Llegó diez años tarde
Había hecho todo «bien». Al menos eso pensaba mientras subía por la escalera al tercer piso de un vetusto bloque de pisos en el barrio de Chamberí, en la calle del Olmo. En el bolsillo del abrigo llevaba una pequeña caja de terciopelo de la joyería La Esmeralda, y de vez en cuando la tocaba con los dedos, como si quisiera comprobar que no se había desvanecido. El anillo le había salido por un pico; estuvo casi una hora eligiendo, la dependienta le trajo bandeja tras bandeja, y él pensaba en lo mucho que se ilusionaría Almudena. Tenía que hacerlo, seguro. Diez años juntos no eran broma.
En el rellano olía a estofado ajeno y a la bandeja de algún gato. Víctor frunció la nariz y llamó al timbre. Aquel noviembre había venido travieso: desde la mañana llevaba cayendo una mezcla de agua y nieve que le tenía las manos heladas. Se balanceó de un pie a otro y volvió a tocar la caja en su abrigo.
Tras la puerta sonó un tintineo. Se oyeron pasos firmes, evidentemente de hombre. A Víctor no le dio tiempo ni a pensarlo, sólo lo anotó mentalmente antes de quedarse lívido.
La puerta se abrió. Frente a él había un hombre desconocido, de unos cuarenta y cinco años, bajito, robusto, con camisa de franela y pantalones de estar por casa. Le miraba como quien ve al chico de los recados.
¿Sí? ¿A quién busca? preguntó, sin inmutarse.
Víctor parpadeó.
Buscaba a Almudena. ¿Está en casa?
El tipo asintió y, sin moverse del quicio, giró la cabeza adentro:
Almu, tienes visita.
Pasaron unos segundos eternos antes de que Almudena apareciese en la entrada. Llevaba un jersey holgado de lana color crema, el pelo recogido, sin maquillaje. Y, qué paradoja, se la veía mejor que nunca. No más guapa ni más arreglada, sólo distinta: había algo tranquilo, sólido, una luz por dentro.
Le vio y por un instante se detuvo. Víctor no supo leer su cara: no había ni alegría ni enfado; sólo algo callado y hermético.
Víctor dijo con calma. No tendrías que haber venido.
Abrió la boca, luego la cerró. Miró al hombre de la camisa, luego de nuevo a ella.
¿Y este…? preguntó, aunque ya lo intuía.
Este es Pablo respondió Almudena, sin inflexión. Vive aquí.
Así de simple. A veces la vida ni siquiera requiere explicaciones. Bastan tres palabras, pronunciadas sin titubeos, sin lágrimas, sin aspavientos. Vive aquí. Y ahí te quedas, en el rellano de noviembre, con un anillo en el bolsillo, notando un frío que te sube por la espalda pese al aroma cálido que sale del piso y huele a cocido madrileño.
Víctor reconocía ese olor. Cocido. Como el que ella preparaba para su aniversario. Cuando él llegaba con una botella de vino barato, se sentaba en la cocina y la miraba trajinar, pensando: mira qué suerte, tener a alguien que te espera incondicionalmente.
Bueno. Pues resulta que no.
Se repetía: No se irá, ya tiene treinta y cinco, luego treinta y siete, ahora cuarenta. ¿Con quién va a estar, si no es conmigo? Esa seguridad propia de los que nunca han puesto a prueba su propia seguridad.
Almu, espera dijo. Tengo que hablar contigo. Es importante.
Te escucho contestó ella. Habla.
Pero no delante de… e indicó a Pablo.
Pablo ni se movió; tenía cara de entenderlo todo y, a la vez, de no tener ninguna prisa. A Víctor le entró un desasosiego raro, entre la rabia y el vértigo.
Pablo sabe perfectamente quién eres intervino Almudena. Habla.
Tras dudar, sacó la caja. Era azul añil, terciopelo, con letras doradas de La Esmeralda. Se la tendió.
He venido a pedirte matrimonio dijo. Habría debido hacerlo hace tiempo. Lo sé. Pero quiero que te cases conmigo.
