La mujer que se atrevió a decir «no»

La que dijo «no»

Nuria Castillo Pérez estaba sentada al borde de una banqueta, cortando pan con cuidado, lonchas finas y parejas, justo como a él le gustaba. Ocho rebanadas, iguales, simétricas. Luego colocó la fuente en la mesa y volvió a los fogones para remover el cocido. Los invitados llegarían a las seis, pero ya eran las cinco y cincuenta.

Valentín estaba en el sillón, frente a la tele, zapeando de canal en canal. No preguntó si hacía falta ayuda. Jamás preguntaba. ¿Para qué, si todo se iba a hacer igual?

Nuria tenía ya cincuenta y tres años. Trabajaba de contable en el Instituto de Formación Profesional número siete, allí en Salamanca. Un empleo tranquilo, de los de números y balances, nada de alboroto. Veintidós años en el mismo sitio. El director nunca le puso mala cara, los compañeros la apreciaban. Pero en casa nunca se hablaba de ello.

Los invitados llamaron al timbre a eso de las seis y media. Era su consuegra, Remedios López, con su marido, Genaro; y el hermano de Valentín, Sergio, con su mujer Lucía. Alegres, habladores, con cara de haber comido bien. Se sentaron y empezaron a charlar. Nuria iba y venía, poniendo platos, rellenando, retirando lo vacío, volviendo a servir.

En la mesa la conversación giró en torno a los precios, a los vecinos, y a que en el barrio de al lado habían abierto un nuevo mercado. Nuria escuchaba, callada. Ya estaba habituada a no decir nada a esa mesa.

De pronto, Remedios sacó el tema de la nueva clínica del ambulatorio que, decían, iban a construir en la calle Ferrerías.

A ver si ahí al menos hay menos cola para el médico comentó, acomodándose el cuello de la blusa, porque ahora, para ver al de cabecera, hay que armarse de paciencia.

Colas va a haber donde sea refunfuñó Genaro, si médicos no hay y los que hay, se van fuera.

Leí en el periódico se atrevió Nuria que el ayuntamiento quiere traer a profesionales jóvenes. Es una iniciativa del ayuntamiento, lo pone en El Norte.

Valentín apoyó el vaso en la mesa. Lo hizo sin estrépito, pero de tal forma que todos lo notaron.

Nuria, trae las aceitunasdijo.

Ahora mismo, solo estaba comentando lo de la iniciativa

He dicho que traigas las aceitunas. ¿Quién te ha preguntado? soltó, cortante.

Remedios se puso a toser; Lucía levantó la vista y la bajó rápido. Sergio se sirvió pan, fingiendo no oír.

Nuria se levantó y fue a la nevera. Sacó el bote de aceitunas, lo puso en la mesa. Se sentó.

Por dentro, era silencio. No rabia, ni enfado. Solo ese silencio que llena la casa cuando todos se van y tú te quedas plantada, sin saber muy bien qué haces allí.

Miró sus manos, sobre las rodillas. Manos que ya no eran jóvenes, con las venas marcadas y las uñas cortas. Treinta años de trabajo. Cocinar, fregar, limpiar, coser, planchar, cortar, llevar. Treinta años.

El frasco de aceitunas también. Lo preparó ella misma, en agosto, con calor, quemándose los dedos para cerrar los tarros. Nadie le preguntó si era cansado. Nadie dio las gracias. Las aceitunas se comen, y punto.

La charla seguía como si nada. Genaro abría conversación sobre un amigo que se había comprado un coche de segunda mano; Remedios reía fuerte, Valentín asentía y servía vino.

Nuria pensaba en sus manos.

Los visillos de esa sala los cosió ella, hace veinte años. La tela la pagó de su sueldo porque él dijo que no había dinero. Lo hizo de noche, tras la jornada, porque de día había que limpiar. Ahí seguían, cubriendo la ventana. Seguramente, él ni los habría notado nunca.

Después del postre, Valentín anunció:

Nuria, recoje ya. ¿A qué esperas sentada?

Y entonces, algo hizo clic. No fue un terremoto, ni hubo estruendo. Fue como cuando enciendes una luz en un pasillo oscuro. Pero aquí, fue al revés, se acabó la oscuridad.

