La vida vacía de Eulalia
Ahora al recordarlo, me parece ver otra vez aquella noche en la pequeña aldea castellana, cuando la escarcha ya no quemaba los pies desnudosEulalia llevaba tiempo sin sentirlos. Solo el viento, como un látigo, le azotaba el rostro, los brazos y el cuello, atravesándole el pecho cubierto apenas por una tenue camisa de dormir. Los cabellos canosos, apelmazados de nieve, pesaban como carámbanos. El ventisquero silbaba y golpeaba sin compasión, y Eulalia ya no sabía hacia dónde avanzaba, perdida en su propio corral. Aferrada a las tablas heladas de la valla, dobló los brazos sobre el pecho y rompió a sollozar:
¡Que venga la muerte ya! Llévame, Señor ¡Déjame morir de una vez!
En verdad, habría muerto esa misma noche a causa del frío, si no hubiera sido por su vecina, doña Ramona, que, preocupada por su vaca, salió a comprobar si la res iba a parir. Vio entonces la puerta de Eulalia abierta; una rendija dejaba ver un poco de luz.
¡Eulalia! ¿Eres tú quien anda ahí en la oscuridad?
Pero Eulalia, encogida en la esquina del corral, oculta tras árboles desnudos y bajo el vendaval, repetía, con los ojos fuertemente cerrados, como embrujada, morir, morir.
Ramona no dudó y salió apresurada de su casa, entrando por la portilla del corral de Eulalia.
¡Eulalia, dónde estás! ¡Eulalia, mujer! ¡Ay, Eulalia!
Aunque hubiese querido, Eulalia ya no podía responder. Gimió, se deslizó hacia abajo por la valla helada y, balbuceando, apoyó la cabeza desgreñada y canosa en las rodillas. Tembló. Lágrimas corrían por sus mejillas encogidas y grises. Después, alguien la recogió en brazos e intentó arrastrarla, pero la anciana estaba tiesa y rígida como un tronco helado.
Ay, mujer testaruda ¡Espera, que vuelvo ahora! se oyó la voz de Ramona, que corrió a buscar a su marido. Entre los dos llevaron a Eulalia a la cocina.
Desde entonces Eulalia quedó postrada en cama. Por la mañana vino la practicante joven, se extrañó al ver que, a sus noventa y un años, Eulalia no tuviese gripe ni fiebre, solo los pies congelados. La muchacha, acercándose a su rostro, dijo:
Deberíamos llevarte al hospital, ¿llamamos a un coche?
Eulalia miró con tristeza el pelo moreno y las mejillas sonrosadas por el frío de la enfermera y movió la cabeza obstinadamente.
No, hija mía. Aquí me quedo. No malgastes tu tiempo conmigo; no necesito nada, vete con Dios.
Permaneció así dos semanas. Nadie entendía, ni la propia Ramona, por qué Eulalia salió esa noche al corral semidesnuda y descalza. Todos pensaban que había enfermado por necedad, pero ella sentía algo más profundo y misterioso, casi como si el destino se lo dictara. La noche anterior había estado sentada sobre la cama, deshaciendo un calcetín de lana a la luz mortecina de una bombilla. Sus cansados dedos trabajaban con destreza, autómatas. Su mente estaba lejos de la labor; su mirada, vidriosa, fija en un punto de la pared. En la comisura de sus labios flotaba una sonrisa extraña, dedicada a recuerdos lejanos.
En su vida, desde la infancia, nada bueno había acontecido. Solo trabajo, miseria y un solo rayo de luz: un breve y único brote de amor.
Se llamaba Gregorio.
Gregorio mi Gregorito murmuraba la anciana, y la sonrisa se le ensanchaba, inexplicablemente.
Quizá en aquella tarde, entre el sueño y la vigilia, se imaginó caminando por entre los trigales, hacia donde acababa la finca de la señora marquesa. Eulalia, con la mano en la frente para taparse el sol, miraba al horizonte. Esperaba y aguardaba. Él había prometido venir. Por dentro, sentía ese miedo y esperanza unidos, como grieta en el pecho. Y allí, entre las areniscas del rastrojo, veía la figura de un hombre. ¡Corría hacia él, dichosa, gritando: “¡Gregorio! ¡Gregorio!”!
