Valeria salió del edificio como un torbellino y fue a dar directo a los brazos de Alejandro. Él la estrechó con fuerza, la besó en la frente y después en los labios.
—Te extrañé muchísimo —le confesó, sin soltarla.
—Mi amor, yo también te extrañé —respondió ella, devolviéndole el beso.
Luego se acomodó un mechón rebelde detrás de la oreja y preguntó con una sonrisa:
—¿Y a dónde me vas a llevar hoy?
—Podríamos ir hasta la ribera del río —propuso Alejandro—. Hace una tarde tan bonita que da pena encerrarse entre cuatro paredes.
Valeria agitó un dedo frente a él, juguetona, aunque con esa seguridad suya que no admitía réplica.
—Está bien, pero eso será otro día. Hoy quiero cenar en un restaurante. A mí me gusta ver la naturaleza desde la ventana de un lugar elegante, no sentarme al aire libre a servirles de banquete a los mosquitos.
Alejandro suspiró, pero prefirió no discutir. Subieron al coche y arrancaron… rumbo al río.
Al llegar, él apagó el motor y se volvió hacia ella. Se notaba nervioso. Le tomó las manos, las llevó a sus labios y respiró hondo antes de hablar.
—Desde hace mucho quería decirte algo, pero no encontraba el valor. Valeria… te amo. Te amo de verdad. Eres tan hermosa que a veces me dejas sin aliento.
—Yo también te amo —contestó ella, con los ojos brillantes.
Alejandro se inclinó hacia el asiento trasero, tomó un ramo de rosas rojas y se lo entregó. Valeria abrió la boca, encantada.
—¡Ay! ¡Qué ramo tan precioso! —exclamó, hundiendo el rostro entre las flores para aspirar su aroma.
Entonces Alejandro la miró con atención y dijo, casi sin respirar:
—Valeria, ¿quieres casarte conmigo?
Ella alzó la vista por encima del ramo, con una media sonrisa.
—¿Eso fue… una propuesta de matrimonio?
—Sí. Quiero que seas mi esposa. ¿Aceptas?
El gesto de Valeria cambió de inmediato. La sonrisa se borró y dio paso a una expresión ofendida.
—¿Eso es todo? —soltó, con incredulidad—. ¿Eso es lo mejor que se te ocurrió? ¿Un ramo de flores y ya? ¿Dónde está el anillo, Alejandro? ¿Así piensas pedirle matrimonio a una mujer? ¿No se te ocurrió ponerle un poco de imaginación? Hasta en internet podías buscar ideas. ¿Quién hace una propuesta sin anillo? ¿Qué clase de compromiso es ese?
Alejandro la miró, desconcertado por la dureza de su tono.
—Pensé que las flores serían suficientes. El anillo puedo dártelo para la boda. No quería comprarte algo barato, y para uno realmente bueno todavía no me alcanza.
—Ah, con que eso —replicó Valeria, entrecerrando los ojos—. O sea, decidiste ahorrar conmigo. ¿Eso significa que no merezco algo mejor?
—¿Y qué es exactamente lo que quieres? —preguntó él, sintiendo que el suelo se le movía bajo los pies.
—Quiero un anillo bonito, de esos que llaman la atención. Quiero una propuesta como se debe. Siempre imaginé que me pedirían matrimonio en el extranjero, en París, por ejemplo, frente a la Torre Eiffel. ¿Tú crees que voy a contarles a mis amigas que me propusiste matrimonio dentro del coche? Se burlarían de mí.
Alejandro intentó apelar a la razón.
—Valeria, ¿de verdad importa tanto toda esa parafernalia? Si nos amamos, eso debería bastar. Es algo nuestro, íntimo. No veo por qué hacerlo frente a un público. ¿Qué cambia si te pongo el anillo delante de tus amigas?
—¡Cambia todo! —cortó ella—. Quiero que todos vean lo felices que somos. Y después de la boda, espero que nos vayamos de viaje al extranjero, no a pasar unos días a la casa de tus padres.
—¿Para qué gastar tanto en un viaje ahora? —replicó él—. Mejor ahorramos y arreglamos la casa.
—No puedo creer lo que oigo —dijo Valeria, frunciendo los labios—. ¿Qué casa ni qué nada? La gente viaja, conoce el mundo, se toma fotos en lugares hermosos. ¿Y tú qué me ofreces? ¿Cambiar todo eso por una remodelación? Ni hablar.
Con gesto brusco, dejó caer el ramo sobre las piernas de Alejandro.
—Yo quiero ir a la Riviera Maya, quiero champaña cara, música en vivo. Quiero que las demás se mueran de envidia.
—No entiendo por qué tendría sentido gastar dinero en eso ahora —insistió él—. Más adelante podremos viajar.
—¿Más adelante? ¿Cuando seamos viejos, estemos enfermos y no tengamos ganas de nada? La vida es hoy, Alejandro. Yo quiero un anillo caro, una boda espectacular y después irme de luna de miel. ¿Es demasiado pedir? Tú puedes darme eso.
Alejandro guardó silencio. Por dentro sentía que la presión lo aplastaba.
“¿De dónde voy a sacar tanto dinero?”, pensaba. “Tendría que trabajar de sol a sol. No voy a poder sostener todo lo que ella quiere. Tendré que hablar con calma cuando se le pase el enojo. Tiene que aprender a vivir de acuerdo con nuestras posibilidades”.
Pero Valeria seguía construyendo castillos.
—Y además quiero una casa —dijo soñadora—. Una casa nuestra, solo nuestra. Donde vivamos tú, yo y nuestros hijos. Sin padres, sin suegros, sin abuelos, sin nadie más. Solo nosotros. Va a ser una casa hermosa. Mis amigas se van a morir de la envidia.
Alejandro sonrió, como si de pronto recordara un secreto.
—Esa parte de tu sueño podría hacerse realidad antes de lo que imaginas. No quería decirte nada todavía, pero bueno… ya que salió el tema, te lo cuento. Ya tenemos casa.
Valeria abrió los ojos.
—¿Cómo que ya tenemos casa? ¿De dónde?
—Mi abuela me donó su casa. Legalmente ya está a mi nombre. Después de la boda podríamos mudarnos ahí. Estaríamos solos, sin padres ni abuelos. Solo tú y yo. Hace falta hacerle arreglos, pero eso se resuelve.
—¡Ale, en serio! —aplaudió ella—. ¿Y la puedo ver?
—Claro. Si quieres, vamos ahora mismo.
—¡Sí, sí, quiero verla ya!
Alejandro puso el coche en marcha. Durante el trayecto intentó suavizar lo que ella iba a encontrar.
—La casa no es nueva, eso sí. Y como te dije, necesita una buena arreglada. Pero nada grave. Se puede dejar muy bien.
Aparcaron frente a una construcción grande, antigua y venida a menos. Las ventanas tenían marcos de madera tallada. La pintura, desteñida por los años, se descascaraba en varios puntos. El porche se veía vencido, y el sendero estaba cubierto de hierba, como si hiciera tiempo que nadie lo transitaba. La casa tenía encanto, sí, pero también un aire de abandono.
—Aquí vamos a vivir —dijo Alejandro, ilusionado, mientras la ayudaba a bajar del coche—. Hay que reparar algunas cosas, pintar, meterle mano, claro, pero lo importante es que ya tenemos techo propio.
