Las llaves

Las Llaves

¡Que no quiero oír más! ¡No lo entiendes porque me tienes envidia! ¡Déjame en paz y ocúpate de tus asuntos!

El grito de Inés retumbaba por la plaza tan alto que hasta don Emilio, el vecino mayor que siempre arreglaba su SEAT en el garaje, asomó la cabeza, incrédulo. No era hombre curioso, así que su fascinación solo podía deberse a la fuerza estruendosa de la voz de Inés.

Razones no le faltaban, al menos eso pensaba ella. Porque para Inés, estar enamorada era un estado del alma, un filtro por el que pasaba toda la realidad. Y cuando ese filtro desaparecía, apenas existía: su mirada se perdía, la cabeza se llenaba de pensamientos dispersos y sus nervios se enredaban, hasta el punto que las compañeras del trabajo, entre susurros maliciosos, acababan murmurando:

¿No deberías tomarte una tila o algo, Inesita? ¡Se te ve rara últimamente!

Inesita apretaba los labios y, rechinando los dientes, pensaba de esas mujeres lo indecible. Seguro que ellas lo tenían todo resuelto: los maridos en casa, los niños en todas partes, la vida ordenada y dulce como un turrón de Jijona. ¿Y ella qué tenía? Ni casa, ni marido, ni siquiera una perspectiva clara. Vale, tenía un hijo, Pedro, pero tampoco destacaba mucho. Vamos, mejor no compararle con sus primos: los hijos de Carmen, su hermana, eran como salidos de una postal. El mayor, Álvaro, era un genio del fútbol y sacaba notas envidiables, desmintiendo aquel refrán de que quien juega con los pies, pierde la cabeza. Y la pequeña, Lucía, danzaba y cantaba con un coro que había recorrido media España antes de cumplir los diez.

A Inés le pesaba la comparación. Ella también de niña probó en miles de actividades, pero en ninguna duraba, porque, ah, al corazón no se le manda. Cuando perdía el interés, se iba sin mirar atrás.

¡Así debía vivirse! Oír la voz interior como oía el repicar de las campanas de la iglesia de San Nicolás al atardecer. Nadie va a traerte la dicha en una bandeja: Toma, Inesita, que es todo para ti, sin condiciones. Esa lección la aprendió cuando su hermana, con disciplina de relojero suizo, se empapaba de libros para los exámenes, mientras Inés se reía.

Mira, Carmenchu, ¡tanto estudiar! ¿Quién se casa contigo luego? ¡Decía abuela que una mujer nunca debe ser más lista que el marido! Por eso te ignoran los chicos

¡Pues mejor! Además, no fue lo que dijo la abuela.

Claro que sí, yo me acuerdo.

Recuerdas mal. Dijo que una mujer inteligente sabe nunca presumir de ello delante del hombre al que ama. No es lo mismo.

¡Ay, no me líes! Anda, ayúdame con el pelo, que me espera Juanito abajo.

Inés escapaba a la cita, Carmen se quedaba con un libro en el sofá. Dos horas de calma en casa, un oasis.

Amaba, sí, a su hermana, porque no había otras. Y aunque Inés era despistada y nunca lo admitía, era más tierna y buena que Carmen. Recogía animales de la calle y nunca dejó que su hermana limpiara tras ellos. Por Inés, en casa llegaron a vivir dos gatos y un perro rescatados. Los padres, sabiendo que no cedería, pusieron el límite claro: ni uno más y la casa nunca sería una perrera. Bastó; Inés cuidó de ellos hasta el final, mostrando un cariño que a veces Carmen sentía reserva solo para los animales.

Inés, mamá ha pedido ir a ver a la abuela y ayudarla con la limpieza.

Ve tú, Carmenchu, yo tengo cosas que hacer.

¿Qué cosas?

Eso, ¡asuntos! Bartolo cojea y tengo que llevarlo al veterinario.

¡Lleva cojeando una semana!

¿Y? ¿Eso es excusa para olvidarse de él solo porque la abuela te ha tirado de la manga? Pasará sin mí.