Cansada de sus propios sueños, la vieja finalmente se quedó dormida. Pero la noche la despertó pronto, inquieta. Se asomó por la ventana: la ventisca rugía, las copas apenas se veían. Eulalia se bajó al suelo, palpando en la oscuridad hacia la puerta:
Sólo un momento ya vuelvo
Abrió la puerta de una patada, salió descalza, sin reconocer el lugar. Miró hacia el torbellino blanco sobre el pueblo. Extendió la mano suplicante:
¡Gregorio!
El frío le caló hasta los huesos; los pies sentían el hielo y bajó los escalones. Caminó, luchando contra el viento, viendo solo el portón frente a ella.
¡Gregorio! ¡Aquí estoy! ¡Gregorio!
Llegó a la valla, miró afuera, fue de un lado a otro Solo entonces notó que los pies ya no le respondían. Intentó apresurarse hacia la entrada, pero se había perdido. Las referencias desaparecieron: un árbol, luego una zarza, después los pies hundidos en la nieve Así se extravió. Así la hallaron los vecinos.
Ramona fue quien la cuidó, le traía caldos, encendía la lumbre. La practicante le curaba las heridas, le ponía ungüentos y le insistía en tomarse la temperatura. Eulalia hacía todo lo que le decían, pero al quedarse sola miraba el techo con ojos vacíos, escuchando los ruidos de la plaza: los ladridos, el traqueteo de los carros, el bullicio de los niños saliendo de la escuela.
Cada vez caía más en letargo. Al abrir los ojos, era ya de día o de noche; la leña chisporroteaba en la estufa, y del tejado goteaba la escarcha. “Dios mío, ¿cuándo vendrá la muerte? Que me lleve ya”, pensaba una y otra vez.
De niña, Eulalia aprendió una verdad cruel: su destino era una ladera empinada de barro y zarzas, solo quedaba rodar cuesta abajo, golpeándose con cada raíz y cada piedra. Nadie le ayudaría, nadie le tendería la mano. Así vivían todos a su alrededor, y no esperaba más. Se habituó a entender la vida como una larga caída; solo restaba apretar los dientes para no gritar.
Aquella primavera fue tardía y cruel. Lluvias y frío, los caminos eran puro lodo. Hasta mayo no se fundió la nieve, descubriendo la tierra yerma y cenicienta. Los álamos no brotaban, los frutales parecían cadáveres oscuros. Eulalia, con el pañuelo empapado atado en la cabeza, cruzaba la calle embarrada tras regresar del pozo, portando con el yugo dos cubos de agua que salpicaban sus pies agrietados. Al otro lado, algunos hombres fumaban junto a una tapia, resguardándose del lloviznar pertinaz. Hablaban bajo, mirándola de reojo, pero Eulalia pasaba con la cabeza gacha, invisible, como si fuese parte de aquel paisaje mustio y gris.
¡Eulalia! chilló tía Jacinta, la vieja criada con quien servía en casa de la marquesa. El grito era seco, imperioso. ¡Corre a la tienda! Que Teófilo le dé a la señorita la mejor seda, con flores, ¡no tardes! Hoy vienen convidados de Valladolid, hay que poner la mesa. Y coge flores del vallado.
Eulalia dejó los cántaros en el portal, ajustó el mandil y se dirigió a la tienda. Tenía veintidós años, pero la vida ya se le había ido, sin apenas rozarla. Hacía doce años que, huérfana, la marquesa la había acogido “a cambio de pan”. Era entonces una niña flaca y apaleada, asustada por cualquier ruido. Ahora era alta, callada, las manos endurecidas y la mirada apagada.
Trabajaba de sol a sol, con los músculos en llamas y las piernas de plomo. Trocaba leña bajo la lluvia, ordeñaba cabras en el frío pajar, amasaba barro, lavaba en el río hasta perder sensibilidad en los dedos. Escardaba huertos bajo el sol junto a las grosellas y frambuesas, tentación prohibida: la marquesa contaba cada baya y azotaba con ortiga por la falta. Eulalia aprendió a no mirar al lado, arrancando maleza entre lágrimas, ansiando solo complacer, temiendo cualquier descuido.
