Las deliciosas albóndigas de mi suegra

Las albóndigas de la suegra

Javier y Carmen llevan ya tres años y medio casados, y en todo ese tiempo, Carmen apenas ha estado en la casa de la madre de Javier más de cuatro veces. Solo han ido en fechas señaladas, por Navidad o alguna fiesta importante, y siempre apenas un par de horas antes de volver a Madrid, a su piso.

Pero ahora, de repente, a Javier le ha entrado la urgencia: su madre le ha llamado ya tres veces esta semana, dice que les echa de menos, que su padre ha estado arreglando el tejado del cobertizo y se ha fastidiado la espalda, que el huerto está hecho una selva y que no tiene fuerzas ni ganas para nada…
Javier, en esto, siempre ha sido un hijo complaciente, cada domingo llama a su madre religiosamente, asiente aunque no esté de acuerdo con lo que ella dice al otro lado del teléfono. Y ahora, mientras cenan pasta con salchichas, pone cara de cordero degollado mirando a su mujer.

Carmi, dice apartando el plato, cruzando las manos sobre la mesa, mi madre ha llamado otra vez. Dice que ya ni nos acordamos de cómo es su cara. ¿Por qué no vamos este fin de semana? Solo tres días, te lo prometo. Porfa, venga.

Javi, tengo cita el sábado con la esteticista… intenta protestar Carmen, sabiendo que es una excusa endeble.

Pues cámbiala le corta Javier con una naturalidad como si programar las citas fuera cosa de pulsar un botón. Ya sabes cómo es mi madre, si no, se ofende. Y encima ha prometido hacer albóndigas y empanada. Que nos echa muchísimo de menos.

¿Y tu padre, cómo va de la espalda? pregunta Carmen, más por cortesía que por interés real: el suegro siempre le ha sido indiferente.

Bah, está bien, siempre se queja de algo Javier hace un gesto quitándole importancia. En serio, ya he decidido que vamos. Viernes por la tarde salimos y domingo cenamos en casa. Así la hago feliz.

Carmen suspira y no discute más. A estas alturas ya sabe que, cuando Javier ha decidido algo, discutir es tan inútil como pedirle a un gato que no trepe a la cortina.

El viernes por la tarde cargan la maleta y una bolsa con dulces para la madre y una botella buena de brandy para el padre. El viaje hasta el pequeño pueblo de Guadalajara dura unas dos horas, si el tráfico acompaña.
Carmen pasa el trayecto mirando los campos de encinas y los carteles de bares de carretera con nombres absurdos. Escucha a Javier tararear lo que suena en la radio y piensa que igual, al final, no será para tanto. Solo serán tres días, y al fin y al cabo su suegra es una mujer amable.

Cuando llegan es de noche. La casa está al final de la calle, iluminada apenas por la luz mortecina de una farola. Javier aparca en el camino de grava y apaga el motor. Apenas bajan del coche, se enciende la luz del porche y la puerta se abre de golpe. Sale María Dolores la madre de Javier, bajita, redondita, con un delantal floreado y una sonrisa tan grande que parece que la va a partir en dos.

¡Javiño! grita, corriendo a abrazar a su hijo antes de que cierre la puerta del coche. ¡Ya pensaba que no veníais! ¡Llevo desde la mañana cocinando, tú ni te imaginas! Carmen, hija mía, pasa rápido, que hace rasca.

Carmen sale del coche, se coloca la chaqueta, pone su sonrisa de compromiso y se deja abrazar. María Dolores huele a cebolla frita y a algo dulzón, un aroma que le hace cosquillas en la nariz.

Dentro de la casa hace un calor tremendo. Entra el olor a comida, el chisporroteo de algo friéndose en la cocina. En la mesa del comedor ya hay un plato de chorizo en lonchas, pan, pepinillos, una jarra de compota y medio pan de hogaza. El padre, Don Pablo, está sentado viendo el telediario. Se levanta y va al encuentro de su hijo. Preocupado porque era tarde, los atascos, la noche, mil historias.

Bueno, ya estáis aquí dice, dándole la mano a su hijo y asintiendo hacia Carmen. Bienvenida, hija. Venga, pasa, quítate el abrigo, que enseguida cenamos.

Os he preparado albóndigas riquísimas anuncia María Dolores desde la cocina, nerviosa, cambiando platos y cubiertos de sitio. Con patatas y salsita, como le gustan a Javiño. ¿A que sí, hijo?

¡Claro, mamá! Javier ya se ha quitado la chaqueta y mete la nariz en una cazuela, provocando una explosión de vanidad en su madre.

Carmen cuelga el abrigo en el perchero y entra en la cocina. Es pequeña y está abarrotada de botes con conservas, especias, paños de cocina, paquetes de legumbres y cacharros por todos lados. Pero la sensación es de hogar.

