La mujer que no envejecía

La mujer que no envejecía

Encontré la caja de latón escondida en el armario de la abuela, detrás de un montón de periódicos amarillentos. Era una vieja caja de bombones “La Osita”, con el dibujo ya medio borrado. Mamá me había pedido que vaciara el apartamento antes de que terminara el mes. Los compradores ya habían dado la señal.

La abuela había muerto hacía siete años. Durante todo ese tiempo el piso en el barrio de Vallecas permaneció cerrado con llave. Mamá no podía entrar. Yo tampoco tenía prisa. Pero al final fue necesario: las facturas de la comunidad se acumulaban, los vecinos se quejaban de la vivienda vacía y la agente inmobiliaria encontró compradores más rápido de lo esperado.

Allí estaba yo, sentada en el suelo del dormitorio de la abuela, rodeada de pilas de revistas “Lecturas” y “Muy Interesante”, cartas atadas con cordel, bolsas de plástico llenas de botones y tres juegos de sábanas todavía envueltas en celofán, de fabricación española de los años ochenta, sin estrenar. Era marzo, fuera caía agua de los canalones y en el piso flotaba ese olor tan particular: a cerrado, a polvo, a madera vieja y a papel ligeramente dulce. Siete años sin que nadie viviera allí. Abrí la caja.

Dentro había fotografías. Unas treinta, de distintos tamaños. Algunas muy pequeñas, tipo carnet, con las esquinas para pegar. Otras más grandes, nueve por doce, con márgenes blancos. Empecé a repasarlas, apartando las más deterioradas y con los bordes rotos. Fotos de grupo, una graduación, niños delante de una alfombra. El típico archivo familiar. Y entonces me detuve.

Tres fotografías. Las saqué y las coloqué en el suelo delante de mí. En cada una aparecía la misma mujer. Joven. El mismo rostro. El mismo óvalo ligeramente alargado hacia abajo. Las mismas cejas, ni gruesas ni finas, con un suave quiebro cerca de las sienes. Los mismos ojos castaño claro. Si no fuera por la ropa y la calidad de las imágenes, habría jurado que se trataba de la misma sesión.

Pero la ropa era diferente. En la primera foto llevaba una chaqueta seria con hombreras anchas, el pelo recogido hacia atrás, y al fondo estanterías de libros y el borde de una lámpara de mesa. Blanco y negro, brillante, con ese grano característico de la película de los años setenta. En la segunda aparecía con un jersey claro, el cabello suelto hasta los hombros, de pie frente a un espejo. Foto en color, pero con ese tono amarillento típico de las revelaciones de principios de los noventa, papel Kodak, revelado en un kiosco. En la tercera llevaba una cazadora vaquera, delante de unos pinos. Foto digital, nítida, colores vivos, años dos mil.

Una sola mujer. Tres décadas. Y no había cambiado.

Me incliné más cerca. Mi espalda, acostumbrada a encorvarse sobre la cámara, se curvó aún más. Seis años trabajando como fotógrafa me habían enseñado a fijarme en los detalles: la luz, la textura de la piel, la posición de las sombras. Buscaba el truco. Retoque, montaje, cara pegada. Nada. Cada foto era auténtica. Cámaras distintas, luces distintas, épocas distintas. Y los mismos rasgos.

Y había algo más. Me fijé en los ojos de las tres imágenes. Alrededor de la pupila se veía un delicado anillo dorado. Brillante, inconfundible. Conocía ese anillo. Lo veía cada mañana en el espejo.

Di la vuelta a las fotos. En la primera, escrito a lápiz con letra pequeña y pulcra: “L. F., 1979”. En la segunda, nada. En la tercera, con bolígrafo azul: “Zoe, 2000”.

Zoe. Mi madre se llama Zoe.

Dejé la tercera foto y volví a mirar la primera. “L. F.” eran las iniciales de la abuela: Luisa Fernanda. Pero en 1979 ella tenía treinta y ocho años. Treinta y ocho. Y la mujer de la foto no aparentaba más de veinticinco.

No. Ni siquiera veinticinco. Parecía exactamente como yo. Como Margarita, la de veintiocho años que estaba sentada en el suelo polvoriento del piso de la abuela, mientras en mi pequeño apartamento alquilado en Carabanchel me esperaban el ampliador “Valencia”, la estantería con objetivos y una pila de marcos para la próxima exposición. Y que en ese momento no entendía lo que estaba viendo.


Me quedé sentada en el suelo media hora más. Movía las fotos de un lado a otro. Las acercaba a la ventana, a la luz que entraba por los cristales sucios. Costumbre profesional: buscar falsificaciones en la iluminación, en las sombras, en la textura del papel. Llevaba seis años como fotógrafa. Empecé con reportajes para una revista local, luego pasé a encargos privados: retratos, catálogos, a veces bodas. Había disparado tanto en película como en digital. Sabía distinguir un retoque de un original, una copia de una foto auténtica. Y veía claramente que aquellas tres fotografías eran genuinas, tomadas en épocas diferentes, con cámaras diferentes, en condiciones diferentes.

Pero el rostro era el mismo.