No dijo Nuria.

Valentín giró la cabeza.

¿Cómo?

Que no. Estoy cansada. Me quedo sentada.

Se quedo un silencio de los de verdad. Remedios levantó los ojos, Lucía dejó de masticar.

¿Te has vuelto loca? dijo Valentín, bajo, con ese tono tan suyo que no necesitaba subir la voz para imponer.

No. Simplemente estoy cansada y quiero sentarme.

Se levantó. Pero no hacia el fregadero. Hacia la puerta. Cruzó el pasillo, entró en el dormitorio y cerró con llave. La misma que llevaba años en la cerradura, aunque nunca la usó. Esta vez sí.

Desde detrás, se oían risas falsas, ajetreo de platos (Lucía, la buena de Lucía, empezó a recoger ella siempre lo entendía todo a media palabra).

Nuria se sentó en el borde de la cama y miró por la ventana. Calle, farola, un trozo de cielo de octubre. Las hojas ya caídas, las ramas, negras, desnudadas. Feillas, pero sinceras.

Estuvo allí mucho rato. Escuchó a los invitados irse, la puerta al cerrarse y luego a Valentín trajinando, de aquí para allá, luego detenerse tras la puerta de su habitación.

Abre.

Nuria no respondió.

Nuria, que abras, te digo. Tenemos que hablar.

Mañana dijo. Hoy voy a dormir.

Él se quedó. Nuria sentía su respiración tras la puerta. Luego se marchó.

Ella se tumbó encima de la colcha, sin desvestirse, mirando al techo. Y pensó que esa noche no tenía miedo. Qué raro. Generalmente, cuando hacía algo fuera de lo correcto, el miedo la recorría como un zumbido en los tubos del piso. Pero ahora no.

Quizá porque, por primera vez, sentía que había hecho algo bien.

Por la mañana, Valentín salió pronto para la fábrica, donde era jefe de turno. Nuria lo oyó toser mientras se ponía la chaqueta, luego portazo, taconeo en la escalera.

Esperó a que se disipasen los pasos. Se levantó. Se aseó y abrió el armario.

Solo tenía una maleta, marrón, vieja, con esquinas metálicas. La sacó de bajo la cama, la puso sobre la colcha. Al abrirla, olía a polvo y a tiempos pasados.

La fue llenando sin prisa, pero sin pausa. Algo de ropa interior, unos jerséis, un pantalón, un abrigo gordo. Los documentos los guardó todos: DNI, cartilla del banco, el libro de familia. Cogió una cajita pequeña: los pendientes de su madre y un anillo de su abuela. El calzado del trabajo, unas zapatillas.

Se paró en mitad de la sala a mirar alrededor.

Nada era realmente suyo allí. El armario lo eligió él. El sofá también. La alfombra fue cosa de los dos, aunque ella prefería otra, pero él dijo que este diseño era mejor. Las cortinas las cosió, pero ya se habían fundido en esa casa, eran como parte de lo suyo.

Cerró la maleta.

En la cocina, se sirvió té, lo tomó de pie, rápido. Miró la olla, el cocido de la víspera. Lo dejó.

Se vistió. Cogió la maleta, el bolso de los papeles. Salió. Cerró la puerta. La llave, la puso bajo el felpudo. Ya la encontraría él.

En la calle hacía frío y olía a hojas mojadas. Dejó la maleta en el suelo un segundito, respiró hondo. El cielo, blanco y triste. Gente apresurada, camino del trabajo. Nadie se fijaba en ella.

Recogió la maleta y se fue caminando hasta la parada del bus.

Gabriela Fernández Ríos vivía en la calle Jardines, tercer piso, con dos habitaciones. Daba clases de economía en el mismo instituto, ocho años mayor que Nuria. Eran amigas o, más bien, compañeras habituales de café durante el almuerzo, a veces charlaban de camino a casa. Gabriela era viuda y sin hijos, vivía sola y parecía que no le molestaba.

Nuria llamó a su puerta a eso de las diez y media.

Gabriela abrió en bata, con una taza de café y cara de no haber salido aún del sueño. Estaba de vacaciones.

¿Nuria? Miró la maleta, el rostro de Nuria, calló un segundo. Pasa, anda.