Siéntate, Carmen, siéntate María Dolores le acerca una silla, pasándole un trapo por encima como si no se fiara de su propia limpieza. Con el viaje que tenéis Yo ahora termino y os pongo la cena.

Da media vuelta, abre el horno y sale un aroma a carne asada que provoca que Carmen trague saliva. No han comido nada decente durante el trayecto, solo un café del termo.

Y entonces Carmen lo ve.

María Dolores está preparando las albóndigas, junto a un bol de carne picada. Hay ya como quince bolas, redondas y perfectamente alineadas, espolvoreadas de pan rallado en la bandeja. Su suegra coge otro montón generoso de picadillo, lo hace bola, le da forma y de repente, con la misma mano que acaba de amasar la carne cruda, se rasca con ahínco la axila izquierda.

No es solo un gesto distraído de quien le pica y ya, no: mete la mano, entera, y la rasca a conciencia durante varios segundos, con cara de gusto. Después saca la mano sin pasarla ni por agua, ni por un trapo y sigue formando albóndigas.

A Carmen se le revuelve el estómago.

No puede apartar la vista de esa mano de mujer, con las uñas cortas, el anillo hundido en el dedo regordete, arrugas por el dorso Esa mano acaba de estar bajo el sobaco y ahora está sumergiéndose otra vez en la carne. Carne de la que, durante años, su suegra les ha enviado congelados bolsitas de albóndigas que ella y Javier han frito y comido con gusto. Incluso Carmen llegó a decirle por teléfono lo maravillosas que eran sus albóndigas. Sabía, de verdad, a gloria…

Mamá, llama Javier desde el comedor, ¿queda té? ¡Venimos muertos de frío!

¡Ya voy, ya voy! responde María Dolores, mientras sigue dándole forma a las albóndigas. Un segundo y tenemos la mesa.

Ahora coge otra bola de picadillo, y Carmen se fija en una manchita gris en la tabla, justo donde su mano ha hecho contacto. ¿Lo estará imaginando? Parpadea, pero ve solo la cocina, la carne, las bolas, esas manos amasando y apretando.

¿María Dolores, le ayudo? dice Carmen en voz baja. Si quiere, termino yo con las albóndigas y usted pone el té…

¡Qué dices, hija, que eres la invitada! replica agitando las manos, cosa que a Carmen le da un repelús tremendo. Tú siéntate, descansa, que yo ya termino.

Para demostrarlo, moldea la última albóndiga, la pone en la bandeja, se mira las manos con satisfacción, las enjuaga dos segundos bajo el grifo (sin jabón, solo agua rápida) y luego se las seca en el delantal.

Carmen observa la escena cargada de repulsión.

Intentando tranquilizarse, piensa: ¿y qué más da? ¿No ha hecho eso tu abuela, Carmen? También amasaba el pan y, de paso, se recogía el pelo de la frente y nadie se intoxicaba. Igual es solo que es una tiquismiquis.

Pero la imagen no se le borra: mano, axila, carne picada.

Cenan todos en la sala, mesa grande, mantel de hule con flores. María Dolores saca la sartén con albóndigas humeantes, doradas, crujientes. Huelen delicioso, pero a Carmen la saliva le viene por la aversión, no por el hambre. Hay puré brillante de aceite, tomates y pepinos cortados, pan, encurtidos, compota.

Come, cariño, insiste la suegra, acercándole de forma muy especial una albóndiga. Estas son las que más doradas están, para ti, que sé que te gustan. Lo he hecho con mucho cariño.

Carmen las mira. Parecen perfectas. Javier ya se ha puesto dos en el plato, un montón de puré, rodajas de pepino, y da el primer mordisco.

¡Mmmm, mamá, están increíbles! dice con la boca llena.

Menos mal responde María Dolores, sonriente, tomando otra para sí. Me preocupaba haberme pasado de sal.

Todo perfecto, mamá, dice Javier, acabándose la suya a toda velocidad. Cocinas como nadie.

Don Pablo asiente en silencio, comiendo su parte. Siempre ha sido parco en palabras: cuando Carmen le ha escuchado hablar más de dos minutos ha sido sobre cómo cambió el aceite del coche.

¿Carmen, que no te gustan? pregunta la suegra, preocupada, viendo la albóndiga intacta.

No, no, está riquísima se apresura a decir Carmen, temiendo una ofensa si no prueba al menos un trocito. Pero con el viaje, el estómago Me cuesta, de verdad. Ahora me como un poco.

Coge el tenedor, corta un trocito minúsculo de la esquina más dorada y se lo lleva a la boca. El aroma es sabroso, pero en cuanto imagina la mano y la axila, se le queda atascado en la garganta y lo traga con dificultad y náuseas.