Saqué el móvil y fotografié las tres imágenes. Luego las amplié. Comparé. Distancia entre los ojos. Forma del mentón. Línea de los pómulos. Longitud de la nariz desde el puente hasta la punta. Todo coincidía. No era “parecido”. No era “parecido familiar”. No era “típico rostro mediterráneo”. Era una coincidencia exacta. Una copia idéntica.

Mis manos —dedos largos con manchas amarillas del revelador, uñas cortas sin esmalte— temblaban ligeramente mientras guardaba las fotos de nuevo en la caja. Luego las saqué otra vez. Las guardé. Las saqué.

No podía parar. Como si cada vez que las miraba esperara descubrir alguna diferencia. Que en la siguiente mirada la mujer de la foto de los años cuarenta tuviera el mentón un poco más corto, o los ojos más juntos, o la nariz de otra forma. Nada cambiaba.

En el fondo de la caja, debajo de un montón de postales de la Costa del Sol y de los Pirineos, había otra fotografía. Muy antigua. Pequeña, seis por ocho, con bordes recortados en forma de ondulación, de esas que se hacían en los estudios de los años treinta y cuarenta. El cartón estaba amarillento y combado por el tiempo; una esquina estaba rota y había sido reparada con una tira de papel. La tomé con cuidado entre dos dedos.

Una mujer con un vestido oscuro y cuello blanco vuelto. El pelo recogido con una peineta. Detrás, una pared con papel pintado de flores. Las manos cruzadas sobre el regazo. Y el rostro.

El mismo rostro. Mi óvalo. Mis ojos. En la foto en blanco y negro parecían oscuros, casi negros. Pero yo ya sabía qué había dentro, alrededor de la pupila.

Di la vuelta a la tarjeta. En el reverso, una letra manuscrita. No era lápiz ni bolígrafo: era pluma. Tinta auténtica, desvaída hasta un tono rojizo, pero aún legible. Una letra regular, cuidada, con inclinación hacia la izquierda. La fecha: 1940.

Y debajo, con la misma pluma y la misma tinta descolorida:

«¿Maldición o bendición ser siempre la misma cara?»

Leí esa frase tres veces. Luego puse la fotografía sobre mis rodillas y miré por la ventana. En el patio un viejo pino mecía sus ramas desnudas. El agua de la lluvia golpeaba el canalón del alféizar con un sonido regular, como un metrónomo.

¿Quién era esa mujer? ¿Quién había escrito esas palabras? ¿Y por qué sonaban como si alguien me hubiera hecho esa pregunta directamente, ochenta y seis años después, sin intermediarios, con una voz que yo no podía oír pero sí podía leer?

Recogí las cuatro fotos, las metí de nuevo en la caja y me fui a casa de mamá.


Mamá abrió la puerta y miró inmediatamente la caja que llevaba en las manos. Noté cómo cambiaba su expresión. Los labios se apretaron. Los pómulos se tensaron. Retrocedió en el pasillo, dejándome pasar, y no dijo nada.

—Quítate los zapatos y pasa a la cocina —dijo por fin. Su voz era plana, grave, sin ninguna subida ni bajada. Mamá siempre hablaba así, como si midiera cada palabra antes de soltarla.

Pasé junto al clásico aparador español de madera brillante, con figuritas de porcelana y un jarrón de flores secas detrás del cristal. En las baldas estaban los álbumes de fotos con tapas marrones. Los de la abuela. Mamá no los había guardado.

En la cocina todo seguía igual que siete años atrás, cuando la abuela aún vivía. Las mismas cortinas con margaritas, el mismo hule azul con flores blancas sobre la mesa. El mismo frigorífico “Fagor” que zumbaba en la esquina como un gato viejo. Solo que ahora vivía allí mamá: se había mudado después de la muerte de la abuela porque no quería que el piso se quedara vacío.

Puse la caja sobre la mesa y abrí la tapa. Saqué las cuatro fotografías y las coloqué en fila, de izquierda a derecha. Primero la más antigua, la de 1940, la mujer del vestido oscuro. Luego la de 1979: chaqueta, estanterías de libros. Luego la de 1994: jersey claro, espejo. Y la última, la de 2000: cazadora vaquera, pinos.

Cuatro fotos. Cuatro mujeres. Mis rasgos en cada una.

Mamá estaba de pie junto a los fogones. Caminaba con paso pesado, apoyando bien los talones: costumbre de quien pasa todo el día de pie. Veintidós años en una librería, dieciséis de ellos como encargada. Cincuenta y cuatro años, y por la tarde las rodillas ya no se le enderezaban del todo.

—Mamá —dije—. Mira.

Se acercó. Se quedó de pie, apoyando la mano en el respaldo de la silla. Miró las fotos. Y guardó silencio. Mucho tiempo. Yo contaba los segundos: quince, veinte, veinticinco.

Luego se sentó frente a mí.

—¿Dónde las encontraste?

—En una caja. En la balda de arriba del armario. En el dormitorio de la abuela.

Mamá asintió. Tomó la foto más antigua con cuidado, sujetándola por la esquina. La giró entre los dedos. La dejó otra vez.

