Límites de la paciencia
¿Por qué tienes esa cara tan larga? ¿Has discutido con Leonor o qué? bromeó Tomás con su amigo, fijándose en su expresión ceñuda. No te preocupes, las mujeres son así: hoy se enfadan y mañana te adoran, no pueden pasar sin ti.
Lo hemos dejado gruñó Gregorio, dejando muy claro con su actitud que no quería alargar el tema. Y te pido por favor que no hablemos de ello.
Tomás se quedó con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos por la sorpresa, como si hubiera perdido la capacidad de hablar por un momento. ¿Que lo habían dejado? ¡No podía ser! Conocía a Gregorio lo suficiente como para saber cómo se sentía por Leonor. No era un simple capricho: aquel hombre adoraba a la chica.
Recordaba bien cómo había estado su amigo últimamente. Para ser sincero, siempre miraba la situación con cierto escepticismo: Gregorio corriendo después del trabajo con un enorme ramo de rosas para verla, enseñando orgulloso a los amigos las joyas que le regalaba, contando cómo la había llevado a un nuevo restaurante con vistas a la Plaza Mayor. Todos los viernes, cena en algún sitio moderno; todos los sábados, teatro o museo. Y eso que antes Gregorio detestaba tales planes: prefería la pesca y el fútbol antes que perderse por los pasillos del Museo del Prado o meterse en una sala oscura. Pero por Leonor, cambió hábitos, rediseñó su vida entera.
Me dejas de piedra acertó a decir Tomás, aún incrédulo. ¡Con todo lo que has gastado en ella! ¡Te alejaste de los amigos, empezaste a construir casa…! ¿Y ahora todo terminado?
No quería sonar censor, pero las emociones le podían. De verdad sentía lástima por ese amigo que tanto se había entregado al amor, y ahora parecía roto.
Eso es asintió Gregorio, hundido en la pantalla del portátil. Fingió recordar de repente una urgencia laboral, pero en realidad aporreaba teclas al azar. No quería seguir hablando del asunto, aunque tampoco deseaba ofender a Tomás.
Por dentro, Gregorio era un vendaval. Sabía que su amigo sólo se preocupaba, pero lo único que ansiaba entonces era que le dejaran en paz. Ni siquiera en la cafetería podía estar tranquilo. No le apetecía compartir nada, ¿tan difícil era entenderlo?
En su fuero interno, aún no era capaz de aceptar la ruptura. Porque lo de Leonor había sido amor verdadero, sin mirar el gasto ni los sacrificios. De ahí que la herida del adiós doliera tanto más…
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Se conocieron por pura casualidad. Leonor había entrado después del trabajo al supermercado del barrio de Chamberí, para hacer la compra semanal. Paseaba despacio entre los estantes, llenando la cesta de tomates, legumbres, leche y mil artículos más. Pero al llegar a la caja, la cesta se había convertido en tres enormes bolsas. Suspiró, visualizando la odisea de cargar todo aquello hasta casa. A su piso se llegaba tras dos paradas cortas de autobús, pero con ese peso era casi una expedición. Sacó el móvil para pedir un Cabify, pero la aplicación insistía: No hay coches disponibles. Una vez, otra vez, y nada.
Dejó las bolsas en el suelo, se pasó la mano por la frente como limpiándose un sudor invisible y miró alrededor. Por el súper iban y venían clientes con carros y bandejas de frutas. Fue entonces cuando notó la mirada de un hombre. Él, apoyado en la estantería de las aguas y el café, la observaba con simpatía y cierta preocupación amable.
Déjame acercarte a casa dijo de repente, dando un paso hacia ella.
Leonor se sobresaltó un poco. Le gustaba valerse por sí misma y evitaba pedir favores.
Es un poco incómodo… comenzó, pero apenas lo pensó, sus brazos, cansados, hablaron por ella. Bueno, vale. Pero aviso, no invito ni a café ni a té, ¿eh?
Lo dijo casi en broma, quizá por romper el hielo.
El hombre se rio, un sonido cálido y contagioso.
Entendido respondió sonriendo. Prometo no invitarme a tu casa.
Cogió las bolsas como si nada y salieron juntos a la calle. El coche, un flamante Seat León gris, estaba aparcado justo al lado. En el trayecto, la conversación surgió espontánea. Gregorio así se presentó resultó ingenioso, divertido, ocurrente. Contaba anécdotas de la vida diaria, siempre encontraba el lado gracioso, sabía cuándo tocar la tecla de la broma. Al principio, Leonor sólo sonreía, pero pronto reía con ganas.
El viaje duró apenas diez minutos, pero ella sintió como si le conociera de toda la vida por la naturalidad y la sencillez que emanaba. Al llegar a la puerta de su edificio en Argüelles, Leonor se sorprendió: no quería despedirse.
