sofá en euros?!
Ha sido sin querer, mamá. Por favor, no grites. Me da miedo
¡¿Te da miedo?! se enfureció aún más Sonsoles. ¡Solo sirves para romper cosas y estropear todo! ¡Por tu culpa no se puede vivir!
Mamá, perdona…
¡A tu cuarto! ¡Y que no te vea!
Lucía se fue. Sonsoles siguió gritando contra el vació hasta quedarse sin voz.
***
Por la noche no logró dormir. Fue a la cocina y se sentó junto a la ventana. Fuera lloviznaba.
Se quedó mirando las gotas resbalando por el cristal. Pensaba en lo harta que estaba. Quería que todo aquello terminara, que la dejaran en paz. Quería silencio.
Sin darse cuenta, se quedó dormida con la cabeza sobre la mesa.
Despertó, tiritando de frío, alrededor de las cuatro.
La casa estaba en calma. Enrique dormía, doña Carmen también, Lucía igual.
Sonsoles se levantó y fue al baño. Al volver pasó por la habitación de Lucía; la puerta estaba algo abierta. Asomó la cabeza, por si se había destapado.
Lucía dormía hecha un ovillo, abrazada a la almohada. Sobre la mesita, una libreta escolar, de las de cuadros, con la portada llena de dibujos.
Sonsoles ya se iba, pero vio una palabra escrita en grande:
«Mamá».
Cogió la libreta. Se sentó en la cama y leyó.
Era un diario.
La primera entrada era de septiembre.
Hoy mamá ha vuelto a gritar. Papá dice que está cansada. He querido abrazarla, pero se apartó. Será porque soy mala.
Sonsoles tragó saliva. Pasó de página.
Octubre. Hoy es el cumpleaños de la abuela. He dibujado una tarjeta muy bonita, con flores. Iba a dársela por la mañana. Pero mamá volvió a gritar a papá y ya no quise. La escondí bajo la almohada. Igual se la doy mañana, cuando mamá no esté.
Siguió leyendo.
Noviembre. He roto el cochecito que me regaló papá. Adrede. Pensé que si rompo yo sola mis cosas, así mamá no grita. Pero gritó igual. Dijo que no sé cuidar nada, que soy tonta.
A Sonsoles le temblaban las manos.
Diciembre. Ya casi es Navidad. He pedido a los Reyes que mamá deje de gritar. Pero creo que eso no se puede regalar.
Enero. En el cole mandaron escribir qué queremos ser de mayores. Yo puse que quisiera ser invisible. Para que mamá no me vea ni me grite. La profe se sorprendió y llamó a papá. Él vino, habló conmigo. Dijo que mamá en verdad es buena, pero está superada. Yo me acuerdo de cómo era antes. Me abrazaba y reía. Ahora ya no. Nunca.
Sonsoles se quedó inmóvil. Las lágrimas le caían sobre el cuaderno y emborronaban la tinta.
Febrero. Hoy he tirado zumo en el sofá. Mamá ha gritado mucho tiempo.
Cuando grita, siento que muero en trocitos. Primero los oídos, luego el corazón, luego el alma. Me acosté y cerré los ojos. Pensé: si me muero esta noche, ¿mamá llorará? ¿O dirá que tiene menos problemas?
El cuaderno se cayó de sus manos. Sus hombros temblaban, pero no hacía ruido. Temía despertar a su hija. Temía que la viera así. Temía todo.
Se quedó ahí mucho rato. Veinte minutos, quizás una hora. Al final, levantó el cuaderno y lo devolvió a la mesa.
Volvió a su cuarto. Se tumbó junto a Enrique y se quedó mirando el techo hasta el amanecer.
***
Lucía se despertó la primera.
Abrió los ojos, se estiró, se sentó en la cama. Vio la puerta entreabierta y recordó lo de ayer. Suspiró.
Salió al pasillo, escuchó. Silencio. Qué raro. Normalmente, ya a esa hora mamá estaba gritando que todos son unos perezosos.
Miró en la cocina.
Mamá estaba sentada en la mesa. No gritaba ni hacía ruido. Solo miraba por la ventana. Delante, una taza de té, ya fría.