Valeria se quedó unos segundos inmóvil, y luego estalló.
—¿Me estás tomando el pelo?
Alejandro parpadeó, desconcertado.
—¿Cómo?
—¿Pretendes que viva en esta ruina? —soltó ella, señalando la casa con desprecio—. ¿En serio esperas que me ilusione con esto? La pintura está cayéndose, las ventanas son diminutas, y seguro que ni baño decente tiene.
Él se sintió culpable al instante.
—No exageres. No es una ruina. Es una casa sólida, solo necesita reformas.
—En mi cabeza —dijo ella con frialdad— una casa tiene mínimo dos pisos, ventanales enormes, piso radiante, espacios amplios y llenos de luz. Me imagino caminando por ella con tacones, con un vestido precioso, disfrutando la vida. Eso es una casa. No este rancho de otra época. A las almas románticas les puede parecer adorable vivir en cualquier rincón con tal de estar enamoradas. A mí no. Yo quiero algo grande. Vámonos de aquí ya. No quiero pasar ni un minuto más en este lugar.
Alejandro palideció.
—Perdóname, Valeria, pero yo no puedo costear lo que tú estás imaginando. ¿Qué tiene de malo esta casa? Mucha gente pasa años rentando sin tener nada propio. Y nosotros tenemos cuatro habitaciones, un patio, una cocina amplia. Para nosotros y para los niños alcanza de sobra. Podemos hacerle un baño digno, arreglarla y dejarla muy bien.
—Qué horror —respondió ella, encogiéndose de hombros—. ¿Para qué gastar dinero pegándole cosas nuevas a algo viejo? ¿Y por qué conformarnos con “como viven todos”? Hay que aspirar a más.
De pronto le tomó el rostro entre las manos y cambió el tono. Lo besó con dulzura, lo miró fijo a los ojos y habló en voz baja, envolvente.
—Nosotros sí podemos lograrlo. Vamos a construir una casa espectacular. ¿O no quieres? Yo sé que sí. Solo que te da miedo decepcionar a tus padres. Pero yo te voy a ayudar. Tú puedes con todo. Eres fuerte. Tienes carácter, ambición… por eso me enamoré de ti.
Lo besó de nuevo.
—Eres el mejor de todos. No hay nadie como tú. ¿Quieres hacerme feliz?
—Sí… —murmuró él, confundido, dominado por el calor de sus caricias.
—Eso pensaba —sonrió ella, acariciándole la mejilla—. Entonces vamos a empezar de nuevo.
—¿Cómo que empezar de nuevo?
—Vamos a olvidar esta tarde —susurró Valeria, deslizando la mano por debajo del cuello de la camisa de él—. Mañana vas a pensar bien cómo debe ser nuestra pedida de mano, ¿sí? Harás las cosas como corresponde: una fiesta, invitados, fotógrafo. Hasta podrías contratar fuegos artificiales. Quiero que mis amigas revienten de envidia cuando me pongas un anillo con diamante. Aunque sea pequeño… pero diamante.
—¡Valeria! —dijo él, asustado.
Ella le tapó los labios con la mano.
—No digas nada. Yo sé que por mí harías cualquier locura. Y no estoy pidiéndote nada imposible. Cuando sea vieja quiero contarles a mis nietos cómo su abuelo me propuso matrimonio de una manera inolvidable. ¿Es mucho pedir?
Y lo besó con fuerza. En ese instante, Alejandro habría prometido cualquier cosa.
“Sabía que todo terminaría como yo quería”, pensaba Valeria, paseándose por el jardín del restaurante donde se celebraba la fiesta. Saludaba a unos y otros, disfrutando cada mirada sobre ella. “Este es mi momento. En unos minutos Alejandro anunciará nuestro compromiso. A ver… ¿y el fotógrafo? Ah, ahí está. Perfecto. Qué montaje tan elegante. Mis amigas ya deben estar comentándolo”.
No se equivocaba.
—Qué suertuda Valeria —murmuraban tres conocidas, observándola de reojo—. Sí que supo asegurarse a un buen partido. ¿Cómo le hace? Un hombre guapo, atento… y miren esta fiesta. Seguro que después de la boda se van al extranjero. A ella nunca le ha gustado hacer nada a medias. A ver qué anillo le da.
De pronto, la voz del presentador rompió el murmullo.
—¡Atención, por favor! Hoy es una noche muy especial para Valeria y Alejandro. Han reunido a sus seres queridos porque quieren compartir algo importante. Alejandro, no hagas sufrir más a tu novia. Cuéntanos de una vez qué celebramos esta noche.
Alejandro subió al escenario visiblemente nervioso.
—No soy bueno para hablar en público —admitió—. Antes de conocer a Valeria, mi vida era gris. No sabía para qué me levantaba cada mañana. Desde que ella llegó, todo cambió.
Se arrodilló frente a ella, sacó del bolsillo una cajita de terciopelo, la abrió y mostró un anillo con un pequeño diamante que, pese a su tamaño, brilló con suficiente fuerza como para arrancar suspiros.
—Sabes cuánto te amo. Lo que más deseo en el mundo es que te conviertas en mi esposa. Acepta este anillo como prueba de mi amor y dime… ¿quieres casarte conmigo?
Valeria clavó la vista en la joya. El diamante no era grande, pero estaba montado en una pieza elegante y lo bastante vistosa como para impresionar. Con el rabillo del ojo vio las expresiones de sus amigas: envidia pura. Tuvo que contener la sonrisa.
Humedeándose los ojos con una emoción cuidadosamente administrada, respondió:
—Sí, amor. Sí quiero casarme contigo.
Los invitados aplaudieron con entusiasmo, rodearon a la pareja y comenzaron las felicitaciones. El presentador retomó el micrófono:
—¡Que esta historia esté llena de intensidad y alegría!
El cielo se iluminó de colores. Un espectáculo de fuegos artificiales estalló sobre el jardín. Alejandro besó a su prometida entre aplausos y gritos festivos.
Valeria caminaba entre los grupos de invitados como una reina en su corte, recibiendo abrazos, piropos y bendiciones.
—¿Viste cómo me miran? —le susurró al oído a Alejandro.
—¿Cómo?
—Con envidia, Ale. Estoy tan feliz… Hiciste todo tal como lo soñé. Mis amigas se quieren morir. Hoy empieza una vida completamente distinta para nosotros. Y quiero que sea tan deslumbrante como esta noche.
Un clic cercano la hizo reír. El fotógrafo acababa de capturar otra imagen de la pareja.
—Aunque sigo pensando —murmuró Alejandro al oído— que no era necesario gastar tanto. Habría bastado algo sencillo, con la familia.
—Tampoco te pedí una propuesta en París —respondió ella—. Esto es bastante moderado. ¿O acaso no merezco estar en el centro de atención? Quiero que todos vean lo generoso que es mi prometido.
—Está bien —dijo él, besándola—. Que la gente disfrute.
Valeria sonrió para sí. “Nadie me va a detener. Alejandro cree que piensa por sí mismo, pero yo sabré moldearlo. Esto apenas comienza. Ya sé cómo sorprender a todos la próxima vez”.