Gracias por ayudarme le dijo, saliendo del coche. Ha sido un placer conversar contigo.
Para mí también dijo Gregorio, con verdadera calidez.
Hubo una pausa. Leonor jugueteaba con la correa de su bolso, indecisa. Finalmente, sacó una pequeña libreta y apuntó su número.
Toma, por si alguna vez quieres llamar. Si te apetece, claro.
Seguro que lo haré prometió Gregorio, guardando el papel con cuidado en el bolsillo de la camisa.
Y cumplió: la llamó al día siguiente. Le propuso cenar en un restaurante conocido de la Gran Vía, con música en vivo. Leonor aceptó, sin saber cómo había decidido tan rápido.
Lo cierto es que todo fue rodado. La relación entre Gregorio y Leonor avanzaba sin sobresaltos: sincera, cada día más llena de pequeños gestos, paseos, charlas a medianoche, sorpresas invisibles. Tras unos meses, Gregorio empezó a darle vueltas a un paso más: ¿Y si le sugiero mudarse conmigo? El piso es grande, cabe de sobra. Y, en el fondo, le haría feliz llegar a casa cada noche sabiendo que alguien le espera.
Una noche, volvieron al restaurante del primer encuentro. Sentados junto a la ventana, con la luz cálida bańándolos, Leonor se quedó callada. Jugaba distraída con una cucharilla en el pastel, como si no encontrara las palabras. Gregorio, inquieto, lo notó.
Nunca te lo he contado susurró ella, sin mirarle. No pensaba que fuéramos a llegar a esto. Pero…
A Gregorio se le cruzó una idea por la cabeza: ¿Tendrá marido?. El corazón se le encogió, agarrando el borde de la mesa.
Tengo un hijo. Tiene siete años confesó Leonor apresurada. Le quiero mucho, jamás lo dejaría.
Gregorio soltó el aire, aliviado de una forma que hasta él mismo resultó cómica. Toda la tensión desapareció; le asomó la sonrisa.
Menos mal dijo, con ternura. Temía que me dijeras que tenías marido. ¡Un hijo es maravilloso! Siempre he querido tener uno. Si quieres, venid a vivir conmigo. ¡Hay sitio de sobra!
Lo dijo con el corazón en la mano. La imagen de formar una familia, real por fin, le llenaba de ilusión. Se imaginó a Javier llamándole papá…
Pero Leonor no se dejó arrastrar por el entusiasmo. Apartó el plato, levantó la mirada insegura.
Javier necesita tiempo para acostumbrarse a la idea de tener un padre explicó. Mi exmarido se fue sin volver, no quiere saber nada del niño. Javier sufrió mucho entonces… Siempre iba detrás de mí preguntando cuándo volvería su padre.
Le tembló la voz y Gregorio, al instante, le tapó la mano como diciendo: aquí estoy. Leonor suspiró, aliviada.
No quiero que vuelva a sufrir una decepción prosiguió. Si vamos a hacer esto, debe ser en serio. Para que Javier sepa que tú no te esfumarás como el otro.
Gregorio asintió, mirándola a los ojos.
Te entiendo susurró, convencido. No pienso irme de vuestra vida. Vayamos despacio. Quiero estar ahí para los dos, pero al ritmo que tú y Javier necesitéis.
Leonor esbozó una sonrisa en la que cabían la gratitud y la esperanza.
Gregorio siempre intentaba mantenerse firme y valiente cuando le decía a Leonor que lograría entenderse con su hijo. Y así lo creía… pero, dentro de sí, temía no saber cómo hacerlo. Con niños apenas tenía trato, salvo con sus sobrinos pequeños o los hijos de algún amigo, pero nunca había convivido con uno de siete años.
No pasa nada: acabaré entendiendo a ese peque insistía, queriendo creerlo. Pero, ¿cómo se acostumbrará a mí si no vivimos juntos?
Leonor dudó, mordiéndose el labio. Lo veía lógico, pero le asustaba precipitar las cosas. Javier aún recordaba el abandono de su padre y cualquier cambio brusco podía reabrirle la herida.
Podrías quedarte en casa a dormir un par de veces por semana propuso con cautela. Al principio, solo para que se vaya haciendo. Luego, nos mudaremos contigo encantados. Aunque… vive mi madre conmigo. Pero no molestará, te lo prometo.
A Gregorio se le escapó una sonrisa torcida. Eso está por ver, pensó. Imaginó a la típica suegra controladora, dando consejos y chequeando, como una inspectora, que todo estuviera en regla.