Eso fue todo. Ni una pregunta. Simplemente: pasa.

Nuria entró. El piso era acogedor, con olor a café y libros viejos. Había estanterías hasta en el pasillo. Una gata gris se deslizó por la esquina, olió la maleta y se marchó.

Siéntate dijo Gabriela. Ahora preparo más café.

Se sentaron en la cocina y Nuria empezó a contar. No de golpe ni en orden, sino así, a retales: lo de la noche anterior, lo de las aceitunas, el ¿quién te ha preguntado?, las cortinas cosidas de noche. Treinta años.

Gabriela escuchaba sin interrumpir. Tenía ese don.

Te entiendo dijo al final. Y no te preguntaré si has hecho bien. No me corresponde. Quédate aquí hasta que decidas.

No quiero ser una carga dijo Nuria. Haré de todo, cocinaré, limpiaré

Nuria Gabriela la miró con dulzura y firmeza a la vez, aquí no has venido de criada. Es mi casa y me alegro de que estés.

Nuria bajó la mirada a la taza. Notó un nudo en la garganta, no de llanto, simplemente era algo que se deshace, como un músculo encogido de tantos años que te sueltan de golpe.

Gabriela le dejó el cuartito, antiguo despacho, con sofá cama, escritorio y, como no, estanterías. Nuria puso la maleta, acomodó la ropa en el armario, hizo la cama.

Se tumbó y pensó: Esta es mi habitación.

Por primera vez en muchos años tenía un lugar solo suyo.

Por supuesto, cocinaba y ayudaba en todo. No por obligación, sino por costumbre y agradecimiento. Gabriela intentó distraerla, pero al final aceptó y empezó a tomarlo con naturalidad. Por las mañanas desayunaban juntas, a veces charlaban largo y tendido, otras leían cada una a su aire.

Ese silencio en compañía también era nuevo: cuando estar callada al lado de alguien no da miedo, ni agobia, ni hace falta explicar nada.

Nuria volvió al instituto el lunes. El departamento de contabilidad era pequeño: ella y dos compañeras jóvenes. Notaba miradas de curiosidad, pero no preguntaban. Trabajaba igual de bien que siempre.

El director, don Alfonso Ruiz, la llamó a su despacho al final de la semana.

Nuria, ¿todo bien? preguntó, con confianza sincera.

Sí, Alfonso. He cambiado de domicilio por circunstancias personales, pero no afectará al trabajo.

No pregunto por el trabajo respondió él. Pregunto por ti.

Nuria se lo quedó mirando. Don Alfonso era de esos que sabían lo que pasaba, aunque no lo dijeras.

Gracias, de verdad. Estoy bien.

Y era cierto. Sentía que respiraba mejor, incluso físicamente, como si hubiese dejado de pesarle aquello que no la soltaba.

Los alumnos, chavales de dieciséis a diecinueve, bullangueros y honestos a su manera. Nuria, desde la contabilidad, manejaba todas las becas; se sabía los apellidos de memoria. A veces se cruzaba con ellos, escuchaba sus bromas y pensaba: Están llenos de vida, qué suerte.

Y también comenzaba a pensar que quizá a ella le quedaba algo por delante. Era extraño, como unos zapatos nuevos en los que aún no sabía caminar, pero empezaba.

Las llamadas de Valentín empezaron al tercer día.

Al principio, al móvil. Contestó una vez:

Valentín, estoy bien. Necesito tiempo. No llames.

Siguió insistiendo. Ella no cogía.

Luego llamó al trabajo, y la joven Marta fue a avisarla:

Nuria, tu marido

Dile que no estoy contestó, tranquila.

Marta se sorprendió, pero obedeció.

Con noviembre el frío apretó. Gabriela rescató del trastero un radiador para la habitación. Algunas noches veían la tele juntas, otras merendaban barquillos, o simplemente hablaban.

Gabriela compartía historias de su difunto marido, de cómo la soledad la llevó a darse cuenta de que, a veces, la libertad y la soledad eran lo mismo.

No te animo a estar sola decía, pero que no te dé miedo. Mira cómo vives ahora. ¿Tienes miedo?

No respondía Nuria.

Eso es.

