El viejo autobús, echando esa mezcla de gasolina y motor que huele a pura carretera, arrancó con su traqueteo y dejó a la mujer sola bajo el cielo plomizo. Miró a su alrededor; nada había cambiado en ese rincón de Castilla. El mismo camino difuso cubierto de barro negro y brillante, los mismos arbustos rociados de polvo gris. A lo lejos se adivinaba el pueblo, estirado como una cinta fina a la orilla del bosque, con alguna que otra ventana ya encendida lanzando cuadrados amarillos al anochecer. Se oían ladridos y el ganso del poeta echando bronca, como siempre.
Pensaba Inés: Sigue todo igual que hace seis años casi todo. Lo único que faltaba era la hilera de máquinas que antes coronaba la cuesta de la derecha, junto a la antigua explotación agrícola de los Gutiérrez. Ahora solo estaba la oscuridad. A saber qué habría pasado con aquello; seguramente los herederos lo vendieron todo por cuatro duros.
Inés fue a dar a la calle mayor del pueblo, con ese prurito en el pecho que te da pisar tierra conocida cuando no sabes si debes volver. No le habría sorprendido que de alguna esquina alguien le lanzase una piedra. Sentía que detrás de cada cristal había un par de ojos mirándola mal. Caminaba encajada en su pañuelo, casi tapándose la cara, esperando que no la reconocieran. ¿Qué le quedaba? ¿Quedaría algo del hogar que fue suyo? Realmente, no había destino más allá de este pueblo y allí estaba de vuelta, a pesar del desprecio que le tenían. Ella, por sus decisiones, había dejado sin trabajo a medio pueblo hacía seis años.
No era la misma Inés de antes, ni por dentro ni por fuera. Lejos quedaba esa chica risueña, guiñando ojos con descaro y conquistando a Santiago Gutiérrez, el señorito del pueblo. Tenía un cuerpo de verso y los ojos de un azul abierto que casi asustaban. Vivía sola, en una casa vieja al borde de la cañada. Santiago por entonces era medio dios: de él dependían casi todos en La Encina.
Cuando Inés se fue a vivir con Santiago, pensó que le había tocado la lotería de la vida. Pero no fue fácil. Santiago iba de cacique, uno de esos mandamases a lo castizo. Para él, Inés era poco menos que criada para sus ratos libres. Ella, deslumbrada por él, no vio el tipo de hombre con el que se había metido hasta que fue tarde. Se encargó de apartarla de sus amigas, le prohibió las faldas cortas y los labios pintados, y al poco lo que empezó siendo emoción se volvió jaula.
Su mundo se llenó de órdenes y puertas cerradas. Nada de trabajar fuera, ni de autonomía. Él, celoso perdido, la atormentaba con sus sospechas. Inés se empeñaba en demostrar su lealtad, pero pronto entendió que el problema no era ella, sino él. Cuando los celos dieron paso a la violencia, Inés huyó de la casa y regresó a su rincón del arroyo, intentando borrar aquel amor imposible.
Sin embargo, la peor sacudida aún estaba por llegar. Santiago apareció al día siguiente, mientras Inés limpiaba la cocina con las ventanas abiertas de par en par y ese olor a casa limpia que tanto alivia. De repente, él pegó una patada al cubo, el agua se desparramó y ella sintió que, tras el cubo, venían problemas. Lo siguiente está borroso en la memoria de Inésquizá la mente borra dolores para protegernos. Lo que vio después fue la casa llena de guardias civiles, interrogatorios, cuchillos de cocina y voces vecinas al otro lado de la valla: los muebles al revés, cortinas arrancadas y Santiago tirado en mitad del suelo, inmóvil.
¡La mató para quedarse con todo! se oía desde fuera. ¡Si hubiera sido menos pizpireta, el hombre viviría! ¿Qué más quería? ¡Vivia como una marquesa! ¡Buen hombre era, nos daba de comer a todos! Ahora, ¿cómo tiramos palante? El pueblo se removía en tumulto, afligido por el paro repentino.