Más tarde, cuando los invitados empezaron a irse, Alejandro le preguntó:
—¿De verdad estás contenta con cómo salió todo?
—Sí. Ahora ya viste que podemos tener la vida que queramos. Y la boda será aún mejor. Ya tengo todo pensado.
A él le inquietó aquella determinación de vivir siempre por encima de sus posibilidades, pero decidió no discutir.
“La boda es una sola vez. Que sea como ella quiere”, se dijo.
Tres meses después, celebraron una boda fastuosa: limusina, vestido espectacular, una mesa repleta de comida, palomas blancas soltadas al cielo como símbolo de fidelidad y prosperidad, y una luna de miel en Punta Cana. Valeria estaba encantada.
—Qué tristeza volver de un sueño así —dijo con melancolía cuando regresaron.
—Amor, ahora nuestra vida entera será así —respondió Alejandro—. Tenemos una casa propia. No será perfecta, pero es nuestra.
Valeria, sin embargo, no compartía su entusiasmo. La idea de vivir en la antigua casa de la abuela le desagradaba cada día más. Todo en ella la irritaba.
Una mañana, recién despierta sobre la cama de hierro que rechinaba a la menor presión, le dijo:
—¿No podrías faltar al trabajo unos días más? El mundo no se va a caer sin ti. No quiero quedarme sola en esta casa. Me da miedo. Es lúgubre.
Alejandro la besó mientras se vestía.
—Si no voy, me despiden. Y entonces mi princesita sí se va a morir de hambre. Aquí no te va a pasar nada. Escucha el silencio, disfruta el aire.
—Silencio de tumba —murmuró ella.
—No exageres —rió él.
—Todavía nos quedó algo de dinero de la boda. Podemos pasar un par de semanas más juntos. Ni siquiera te pido salir de esta casa horrible.
—Creo que sería mejor usar ese dinero para arreglar al menos una habitación. Tú eliges el papel tapiz. Ponemos alfombras, mejoramos el piso… para el invierno nos va a venir bien.
—Eso sería tirar el dinero —replicó Valeria, frunciendo el ceño—. ¿Qué sentido tiene invertir en esta casa vieja? Además, ni siquiera la siento mía. Es tuya. La heredaste antes de casarte conmigo. Yo aquí no tengo ninguna seguridad. Si un día quieres, me echas y me quedo sin nada. No, Alejandro. Yo necesito garantías.
Él se volvió, indignado.
—¿De qué estás hablando? Yo quiero pasar toda la vida contigo. ¿Cómo se te ocurre sacar el tema del divorcio apenas casados? Y además, ¿qué es eso de “tu casa” y “mi casa”? Ahora todo es de los dos.
—No me digas que no piense en eso —protestó ella—. Tenemos que construir una casa nueva, una casa nuestra, para que si algún día nos separamos yo tenga derecho a una compensación. No estoy acostumbrada a vivir de promesas. Si lo construimos durante el matrimonio, me corresponde la mitad. Esta casa vieja no me protege de nada.
—¡Pero si acabamos de casarnos! ¿Qué clase de conversación es esta? En mi familia nadie se divorcia.
—La vida da muchas vueltas. Hoy me juras amor eterno y mañana te enamoras de una rubia más joven.
—¡Jamás te dejaría!
—Eso dicen todos al principio. Yo no digo que quiera separarme, pero necesito seguridad. Un patrimonio en común. Y además… —añadió, recomponiéndose— si lo pensamos bien, restaurar esta casa también costaría mucho. Nunca va a quedar moderna de verdad. Yo quiero una casa inteligente, automatizada, con todo de última generación. ¿Tú crees que eso se puede montar aquí sin gastar una fortuna? Más fácil es construir desde cero. Y, por cierto, ya sabes el dicho: un hombre debe plantar un árbol, tener un hijo y construir una casa. El árbol y el hijo los hacemos juntos; la casa te toca a ti.
Alejandro respiró con pesadez.
—No me pidas imposibles. Ni con dos trabajos me alcanzaría. Y un crédito grande ni me lo van a dar.
“Ya hablaremos por la noche”, pensó mientras salía. “Seguro entonces se le pasa”.
No se le pasó.
Durante la cena, Valeria volvió a la carga.
—Ya pensé qué podemos hacer con el trabajo. Tengo una idea para que ganes más. Mañana mismo empiezo a mover contactos.
—Es inútil —respondió él, agotado—. Aunque tuviera otro empleo, necesitamos un capital inicial para arrancar. Y no lo tenemos.
—Pues entonces vamos al banco y pedimos un crédito.
—Es una condena meterse en una deuda así.
—No te angusties. Yo también te ayudaré. Quiero esa casa, y sé que tú también, aunque todavía no lo entiendas.
—No lo sé —dijo él—. Con lo que ganamos, terminaríamos de pagarla a los sesenta años.
Valeria extendió sobre la mesa un plano.
—Mira. Este es el diseño de la casa de mis sueños. Lo dibujé yo misma. ¿A que quedó impresionante? Dime que soy una genia. Esto sí es una casa. No esa choza heredada. ¿De verdad quieres que nuestro hijo crezca ahí?
Alejandro contempló el dibujo en silencio. No era una casa: era una mansión. Pensó en los costos, en los materiales, en los años de sacrificio.
Las noches siguientes casi no durmió. Buscaba cómo explicarle que no podía sostener ese proyecto, pero Valeria no estaba dispuesta a ceder. Cansado de las quejas, de los llantos, de los reproches y de los chantajes, aceptó buscar un segundo empleo, aunque se negó a tomar el crédito.
—Vamos a ahorrar primero —le proponía—. Con lo que gane extra, compramos materiales poco a poco. Sin endeudarnos.
Ella lo miró con astucia.
—Podríamos esperar nosotros… pero nuestro bebé no.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué bebé?
Valeria soltó una risa ligera.
—Nuestro hijo, Alejandro. Estoy embarazada.
—Esa mujer te está consumiendo, hijo —dijo Teresa, la madre de Alejandro, una tarde en que él pasó a verla.
Lo observó con preocupación. Tenía las mejillas hundidas, la mirada cansada, el cuerpo vencido.
—Mírate nada más. Estás irreconocible. ¿Es que ni comer te deja? Habla conmigo. Soy tu madre, sé perfectamente que algo no está bien.
Alejandro se esforzó por sonreír.
—No es eso, mamá. Estoy bien. Solo ando cansado. Ya sabes, queremos construir la casa y agarré un trabajo extra. Además… pronto va a llegar el bebé. Valeria está embarazada.
Teresa lo miró con más preocupación todavía.
—¿Y para qué tanta prisa? Podían haber esperado un poco, acomodarse mejor.
—Voy a ser papá, mamá. No me cabe la felicidad. Haré lo que sea por Valeria y por el niño.
—¿Y cómo piensas hacerlo todo sin reventarte?
—La segunda chamba la hago desde casa. Sí, duermo poco, pero me acostumbraré.
Teresa negó con la cabeza.
—La salud no se recupera tan fácil. Un hijo necesita un padre vivo, no un animal de carga. Dime la verdad, ¿esto de la casa es idea tuya?
—Lo decidimos entre los dos —respondió él con cautela.
—O sea que fue idea de ella —sentenció Teresa—. Ya lo sabía. Te va a sacar hasta la última gota. Esa mujer no te cuida.