Reflexionaba. Valentín siempre había dicho que sin él se perdería, que como contable no tenía salida, que a su edad De esas frases, habían hecho un nido en ella, sin pagar alquiler, y no los había podido echar nunca.

Pero ahora sobrevivía. Y, sobre todo, estaba bien.

El sueldo no era grande, pero Gabriela no quería alquiler. Nuria, haciendo la compra y cocinando, ya cumplía. Comenzó a ahorrar poco a poco, sin saber para qué, pero por si acaso.

En diciembre, poco antes de Navidad, apareció él.

Nuria volvía de trabajar. Ya era noche cerrada a las cinco y al girar la esquina vio a Valentín, esperándola en la puerta del portal. Su chaqueta marrón le colgaba, no llevaba gorro; para diciembre, un frío que pelaba.

Nuria dijo.

Se paró a tres pasos de él.

¿Cómo me has encontrado?

Preguntando. Aquí todo el mundo sabe de todo.

Asintió. Pueblo pequeño, ya se sabe.

Tenemos que hablar dijo.

Habla.

Él miró alrededor, nervioso.

¿No subimos a algún sitio? Hace helor aquí.

Póntela gorro respondió Nuria. Di lo que quieras aquí.

Suspiró. Luego:

Nuria, ¿qué has montado? Esa casa vacía, yo imposible, sin saber ni hervir un huevo. Yo no valgo para esto.

Aprenderás.

Qué fácil lo ves tú Nuria, entiéndeme, mi carácter es así, pero no es motivo para echar por tierra una familia.

Treinta años, Valentín respondió. Treinta años escuchándote, haciendo lo que decías. Cocinando, limpiando, recibiendo visitas, callando cuando me cortabas. Treinta años.

Bueno, a veces igual me pasé

¿Quién te ha preguntado? repitió ella. No fue la primera vez. Siempre me callabas. Para ti era la que lleva la casa, la criada gratis. Nunca te interesó quién era yo.

No digas eso, mujer dijo él, y su voz tomaba de nuevo esa aspereza que a ella le encogía el alma años atrás. Una esposa tiene

Basta dijo Nuria.

La palabra salió corta y firme.

No quiero oír lo que debe o no debe una esposa. Treinta años escuchando eso. Dime qué sabes de mí. ¿Qué libros leo? ¿Qué peli me gusta? ¿En qué pienso al fregar?

Él se quedó callado.

No lo sabes. Porque nunca has preguntado. Te hacía falta una mujer que tuviera la casa, no una compañera.

Vaya qué filosófica te has vuelto. Esas cosas de tu amiga Gabriela, seguro.

Son mis propias ideas. Llevan tiempo ahí, solo que antes yo no las decía.

Subió el abrigo. Empezaba a nevar.

No voy a volver. No es una rabieta ni un capricho. Me voy porque era infeliz contigo. Y recién me doy cuenta de hasta qué punto.

Acabarás sola, Nuria. ¿No lo ves? ¿Quién te necesita?

Yo respondió ella. Me basta.

Se fue hacia la puerta.

¡Nuria, espera!

No giró. Marcó el código, atravesó el portal, la nieve cayendo en los hombros.

Arriba, Gabriela ya le abría la puerta. Seguro la vio desde la ventana.

Le he visto dijo, lacónica.

Sí respondió Nuria. Ya está.

¿Quieres té?

Sí, voy a tomar.

Fueron a la cocina.

Nuria se sirvió té, rodeando la taza con las dos manos. Notó el ligero temblor. No era miedo. Era como si el cuerpo supiera que algo termina antes que la cabeza.

¿Estás bien? preguntó Gabriela.

Sí respondió Nuria. Y, tras pensarlo, añadió: Mejor. Es como si le hubiese devuelto algo que llevaba tiempo guardando.

¿Una deuda?

No. Negó con la cabeza. Era la espera. Esperaba que cambiara, que entendiera algo. Vino y solo echó de menos la comida. Sonrió torcida. La comida.

Eso al menos es honesto comentó Gabriela.

Sí, lo es.

Pasó el invierno. Nuria hizo los papeles del divorcio, con la ayuda de una abogada muy mayor, eficiente y sin rodeos. No hubo discusiones: el piso era técnicamente de él, comprado antes de casarse, ella solo reclamó lo suyo.