Almudena miró la caja. No la cogió. Levantó la vista y en los ojos de ella vio algo que le pinzó el estómago: no era ni odio, ni desdén, ni dolor. Era algo parecido a una lástima cansada.
Guárdate eso, Víctor dijo, muy bajo.
Almudena…
Por favor. Guárdalo.
Volvió a meter la caja en el abrigo. La mano le temblaba ligeramente.
¿Ya está? dijo, más brusco de lo que pretendía.
Ya está afirmó ella. Perdona que sea así. Pero deberías haber sabido que tarde o temprano todo cambia.
Podrías habérmelo dicho.
Te lo dije muchas veces. De otra manera, con otras palabras. Pero tú no escuchabas.
Le miró una última vez, asintió levemente, como quien pone un punto final a una historia interna, y añadió:
Adiós, Víctor.
La puerta se cerró. No de portazo, sólo un click suave y el cerrojo. Víctor oyó el ruido de una cuchara, el olor de cocido, y luego, silencio total.
Se quedó ahí tres minutos más. Bajó, salió a la calle y se sentó en su coche un SEAT León, gris, casi nuevo, que enseñaba con orgullo y allí se quedó, mirando cómo el agua-nieve caía sobre el parabrisas.
El anillo quemaba el bolsillo.
Durante los días siguientes, Víctor se empeñó en convencerse de que aquello tenía solución. Era de los que resolvían problemas: trabajaba en una promotora llamada Hércules, negociaba oficinas comerciales, había aprendido en la vida que todo tiene arreglo si das con la herramienta adecuada.
Así que buscó la herramienta.
La llamó al día siguiente. Ella contestó enseguida, para su sorpresa.
Tenemos que hablar dijo él.
Ayer ya hablamos.
Hablar bien. Un café, sentados.
¿Para qué, Víctor?
No puedes borrar diez años así. Piensa todo lo que hemos pasado juntos.
Silencio. Luego:
No borro nada. Formó parte de mi historia. Pero yo vivo ahora, no entonces.
¿Con él?
Sí.
Le conoces hace seis meses. ¡Seis meses, Almu!
A ti te conocía diez años dijo. ¿Y qué?
No supo qué contestar. Ella se despidió. Él se quedó con el teléfono en la mano, buscando dónde había metido la pata. No lo encontró.
Tres días más tarde se le ocurrió una compra de libro de autoayuda: llamó a Azahar, la floristería de la calle Goya, y encargó un ramo superlativo, de cien rosas blancas y lisianthus, casi no cabía por la puerta. Había escuchado que los números impares tenían algo especial para las mujeres. El repartidor llevó el ramo directo a su trabajo, la biblioteca de la calle General Pardiñas, donde Almudena era la encargada. Eligió en público a ver si así lograba ablandarla.
Acompañó el ramo con un mensaje: Perdóname. Fui un idiota. Dame una oportunidad.
Por la tarde recibió un mensaje. Solo una frase: No más flores en el trabajo. Es incómodo para mí.
Lo leyó tres veces. Incómodo. No gracias, no me has emocionado. Incómodo.
Dejó el móvil y se fue a la cocina a prepararse un té, viendo caer noviembre por la ventana. Árboles pelados, farolas desvaídas, asfalto mojado, y el frío colándose por alguna rendija del alma aunque la calefacción funcionase perfectamente.
Empezó a repasar cómo había sido todo. No por justificarse: por entender. Se conocieron cuando él tenía treinta y ella veintiocho, a través de unos amigos, en un cumpleaños. Él apenas despuntaba en Hércules, todo ambición y ansiedad. Le gustó Almudena desde el principio. No fue el flechazo de película, solo una atracción tranquila. Discreta, lista, sabía escuchar y también callar, cosa poco común.
Empezaron a salir y todo fue despacio. Ella no apretaba, él tampoco. Daba por hecho que a ella también le iba bien esa comodidad. Quizá no preguntó con suficiente atención.
Hubo momentos en los que ella lanzaba indirectas: Víctor, ¿cómo te imaginas esto dentro de un año, cinco? Él respondía ambiguo: Lo veo bien. Vivimos, ¿para qué agobiarse? Ella callaba. Lo interpretó como acuerdo tácito.