—Mamá, por favor…
—No, hijo, escúchame tú. Una esposa no exprime al marido de esa manera. Una esposa no lo obliga a matarse trabajando. Esa muchacha no ama a nadie más que a sí misma. Tú antes disfrutabas la vida. Ahora pareces un hombre perseguido. Me da miedo por ti.
—No hables así de Valeria. Es mi esposa y la amo.
—Eso es lo que me duele —replicó Teresa—. Que no lo quieras ver. Nosotros soñábamos con que encontraras una mujer sencilla, buena, de corazón limpio. ¿Y qué llegó a nuestra vida? Una muchacha que te tiene tomado del cuello. Se te ve en los huesos, hijo.
Alejandro se mantuvo firme.
—Yo prometí construir esa casa. Quiero que mi esposa y mi hijo vivan bien. No puedo echarme atrás.
Teresa guardó silencio un instante. Después salió de la habitación y volvió con una caja pequeña. Sacó de ella un paquete de billetes.
—Tu padre y yo tenemos algunos ahorros. Queremos dártelos.
Alejandro se quedó helado.
—No, mamá, eso no. Nosotros vamos a resolverlo.
—No interrumpas. Lo hemos pensado mucho. Y no será un regalo completo, sino un préstamo. Lo vamos a dejar por escrito ante notario.
—¿Ante notario? ¿No confías en mí?
—No es por ti. Es por tu mujer —dijo Teresa con serenidad—. Conozco a las mujeres como ella. No quiero que un día diga que ese dinero le pertenece o que lo gaste en cualquier capricho. Así queda claro que es una deuda tuya con nosotros.
—Te juro que se los devolveré —respondió él, conmovido.
—Parte es para ayudarte; otra parte considérala adelanto para tu hijo. Pero a Valeria no se lo digas así. No quiero problemas.
Alejandro abrazó a su madre.
—Gracias. Los quiero mucho.
Esa noche llegó tarde a casa.
—¿Dónde estabas? —lo recibió Valeria, enfadada—. Ya calenté la cena mil veces. ¿Te costaba tanto avisar?
—Fui a ver a mis padres —respondió él, sacando el dinero—. Nos prestaron una cantidad importante. Ya no tendremos que ir al banco.
Valeria aplaudió emocionada.
—¡Qué maravilla! Entonces nada de intereses. Oye… si ya tenemos resuelto lo de la construcción, podríamos sacar un coche para mí, ¿no? En crédito, claro. No uno carísimo. Algo bonito. Además, con tu trabajo extra podemos pagarlo sin problema.
Alejandro la miró sin creer lo que oía.
—¿Un coche? ¿Ahora? Ese dinero hay que devolvérselo a mis padres. Nos lo prestaron. Gracias a ellos evitamos el banco, pero no significa que podamos gastarlo en otra cosa.
—Ay, Alejandro, no seas así. Tú ya tienes coche. ¿Y yo? Pronto me va a crecer la panza. ¿Cómo voy a ir a las consultas en transporte público? Imagínate andar apretujada entre gente sudada. ¿No te da lástima tu esposa embarazada? Además, a tus padres les vamos pagando poco a poco con lo que ganas de más. Ellos pueden esperar.
—Mi mamá me dio ese dinero precisamente para que dejara la segunda chamba. Y yo puedo llevarte a tus citas.
—Pues no se lo digas —ronroneó Valeria, besándolo—. Qué ganas me da subirme a mi cochecito nuevo y llegar a la oficina. Las chicas se morirían de coraje.
—Ellas quizá no —dijo él con dureza—, pero yo sí. Estoy agotado. Me duermo a las tres de la mañana y me levanto a las seis. ¿De verdad quieres un marido enfermo?
—No dramatices. Sería temporal. Pagamos el coche rápido, y a tus papás después. Total, hasta podrían perdonarnos la deuda. Si pudieron ahorrar tanto, tampoco es que estén pasando necesidades.
Alejandro sintió una punzada.
—No vuelvas a contar dinero ajeno. No voy a dejar a mis padres sin sus ahorros. Prometí devolverles cada peso, y lo haré. Además, firmé un documento.
Le mostró la hoja con la firma y la fecha.
—¿Ves? Está por escrito.
Valeria torció la boca.
—Tus padres ya están grandes. ¿Para qué quieren tanto dinero? Nosotros somos jóvenes. Tenemos necesidades, planes, otra visión de la vida. Los padres están para ayudar a los hijos. Otros hasta les perdonan las deudas.
Alejandro la observó en silencio y recordó las palabras de su madre. Comprendió por qué Teresa había insistido tanto en el pagaré.
—¿Y por qué no le pides un coche a tus padres? —preguntó al fin—. ¿Por qué los míos tienen que financiarnos todo?
Valeria estalló.
—¿Estás loco? Mis padres ya me mantuvieron mientras vivía con ellos. Ahora tengo marido. Eres tú quien debe hacerse cargo de su familia, no andar pidiendo dinero a suegros. Eso sí que da vergüenza.
Entonces Alejandro decidió.
—Muy bien. Voy a dejar el trabajo extra. Con mi sueldo podemos vivir y devolver la deuda poco a poco. El dinero de mis padres va exclusivamente para empezar la casa. Y tú te olvidas del coche. No voy a discutir más este tema. Ahora, ¿me das de cenar o no?
Valeria apretó los labios, pero se fue a la cocina. Mientras ponía la mesa, pensaba con resentimiento:
“Sus padres lo ponen en mi contra. Ya veré cómo alejarlo de ellos. No voy a dejar que su madre arruine mis planes”.
Alejandro contrató albañiles, pidió presupuestos y arrancó por fin la obra. Propuso ampliar el terreno contiguo a la casa antigua y levantar allí la nueva vivienda. Valeria aceptó, aunque no de muy buena gana.
Un domingo la llevó al terreno con una sonrisa misteriosa.
—Ven. Es hora de empezar a hacer nuestro lugar de verdad.
Al entrar, ella vio el movimiento de materiales, las zanjas, las primeras bases ya trazadas.
—Mira —dijo él con entusiasmo—. Ya está el cimiento. Toda casa empieza así. Y también toca plantar el árbol. ¿Me ayudas?
—¿Árbol? ¿Y dónde están los árboles?
—Aquí. Vamos a poner el primero de nuestro jardín.
La llevó al fondo del terreno, donde había preparado la tierra.
—Pensé que las manzanas quedarían bien aquí. Ya dejé listos los hoyos y traje varios arbolitos. Solo hay que cubrirles las raíces y regarlos.
Juntos plantaron los pequeños árboles y los regaron.
—Listo —declaró Alejandro, satisfecho—. Árbol plantado, casa en construcción… solo falta tener un hijo.
Apoyó la mano sobre el vientre apenas redondeado de Valeria y lo besó.
—¿Y si no es hijo, sino hija? —rió ella.
—Va a ser niño. Lo sé.
—Pues debo reconocerte algo —admitió Valeria, mirando el terreno—. Esto sí va tomando forma. Ya compraste material y todo.
Él se sonrojó.
—Solo una parte. Luego traeremos más. Los trabajadores resultaron muy buenos. Pronto tendremos levantados los muros. Oye, ¿no te cansa caminar por aquí?