Muchos días eran duros. Algunas noches, tumbada en la cama, pensaba en sus cincuenta y cuatro años, en que estaba sola y en lo incierto del futuro. No echaba ese miedo. Lo aceptaba, y ya.

Por la mañana, iba al trabajo y todo volvía a estar bien.

Hubo una noche, en enero, en que, de pronto, se dio cuenta de que hacía meses que no le dolía la cabeza. Antes vivía con dolor casi a diario, lo achacaba a la edad, pero se dio cuenta de que simplemente, al irse, había empezado a desaparecer.

Era un detalle pequeño, pero importante.

En febrero, vino un profesor nuevo de talleres. El anterior se había jubilado y en su lugar llegó Andrés Suárez Ortega, de cuarenta y ocho, procedente de un instituto de Ávila, con fama de buen docente. Callado, discreto.

Nuria lo vio por primera vez comiendo solo, en una mesa al fondo de la cafetería, leyendo un libro mientras comía su filete. Comía sin prisa, tranquilo.

Al día siguiente lo cruzó en el pasillo, llevando unos papeles.

¿Sabe usted dónde puedo imprimir? La impresora de profesores se ha estropeado.

En contabilidad tenemos. Si es urgente, venga conmigo.

Gracias.

Al siguiente, apareció con el pen drive. Nuria le imprimió tres folios. Él la miró con sincero agradecimiento.

¿Lleva mucho tiempo aquí?

Veintidós años.

¡Madre mía! Sonrió. Lo conoce todo.

Todo lo de andar por casa. En el fondo es igual que cualquiera.

Se echó a reír, bajito y real.

Poco a poco empezaron a hablar de vez en cuando. Al principio, unos minutos en la cafetería. Después más. A veces le preguntaba su opinión. Al principio, Nuria pensó que solo era por cortesía, pero descubrió que realmente le interesaba.

Un día hablaron de libros. Nuria confesó que le gustaba leer, pero que hacía tiempo lo había dejado un poco de lado.

¿Y ahora?

Con Gabriela, con la que vivo, hay libros para aburrir. Estoy retomando el hábito.

¿Qué lees?

Le dio un poco de vergüenza porque era una novela costumbrista antigua.

Un libro de Delibes dijo. Lo encontré y me ha enganchado.

Buena elección dijo él, sin paternalismo. Ahí se habla de la gente de verdad.

Eso es lo que me gusta afirmó Nuria. Que suena todo cierto.

Después él le dejó otro, uno de Carmen Laforet, Nada. Le dijo que si le había gustado Delibes, aquél era interesante también. Lo dejó en la mesa, sin darle importancia.

Nuria miró el libro, y la puerta por donde se fue. Sintió un calorcito, tímido y suave, como el primer día templado de primavera. No quiso apresurarlo. Decidió esperar y dejar que la vida siguiera su curso.

Y la vida, lentamente, iba trayendo cosas buenas.

La primavera llegó temprano. En el parque, frente al instituto, los arbustos empezaban a echar brotes. Nuria volvió a mirar, por primera vez desde hacía años, los primeros brotes. Se paró. Pequeñitos, verdes, llenos de vida.

Se acordó de los años pasados, cuando solo pensaba en si había que comprar cebollas, si mañana planchaba su camisa, si tenía pendiente llamar al fontanero Sin mirar nunca alrededor.

Ahora los veía.

Andrés la esperó un día en la puerta. Coincidieron y caminaron juntos a la parada.

Hace muy buen día, ¿verdad?

Mucho dijo Nuria.

¿Te apetecería ir el domingo al museo local? Hay una exposición nueva sobre la historia de la fábrica. Yo soy muy de eso, pero me aburro solo.

Nuria lo miró de frente.

¿Al museo?

Dicen que la exposición es muy buena, sobre ingeniería y tal, pero si te aburres, luego podemos un café.

Me parece bien, vamos.

Dijo sí, así, sencillo. Sin miedo. Sin justificarse. Simplemente dijo vale, vamos.

El domingo amaneció luminoso y fresco. Pasearon por el museo, él comentaba detalles curiosos. Luego se sentaron en la cafetería a tomar un café malísimo, pero hicieron como que no se daban cuenta.