Así se enfadaban, se separaban, y Carmen iba a la casa de la abuela mientras Inés, con la excusa de Bartolo, se arreglaba para su cita. Ya la esperaba Juanito al lado de los plátanos y Bartolo solo era un pretexto más.

Acabaron el colegio de diferente manera: Carmen con honores, Inés pues como tantas, normalita. Nunca tuvo dudas sobre a qué dedicarse: Inés quería ser pastelera. Desde niña, los escaparates de las pastelerías de la Gran Vía le parecían jardines para la vista, no para el paladar. Observaba los adornos de nata y luego en casa los moldeaba en plastilina, disfrutando más de la belleza que del sabor mismo.

Luego, sus caminos se bifurcaron otra vez. Carmen se fue a casa de la abuela para cuidarla, lo que le venía perfecto porque el piso andaba cerca de la universidad. Y la abuela, que temía la soledad como el hambre, le abría las puertas de par en par a su nieta y, más tarde, al novio formal: Felipe, presentado a la familia en esa misma casa.

Aquí cabéis todos, hijos. ¡Vivid y sed felices, que espacio hay!

La boda fue sencilla, de risas, y se instalaron en casa de la abuela. Pronto, la abuela fue sincera sobre sus planes:

Lo justo será esto: la habitación del abuelo de la casa de vecinos irá para Inés; vosotros quedaros aquí. Ojalá pudiera ver a mis bisnietos

Y a su primer bisnieto sí llegó a conocerlo. Y a acunarlo. No le duró mucho ese placer: cuando a Álvaro le quedaba poco para cumplir dos años, la abuela se despidió del mundo tras una larga lucha contra las secuelas de un ictus. Carmen lloró su partida; decía que no se puede devolver al mundo ni la mitad de lo que una abuela da.

El reparto de la herencia fue menos dramático de lo que Inés creía. Ella, sumida en los altibajos de otro romance, casi no le interesaba el asunto. Tenía, cómo no, una nueva historia de amor.

Aunque, la verdad, más que amor era fiebre. El nuevo era Adolfo, artista de mirada perdida que aprovechaba la presencia de Inés en su piso solo para tenerla limpiando y cocinando, nunca para quedarse a dormir.

Soy un solterón, Inés. Es complicado para mí.

Él, con aires de bohemio, la mandaba organizar su estudio y, acto seguido, la despedía con el discurso de siempre:

El arte me pide sacrificios, ¿entiendes? ¡No puedo darme a otra cosa! Amor, responsabilidades ¡No puedo con todo! Estoy taaan cansado

Inés suspiraba y asentía, mirando de reojo el retrato maltrecho que le hizo Adolfo y que acumulaba polvo en la esquina. Nunca antes la habían pintado; aquel cuadro era su prueba de que sí podía inspirar a un hombre.

Recibió el retrato, como recuerdo, el día que anunció a Adolfo que esperaba un hijo.

Aquella tarde el sol rebotaba en los balcones de la calle Arenal y ella caminaba desbordada de sueños, sintiendo que la vida nueva era un milagro. Pero el milagro se rompió en mil partículas cuando él, frunciendo el ceño, cortó el hilo de su discurso cantado:

¿Un niño? ¿Ahora? ¡Estás loca!

Todo fue cuestión de segundos: la historia terminó de una forma tan trivial y vacía, que Maribel cayó en el pozo de su propia desesperanza. Sus sueños reventaron en mil cristales imposibles de recoger. Ni siquiera tuvo fuerzas para rescatar su orgullo: solo pidió regresar a por el retrato.

Por lo menos recuerdo

Le concedieron el favor y, ese mismo día, lo desgarró en pedazos, murmurando:

Aún me queda todo por vivir. ¡A ti, seguro que no!