—Para nada. Estoy embarazada, no enferma. Además, venir me pone de buen humor. Quiero ver cómo crece nuestra casa. Ya me imagino escogiendo la distribución, contratando interioristas… No sabes las ganas que tengo de verla terminada.
—De todos modos debo cuidarte más.
—No exageres. Mi embarazo va de maravilla. En la clínica todas las demás se quejan: unas tienen náuseas, otras hinchazón, otras las mandan a reposo. A mí no me pasa nada. Si no fuera por la barriga, ni sentiría que estoy esperando bebé.
—Así debe ser —sonrió él—. Nuestro hijo le dará alegría a esta casa.
Con el paso de los meses, Valeria dejó de trabajar y se fue a casa a esperar el nacimiento. Alejandro hizo pequeñas mejoras también en la vivienda vieja: arregló habitaciones, añadió un baño digno, instaló una tina y procuró que a su mujer no le faltara nada.
Faltaba poco para el parto cuando una noche, después de cenar, Alejandro se quedó dormido sobre la cama por puro agotamiento.
—¡Alejandro! —lo zarandeó Valeria—. Levántate. Tienes que ver algo.
—¿No puede esperar a mañana? Me estoy cayendo de sueño…
—No. Quiero mostrarte a mi niña ahora mismo.
—¿Tu niña? ¿De qué hablas?
Lo tomó de la mano y lo llevó hasta la entrada. Frente a la casa había una camioneta y, detrás, un automóvil rojo, nuevo y reluciente. Del vehículo bajó un hombre desconocido, entregó a Valeria unos papeles y las llaves.
—Felicidades por su compra —dijo con una sonrisa profesional—. Excelente elección. Que lo disfrute.
Se marchó en la camioneta, dejándolos solos frente al coche.
Valeria acarició la carrocería con adoración.
—Bueno… ¿qué te parece mi nueva belleza? ¿A que está divina? Vamos, di algo.
Alejandro tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Compraste un coche? —preguntó al fin—. ¿Con qué dinero?
Ella frunció el ceño.
—Siempre arruinas los momentos. Yo esperaba que te alegraras por mí. ¿No ves qué lindo está? Ven, demos una vuelta. Tiene un motor impresionante.
Pero él estaba lívido.
—¿Te volviste loca? Estamos construyendo una casa. Yo te dije que no era momento. ¿Por qué nunca escuchas? A veces siento que estás fuera de la realidad.
Valeria abrió mucho los ojos y enseguida se llenó de lágrimas.
—¿Así me hablas? ¿A la madre de tu hijo? ¿Cómo te atreves? No puedo creer que ésta sea tu reacción.
—¿En qué estabas pensando cuando lo compraste?
—¿Y qué hice de malo? —gritó ella, llorando—. ¿Por qué no puedo tener un coche? Tú siempre dices que me amas, pero no entiendes que lo necesito. ¿Tanto te estoy pidiendo?
—Lo que no entiendes eres tú. Nos has metido en un problema enorme. Estamos levantando una casa y tú te compras un coche sin decirme nada. ¿Sabes cómo se pagan esas cosas? Yo trabajo, Valeria. Tú solo gastas. Estás de licencia, viene un bebé. No es momento para caprichos.
—Ah, o sea que ahora soy una carga.
—No manipules lo que digo. ¿Por qué no me consultaste?
—Porque no ibas a aceptar. Y yo sí veo la realidad: tú jamás me lo habrías comprado. Estoy harta de ir en autobús. Mis amigas ya tienen coche porque sus esposos sí saben darles su lugar. Si no vienes conmigo, me voy sola.
Giró la llave. El motor rugió.
—¡Bájate de ahí! —ordenó Alejandro—. Te falta poco para dar a luz. No vas a manejar así.
—No quiero seguir viéndote —escupió ella.
—¡Valeria, no hagas tonterías!
Pero ella aceleró. Una nube de polvo cubrió a Alejandro mientras el auto desaparecía en la oscuridad.
Él quedó paralizado, y luego empezó a caminar de un lado a otro, desesperado.
—¿A dónde se fue? ¿Por qué se llevó el coche? ¿Y si le pasa algo? Encima dejó el teléfono… Dios mío, ¿dónde la busco ahora?
Pasó horas sin poder sentarse tranquilo. Salía al patio al menor ruido, convencido de que había regresado. La calle seguía vacía.
—Y yo también soy un idiota —se reprochaba—. Qué importa el coche ahora. Lo único que quiero es que ella y el bebé estén bien.
Agotado, terminó recostándose en el sofá de la sala. Casi se quedó dormido cuando, cerca de la medianoche, sonó el teléfono.
—¿Bueno? —respondió, con el corazón desbocado.
—Buenas noches —dijo una voz femenina—. Llamamos del hospital materno. Su esposa acaba de dar a luz a un niño. Felicidades, papá.
—¿Cómo que dio a luz? Aún no era la fecha…
—Parece que su hijo pensaba distinto —bromeó la enfermera—. Su esposa está bien, y el bebé también. Puede venir mañana.
—Voy ahora mismo. No puedo esperar hasta mañana.
Se subió al coche y condujo hasta el hospital.
—Gracias a Dios —murmuraba—. Está viva. Y el niño también. Soy papá… no lo puedo creer.
Entró corriendo a recepción.
—Mi esposa acaba de tener un bebé. ¿Puedo verla, por favor?
La enfermera del turno lo miró con fastidio.
—Señor, ¿sabe qué hora es? Las pacientes están descansando. Vuelva mañana.
—Por favor. Discutimos antes de que se fuera. Solo necesito verla un momento. Se lo suplico.
La mujer lo observó. Tenía delante a un hombre feliz, angustiado y a punto de romperse.
—Está bien. Pero solo un minuto. Póngase esto.
Le dio bata, gorro, cubrebocas y cubrezapatos, y lo condujo hasta la habitación.
—Amor… —Alejandro cayó de rodillas junto a la cama—. Me asusté tanto. No sabes cuánto. Pensé lo peor. Qué tontos somos los dos.
—Shhh… —susurró Valeria—. Vas a despertar al niño.
Él volteó hacia la cuna. Allí, envuelto en mantas, dormía un bebé diminuto.
—¿Ya no estás enojado conmigo? —preguntó ella con voz cansada.
—No. Nada importa ya. Gracias. Gracias por nuestro hijo.
Él besó sus manos una y otra vez.
—Mañana llevo tu coche a la casa. Tú descansa. Los dos los espero con ansias.
Se acercó a la cuna.
—Es tan pequeño… da miedo cargarlo. Se parece a ti. Es hermoso.
Valeria guardó silencio unos segundos y luego dijo, con tono dulce:
—Espero que organices nuestra salida del hospital como se debe. Quiero limusina, globos, decoración, fotógrafo profesional. El nacimiento de nuestro hijo merece algo especial.
Alejandro quiso objetar.
—Puedo grabarlo yo. Mi celular tiene buena cámara.
—No —replicó ella, dándole un golpecito en el hombro—. Nada improvisado. Cuando seamos viejos, quiero ver ese álbum y recordar cómo me recibieron después de traer al mundo a nuestro hijo.
Recordando su fuga y temiendo un nuevo estallido, él cedió.
—Está bien. Haré lo que quieras.