Buenísima consigue decir mientras aparta el plato. María Dolores, ¿puedo comer solo patatas? Y un pepino. La albóndiga está deliciosa, pero de verdad, no puedo más con el estómago hoy.

Ay, hija, claro, come lo que quieras. Las albóndigas te las pondré para llevar. He hecho muchas, pensaba que veníais muertos de hambre.

Javier le echa una mirada rápida y sigue comiendo con apetito de hombre grande, sin pensar en nada más que el sabor.

Carmen picotea el puré y el pepino, convenciéndose de que igual está exagerando, que la vida rural es así. Pero la imagen de la mano y la axila la acompaña en todo momento.

Tras la cena, María Dolores recoge la mesa. Javier se va con su padre al garaje a revisar algo de la luz, y Carmen se queda sola en la cocina con la suegra, que pone a calentar el agua en la tetera de toda la vida.

No te tomes a mal que insistiese tanto en que vinierais dice María Dolores sirviendo el té. Me hace mucha ilusión que estéis aquí. Sé que en Madrid estáis liados con el trabajo, la vida… Pero el corazón de una madre no descansa, ¿sabes?

Lo sé, María Dolores, responde Carmen, con la taza en la mano, evitando mirar las albóndigas tapadas con un paño. El trabajo, la casa Como todos.

Menos mal la suegra se sienta enfrente, con una mirada intensa. Por suerte os gustan mis albóndigas. Javiño siempre me pide que le congele para llevarse. Donde vivís todo lleva química, esto es carne buena, de la carnicería de mi primo. Yo misma pico y amaso todo.

Carmen da un sorbito, se quema, y la náusea vuelve renovada. No puede dejar de pensar qué manos han preparado esa tetera, qué manos han lavado la taza. La pospone en la mesa, no se atreve a tragar más.

¿Me voy a la habitación? dice en voz baja. Creo que me duele la cabeza, debe de ser el viaje…

Claro, claro, preciosa, se apresura la suegra, el armario tiene sábanas limpias, Javi sabe dónde están. Si necesitas algo, avísame, ¿eh?

Carmen camina hasta la habitación de invitados, se sienta en la cama y nota que va a vomitar. Se encierra un minuto en el baño, tratando de controlarse.

Cuando Javier sube, la encuentra sentada con cara de preocupación.

¿Qué te pasa? pregunta.

Javi murmura Carmen, los ojos muy abiertos, te voy a contar algo, pero por favor, no hagas ruido.

A ver Javier la mira extrañado.

Y se lo cuenta: la carne, la axila, la mano, la albóndiga. Habla bajito, para que nadie la oiga.

Javier la mira como dudando entre no creerla o enfadarse o procesar lo relatado.

A ver, dice al fin, mi madre lo habrá hecho sin querer. Son manías. ¿Tú crees que nuestras abuelas eran unas maniáticas de la limpieza? Es comida casera, Carmen, de toda la vida.

Javi, es que no se lavó las manos… la voz de Carmen tiembla. Tocó el picadillo con la misma mano. Ni un poquito de jabón. Y me acuerdo de todas las veces que nos ha mandado paquetes de albóndigas…

¿Y qué quieres? ¿Que diga a mi madre que hace sucio la comida? Se puede morir de disgusto corta Javier, tenso. ¡Lo hace por nosotros!

No pienso decírselo dice Carmen al borde del llanto. Solo no quiero volver a comer ninguna de sus albóndigas…

Javier pasea por el cuarto, nervioso, llevándose las manos al pelo.

Es que dramatizas, Carmen. ¿Nunca te has rascado cocinando? Esto no es un quirófano. Mi madre lleva toda la vida así, y aquí estamos. Lo importante es el cariño.

Yo me lavo las manos, responde Carmen bajito. Siempre. Creo que debería ser normal.

Pues tú lo harás muy bien replica casi brusco. Pero mi madre cocina así y mira cómo estoy yo, tan sano.

No lo sabía… Ahora sí dice Carmen, mirándole directamente a los ojos. Y no puedo olvidarlo.

De verdad, Carmen, no te rayes. Son cosas de pueblo. Mejor no contarle nada a mi madre. Ya te inventas que estás mal del estómago y mañana nos vamos.

Vale acepta Carmen, resignada, aunque en su interior todo está patas arriba.

Se acuesta, Javier apaga la luz y oyen, tras la pared, el murmullo del televisor, alguna tos del padre, el sonido lejano de cacharros en la cocina.

Carmen se queda mirando al techo, recordando tres años y medio de albóndigas congeladas que le parecían deliciosas. Recordando cómo pidió a María Dolores la receta. Y ahora no puede dejar de pensar si será ese ingrediente secreto el que daba sabor a las albóndigas.

Por la mañana, Carmen se despierta destemplada. Javier ya está abajo, tomando té y hablando con los padres. Se levanta, se lava la cara con agua fría en el baño y se arma de valor para salir a la cocina.