Jamás supo nada más de Adolfo, pero tampoco lo necesitaba. Bastante tenía ya. El hijo que esperó con tanto anhelo nació sano, pero la alegría se desvaneció. Buscaba en Pedro rasgos del padre, su genialidad, pero de él no heredó nada. Era un niño apacible, amante del balón y del ajedrez, sin ningún afán por el arte ni la creatividad. Él solo buscó su club por la tarde y jamás entendía la queja de su madre:

¿Qué encuentras ahí? ¡Ajedrez todo el día! ¡Qué aburrimiento!

Pero a Pedro le parecía música. Analizar las jugadas tenía algo de danza secreta, como un vals al compás de una melodía secreta que solo él imaginaba. A veces hasta daba vueltas por la habitación, siguiendo la música interna, pero solo si su madre no le veía. Inés, esas bailes, los detestaba:

¡Pedro, los bailes no son para chicos! ¡Córtalo ya!

La única que entendía su forma de ver el mundo era su prima Lucía. Aunque a él le desconcertaba el distanciamiento de su madre con la tía Carmen, la abuela siempre le decía: la familia es la familia, es de tontos despreciar lo que la vida te ha dado. Eso sí, Pedro adoraba a Lucía. Ella sabía conectar con él. Se sentaban a hablar de la música de las jugadas, y volaban juntos.

¿La oyes? preguntaba Lucía, abriendo mucho los ojos.

Sí. Es bajita, sí, pero es preciosa.

Yo creo que también la escucho. Te enseño

Y Lucía se lanzaba a danzar, traduciendo a saltos los recodos secretos del alma de Pedro, y él comprendía: con ella nunca estaría solo.

Pero los niños no deciden con quién tratar; eso depende de los antojos de los adultos. Y a Inés le venían los caprichos a ráfagas. Si discutía con Carmen, prohibía a Pedro ver a sus primos. Él no podía oponerse. Se defendía con berrinches y huelgas de hambre hasta que Inés, agotada, acababa cediendo:

¡Haz lo que quieras, niño! ¡Ya me cansas!

No entendía por qué reñían su madre y su tía. Ignoraba que tras nacer él, Carmen ayudó en todo a Inés, pero que más tarde, cuando se supo el reparto de la herencia, la relación se torció.

¡No es justo! ¡Somos iguales!

No fui yo quien lo pidió, Inés. Si quieres, vendemos la casa y lo repartimos. No quiero problemas.

¡No quiero tus sobras! ¡La abuela siempre te vio con mejores ojos! A mí nunca nadie me ha querido de verdad.

No es cierto. ¿Y yo? ¿Y mamá y papá?

¿Amor? ¿Llamas amor al no entenderme? No me importa la casa, ¡quiero sentirme querida!

Inés

¡Basta! ¡No me digas más!

Y así, el rencor tejió un nido entre las hermanas, trayendo al presente mil agravios viejos, hilando pelusas de celos y viejas muñecas de trapo.

Mira, Inesita. ¿Recuerdas cuando a Carmen le regalaron la muñeca rosa? ¡Tú querías la rosa y te tocó la verde! ¿Te olvidas? ¡No deberías, de esos detalles se va haciendo la vida! ¿Y la sombra de Carmen, y su trabajo, sus hijos brillantes y la vida perfecta, y el tuyo, el callado Pedro siempre en otro mundo? Todo son ladrillos, Inesita. Con esos has edificado una casa fea, torcida, vacía. ¡Todo lo bueno fue para tu hermana! Pero, ¿de verdad es mejor que tú? ¡Claro que no! Porque tú tienes lo más importante: ansias de soñar, de volar. Amor de verdad… El amor que guarda las llaves de la felicidad, y esas llaves no las tiene cualquiera. ¡Carmen no sabe nada de ellas!

Carmen también sentía su pinchazo, pero su nido era frágil, un par de ramitas, enseguida volaban con un soplo. Y Carmen soplaba, cada vez que Inés se enfadaba y gritaba, deseando romper esa cuerda invisible, pero sabiendo que no podía.

Se fueron sus padres de este mundo el mismo año. La pérdida dejó a las hermanas varadas en una playa desierta.

¡Carmen, qué injusticia! ¡Tan jóvenes!