Los sábados encendía la sauna. Transportaba cubos resbaladizos desde el río, llenando de vapor la estancia hasta marearse. Frotaba con esparto la espalda blanda de la señora, arrodillada o de puntillas para alcanzar los omóplatos. Secaba y vestía a la marquesa, la llevaba con esfuerzo hasta la sala. La cabeza de Eulalia zumbaba del esfuerzo, el vómito siempre a punto. A veces la anciana le pellizcaba las costillas, otras, de buen humor, le palmeaba la mejilla: “Eres una mula terca”. Eulalia ya ni comprendía el insulto. Vivía tras una pared invisible, hecha de cansancio y resignación, enterrando esperanzas bajo la rutina. No importaba la ropa, ni las burlas de las otras mozas tras la faena, ni las bromas de los mozos. Jamás estaba ociosa, y la vieja marquesa ya no podía vivir sin ella.
Una tarde, mientras Eulalia limpiaba el gran espejo de puntillas, la señora preguntó distraída:
Eulalia, ¿no quieres casarte? ¿Qué prefieres?
La muchacha bajó del taburete, retorció el trapo y contestó sin emoción:
Como Vuestra Merced quiera.
¿O prefieres quedarte doncella?
Me da igual.
¡Eso, mejor virgen vieja! rió la señora. Si tienes hijos, todo son problemas. Con ese trasero criarías una docena. ¡Vaya fortuna, no como mi Pilarica!
Se santiguó y se marchó, olvidando el asunto al oír la voz de su hija en la sala. A Eulalia no le afectó aquella conversación. Su alma dormía, resignada. No deseaba nada, ni conocía el anhelo, aunque su cuerpo fuerte lo pidiese. Una pared la separaba del mundo. Dentro de esa burbuja de resignación, los hombres se cansaron pronto de admirarla, y el mozo de cuadras, Santiago, dijo una vez: Esa belleza no es para hombres, es para Dios. Así podría haber seguido, impasible, si no fuese por un azar que le permitió asomarse brevemente a la vida de los demás.
Ocurrió a comienzos de junio, cuando el aire se llenó de perfume y los campos volvieron a la vida. Se preparaba la llegada de unos señores de Salamanca, y la joven marquesita debía recibir al heredero de una casa adinerada. Eulalia fue enviada a los prados para recoger flores. Bajando por el sendero que llevaba al río, tropezó con un forastero. Lucía chaleco rojo sobre camisa blanca, botas nuevas. Los ojos, osados y burlones, y el cabello, peinado y brillante con gomina: era Gregorio, mozo de cuadras del palacio vecino, acompañando a los visitantes. Se plantó ante ella mirando descaradamente.
Buenos días, guapa, dijo, recorriéndola con la mirada, fijándose en sus brazos recios y el busto tenso bajo el corpiño raído.
Eulalia ni lo miró. Intentó esquivarlo, pero él se cruzó de nuevo.
¿Cómo te llamas?
Quien lo sabe, lo sabe; tú no tienes por qué saberlo replicó, y le pasó sin más.
Gregorio, sin embargo, empezó a frecuentar la casa semanalmente. Eulalia oía su voz alta en la entrada, sentía su mirada fija mientras lavaba, o recogía la colada. Aparecía en el pozo, el granero, la trastienda, siempre buscándola, bromeando, queriendo pellizcarla. Eulalia sólo se apartaba en silencio, como si nada. Una vez, al buscar harina en el granero, él la atrapó de repente, presionándola contra los sacos. Ella ni gritó. Con una fuerza de animal primitivo, lo repelió; Gregorio fue a dar con la cabeza contra la viga. Ella lo miró con seriedad y murmuró:
Vaya, sí que te ha pasado
Con calma, reajustó el pañuelo y salió dejándolo en el suelo. Gregorio, frotándose la cabeza, sintió algo nuevo: admiración, curiosidad viva, no solo deseo. No estaba acostumbrado a mujeres así, fuertes y silenciosas.
¿Y Eulalia? No puede decirse que no sintiera curiosidad, aunque tampoco era deseo. Lo que despertaba en ella era extraño, luminiscente. No pensaba en Gregorio. Él solo era el motivo de un despertar dulce e incomprensible.
Desde entonces, Eulalia sonreía más a menudo. Le apetecía experimentar ese anhelo desconocido y vital. Madrugaba más que nunca para ver el rocío, ordeñaba la vaca y se quedaba quieta bajo el amanecer, observando cómo la luz incendiaba el campo. Quería reír, tumbarse en la hierba, sentir la vida. Pero, al notar el ocio, corría de vuelta al trabajo. Así pasaron las semanas.
Gregorio no consiguió nada, salvo un beso robado en la bodega, por el que recibió una bofetada. Pero persisitió. Un día, al ver que Eulalia le devolvía una mirada entrecortada desde la ventana, o le sonreía apenas al cruzarse, supo que algo había cambiado.