Pero ahí se equivocaba. Doña Carmen, la madre de Leonor, no fue así. Desde el principio le recibió con cordialidad, sin rastros de rechazo ni sospechas. Era amable, respetuosa, nunca preguntaba por temas incómodos ni urgía decisiones sobre el futuro. Y cada tanto, le decía a su hija:
Leonor, tienes suerte de haber encontrado a un hombre así. Responsable, educado…
Con la hija era dulce aunque seria; con Gregorio, atenta y correcta. Nunca se metía en sus asuntos, ni presionó en un sentido u otro. Gregorio fue relajándose: no habría problemas por ese lado.
Pero el niño era otra historia.
Desde el primer día, Javier le recibió con cara hosca. No arremetía a gritos ni pataleos: simplemente, le miraba de soslayo, con los puños cerrados, y callaba si le hablaban.
Durante las primeras semanas, su resistencia fue pasiva: no respondía a los saludos de Gregorio, se marchaba a su cuarto, ignoraba cualquier intento de conversación. Al poco, comenzó a comportarse de manera mucho más incómoda.
Los días pasaban y la relación con Javier se enconaba. Al principio, solo había pequeñas incorrecciones, pero pronto se volvieron travesuras crueles: un día, el niño untó pintura en los zapatos de Gregorio ¿dónde habría encontrado pintura en casa si nadie pintaba nada?; otro, rompió la camisa favorita que Gregorio reservaba para ocasiones importantes. Un sábado derramó té sobre el portátil, y por milagro no lo estropeó de verdad.
Cada vez, Leonor corría a disculpar a su hijo. Suspiraba, negaba con la cabeza y le decía a Gregorio:
Le cuesta adaptarse. Pero aún es muy pequeño…
Gregorio asentía, tragando la frustración. Sabía que Javier actuaba por miedo y tristeza, que no sabe cómo manejar el cambio. Pero cada nueva travesura le desgastaba. Quería de corazón hacer familia con ellos, pero todo su empeño era devuelto con nuevas faenas.
La paciencia de Gregorio reventó aquella noche. Iba a acostarse cuando Javier apareció corriendo, con el rostro iluminado y una botella de lejía en la mano. Sin mediar palabra, la volcó sobre la cama: en un segundo, el colchón y las almohadas quedaron empapados.
El olor a cloro lo ocupó todo. Gregorio se quedó petrificado, conteniendo la rabia.
¿Por qué has hecho eso?
Javier se encogió de hombros, como si fuera lo más normal.
Quiero dormir con mamá. Aquí ya no se puede dormir. Mamá vendrá a mi cuarto, y tú te vas. ¡No hay sitio para ti en nuestra casa!
Las palabras le dolieron como bofetadas. Gregorio, intentando no perder el control, recogió el cinturón de unos pantalones. Doblándolo, lo golpeó contra la mano: el chasquido fue seco, duro.
Gregorio apretó los dientes con rabia, mirando al niño, que, al ver el ademán, soltó un chillido agudo y corrió a esconderse tras su madre, abrazándola como si fuera su salvación.
¡Mamá! ¡Mamita! gritaba, temblando. ¡Me va a pegar! ¡Es malo! ¡Te lo dije!
Leonor reaccionó al instante, rodeando a su hijo. Gregorio, ¿pero cómo puedes? ¡Es solo un niño! ¡Son cosas de críos! Si le falta atención, ¡es natural! ¡No dejaré que le hagas nada! Como le toques, ¡te denuncio!
Gregorio, con el cinturón aún en la mano, contenía el temblor en los puños. ¿Solo era una trastada? ¿Y las cosas rotas, las horas perdidas, los gestos de desprecio?
Has criado a un niño sin límites masculló, luchando por dominarse. Las ganas de usar el cinturón en serio le invadían, pero logró contenerse.
En ese momento lo vio claro: en esa casa él no era nada. Nadie le iba a considerar ni mínimo.
De golpe, se dirigió al armario y empezó a llenar una bolsa con su ropa. Sin doblarla, sin orden, sólo apartando los objetos de una vida en común.
¡Y resulta que la culpa la tengo yo! exclamó, sin mirar a Leonor. Cuando te eche lejía en el café, no te quejes.
Leonor, aún abrazando a Javier, le miraba con asombro y miedo. No esperaba que él se fuera de verdad.
Gregorio… ¿Adónde vas? ¿Y lo nuestro?
Su voz vibraba, insegura, mostrando que la situación se le había escapado de las manos. Hizo amago de acercarse, pero él la ignoró.
¿Lo nuestro? dijo con una mueca amarga. ¿Pero no lo ves? Tu hijo hace todo para echarme y tú siempre le justificas. He intentado tener paciencia, acercarme a él, pero es inútil. Y tú… sólo te tapas los ojos.
Javier, tras su madre, contemplaba a Gregorio desafiante, con rabia y orgullo en la mirada.