Navidades juntos unas veces, otras él se iba con amigos. Su cumpleaños en febrero: la felicitaba siempre, pero muchas veces ni iba, alegaba trabajo. Ella decía vale, y él pensaba: Qué bien, qué comprensiva.
Pero ahora, frente a la ventana, con el té enfriándose, lo veía de otro modo.
Ella había estado esperando. Esperando que algún día él pronunciase algo firme. Pero a él le bastaba lo tácito, lo supuesto, porque siendo honestos, al menos a toro pasado, siempre se guardaba una puerta entreabierta, por si acaso venía alguien mejor, más brillante, si la vida ofrecía algo superior. No la tenía de comodín adrede, simplemente nunca cerraba del todo la elección. Y ella sí esperaba una elección.
Mientras esperaba, creció.
Víctor tardó en asumirlo: fue cayendo en la cuenta con las semanas, al ver cómo era ahora ella. La Almudena de antes era más suave, más inquieta, con la mirada eternamente preguntando. Ahora miraba de frente, respondía breve, no explicaba de más. Algo se había plantado dentro.
Llamó a su amigo de la universidad, Ernesto.
Oye, vive con alguien le soltó Víctor. Desde hace seis meses.
¿Y te enteras ahora? respondió Ernesto.
Pues sí ¿Tú lo sabías?
Me sonaba algo musitó. Pensé que tú también.
Pues no.
Hombre, Víctor, tú tampoco es que le dieses mucha alegría a la relación. Lo raro sería lo contrario.
Víctor cortó la conversación ahí. Muy sensato tú, pensó hacia Ernesto, pero él no quería sensatez. Quería solución.
Siguiente jugada, la más ridícula de todas aunque entonces no se lo pareciera: bajó, la llamó y le dijo:
Baja un momento. Estoy en tu portal.
Tardó en contestar. Luego, resignada:
¿Para qué?
Por favor. Sólo un minuto.
Bajó. Abrigo, bufanda, manos en los bolsillos. Víctor, plantado junto al portal, se arrodilló de rodillas sobre el acera mojada, sacó la maldita caja de La Esmeralda y la tendió otra vez.
Debía de hacer ocho grados bajo cero. Una señora pasó con su perro, se quedó mirando. A Víctor le pareció que la señora casi se emocionó, que ponía ojitos. El pensó que Almudena quizá sentiría algo.
Ella lo miró tres segundos y murmuró:
Levanta, por favor.
Almu
De verdad, levanta. Que te vas a constipar.
Se enderezó, notando la humedad en la rodilla.
No lo entiendes dijo. Hablo en serio. Quiero una familia. Contigo.
¿Hace diez años también la querías? preguntó ella, no como reproche, sino chen pregunta auténtica, de las que ya tienen respuesta.
No lo pensaba igual que ahora.
Ya lo sé suspiró ella, extenuada, pero amable. Víctor, no te guardo rencor, de verdad. Pero ya está. Ya no queda nada de antes. Vivo otra vida.
¿Y si te digo que te quiero?
Almudena desvió la mirada.
No sirve de nada. Porque decir te quiero después de perder, no suma igual que decirlo cuando todo iba bien y podías haber escogido, pero no lo hiciste.
La señora del perro ya se había ido. La farola del portal parpadeaba penosamente. Almudena seguía allí, y a Víctor se le encendió la extraña certeza de que, tras diez años, no sabía ni su talla de abrigo, ni si realmente le gustaba el invierno. Esas cosas mínimas.
Vete a casa dijo ella con delicadeza. Es tarde y hace frío.
Entró. Puerta metálica, seca.
Se quedó un poco más. Luego al coche.
En diciembre la llamó más veces. Ella respondía escueta pero cortés, como quien ya no tiene ni ganas ni drama. Un día intentó otra estrategia: hablar de los recuerdos, la historia compartida, lo mucho que habían vivido. Ella aceptó: No hay que borrar nada. Los recuerdos no estorban, pero ella prefería vivir en el presente.
Probó también con la pena: que dormía mal, que en el trabajo no rendía, que la vida se le había desmontado.
Ella le consoló:
Eso pasará. Confía, eres fuerte.