Inés, la vida no pregunta. Las cartas vienen dadas y a veces no es cuestión de mérito. Nos queda lo que hemos hecho y el resto no depende de nosotras Carmen abrazaba a la hermana, que lloraba hasta quedarse sin fuerzas.

¡No es justo!

Nunca lo ha sido, Inés. Hay quien recibe menos de lo que da.

Ceder la herencia de la casa familiar a Inés tranquilizó las aguas. Inés se volcó en los trámites y Carmen respiró aliviada.

Pensaba que también esa casa te la quedarías.

¿Por qué dices eso, Inés? ¿Somos extrañas? Carmen evitaba discutir.

No sé, Carmen. Somos familia, pero nunca me has entendido.

Tú tampoco a mí pero, ¿de verdad importa tanto?

¡Claro! Si no hay entendimiento, ¿para qué estar juntos?

Quizá para esforzarse en entender. Nadie regala nada en esta vida. ¿Tú mejor que nadie no lo sabes?

Sí, desde luego. Lo sé mejor que tú. Tú lo has tenido todo fácil: marido, piso, hijos. Yo siempre estoy sola.

No es así ¿Y Pedro?

Pedro hace su vida. Apenas lo veo. Trabajando todo el día pasa más tiempo en tu casa que en la mía.

Está a gusto aquí, tranquilo

¡Pues eso! Carmen, eres insoportable. Siempre haciéndome ver que soy mala madre. ¿Qué te he hecho yo?

No grites, Inés. ¿Cuándo dije yo eso? No inventes.

Siempre igual: vosotros perfectos, vuestros hijos también. Yo no, ni Pedro tampoco. Y tú, en vez de apoyar, me hundes.

¡Por Dios, Inés! ¿Te escuchas?

Felipe recogió a Carmen mientras ella, en el portal, lloraba en soledad.

¿Por qué me trata así? ¿Por qué?

Felipe trató de quitarle hierro:

Mala racha, ya lo superará.

Carmen, seca de lágrimas, se rebeló:

¡No digas eso! Me da miedo, y pena por ella

Eso es buena señal.

¿El qué?

Que le tienes compasión. Quizá ella nunca entienda quién la quiere de verdad. Pero así lo siente tu corazón.

Será mi hermana siempre, ¿qué otra cosa puedo hacer? Pedro es pequeño aún.

Mejor una tímida paz que una guerra total. Carmen hacía lo posible por mantener el hilo que las unía, aunque ya solo fuera un cabo deshilachado.

Por la vida de Inés pasaban hombres como trenes: unos bajaban, otros se perdían en el horizonte. Ninguno dejaba huella, solo agrio estupor y su habitual despedida:

¡No te rayes, Inesita! Esto era abierto, ¿no? Lo hablaste tú misma.

Siempre igual; le avisaban desde el principio:

No estoy preparado. Es complicado. ¿Lo entiendes?

Inés asentía, pero luego olvidaba las condiciones y, cuando el romance se extinguía, no soporto la realidad.

Ofrecía las llaves de su dicha, se adaptaba, aprendía de perros si al hombre le gustaba la caza, de cañas y cebos si era la pesca su hobby. Nadie quería, sin embargo, aceptar esas llaves.

Mientras tanto, Pedro acabó viviendo más en casa de Carmen que en la suya. A Felipe y Carmen les parecía normal; le trataban como a un hijo más. Álvaro y Pedro compartían dormitorio, y en la mesa tenían espacio hasta para dos ordenadores. Jugaban y chillaban a Lucía, que a veces se les unía en equipo.

¡Lucía! ¡Jugar en equipo! ¡Contigo solos no es justo!

Carmen, informando a Inés de los progresos del niño, suspiraba:

Tu hijo es muy listo, Inés. Debería ir a una escuela de matemáticas.

Está bien así. Prefiero que vaya con Álvaro: así controlo mejor qué hace. Y tú le vigilas.

Pedro tiene que cruzar media ciudad y se agota.