Leonor quiso hablar, pero la voz se le quedó atascada. Se dio cuenta de su error, pero entre el orgullo y la protección de madre no era capaz de dar su brazo a torcer.
Gregorio, vamos a hablar tranquilos suplicó, buscando su mano, pero él se apartó.
En la entrada, bolsa en mano, Gregorio apretó la mandíbula. Resistía el impulso de gritar, de llorar, de hacer cualquier cosa que no fuera marcharse. Leonor bloqueaba la puerta, entre el reproche y el desaliento.
¡No puede ser! afirmó con voz rotunda, mirándola a los ojos. Estoy harto de ver cómo consientes todos los caprichos de tu hijo. Rompe cosas y dices que es trivial. Nos amarga los días y repites es pequeño, no hay que reñirle…
La rabia le hacía subir el tono. Recordaba todos los momentos en que Javier le había hecho daño y Leonor simplemente apartaba la culpa.
Ella palideció pero mantuvo el tipo. Javier es mi hijo, siempre estaré de su parte. ¡De ti se espera comprensión y cariño! Solo tiene miedo de perderme, no es maldad…
¡A tu hijo lo que le hace falta es un buen azote! explotó Gregorio, sin disimulo.
Sabía que ahí se había pasado, y al instante se arrepintió. Leonor se apartó, herida de verdad, con lágrimas en los ojos.
Sin esperar respuesta, Gregorio apartó a la chica de su camino y se fue hacia el pasillo, sin malas formas, pero decidido a irse de inmediato, antes de perder el control.
En el pasillo se cruzó con Doña Carmen. Ella estaba junto a la puerta, brazos cruzados, rostro serio pero cansado, más que enfadado.
Perdóneme, señora le dijo Gregorio, intentando sortearla. Entre su hija y yo, no puede ser.
Doña Carmen no trató de frenarlo. Suspiró hondo, pasándose la mano por la cara, como quitándose un peso invisible.
Lo entiendo… Y lo acepto murmuró. Con ese niño malcriado también yo lo tengo difícil. Me voy a mi casa y que sea mi hija quien se apañe sola…
Su voz no tenía rencor, solo resignación. Llevaba tiempo sabiendo que esto acabaría mal, pero su esperanza era que Leonor madurase. Ahora todo estaba claro.
Gregorio titubeó, le devolvió una mirada agradecida que no logró expresar nada. Asintió, abrió la puerta y se marchó.
En la refrigerada escalera, apenas se oían ruidos de vecinos. Gregorio salió a la calle e inhaló el aire nocturno. No notaba el frío; sentía un incendio por dentro.
Tenía la certeza de que irse era lo correcto. Pero eso no mitigaba el dolor.
Sabía que Javier lo pasaba mal, que la pérdida del padre y la llegada de un extraño eran duros para un niño de siete años. Pero, ¿dónde acaba el dolor de un niño y comienza la crueldad consciente? No había sido una simple travesura: Javier había buscado hacerle daño, y lo había conseguido.
Ha hecho todo por echarme… y lo ha logrado se repetía Gregorio, amargamente. Había intentado, hablado, tenido paciencia, y solo había chocado contra un muro: por un lado el niño, por otro, una madre ciega ante todo menos su hijo.
Se detuvo ante un semáforo en la Castellana, contemplando las luces verdes. Recordaba sus inicios: el encuentro casual, las primeras citas, los paseos por el Retiro. Todo parecía entonces fácil, posible. Creía que podían construir algo sólido.
Pero todo se había desmoronado. No por una tragedia, sino por el veneno de lo cotidiano, la falta de acuerdos, el niño consentido, la falta de autoridad. Si Leonor hubiera corregido a su hijo… Si al menos una vez…
No podía ser pensó Gregorio, cruzando la avenida.
Las palabras teñían el aire de resignación. Intentaba convencerse de que era lo mejor, de que no había que quedarse donde uno no es valorado, de que el futuro le depararía a alguien que sí le apreciase.
Pero el corazón no responde a razones. Seguía buscando a Leonor, añorando su sonrisa, su voz, los momentos de paz a su lado, sin la sombra de Javier ni las angustias de madre e hijo.
Gregorio rodeó el Parque del Oeste, deambulando sin rumbo antes de tomar el metro a casa. Los árboles susurraban, la luz de los faroles acariciaba el cemento. Todo rezumaba una paz que él no poseía.
Sabía que haría falta tiempo. Tiempo para curar, para aprender a vivir solo. Para aceptar que, a veces, los sueños más bonitos se rompen cuando chocan con la realidad. Y que duele. Pero es parte de la vida.
Inspiró hondo. Sacó el móvil: tocaba llamar a Tomás, contarle, desahogarse. Quizá mañana salieran a tomar unos vinos, distraerse. La vida seguía aunque ahora mismo costara tanto creerlo.