Eso no ayuda.
Lo sé. Pero lo único que puedo darte es mi respeto, nada más.
A Víctor le nació algo feo y preguntó:
¿Ese Pablo, de qué lo conoces? ¿Qué clase de tío es? ¿Con quién te has metido?
Le conozco dijo ella, imperturbable.
Seis meses.
¿No crees que a alguien se le puede conocer en seis meses?
Él calló.
¿O quieres decir que en diez años uno conoce seguro a alguien? preguntó, igual de tranquila.
No supo replicar. Murmuró adiós y colgó.
Entonces tuvo una idea lamentable, de la que luego se avergonzaría: buscó una agencia de detectives, Escudo, especialistas en rastrear pastas y averiguar todo de alguien. Se decidió con esfuerzo, disfrazando el impulso de preocupación por ella ya ves más que otra cosa.
La agencia estaba en un local anodino por Cuatro Caminos. Le recibió un señor con pinta de contable llamado Antonio Pérez.
Lo habitual le dijo Antonio. Le sacamos información laboral, financiera, penal, familiar. Si hace falta, le seguimos dos semanas.
Sigan ordenó Víctor.
¿Busca algo concreto?
Solo saber quién es.
Antonio tomó nota, pidió adelanto y los datos que tuviera de Pablo.
Semana y media después le llamaron. Antonio iba al grano:
Pablo Gutiérrez, cuarenta y seis años. Oficial en fábrica de componentes eléctricos, veinte años de oficio. Divorciado, una hija mayor, buena relación. Piso propio en Tetuán, reside con su pareja en Chamberí. Sin cuestiones legales ni deudas. Vida rutinaria, tranquilo, visitas familiares, paseos. Nada preocupante.
Víctor tragó.
¿Nada de nada?
Nada. Persona normal.
Agradeció, pagó el resto y condujo de vuelta mirando la calzada, repitiéndose: normal. No rico, no espectacular, no digno de la portada de Forbes. Y, sin embargo, ella vivía con él, hacía planes, cocidos, futuro.
Y, aun así, dolía.
La semana siguiente Víctor volvió a llamarla. Ya no sabía ni para qué. Era la manía de hurgar en la herida.
Trabaja de oficial en la fábrica dejó caer.
Silencio.
¿Tú cómo lo sabes? preguntó ella, con una firmeza inesperada.
Víctor quiso echarse atrás. Pero ya estaba lanzado.
Me informé.
La respuesta fue seca como una tabla:
Víctor, esto ya roza lo patético. ¿Has seguido a Pablo?
Solo quería saber…
Eso no se puede averiguar en un informe. Jamás.
Almu…
No me llames más. Por favor.
¿En serio?
Muy en serio. Si vuelves a llamar, dejaré de contestar.
Colgó.
Sentado en el coche, a Víctor se le apretó un frío nuevo, como perder tierra bajo los pies.
Pero aún así volvió a llamar. Cinco días después, víspera de Nochevieja, con Madrid encendida y la ciudad con esa fiebre de fin de año, le entró otra vez la urgencia mientras hacía la compra en Supermercado Estrella. Marcó su número.
Ella no contestó.
Mandó un mensaje: Feliz año, perdóname por todo.
Ella respondió: Igualmente.
No supo si eso era perdón, cortesía o simplemente humanidad. Guardó el mensaje y lo volvió a leer mil veces.
El Fin de Año lo pasó en casa de Ernesto y su mujer, con otros amigos. Bebió con moderación, charló, rió como tocaba. Natalia, la esposa de Ernesto, lo miraba con esa prudencia especial reservada a los que han pasado mala racha.
A la una salió al balcón a fumar. Enero era puro hielo, el cielo despejado, estallaban petardos a lo lejos. Víctor pensaba: ¿Dónde estará Almudena? Seguramente en casa con Pablo, abriendo cava, riéndose. Quizá habían hecho cocido como tantas otras veces.
¿Dónde estuvo él el año anterior? Se había escapado a Baqueira con amigos, la llamó el primero de enero, aún algo empapado. Feliz año, Almu. Gracias, igualmente. Nada más. No reparó entonces en lo poco que le dijeron.
