Larry se sentó en el alféizar y miró por la ventana. Estaba esperando a su papá. Al fin y al cabo, habían pasado ya dos años enteros desde que su madre les había dejado.

Lucas se sentó en el alfeizar de la ventana y fijó la mirada en el horizonte sangrante de Madrid, donde las azoteas se apilaban unas sobre otras como páginas desordenadas de un libro viejo. Esperaba a su padre envuelto en una neblina de recuerdos deshilachados. Llevaban dos años navegando en una casa sin madre. Su padre, Don Javier, le decía de vez en cuando, con voz hueca, que mamá se había marchado con otra familia. Qué misterio, por qué se fue. Poco a poco, su rostro se volvía confuso, como las siluetas distorsionadas en los espejos de la casa.

Javier se esforzaba por construir una vida decente para Lucas. Diez años tenía ya el chaval. Nada hay que disimularle, ya es casi un hombrecito, se decía Javier, mientras el reloj de la cocina giraba en su bucle interminable. Lucas aprendió a fregar los platos con el agua siempre un poco fría, a colocar los libros en la estantería de madera carcomida. Ya no tocaba los juguetes, los miraba como animales disecados en un museo polvoriento. Sobraba el silencio, le faltaba su perro Chispa, al que tanto echaba de menos. Pero Javier siempre respondía con una negativa jaspeada de cansancio.

¿Quién va a cuidar de él, Lucas? Trabajo en la oficina, tú tienes el colegio, y aún eres joven

En lugar de un perro, Don Javier regresó una tarde con una presencia nueva: una mujer llamada Beatriz, que traía el olor a azahares y a tardes de domingo. Beatriz se quedó a vivir con ellos. Lucas decidió que ella era como una sombra añadida en su sueño interminable. No le interesaba hablarle, ni siquiera rozarla con la mirada, convencido de que estaba de más. Pero su padre la llamaba esposa, e intentaba que Lucas la viera como madre.

No me hace falta, contestaba Lucas con voz de pozo, y se refugiaba otra vez entre las cortinas color mostaza. Siguieron así, cada quien atrapado en su propio carril de vías paralelas. Veía a su padre reírse y abrazarse con Beatriz en la cocina, moviéndose con la ligereza de los personajes de un cuadro de Velázquez. Lucas se llenaba de ira.

Papá, quiero que se marche.
Lucas, cariño, la vida se hace dura sin una mujer a nuestro lado, una esposa y una madre, argumentaba Javier mientras el aire olía a detergente.

Llegó la primavera, y el barrio de Lavapiés se llenó de niños corriendo. Lucas se despejaba jugando en el patio, atento a las historias que sus amigos inventaban con la gravedad de lo real y lo onírico mezclados: que su padre y la nueva mujer planeaban mandarle a un centro de menores. Les creía, porque en los sueños todo es posible y temible. Pensó en el futuro como una maleta que otro llevaría en su lugar.

Una tarde, oyó a hurtadillas el eco truncado de unas palabras: Allí estará bien, deberíamos llevarle allí.

Esa noche, el insomnio pintó montañas en el techo de su cuarto, y al amanecer Lucas tomó la absurda decisión de expulsar a Beatriz con pequeñas revueltas: volcó sal en su infusión, dejó la sartén al fuego sin nada más que el vacío dentro. La casa crujió con su travesura. Beatriz intuyó el origen de estos gestos y le llamó:

Lucas, necesitamos hablar.
No tengo nada de que quejarme. Lucas quiso esquivar la conversación, como quien esquiva charcos invisibles.

Lucas, no quiero hacerte daño, ni lastimarte, tesoro
¡No soy tu tesoro! gritó Lucas.

Entonces Beatriz respiró hondo, como quien invita a las cigüeñas a regresar Hemos alquilado una casita en la sierra para el verano. Queríamos darte una sorpresa, pero ya es hora de que lo sepas. Además, tu padre ha encontrado un cachorro para ti, hoy mismo vamos a recogerlo. ¿Vienes con nosotros?
¿De verdad? preguntó Lucas, la incredulidad deshaciéndosele entre los dedos. Y, sin pensarlo, se aferró a Beatriz en un abrazo apretado, de esos que despiertan a los gatos dormidos.

Beatriz contuvo las lágrimas, acariciando su pelo, Ay, Lucas, tienes que ser feliz, hijo, ya verás, todo saldrá bien, no tienes por qué llorar.

Cuando Javier llegó del trabajo, los tres partieron hacia la protectora canina. El enfado de Lucas se disolvía en cada curva del coche mientras la ciudad se iba diluyendo tras los plátanos de sombra. El cachorro, pequeño y soñoliento, se acomodó en los brazos de Lucas como si hubiera nacido solo para él.

Así, todos encontraron su lugar en el mosaico absurdo y tierno de aquel sueño español: una familia recompuesta, un verano por estrenar, un cachorro, y la promesa indefinida de alegría nueva en el aire de la meseta.

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Elena Gante
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Larry se sentó en el alféizar y miró por la ventana. Estaba esperando a su papá. Al fin y al cabo, habían pasado ya dos años enteros desde que su madre les había dejado.
אם אי פעם תפגוש אותה — תספור עד שלוש