Valeria lo miró satisfecha.
Poco después, una enfermera asomó la cabeza.
—Ya es suficiente. Tiene que salir.
Alejandro se inclinó, besó a su esposa, volvió a mirar a su hijo y se marchó.
No tenía sentido volver a dormir. En cuanto llegó a casa, se lavó la cara, tomó un café y se dispuso a salir al trabajo. Entonces algo le cruzó la mente como un relámpago.
“¿De dónde sacó Valeria el dinero para el coche?”
Abrió el armario, buscó la caja donde guardaba efectivo para ir pagando la deuda a sus padres, y se quedó helado. Faltaba una parte importante.
—No puede ser… —murmuró—. De aquí salió el enganche del coche.
La indignación le subió como fuego.
—No puedo seguir guardando dinero en la casa. Un día me deja sin un peso. Lo que queda lo meto al banco. Abriré una cuenta y no le diré nada. Que piense lo que quiera.
Tras el nacimiento del pequeño Mateo, Valeria se entregó a los cuidados del bebé. Alejandro, aliviado, creyó por un tiempo que el niño había apagado aquella ansiedad desmedida por gastar y exigir.
—Eres una madre excelente —le decía, feliz de verla centrada al fin en algo distinto a sus caprichos—. Qué bendición que seamos tres.
—Yo cumplí mi parte —respondía ella con una sonrisa—. Ahora te toca cumplir la tuya. Mateo y yo queremos mudarnos cuanto antes a la casa nueva.
—Todo va bien. No te preocupes. No podemos meternos a vivir ahí antes de tiempo. Tu tarea ahora es estar con el niño. De lo demás me encargo yo.
Alejandro confiaba en que la maternidad le hubiera cambiado algo por dentro. Pero apenas seis meses después del nacimiento, Valeria volvió a ser la misma.
Una amiga la visitó y le dijo:
—Tu marido vale oro. Haría cualquier cosa por ti.
Valeria sonrió con suficiencia.
—Claro. Si no fuera por mí, seguiríamos en aquel caserón viejo. Yo fui la que lo empujó a construir. El coche también me lo compré yo sola. A Alejandro no le gustó nada, pero al final no tuvo más remedio. Si a un hombre no lo traes corto, se vuelve un flojo.
Esa misma noche decidió hablar con él.
—Alejandro, te veo y pienso… ¿de verdad no te aburre hacer lo mismo todos los días?
—¿A qué viene eso? —preguntó él, extrañado.
—A que una persona tiene que crecer. Si te quedas años en el mismo trabajo, te estancas.
—Habla claro, Valeria.
—Creo que necesitas cambiar de empleo.
—A mí me gusta mi trabajo. Me valoran ahí.
—Sí, pero ganas muy poco. Ridículamente poco. Con un mejor sueldo podríamos pagar antes las deudas. Voy a hablar con mi antiguo jefe. Seguro puede acomodarte.
—No quiero dedicarme a algo que deteste solo por dinero.
—Ya no se trata solo de ti. Tienes un hijo. ¿O quieres que Mateo vaya a una guardería cualquiera, con niños enfermos y padres de cuarta? ¿Quieres que después vaya a una escuela pública llena de vagos? Nuestro hijo merece lo mejor. Un buen colegio, buenos contactos, otro ambiente.
—Te escuché —dijo Alejandro—. Déjame pensarlo.
—No voy a dejar que lo olvides. Ya hablé lo suficiente como para abrirte una puerta. Si la vacante sigue libre, vas a tomarla. Basta de conformarte con poco.
Él guardó silencio.
Al fin, la construcción terminó. La familia se mudó a la casa nueva. Era grande, moderna, luminosa, automatizada. Justo como Valeria lo había soñado.
Una noche, cenando ya instalados, ella comentó:
—Tenemos que hacer una fiesta de inauguración.
—Claro —asintió Alejandro—. En cuanto terminemos de acomodarnos, invitamos a la familia y a los amigos.
Valeria dejó los cubiertos sobre el plato.
—Aunque antes deberíamos resolver un problema. Esa casa vieja afea todo el terreno. Yo la tiraría. En su lugar podríamos hacer una zona de asador, poner césped, rosales… quedaría precioso.
Alejandro levantó la mirada de golpe.
—Ni se te ocurra.
—Ay, Alejandro, por favor. ¿Para qué quieres conservar esa antigüedad? Parece un estorbo al lado de esta casa.
—No la vas a tocar. No voy a permitir que la derriben.
—¡Pero si parece sacada de otro siglo! —protestó Valeria—. ¿No entiendes que arruina la vista?
—Es la casa de mi abuela. Es parte de nuestra historia. No es un montón de tablas viejas: es memoria.
—Pues yo no quiero verla en nuestro patio. Cuando venga gente se va a reír. Tienes que dejar de vivir aferrado al pasado.
—No. Y no intentes manipularme con lágrimas. Esta vez no.
—Entonces no me amas —dijo ella, acudiendo a su recurso más confiable.
—Lo que no entiendo es por qué quieres destruir todo lo que existía antes de ti.
—¿Destruir? Si no fuera por mí, no tendrías esta casa en la que estamos. Mira a tu alrededor. Nadie de nuestros conocidos vive así. Y al lado está ese cascarón, inclinado, triste, anticuado. Si sigues aferrado a ese montón de recuerdos, nunca avanzarás.
—No voy a discutir más. Esa casa no se derriba. Fin del tema.
Mateo, asustado por las voces, comenzó a llorar. Valeria lo cargó, furiosa.
—Muy bien. Haz lo que quieras.
Pasó una semana sin dirigirle la palabra a su esposo. Pero por dentro seguía maquinando. “Ya veré cómo consigo que esa cosa desaparezca”.
Llegó el día de la fiesta de inauguración. Los invitados recorrían la casa admirando cada detalle: los acabados, los muebles, la tecnología, el diseño. Todos felicitaban a los dueños.
—¡Qué barbaridad! —decían—. Les quedó espectacular. Se nota que invirtieron muchísimo. Todavía falta arreglar el jardín, claro, pero eso luego.
Valeria decidió aprovechar el entusiasmo general para empujar su idea.
—Justo hablando del exterior —dijo, con una risita ligera—, necesito su opinión. Llevo tiempo tratando de convencer a Alejandro de tirar la casita vieja del fondo. Díganle ustedes que, junto a una casa moderna como ésta, se ve fatal. Yo ya tengo planeado un jardín con asador y zona de descanso. ¿O no creen que sería mejor?
Alejandro sintió que la sangre se le iba del rostro. Vio cómo su abuela agachaba la cabeza al oír aquellas palabras. Quiso desaparecer.
Sin embargo, los invitados reaccionaron de otra manera.
—¡No se les ocurra tumbarla! —dijo uno—. Tiene muchísimo encanto.
—Exacto —añadió otra mujer—. Es preciosa, con esas molduras de madera y ese estilo tan antiguo. Hoy en día casi no quedan casas así.
—Le dan un contraste maravilloso al terreno —opinó un tercero—. Podrían restaurarla y convertirla en casa de huéspedes. Sería una joya.
—Y además —intervino una señora mayor— sería una falta de respeto hacia los abuelos de Alejandro. Tienen una historia ahí. No todo lo viejo es basura, Valeria.