Ernesto salió con él, se apoyó en la barandilla.
¿Todo bien?
Sí.
No cuela.
Estoy pensando respondió Víctor.
¿En ella?
En cómo pasaron las cosas.
Ernesto asintió. Después añadió, despacio:
¿Nunca pensaste que ella también esperaba algo de ti todos estos años?
Ahora lo pienso.
No fue fácil para ella.
Lo sé.
Siempre supe que era buena mujer dijo Ernesto.
Siempre lo dijiste.
Estuvieron callados un rato, y volvieron dentro.
En enero, la llamó otra vez. Sabía que le había pedido que no lo hiciera, pero tenía una pregunta atascada. Para su sorpresa, ella respondió.
Me lo decías empezó él sin preámbulos. Recuerdo. Varias veces dijiste que querías una familia, estabilidad. Yo fingía no escucharte.
Sí dijo ella.
¿Por qué no lo dejaste antes? ¿Por qué esperaste tanto?
La pausa fue larga, hasta el punto que pensó que colgaría. Pero contestó, bajito:
Porque te quería. Porque creía que podrías cambiar. Porque me daba pena soltar algo que ya existe, aunque sospeches que te queda pequeño. La gente aguanta, Víctor, porque prefiere esperar a aceptar que debe dejar de esperar.
¿Y luego?
Luego un día me di cuenta de que no te esperaba a ti, sino a una versión tuya que no existe. Y ese hombre nunca iba a llegar. Solo estabas tú, tal cual, y tuve que decidir.
Y lo hiciste.
Sí. Cuesta, pero sí.
¿Es buena persona Pablo?
Mucho.
¿Eres feliz?
Otra pausa.
Estoy tranquila dijo. Creo que eso es la felicidad: poder vivir sin esperar lo peor, saber que tienes a alguien que estará, no tener que disculparte por ser tú. Solo eso, poder vivir.
Aquello le machacó algo dentro. No indagó.
¿Te parecía que te molestaba?
A veces sentía que sí respondió con calma. No siempre, pero a menudo. Cuando posponías planes en el último momento. En fiestas preferías estar en cualquier lado menos conmigo. Cuando me iba al futuro y tú esquivabas los temas. Chorradas sueltas, sí, pero suman.
Él escuchó en silencio.
No lo digo por herirte añadió. Simplemente me lo has preguntado. Eres buena persona, Víctor. Solo que no eres mi tipo.
No eres mi tipo. Tres palabras que cerraban la novela, ni rencor ni épica: final limpio.
Vale dijo. Perdón por molestarte.
No molestas respondió. Solo das vueltas, es normal.
Se despidieron, y en su voz se le fue un leve agradecimiento, como quien valora que, por un momento, el otro solo necesitara comprender sin intentar convencer.
Tras aquella conversación, Víctor dejó de llamar. No porque doliese menos, sino porque por fin le llegaba algo de claridad. No todo aclarado y bien, sino por fin comprendía el contorno de lo que había pasado.
Empezó a pensar distinto sobre el tiempo. Antes era algo que se guardaba, como saldo en la cuenta: Ya lo haré, aún puedo esperar, más adelante será el momento. Y, mientras lo guardaba, otros vivían, sin más, sin retrasar. No por ser más listos ni más audaces, sino simplemente porque vivían. Llegaban, decían lo que había que decir y eran escuchados.
Una tarde de febrero, pasó en coche por la calle del Olmo y se paró sin querer junto a su antiguo portal. Nada especial: el edificio tan normal, la fachada desconchada, plataneros sin hojas y una portería donde alguna vez se imaginó feliz. En el tercer piso se veía una luz encendida, cruzó una silueta. No supo quién era, aceleró y se fue.
En marzo, un compañero Javier, de treinta y cinco, recién prometido le contó con entusiasmo inusitado cómo fue su pedida, el anillo, la cena. Víctor sonreía, le felicitaba. Javier le miró con curiosidad.
Te noto raro dijo.
¿Yo? se hizo el sorprendido Víctor.
No sé, serio.
Solo pensativo ironizó.
¿En qué piensas?
En que todo esto hay que hacerlo a tiempo.