Pues que se quede unos días más con vosotros. Ya ves cómo estoy. Empieza a irme bien.

Vale, Inés. Aquí está como en casa.

Gracias. Diego es un encanto. Ha aceptado muy bien a Pedro y quiere que formemos una familia.

¿Ya te ha pedido matrimonio?

Todavía no, pero todo va bien. No pongas pegas. ¡Ayuda, que este es mi momento!

Claro, claro.

Pero Diego no le gustaba a Carmen: era arrogante, tenía un humor raro, sus bromas no se entendían, parecían más cuchillos que chistes. Y aunque Inés vivía a su sombra, su hijo se alejaba cada vez más, refugiándose en la familia de Carmen.

Lo que Carmen no se esperaba era descubrir el verdadero interés de Diego: vender el piso que Inés heredó.

Una tarde, Carmen volvió a casa agotada y encontró la entrada hecha un desastre con las zapatillas de Álvaro y Pedro llenas de barro.

¡Pero bueno! ¿Quién está en casa? ¿Qué es esto?

Lucía, que salió de la habitación de los chicos, cerró la puerta tras de sí, nerviosa.

Mamá

¿Pero qué pasa? ¡¿Qué ocurre?! Vas a asustarme

Pedro sollozó Lucía Le hemos puesto hielo, pero no mejora

A Carmen se le heló la sangre. Se apresuró al dormitorio y allí encontró a Pedro tumbado, la cara vuelta hacia la pared, presionando hielo contra una mejilla hinchada.

Pedrito ¿qué pasó?

Nada

Su voz apagada delataba la gravedad. Carmen subió a la litera y le abrazó, acariciando el moratón incipiente.

Anda, baja: quiero hablar.

No quiero.

Esa negativa era algo serio. Carmen suspiró, calmó a los niños y les encargó ordenar la compra.

Luego, en vaqueros cómodos, subió de nuevo a la litera.

Hazme sitio. Se tumbó junto a Pedro y le rodeó con el brazo, tocando suavemente la zona herida. ¿Ha sido Diego?

La respuesta era obvia. Pedro rompió a llorar apoyando la cabeza en el regazo de Carmen. Porque ser valiente no incluía soportar golpes, ni oír a un adulto gritarle a su madre: ¿Tú me vas a enseñar a mí? ¡Pero tú quién eres! ¡Lárgate y no te metas cuando hablen los mayores!

Pedro no había visto nunca a Diego tan despojado de su máscara. Supo que ese hombre tampoco amaba a su madre, solo sacaba beneficio. Lucía le había dicho:

Cuando hay amor, se nota. ¿Es tan difícil de ver?

Mucho

Tú ves la música, lo sé.

¿Sí?

No sé cómo explicarlo Pero el amor es como la música. Cuando la oyes, sabes adónde moverte.

No todos lo entienden

¿Tu madre no la oye?

No la oye ni la ve. Se muere de ganas de sentirla, pero no puede.

Me da pena

A mí también

Pedro se enfrentó a Diego, inútilmente. Lo apartaron rápido y la siguiente cara que vio fue la aterrada de su madre, susurrando:

Pedrito, ¿por qué lo haces?

No precisó más. Pedro, ofendido y hecho pedazos, se encerró en sí mismo. ¡No llores, que eres un hombre! solía repetir Diego, pero Pedro solo quería irse a donde estuviera a salvo. Pronto, agarró su mochila y se fue a casa de Carmen, donde no tenía que avergonzarse.

Carmen, al ver el estado de su sobrino, corrió a llamar a Inés, tragándose los nervios. Discutir no ayudaría, pero debían arreglarlo cuanto antes. Pedro sí necesitaba a Inés, aunque ella se empeñara en ignorarlo.

Sin respuesta, Carmen llamó a Felipe:

¿Puedes venir a recogerme? No subas, estoy bajando. Llévame a casa de Inés, por favor.

A los niños les ordenó que no dejaran solo a Pedro ni un segundo y salió corriendo.

¿Va todo bien? preguntó Felipe, preocupado.