Otra invitada añadió:
—La verdad, qué suerte tuviste con un marido como Alejandro. No cualquiera se mata trabajando para cumplirle los sueños a su esposa. Y sus padres también los ayudaron mucho. Eso hay que valorarlo.
La sonrisa de Valeria se congeló. Su gran momento empezaba a escurrirse entre los dedos. Esperaba admiración, respaldo, quizá envidia. En cambio, el foco se estaba yendo hacia Alejandro y su familia.
“¿Y yo?”, pensaba, irritada. “¿Acaso nadie ve que todo esto existe por mí? Yo lo empujé, yo lo obligué a moverse. ¿Dónde estaría él sin mí?”
Cuando por fin se fueron los invitados, explotó.
—¿Por qué nunca dijiste que si empezamos a construir fue por mí? ¿Por qué todos te felicitaban a ti y a tus padres, como si yo no tuviera nada que ver?
Alejandro la miró cansado.
—Pero si todos dijeron que la casa estaba hermosa, que eres una gran anfitriona, que todo aquí tiene tu toque.
—¡No es suficiente! Vinieron a celebrar nuestra casa. Nuestra. No la tuya y la de tus papás.
—Estás exagerando.
—¿Y qué hicieron de extraordinario tus padres? También podríamos haber pedido un crédito al banco. Me hartaron con tanto agradecimiento hacia ellos.
Alejandro frunció el ceño.
—Nos ahorraron intereses enormes. Y solo nos están pidiendo que devolvamos una parte, con la condición de que arreglemos la casa de la abuela. Ese lugar todavía puede convertirse en algo hermoso.
—No me importa —dijo ella, golpeando la mesa con la palma—. Yo imaginaba otra clase de fiesta. Pensé que todos iban a reconocer que esto fue gracias a mí. Pero nadie me dio ni las gracias.
Alejandro la abrazó.
—Yo sí te las doy. Por Mateo, por el esfuerzo, por todo lo que has hecho en la casa.
Ella se dejó abrazar apenas un instante. Luego volvió al ataque.
—Ya que no tenemos que devolverles todo el dinero a tus padres, deberíamos contratar una empleada doméstica. Mira esa montaña de platos. No puedo con una casa tan grande y con el niño.
Alejandro se apartó.
—Tenemos lavavajillas. Y tú todavía estás en casa. Ve haciendo las cosas poco a poco. No estamos para más gastos.
—Entonces cambia de trabajo —susurró ella—. Te lo llevo diciendo mucho tiempo. Mi antiguo jefe puede ofrecerte algo mucho mejor. Si no te alcanza para cumplir un deseo tan básico de tu esposa, tendrás que hacer algo al respecto.
Esta vez él no cedió con suavidad. Se le notaba el hartazgo.
—¿Sabes qué? Siempre has querido manejar mi vida. Construí esta casa porque te amaba y porque me empujaste hasta que te di mi palabra. La levanté, sí, pero desde el primer ladrillo sentí que algo entre nosotros se estaba rompiendo. La felicidad no está en estas paredes. Y, para ser sincero, empiezo a odiar esta casa. Todo en nuestra vida gira alrededor de tus exigencias. El coche, la casa, el dinero, la apariencia… ¿y nosotros? ¿Dónde quedamos tú y yo? Yo no soñaba con nada de esto. Solo tú. Yo era el que ejecutaba tus planes. Y a veces ya ni siquiera sé si me quieres a mí o a lo que puedo darte.
Valeria lo miró con furia.
—Claro, échame la culpa de todo. Si no fuera por mí seguirías viviendo en aquella pocilga. ¿Qué clase de hombre no quiere darle a su esposa una vida mejor? Admítelo: a ti también te gusta vivir así.
—Ya basta —dijo él, llevándose la mano a la cabeza—. Me duele hasta pensar. Hoy no quiero seguir hablando.
Se levantó y se dirigió a la puerta.
—¿A dónde vas?
—Voy a dormir a la casa de mi abuela. Necesito estar solo.
A la mañana siguiente, sin pasar por la casa nueva, se fue directo al trabajo.
Valeria se quedó pensando.
“Por la noche lo arreglo. Una buena cena, un poco de cariño y vuelve a entrar en razón. Llamaré a Ricardo, a ver si sigue libre la vacante”.
Acomodó a Mateo para su siesta y marcó el número de su antiguo amante.
—Ricardo, hola. ¿Me recuerdas?
—Valeria… vaya sorpresa. ¿A qué debo el honor?
—Necesito un favor. Quiero que metas a mi marido a trabajar contigo. Debe haber alguna vacante.
—Por ti puedo hacer algo —respondió él—. Lugar hay. Pero no lo voy a apartar para siempre. ¿Tu marido puede salirse rápido de donde está?
—Lo voy a convencer. Cueste lo que cueste.
—Pues apúrate. El puesto paga muy bien. Eso sí: es una locura. Mucha presión, auditorías, inspecciones, contratos públicos, revisiones constantes. La gente no aguanta y se va.
—¿Y el sueldo?
Ricardo soltó una risa corta.
—Eso es precisamente lo único que retiene a algunos. El que entre tiene que saber cerrar la boca, no hacer demasiadas preguntas y trabajar.
—Mi marido podrá.
—Entonces avísame. Por los viejos tiempos, te ayudo.
Valeria colgó satisfecha y se metió a la cocina a preparar la cena.
Cuando Alejandro regresó esa noche, ella salió a recibirlo con una sonrisa suave.
—Perdóname por lo de ayer. No sé qué me pasó. Mira todo lo que preparé. Extrañé que no durmieras aquí.
Lo abrazó por el cuello e intentó besarlo, pero él se apartó.
—No hace falta, Valeria. Ya sé cómo juegas. Quieres ablandarme para hablarme de ese trabajo.
—No seas injusto. Solo quiero estar contigo. Hasta acosté temprano al niño para que cenemos tranquilos.
—Voy a cenar en la cocina. Y no me vas a convencer.
Valeria dejó caer la máscara.
—¿Por qué te niegas? Ahí pagan el doble. Tendríamos otro nivel de vida. Ya hablé con la persona indicada. Hasta te están esperando.
—No. Y no insistas.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.
—Entonces me voy. Me llevo a Mateo y no vuelves a vernos. Buscaré a alguien más capaz de sostenernos.
Él apretó la mandíbula.
—No me chantajees con mi hijo.
—Estoy pensando en su futuro. ¿Acaso es un crimen? Nuestro hijo merece lo mejor. Si tú no quieres esforzarte, tendré que hacer algo.
Alejandro cerró los ojos un instante. Luego cedió, pero con condiciones.
—Está bien. Buscaré otro trabajo. Pero lo haré yo, por mi cuenta. Un amigo me ha ofrecido entrar a su empresa. Primero intentaré con él. Si no sale, entonces consideraré la opción que propones.
Valeria sonrió enseguida.
—Me parece perfecto. Yo solo quiero lo mejor para nuestra familia.
Él no respondió.
Esperó noticias de su amigo, pero en la empresa surgieron problemas y el puesto nunca se concretó. Después de una semana de incertidumbre, Alejandro no tuvo más remedio que aceptar el empleo que Valeria había conseguido.