A Inés le cayeron seis años en prisión, régimen común. No resultó tan terrible como esperaba, gracias a que supo ganarse amigas entre internas y carceleras. Era buena escuchando y solidaria de corazón. El día a día se fue haciendo más llevadero, pero aquella muchacha despierta y coqueta de ojos azul cielo no se volvió a ver. Ahora tenía el rostro más ancho, canas escapando del pañuelo y ni rastro de ganas de arreglarse.
¿Quién iba a decirle a Inés, que acabaría, como se dice, con los huesos en la cárcel? Siempre pensó que sólo estaban allí la escoria, pero, mira, de la ruina y la prisión, nadie está a salvo. La vida se tuerce y no pregunta.
Con el corazón a mil, se tapaba más con el pañuelopor si acaso. ¿Existiría su casita aún? Igual la habían desmontado para leña. Pero no, al llegar, ahí estaba: entre dos enormes álamos y, del arroyo, llegaba ese frescor puro y el canto familiar (las ranas haciendo coro, el riachuelo burbujeando). Soñó mil veces con el regreso, con sus bosques llenos de níscalos, setas y boletus. Le dieron ganas de salir corriendo con una cesta.
Entró como una sombra, buscó la llave en el alero secreto, abrió y… esperaba ese olor a cerrado de casa abandonada. Nada. Pulsó el interruptor y la luz bañó de amarillo toda la cocina, impoluta, con una maceta de geranios rosas en la ventana. Inés no daba crédito. Recorrió las habitaciones; todo en su sitio. Alguien, sin duda, había estado cuidando su casa.
¡Ineeeees! ¡Ines! sonó desde el zaguán y apareció corriendo la vecina, Eulalia. Vaya, sí que has cambiado Y en vez de saludo le soltó: Vi luz y enseguida vine. Traigo algo de picar, que se ve que del viaje estarás molida. Sacó leche recién ordeñada y pan envuelto con mimo en un paño. ¿Has sido tú quien ha cuidado todo esto?, preguntó Inés con una sonrisa. Pues claro, mujer, la casa no se cuida sola.
La gratitud le llenó los ojos de lágrima: Gracias, de verdad. Eulalia se marchó deprisa: Me voy antes de que mi marido se entere y me monte un número. Por aquí alguno aún no olvida
Inés se sintió menos sola; un alma al menos la apoyaba. Se sirvió un vaso de leche aún templada y, justo entonces, llamaron flojito a la puerta. Un chaval de unos trece años, siempre torpe, le metió en mano un paquete: E-e-es de mi madrele titubeó, y se fue corriendo antes de que pudiera preguntarle el nombre. El bulto olía a tocino ahumado y le hizo la boca agua.
Fue entonces cuando Sinforiana entró sin llamar, como en los viejos tiempos, y le dio el abrazo más sincero del mundo. Antes de Santiago siempre fueron amigas inseparables. Inés se quebró: Creí que nadie querría verme No digas bobadasrespondió Sinforiana. Don de mujeres, ya sabes. Aquí sabemos lo que es defenderse. Lo tuyo fue defensa propia, diga quien diga lo que diga. Los hombres no entienden estas historias y por eso murmuran. Me avisó Eulalia que habías vuelto, así que vengo con un par de cosas: algo de la huerta, para que te des un festín. Descansa hoy, que mañana hay tela que charlar.
Inés no pudo ni probar bocado del nudo que sentía. Se equivocó juzgando al pueblo; las mujeres sí comprendían, sí apoyaban. Al meterse en la cama, limpia y arropada, casi ni cerró los ojos cuando golpearon a la ventana. Por la silueta, reconoció a Fermín, el alcalde a la chita callando del lugar.
No salgasle dijo, hablando a través de la ventana que había abierto. Mira, nos hemos reunido unos cuantos y sería tonto seguir guardando rencor. Puede que algunas no lo entiendan, pero está claro que la culpa no fue tuya. Las cosas fueron mal después, pero Santiago era de los que bueno, lo dejemos ahí. Juntamos unas perrillas entre todos, para que vayas tirando. Nada, nada, no digas nada.
Fermín le lanzó los billetes en euros por el hueco y se deshizo en la noche, como una sombra.