Por el camino te cuento. Vamos, corre.

La conversación con Inés fue imposible. Ella, presa de una crisis, gritaba en el patio envuelta en lágrimas por la marcha precipitada de Diego.

¡No lo entiendes! ¡Yo le quiero!

¿A quién, Inés? ¿A quién amas? ¿A uno que pega a tu hijo? ¿Tienes un poco de sentido común? ¡Ya está bien! ¿Qué culpa tiene Pedro? ¡Es tu hijo!

¡Ya no es mío! ¡Tú me lo quitaste! Apenas vive en esta casa. ¡Ya no me pertenece! ¡Tú lo tienes todo!

¿Qué te he quitado, Inés?

¡Mi vida! ¡Mis llaves!

¿Qué llaves?

Carmen se detuvo y de pronto se vio a sí misma y a Inés de lejos: dos hermanas gritando como gitanas en plena plaza. ¿Eso querrían sus padres? ¿Eso les enseñó la abuela? ¿Dónde estaba el hilo que unía sus vidas? ¿Iba romperse para siempre?

Su voz se templó y volvió a preguntar de verdad:

¿Qué llaves, Inés? ¿A qué te refieres?

Las llaves de la felicidad Tú las tienes. ¿Yo qué?

Ahí Carmen lo comprendió. Respiró hondo, como llenándose de una fuerza de otro mundo. Se fue acercando hasta rodear a Inés con un abrazo, como cuando eran niñas.

Ven aquí. ¡Ay, Inesita! ¿Por qué eres tan?

¿Tonta? ¿Eso quieres decir? Inés quiso zafarse, pero Carmen le sujetó más fuerte.

No, mujer, no digas tonterías. Quise decir delicada. Demasiado necesitada de amor Eso lo sé. Pero lo que nunca podré entender es cómo puedes sacrificar a tu hijo por otro. Y en cuanto a las llaves yo nunca te he quitado nada. ¡Bastante tengo yo con mis puertas! Pero sí hay una diferencia entre nosotras.

¿Cuál?

Tú intentas regalar tus llaves a cualquiera, y yo guardo las mías conmigo.

¿Y qué es mejor?

No lo sabemos. La vida dirá.

Ya lo he visto ¿Cómo sigo adelante? Nadie me espera en ningún sitio.

Yo te espero. ¿Te vale? Y Pedro. ¿No es suficiente?

No lo sé

Empieza por ahí. El resto puede esperar, Inesita.

¿Y si no hay resto?

Entonces tus llaves no son para esa puerta. Si insistes, solo vivirás en el recibidor eternamente. ¿Quieres pasarte la vida en el pasillo, sin abrir ninguna?

No

Eso está bien. ¿Vas a ver a Pedro?

No me va a perdonar

Ay, Inés Pedro entiende la vida mejor que su madre. Pero le dolerá. Está muy herido.

Ya lo imagino

Pues haz algo. ¿Eres su madre o la tía de otro niño?

¡Carmen!

¡Pues eso! Al coche ya, que me tienes harta. Felipe, pásale unos pañuelos; que se limpie la cara. ¡Y vamos ya, que los niños esperan!

Pedro, con los años, sí aceptará al padrastro, y también Inés aprenderá a vivir de otra manera. Pedro preferirá quedarse a vivir con Carmen, entre la calidez de su familia, aunque visita la nueva casa de su madre, donde crecerá su hermanita. Porque Inés, al final, entenderá que querer no es entregar todas las llaves, sino saber a quién se presta la de verdad. El hombre con el que rehaga su vida será prudente y, poco a poco, forjará lazos con Pedro no de sangre, sino de respeto verdadero.

El día que Pedro se vaya de casa para hacer su vida, en el andén de Atocha, abrazará a todos, apretará fuerte la mano de su padrastro y solo le dirá:

Cuida de mi madre.

El hombre, alto, casi canoso, apretará la mano del muchacho y responderá, muy serio:

Tú cuídate, hijo. Aquí te estaremos esperando.

Lo sé.

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Elena Gante
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