La historia, si puede llamarse así, fue efímera.
Cierto día, Gregorio salió en defensa de un chiquillo sorprendido robando almendras en el huerto de los señores. El mayoral le ordenaba azotarlo. Eulalia temblaba al verlo, intentó proteger al niño, pero la apartaron. Entonces, ella cogió un leño; el resto se quedó paralizado. Gregorio corrió, arrebató el látigo al mayoral y gritó:
¡Lárgate! Se lo contaré yo mismo a la señora. ¡Vete!
Las mujeres corrieron al niño, preguntando su nombre mientras sollozaba:
Mamá murió ayer murió
Aquellas palabras a Eulalia le golpearon como un ladrillo. En su mente vio a la niña que fue, huérfana. Corrió a su cuarto y, arrodillada sobre la manta, rompió a llorar como nunca.
Gregorio la encontró. Entró en silencio y se sentó a su lado, sin decir nada, abrazando sus hombros como si fueran de cristal. Por primera vez, Eulalia no rechazó el abrazo. Se pegó a su calor, deteniendo su llanto, escuchando su respiración. Y entonces susurró:
¿Y después del bosque? ¿Qué hay?
La ciudad respondió, perplejo. Calles grandes, tiendas, iglesias y más allá, otra ciudad, y más allá dicen que el mar
Eulalia jamás había visto el mar, ni siquiera cruzaba el río por miedo. Pero ahora lo ansiaba. Quería escapar de aquel lugar donde la usaban como bestia, solo quería ser persona. Giró hacia Gregorio, le tomó el rostro áspero entre sus manos y le miró a los ojos, sin bajar la vista por primera vez:
¿Me llevarás? ¿Te casarás conmigo?
Gregorio titubeó; era fanfarrón, pero para pasos serios no servía. Habló de esperar, de ahorrar, de complicaciones. Pero Eulalia ya no le oía. Otra persona había emergido en ella: audaz, frenética, resuelta. Fue ella quien le besó, y le susurró que haría cualquier cosa con tal de marcharse, de estar con él. Aquella noche, el cordón de su cruz de cobre se rompió, y la cruz desapareció en la oscuridad. Ella ni la buscó: Así ha de ser, dijo quedamente, casi solemne.
Gregorio volvió dos veces más. Se veían a escondidas: en la parva, en la bodega abandonada, tras los sauces del camino. Eulalia floreció. Caminaba erguida, con el brillo en los ojos y un rubor fresco en las mejillas, aprendiendo las sonrisas.
Pero todo terminó de golpe. La boda de la señorita se celebró con música y jolgorio, y la joven pareja se marchó a Salamanca; Gregorio se fue con ellos. Eulalia ni fue avisada. Lo supo por la cocinera:
Tu mozo se fue, Eulalia. Puedes buscarlo en sueños
Eulalia seguía esperando. Cada atardecer salía a la carretera, mirando hacia la lejanía, las manos sobre el pecho, hasta que oscurecía y saltaban las primeras estrellas. Dejó de dormir y comer. La cara transparente y la fiebre en los ojos la volvieron irreconocible. Tía Jacinta la increpaba, la zarandeaba y hasta le tiró un bol, pero Eulalia respondía con una sonrisa de beatitud sin sentido. Estaba convencida de que Gregorio volvería, que era imposible que no regresara, sentía su llegada en cada fibra.
Pasó aquel verano sofocante, vino el otoño con lluvias y nieblas. Eulalia se obsesionó observando la línea del horizonte, convencida de que Gregorio regresaría si ella esperaba lo suficiente. Si alguien le hablaba de él, no lo comprendía y solo sonreía. Sabía que fuerzas oscuras impedían su encuentro, pero tenía fe: si aquel amor había existido, debía repetirse. Solo había que esperar. Hablaba poco, trabajaba sin descanso y en los ratos libres se perdía en sus pensamientos, mientras los días se amontonaban como paja podrida. Eulalia aguardaba.
Un día, a finales de octubre, en el huerto, vio una figura masculina cerca del bosque. El corazón se le paralizó: creyó ver a Gregorio. Soltó la azada y corrió, llamándolo con voz rota:
¡Espera! ¡Espera!
El hombre ni se giró. Eulalia llegó malamente a un arroyo crecido, avanzó hasta la orilla, miró de lejos, y se puso de puntillas, con las manos en la frente, hasta que la silueta se borró en la lejanía. Ya solo quedó el campo.