Para su propia sorpresa, al principio le gustó. El sueldo era escandalosamente bueno. Le depositaban semanalmente y además le daban bonos importantes.
Una tarde llegó a casa y le mostró a Valeria la pantalla del teléfono.
—No puedo creer que alguien pague esto. ¿Estás segura de que todo es legal?
Ella soltó una risita.
—Te lo dije. Solo no hagas preguntas innecesarias. Limítate a trabajar y a obedecer. Si superas el periodo de prueba, puede irte todavía mejor.
Alejandro se dejó arrastrar por el entusiasmo. Comenzó a trabajar con dedicación. Pero un día, al pasar junto a una oficina cuya puerta estaba entreabierta, escuchó unas voces que lo dejaron clavado en el suelo.
—¿Ya supiste de quién es marido el nuevo?
—¿Del que metieron hace poco? Sí. De Valeria.
Una carcajada áspera llenó el ambiente.
—Qué ironía. No pudo enganchar a un millonario, así que terminó casándose con ese pobre tipo para tapar sus historias. Hasta hijo le hizo, según cuentan.
—Raro —comentó otro—. Si esa mujer siempre anduvo con hombres de nivel. Dicen que hasta con el jefe se acostaba.
—Eso nadie lo oculta —intervino un tercero—. ¿O crees que subió de puesto por su talento? Fue cama tras cama hasta llegar arriba. Y luego el jefe la mandaba con clientes importantes para cerrar contratos.
—Sí, sí, yo también escuché que viajaba con “socios estratégicos” a hoteles de lujo y destinos caros. Y ahora le consiguió trabajo al marido. Imagínate cuántas veces tuvo que acostarse con el jefe para lograrlo.
Las carcajadas se hicieron más fuertes. Luego alguien cerró la puerta y el resto de la conversación se perdió.
Alejandro se quedó helado. El pasillo comenzó a girarle alrededor.
“¿Con quién me casé?”, pensó, sintiendo náuseas.
Se encerró en su oficina y se llevó las manos a la cabeza.
“Ahora entiendo por qué nunca le bastaba nada. Estaba acostumbrada a vivir así, a conseguir todo a través de otros hombres. Y yo, imbécil, creyendo que me amaba. Me gustaba cómo me trataba, cómo me buscaba, cómo me hacía sentir… y nunca me pregunté de dónde había aprendido todo eso. Ni con quién”.
Aquella noche llegó a casa casi a medianoche, borracho por primera vez en años.
Valeria lo esperaba, molesta.
—¿Dónde demonios estabas? Nunca llegas tan tarde. ¿Y además vienes tomado?
Alejandro, tambaleándose, entró a la sala y se dejó caer en el sofá.
—Porque normalmente no bebo —balbuceó.
—Ah, claro. Entonces resulta que tienes secretos que no conocía.
Él soltó una risa amarga.
—Secretos… tú sí sabes de eso. Yo fui el ciego. El idiota.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué estás diciendo?
—Que me repugna tocarte —murmuró—. ¿Cuántos hombres hubo antes de mí? ¿Y después de mí? ¿Con cuántos te acostaste, Valeria?
Ella se tensó.
—Estás borracho. Mañana hablamos.
Intentó ayudarlo a levantarse y llevarlo al cuarto.
—No me toques —dijo él, llorando ya sin control—. Yo te amaba. Te veía como a una mujer limpia, luminosa… y tú eras otra cosa. Me engañaste. Todo esto me da asco.
Ella apretó los labios, pero no discutió. Lo llevó como pudo a la habitación, lo desvistió y lo metió en la cama.
—¿Para qué me querías? —seguía murmurando él—. Yo no soy como esos hombres… no pertenezco a ese mundo… Qué desgraciado soy…
Cuando por fin se quedó dormido, Valeria salió del cuarto y fue a la habitación del niño. Se recostó junto a la cuna y pensó, inquieta:
“¿Quién le contó? Igual no importa. Todo el mundo habla. Lo importante es que nunca le fui infiel estando casada. Yo me dediqué a construir al hombre que quería a mi lado. Mañana se le pasará. Yo sabré qué decirle”.
Se quedó dormida con el corazón revuelto.
A la mañana siguiente, mientras le daba desayuno a Mateo, miró el reloj.
—Qué raro que tu papá no se haya levantado. Ya debería estar despierto. Ve a llamarlo, mi amor.
El niño corrió feliz hacia la habitación. Regresó al poco rato, extrañado.
—Mamá, papá está en el suelo y no se levanta. Le hablé y no me contestó.
Valeria sonrió con fastidio.
—Seguro está haciéndose el gracioso.
Fue hasta el dormitorio.
—Alejandro, basta de tonterías. Vas a llegar tarde.
No hubo respuesta.
Lo vio tendido boca arriba, con los brazos y las piernas extendidos en un ángulo extraño. El color de su piel le heló la sangre.
Se acercó despacio, se agachó, lo tocó en el hombro… y lanzó un grito.
Estaba helado.
—¡Alejandro! —cayó de rodillas a su lado—. ¡No! ¡No, por favor! ¡No puedes hacerme esto!
Detrás de ella apareció Mateo.
—Mamá, ¿por qué lloras? Dile a papá que se levante. Le va a dar frío en el piso.
Valeria abrazó al niño con fuerza, sin poder dejar de sollozar.
—Papá… papá está muy cansado, hijo. Déjalo descansar.
Aquella historia terminó como terminan las tragedias de verdad: sin vencedores.
Valeria quiso construir no una vida, sino un símbolo. Para ella la casa, el coche, el anillo, la boda, la envidia ajena y el brillo exterior valían más que la paz. No se enamoró de Alejandro como hombre, sino de lo que creyó que podría convertirlo en sus manos. Confundió amor con dominio, seguridad con posesión, felicidad con exhibición. Persiguió una imagen de éxito tan ferozmente que dejó de ver a la persona que tenía delante.
Alejandro, por su parte, también fue responsable de su ruina. No supo poner límites. No aprendió a decir “no”. Confundió ceder con amar, sacrificarse con proteger, aguantar con construir familia. Quiso ser el esposo perfecto y terminó renunciando a sí mismo. Cedió su descanso, su salud, sus deseos, su criterio y, al final, su vida. Amó la idea de una familia feliz con tanta desesperación que no advirtió que se estaba vaciando por completo.
Teresa, su madre, vio venir el desastre. Lo advirtió, lo sintió, trató de impedirlo. Pero el amor de una madre no siempre basta para salvar a un hijo empeñado en destruirse por alguien más.
El dinero de los padres, que pretendía ser apoyo, se volvió combustible para las ambiciones de Valeria. Lo que debía ser un cimiento terminó siendo una cadena más.
La imagen final es insoportable: el hombre que nunca supo negarse yace muerto en el suelo de su habitación; la mujer que exigió a la vida todos los lujos posibles se queda sola, con un hijo pequeño y una casa que ya no significa nada. Ni el coche, ni el jardín, ni la tecnología, ni los acabados finos pueden devolverle a Mateo a su padre. Y quizá, por primera vez, Valeria entendió que había ganado exactamente aquello por lo que tanto luchó… y que su victoria no era otra cosa que una derrota monstruosa.
Pero esa respuesta ya tendría que encontrarla sola. Sin Alejandro.