Javier soltó una carcajada. Lo interpretó como un halago a su puntualidad y fue a presumir con otro.
La primavera llegó pronto aquel año. Finales de marzo y ya hacía calor, el hielo desapareció enseguida. Víctor miraba por la ventana con el café y pensaba en llaves.
Sí, en llaves. Ella tenía una copia de su piso, desde hacía años. Nunca la usó sin avisar. Él jamás tuvo de ella. Nunca la pidió ni ella la ofreció. Y esa noche se dio cuenta de lo que eso significaba: no es que no confiara en él, es que siempre supo o sintió que su lugar era un poco fuera, solo probable, nunca un poco más allá. O igual era sensación de él mismo, ahora.
En abril la encontró por casualidad en la librería Página Siete, en la calle Mayor. Buscando empresa y libros, se topo con Almudena entre novelas. Llevaba un gabán claro, hojeaba algo, se la veía bien. No ostensiblemente feliz, sino en paz.
Cruzaron la mirada a la vez. Ella asintió con una sonrisa leve. Él se acercó, porque retirarse no le salía.
Hola dijo él.
Hola respondió ella.
Silencio breve. No era incómodo, solo vacío.
¿Qué tal todo? preguntó él.
Bien. ¿Y tú?
Trabajando.
Eso está bien.
Pausa.
Nos vamos Pablo y yo a Cantabria este verano dijo ella, y se notaba que no lo decía para herir, solo porque era una verdad simple que compartir. Nunca estuve allí. Vamos a probar.
Guay respondió Víctor. No se le ocurrió otra cosa.
Ella sonrió apenas y sacó el libro de la estantería.
Bueno, Víctor. Cuídate.
Igualmente, Almudena.
Fue a la caja. Él la observó unos instantes antes de dirigirse al rincón de empresarial. Compró su voluminoso manual, salió a la calle.
Era un abril radiante. Primeras hojas nuevas en los castaños. Víctor se quedó quieto mirando el flujo de gente por la acera. Caras despistadas, satisfechas; la misma alegría de la primavera que él sentía lejana.
Ella salió en dos minutos, pasó delante, saludó con la cabeza y se fue a la parada del autobús. Andar suelto, gabán ondeando, libro bajo el brazo. Miró una vez atrás porque sonó el móvil; respondió y soltó una risa que no era para él.
Víctor la siguió con la mirada hasta perderla tras la esquina.
Sacó del bolsillo interior la caja de terciopelo. La seguía arrastrando con él, sin saber muy bien por qué. La abrió: el anillo brillaba discreto. Elegante, caro, perfecto.
Cerró la caja. Volvió a guardársela. Fue al coche.
Esa misma noche, en su piso de la calle Delicias, ese que compró con orgullo hace cuatro años, se sentó a mirar su salón: amplio, renovado a su gusto. Todo estaba bien. Pero el silencio ahora era otro.
Pensaba en lo que era perder el tiempo, en sentido literal. Tener algo vivo y no sujetarlo porque te empeñas en pensar que jamás se irá. Y se va. Sin dramas, ni portazos, simplemente se marcha porque lo vivo no se queda estático, o crece, o se apaga. Almudena eligió crecer.
¿Y él, qué eligió?
Eligió la inercia, el ya lo veré. Quiso tener pero no dar del todo. Prefería no comprometerse, no barruntaba en voz alta lo que sonara definitivo. Le llamaba prudencia, ahora lo reconoce como cobardía.
El anillo se quedó sobre la mesa. Lo miró largo rato.
Después, lo guardó en el cajón. Lo cerró. Fue a la cocina y se echó un vaso de agua.
Afuera abril seguía, jaleo y buen tiempo. Vecinos con niños, música de algún balcón, olor a tierra y hojas secas. Se sentía dentro de la vida pero a la vez tras un cristal.
Tocó el vidrio con la frente y cerró los ojos.
Ya está, pensó. Así es como termina una década creyendo controlar el guión, para descubrir que el papel protagonista no era tuyo. No era ella el repuesto; el repuesto eras tú, esquivando tu propia decisión, convencido de que maniobrabas cuando solo te estabas quedando solo. Mientras creías ser libre, ella se liberó de verdad: eligió su vida. Y tú, tras el cristal, oyes la primavera de otros.