Una vecina, María la del colmenar, la encontró sentada en la tierra.
¿Qué haces ahí, mujer?
Era Gregorio dijo sin girarse.
¿Qué Gregorio?
El mozo que venía antes con el señorito.
¿A ti qué más te da? la mujer suspiró. Hace tiempo que se casó, tiene muchos niños. Ahora es inválido, vive de la caridad. ¡Quién sabe si sigue vivo! ¿Y tú te ríes?
Ja, ja, ja Eulalia reía sentada en el barro. Los cabellos alborotados, la falda descolocada, con las rodillas blancas al sol. La risa sonaba a locura.
¡Pobre loca! María se persignó. Ese hombre será tierra ya, y tú aquí, con esa risa ¡Dios te cuide!
Él es joven, guapo, sano se tocó el pecho, y los ojos le brillaron con locura. ¿Y sabes quién soy yo?
¿Quién?
Su mujer. No tenemos hijos porque aún no me ha dejado embarazada
¡Loca perdida! y se la llevó del huerto.
Después de aquello, la aldea aceptó sin rodeos que Eulalia se había vuelto santita. Dejó de esperar como antes; su trabajo, más furioso, parecía su único consuelo. Al sentarse a mirar el bosque creyó que más allá estaría el mar, ese mar conocido solo de oídas. Sus ojos tenían ahora una serenidad amarga, que provocaba recelo y compasión a partes iguales.
Hasta que la vejez la dobló del todo, Eulalia, incluso en los días templados en que las peonías y los tilos perfumaban el aire, se ponía una blusa limpia, se peinaba sus largos cabellos, y, parada junto al campo, miraba hacia la línea azul del horizonte, rígida, como esperando siglos. Si alguien, movido por la lástima o la curiosidad, le preguntaba a quién esperaba, respondía con una suave y luminosa sonrisa:
A mi felicidad; está tras el bosque. Gregorio me prometió venir hoy.
¡Ay, pobre mujer! ¡Luzca para ti el Señor!
Solo el viento seguía cantando en las copas de los álamos, y el río, envuelto en susurros eternos, y muy lejos, tras bosques, campos y ciudades, sonaba ese mar desconocido del que nada supo, salvo su nombre susurrado.
Chirrío la puerta de su stancia; Ramona llegó a encender el fuego. Eulalia la miró con ojos ya tan pálidos como el cielo en la niebla.
¿Cómo van los pies, mujer? preguntó Ramona.
Eulalia musitó palabras ininteligibles. Ramona se acercó.
¿Eh? No te oigo.
que la muerte venga ya No, ya no volverá. Solo queda morirRamona le tomó la mano, notando su frialdad, apretando muy suave.
No digas tontunas, Eulalia. Anda, prueba este caldo. Te va a entonar.
Pero la anciana no alzó la mirada. Se quedó, con la luz mortecina de la ventana resbalando por el temblor de sus párpados. Todo era silencio, salvo el fuego crepitando y el ulular lejano del viento, como un eco de otros inviernos. De pronto, la expresión de Eulalia cambió: una dulzura inusual le llenó el rostro. Sus labios, resecos, dibujaron una sonrisa apenas visible, y los dedos rígidos aferraron con inesperada firmeza la mano de Ramona.
Ramona ¿lo oyes? Hay agua y gaviotas
Ramona la miró, confundida, sin saber qué contestar. Pero Eulalia ya no estaba allí. Sus ojos, enormes y brillantes, se fijaron en un punto muy lejano, más allá de los muros, de los álamo,s y del pozo, más allá de todo recuerdo y de toda pena.
Ya viene susurró. Gregorio
Un suspiro se escapó de su pecho, como el último viento que recorre las eras antes de la primavera. Y entonces, en algún lugar invisible, quizás detrás del rumor de las olas o entre los trigales dorados de otros tiempos, la vieja Eulalia echó a andar. Caminó descalza sobre la escarcha, pero no tuvo frío. Alzó la mano como para hacerse sombra y vio, muy claro, a Gregorio esperándola bajo un manzano en flor.
Afuera, el invierno se fue retirando en silencio. Y aunque nadie sabrá nunca si, al morir, Eulalia cruzó el bosque, sí cuentan que aquella misma noche, por primera vez en muchos años, el aire olía dulcemente a mar.