¿No te aburro? preguntó él, de pronto.

¿Por qué?

Siempre me han dicho que hablo demasiado de lo mío.

¿Quién te lo ha dicho?

Bueno gente.

Yo te diré si me aburres. Si no, te escucho.

Él sonrió.

Es bueno eso. Ese decir las cosas sin miedo.

Y Nuria supo que se refería a ese derecho que se estaba dando ahora: a decir las cosas. Él estaba aprendiendo igual.

Así, con suavidad y tiempo, se fue tejiendo algo entre ellos. Nada grandilocuente. Dos personas adultas que compartían compañía, café y palabras.

Nuria pensaba, a veces, que esa era la verdadera felicidad: la cotidiana, la sencilla. Despertarte y querer levantarte. Que te pregunten qué opinas. Que nadie nunca más diga ¿quién te ha preguntado?.

En mayo, fue al mercado de abastos del centro, como cada sábado. El aire olía a tierra fresca y verduras nuevas. Se perdió entre los puestos, mirando cebolletas, cuando vio a Valentín.

Estaba solo, delante del mostrador de la carne, desorientado. El abrigo le colgaba, ojeras, aspecto apagado. Conversaba con el carnicero, sin saber qué pedir.

Nuria se detuvo. No por susto, solo fue como una última comprobación.

Esperó sentir rabia, pena o lo que fuera de los viejos tiempos.

Pero nada.

Era simplemente un hombre más en la carnicería. Habían compartido treinta años, pero eso ya fue.

Se fue por otro pasillo, compró sus verduras y el manojo de eneldo que le gustaba a Gabriela para el cocido. Salió a la calle.

Mayo flotaba por la ciudad. La bolsa le iba caliente del sol, las verduras olían a verano.

Pensó: esto es empezar una nueva vida con más de 50. No un solo paso, sino todos juntos: la mañana de la maleta, el té con Gabriela, el trabajo, un libro en la mesilla, el museo, este mayo.

Dejar al marido fue sólo el principio. Lo demás era la vida. Aprender a volver a ver el mundo, a decidir si aguantar o marcharse. La decisión fue la correcta, aunque el drama fue real.

Realismo psicológico, pensó sonriendo. Ahora sí entendía el término. Vivir la vida, sin adornos ni terror, solo con verdad. Que hubo miedo, soledad y también paz.

Cada vida de mujer es distinta. La de Nuria no era ejemplar ni heroica. Era simplemente suya.

Entró en el portal de la calle Jardines, subió al tercero. Gabriela abrió en delantal, con una bandeja.

Ya estás. Justo estoy haciendo gazpacho.

He traído eneldo dijo Nuria, mostrando el manojo.

Genial. Lávate las manos.

Colgó el abrigo y fue a la cocina, abrió el grifo y dejó correr el agua.

El domingo saldrían con Andrés a ver una antigua presa cerca del pueblo; le explicaría cosas ingenieriles y Nuria lo escucharía con gusto.

Era raro, y bueno.

Secó las manos y fue con Gabriela.

¿Te ayudo?

Corta los huevos, anda.

Nuria cogió el cuchillo y cortó los huevos en dados pequeños, como siempre. Pero ahora, por deseo, por cariño, no por deber. Una diferencia que cuesta explicar pero se nota todos los días.

Tras la ventana, sol, risas de niños en la calle, olor a primavera y eneldo.

Gabi preguntó Nuria, ¿tú nunca te arrepentiste de quedarte sola después de Alejandro?

Gabriela se lo pensó, como le gustaba hacer.

Claro que sí dijo. Échale de menos, sí. Pero de estar sola, nunca me arrepentí. Ya te lo he dicho.

Sí, me lo has dicho.

¿Y tú, estás sola?

Nuria sonrió, mirando los dados de huevo.

No del todo.

Gabriela la miró, asintió y siguió removiendo el gazpacho.

No había moraleja. Solo vida. La de una mujer normal, de Salamanca, que un día dejó de recoger la mesa y se quedó asombrada de lo fácil que era.

Y de lo mucho que le quedaba por vivir a partir de ese simple no.

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Elena Gante
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