¿Mamá? llamó Lucía, tímida.
Ella se giró. Tenía una cara extraña: ni enfadada, ni cansada, sino algo distinto. Lucía no supo decir qué.
Buenos días, respondió Sonsoles suave. Ven, desayuna.
Lucía se sentó. La madre le puso un plato con gachas. Se sentó enfrente.
La niña comía, mirándola de reojo. Esperaba lo de siempre. Pero nada ocurría.
Mamá, se atrevió al fin ¿te pasa algo?
Nada.
¿Por qué no hablas?
Estoy pensando.
¿En qué?
Sonsoles miró a su hija largo rato. Luego alargó el brazo y la acarició la cabeza. Sin razón, sin excusa.
Pienso en ti, dijo. En nosotras.
Lucía se quedó con la cuchara en la boca.
Mamá, ¿estás mala?
No, hija. Al contrario: estoy empezando a curarme.
No entendió bien, pero asintió. Lo importante era que no gritaba.
Acaba el desayuno, dijo Sonsoles. Es hora de ir al cole.
Lucía terminó el té, se levantó, fue a vestirse. En la puerta dudó.
Mamá, balbuceó, y esta noche… ¿de verdad no vas a gritar otra vez?
Sonsoles se agachó hasta su altura.
Escúchame, dijo firme. No sé si lo conseguiré siempre. Pero voy a esforzarme mucho por no gritar. Para que no vuelvas a tener miedo. ¿Lo entiendes?
Lucía asintió.
¿Y si no puedes? preguntó en un susurro.
Si no puedo, ven y dímelo. Solo dime: ¿Otra vez?. Y lo recordaré.
¿El qué recordarás?
Todo le dio un beso en la frente. Venga, anda.
Lucía se fue.
Sonsoles se quedó en la entrada. Oyó el ascensor cerrar. Después, solo silencio.
Salió Enrique, despeinado y dormido.
¿Cómo que tan pronto? preguntó.
No podía dormir.
La miró con atención.
¿Estás bien?
Sí respondió Sonsoles. Vamos a desayunar.
Se sentaron. Enrique se sirvió té.
Enrique, dijo Sonsoles de repente. ¿Tú por qué me quieres?
A él se le fue el té por otro lado.
¿Cómo?
¿Por qué me quieres si si soy un monstruo?
Enrique dejó la taza. Se puso serio.
No eres un monstruo. Solo has olvidado quién eres.
¿Y quién soy?
Eres muchas cosas, sonrió Enrique. Yo me acuerdo. Puedes ser cálida, divertida, tierna. Puedes abrazar tan fuerte que dan ganas de quedarse ahí siempre Yo nunca lo olvido, Sonsoles. Eres tú la que no te reconoces.
Sonsoles calló.
Tengo muchas ganas de que vuelvas a ser tú, añadió Enrique. Espero lo que haga falta.
Ella le cogió la mano.
***
Aquel día, por primera vez, no gritó a nadie.
Lucía volvió del colegio, tiró la mochila, corrió y la abrazó por nada.
¡Mamá, hoy me han puesto un sobresaliente!
¡Muy bien! la felicitó Sonsoles. Estoy muy orgullosa de ti.
Lucía se quedó inmóvil. Miró a su madre sorprendida.
¿De verdad?
De verdad.
Sonrió como hacía mucho no lo hacía.
¿Sabes, mamá? dijo Hoy en clase pensé: ¿Y si esta tarde mamá me abraza? Y, mira, lo has hecho.
Tonta Sonsoles apretó a su hija. Ahora te abrazaré cada día.
***
Por la noche, Sonsoles fue a su cuarto. Lucía ya dormía. Sobre la mesa seguía la libreta.
La cogió y escribió al final de la última página, bajo las frases de la niña:
Hija, te quiero mucho. Perdóname. Haré todo lo posible para mejorar.
Mamá.
Porque a veces, darnos cuenta del daño que hacemos es el primer paso para volver a ser quienes realmente somos. Y siempre se puede empezar de nuevo, si hay amor y valentía.