¡Ay, Carmen! se alarma María Dolores al verla. Javiño me ha dicho que has pasado mala noche, ¿tienes fiebre? Te hago una infusión de manzanilla, que la recojo yo misma del campo.

Gracias, María Dolores, responde Carmen sentándose, procurando no mirar las albóndigas que aún están en la mesa tapadas con un paño. Ya me encuentro mejor, seguro fue algo que tomé de camino.

¡Eso son los bares de carretera! niega con la cabeza la suegra, ya le digo yo a Pablo que no vaya, pero nada, siempre os paráis y pasa lo que pasa.

Mamá, interviene Javier, si no hemos parado a comer, solo café del termo.

Bueno, despistes del estómago, responde María Dolores, hay que tener cuidado y en casa se está mejor Anda, tómate esto.

Carmen da un sorbo, siente el calor reconfortante, pero se pregunta si María Dolores habrá lavado bien la taza, y aparta la infusión antes de que la paranoia la consuma. O lo aceptas o no vuelves, se dice.

María Dolores, anuncia dejando la taza, muchas gracias por todo, pero Javier dice que hoy volvemos a Madrid. Creo que mejor me recupero en casa.

¿Ya? se apena la suegra. Si acabáis de llegar Quería haceros empanada y potaje, que a Javier le encanta.

La próxima vez, mamá dice Javier besando a su madre en la frente. Carmen está regular, necesitamos estar en casa. En cuanto pueda, vengo a ayudar a papá con el tejado. Tú congélame lo que quieras entonces.

María Dolores suspira, observa a Carmen, luego a Javier, después a Carmen de nuevo, con una mirada que hace a Carmen estremecerse: parece que lo ha entendido todo.

Lo que digáis dice seca. Te pongo una bolsa de albóndigas para casa. Hice muchas, así os dura un par de semanas.

A Carmen se le hiela la sangre, pero logra sonreír y dar las gracias.

Se despiden con prisas. Javier mete las bolsas en el coche. Carmen se despide de Pablo, que le estrecha la mano y le desea que se recupere pronto. María Dolores le pone a Javier en las manos una bolsa de plástico con los tuppers.

Aquí van albóndigas, algo de empanada y un poco de mi lomo, que os gusta. Disfrutadlo.

Gracias, mamá dice Javier, que le da un beso; pero María Dolores no sonríe y se mete muy deprisa en la casa.

De camino de vuelta a Madrid, nadie habla. La bolsa con albóndigas parece una presencia inquietante en el maletero, casi viva. Javier conduce tenso, apretando el volante.

Puedes comértelas tú murmura Carmen cuando entran en Madrid. Yo no pienso.

Carmen… Javier suelta un suspiro cansado, como si hubieran estado descargando sacos toda la mañana. Sabes que mi madre lo ha notado, ¿verdad?

¿El qué?

Todo. Sabe que no comiste. Que luego te pusiste mala. Que nos hemos ido corriendo. Lo ha entendido. Está dolida.

¿Y tú no me entiendes a mí? le suelta Carmen de golpe.

Él no responde.

En casa, Carmen entra en la cocina y observa las encimeras limpias, los paños recién lavados, las tablas relucientes. Piensa que en este espacio, al menos, todo está bajo control, aquí no hay manos extrañas amasando su comida.

Javier lleva la bolsa al congelador y lo cierra de un portazo.

¿No vas a comerlas? pregunta Carmen.

Sí, claro que las voy a comer responde Javier muy serio. Son las de mi madre. Las de toda la vida.

Se va al baño. Carmen se queda sola. Abre el grifo, coge el jabón y se lava las manos a conciencia, hasta los codos, como hacen los cirujanos. Luego las seca, pensando si sirve de algo todo eso.

Hay algo que tiene claro: nunca más probará una albóndiga hecha por María Dolores. Ningún argumento, ninguna súplica, ningún no se ha dado cuenta cambiará su decisión.

Tres días después, Javier fríe cuatro albóndigas, prepara puré y pepinillo, y se sienta a cenar.

¿Quieres? le pide, ofreciéndole el tenedor con una albóndiga.

No, gracias responde Carmen.

Se levanta y se va al salón, pone la televisión más alta para no oír a Javier masticar.

Carmen sabe que este viaje ha cambiado algo en su matrimonio. Algo que quizá ya no tiene remedio. Y todo por una mano, una mano de mujer ordinaria, que una vez se rascó justo donde le picaba.

Cierra los ojos, decide no pensar más. Hay que seguir adelante. Comer solo lo que cocinas tú, no aceptar nada hecho por manos ajenas. Y entonces sí, se puede vivir.

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Elena Gante
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Las deliciosas albóndigas de mi suegra
Le silence qui disait toute la vérité