No sabía qué pasaría más adelante. La vida se despliega igual: trabajo, reuniones, viajes, tal vez otra persona. Quizá aprenda la lección, quizás sólo la recuerde.
Se apartó de la ventana, se sentó en el sofá.
Almudena debe de estar en casa ahora pensó. Quizá cocinando, o leyendo el libro de la librería. Pablo por ahí, ese hombre tranquilo que le abrió la puerta, sin necesidad de demostrar nada. Tenía algo que a Víctor siempre le faltó con ella: certeza de haber llegado a tiempo y hacer lo correcto.
Le sorprendió descubrir que no sentía envidia. O no del todo: había algo en eso, pero predominaba otra emoción. Una mezcla de respeto por cómo lo había hecho ella. Sin estridencia, sin revanchas, ni felicidad ostentosa. Simplemente vivir, crecer, elegir.
Recordó lo que le dijo en el portal: Ahora dices que me quieres porque me has perdido. No es igual que querer cuando todo va bien y pudiste elegir.
En el clavo.
Se quedó un rato en el silencio tibio de un piso demasiado bien ordenado, pensando: Pude haberlo hecho de otra manera. Muchas veces. Al tercer, quinto, séptimo año. En cada cumpleaños, en cada Navidad en la que me largaba. En cada vez que evitaba hablar de lo importante.
¿Se podía? Por supuesto. Lo tenía ahora cristalino. El problema es que este tipo de certezas sólo llegan justo cuando ya no sirve para nada.
Esto debe de ser el arrepentimiento, pensó. No en plan dramático ni barroco: sólo una calma fría, entender que el tiempo nunca estuvo parado, que fue él el que nunca lo quiso ver.
Fregó la taza, la dejó escurriendo.
Afuera, callaba abril. Sin heladas, sin viento hostil. Solo una noche primaveral, de esas que deberían prometer mucho.
Pensó que tendría que aprender, aunque fuera a hacer un guiso en condiciones. Chorradas, pero le salió una sonrisa amarga consigo mismo.
El hervidor pitó. Preparó otra infusión, con miel dicen que calma. Se sentó a la mesa. Al otro lado del cristal, los focos y ventanas de otras vidas: cenas, zapping, movimientos de luces cotidianas. Todo igual, pero repentinamente relevante.
Se acordó de las llaves. Que nunca tuvo copia, ni la pidió. No es que no quisiera, sólo es que nunca llegó a sentirla realmente suya. Ahora ya da igual; la puerta cerrada para siempre, y no por falta de llaves, sino por un cerrojo más definitivo.
La taza le calentaba las manos. Se quedó así, quieto.
Pensó: hay cosas irrecuperables. No por mala fe ni por posturas, sino porque el tiempo va hacia delante aunque nos cueste. La gente crece, cambia, toma decisiones. Y si te quedas demasiado rato mirando por la ventana, mientras alguien camina al lado de la persona que tú pudiste querer, pero no, pues no es traición ni injusticia. Es simplemente la vida, que sigue su camino.
Dejó la taza en la mesa. Abril continuaba blando. Un anochecer más, de tantos por venir.
Pensó: hay que seguir. No porque sea más fácil ni porque uno se redima, sino porque no queda otra. La vida no espera a que uno ponga en orden su álbum de derrotas.
Y pensó que, si alguna vez volvía a tener a alguien importante cerca, no lo dejaría para después. No por sabio, sino porque sabe perfectamente cómo suena una puerta cuando llegas demasiado tarde.
Se levantó. Limpiado la taza. Recogió.
Eso es todo, se dijo. Sin rencor ni reproches hacia Almudena, Pablo o la vida. Solo la aceptación: ocurrió, es justo, fue lo debido. Quizá no para él, no en este capítulo, pero sí, correcto.
Apagó la luz de la cocina y se fue al salón.
Allí, en algún cajón, la cajita de terciopelo. Quizá mañana la lleve a La Esmeralda. O tal vez otro día. Cuando esté listo.