—Tú crees que es la misma mujer —dijo. No era una pregunta. Era una afirmación.

—¿No lo es?

—No, Rita. Son cuatro mujeres distintas.

Me quedé callada. Esperé. Fuera se encendió una farola: las tardes de marzo aún eran cortas, anochecía temprano.

—Esta de aquí —mamá señaló la foto de 1940— es tu bisabuela. Nélida. Nélida García. Aquí tiene veinte años. Esta otra —el dedo se deslizó hasta la foto de 1979— es tu abuela, Luisa Fernanda. Tenía treinta y ocho años. Esta soy yo. Tenía veintidós años, acababa de terminar el módulo de comercio. Y esta última también soy yo, en el año 2000, con veintiocho años.

—Espera —me froté la frente—. La abuela con treinta y ocho años y parece de veinticinco…

—Así se veía siempre. A los treinta y ocho, a los cuarenta y cinco, a los cincuenta. Solo hacia los sesenta empezó a notarse que los años pasaban. Antes tenía cara de joven. Como si el tiempo se olvidara de ella.

—¿Y tú también?

—Y yo. Tengo cincuenta y cuatro años y todavía en la Seguridad Social me piden el DNI dos veces porque no creen la fecha de nacimiento.

—¿Y yo?

Mamá me miró. Con calma, sin sorpresa.

—¿Tú no te has dado cuenta? Tienes casi treinta años, Rita. Y aparentas veinte. En las tiendas solo te piden el carnet cuando intentas comprar alcohol, y ni siquiera lo intentas.

Yo lo sabía. En algún rincón de la conciencia lo sabía. Las compañeras de clase en las reuniones de antiguos alumnos se sorprendían. Los clientes en las sesiones de fotos me preguntaban la edad y no creían la respuesta. Pero yo lo achacaba a la buena genética. Al estilo de vida. A que no fumaba y apenas tomaba el sol.

Y resultó que era herencia. Literal. Física. Se transmitía de madre a hija, como el color de ojos o el grupo sanguíneo.

—Somos copias —dijo mamá—. La misma cara a través de las generaciones. Sucede. Es genética. Raro, pero documentado. Un conjunto dominante de genes que suprime todo lo demás. La abuela fue a un genetista en los ochenta, cuando aún se conseguía cita por la Seguridad Social. El médico dijo que era un fenómeno poco frecuente, pero real.

Tomé la foto de la bisabuela. La joven de veinte años con vestido oscuro me miraba con mis propios ojos. Desde 1940. Desde otra vida. Desde un mundo donde aún no había empezado la Guerra Civil, donde todavía no existían ni la abuela, ni mamá, ni yo.

—Nunca había visto fotos de la bisabuela —dije.

—La abuela las escondía.

—¿Por qué?

Mamá se levantó. Se acercó a la ventana. Fuera ya estaba oscuro: una tarde de marzo pesada y gris, con charcos que brillaban bajo las farolas. Estaba de espaldas a mí y vi cómo sus hombros se hundían ligeramente. Como si cargara con algo que llevaba mucho tiempo soportando, aunque ya se había acostumbrado.

—Porque le dolía —dijo mamá—. Nélida murió en 1972. Tenía cincuenta y dos años. La abuela tenía entonces treinta y uno. Y cada vez que la abuela se miraba al espejo, veía a su madre. Y su madre estaba muerta. Imagínate: te acercas al espejo y te mira la persona que perdiste. Todos los días.


Mamá puso la tetera. Sacó del armario dos tazas iguales, con dibujos azules en el borde. Las reconocí. Eran de la abuela. Del juego de café que estaba en el aparador detrás del cristal y que solo se usaba en las fiestas. Mamá las usaba todos los días.

—Cuéntame sobre Nélida —pedí.

Mamá sirvió el agua hirviendo. Puso una bolsita de té en cada taza. Me acercó la mía. El azucarero estaba en medio de la mesa: blanco, con una muesca en el borde. También era de la abuela.

—Yo no la conocí —dijo mamá—. Nací en 1972. Nélida murió ese mismo año, en primavera. Yo no tenía ni tres meses. Ella me vio, pero yo no lo recuerdo, claro.

—¿La abuela te hablaba de ella?

—La abuela hablaba poco. No le gustaba el tema. Pero fui juntando piezas con los años: de conversaciones a medias, de cartas, de lo que contaban las amigas de la abuela en el funeral. Nélida trabajaba como contable en una fábrica. Toda la vida. Pero dibujaba. Con carboncillo, lápiz, a veces acuarela. No para exposiciones ni para vender: para ella misma. La abuela tenía una carpeta con sus dibujos. Retratos, sobre todo. Caras.

—¿Se dibujaba a sí misma?

—A sí misma y a la abuela. Y ahí viene lo más importante.

Mamá bebió un sorbo de té. Guardó silencio. Yo esperé sin presionarla. Al otro lado de la pared se oía la televisión de los vecinos: voz baja del presentador, fragmentos de música. Una tarde de marzo cualquiera. Una cocina cualquiera. Una conversación nada corriente.

—Nélida fue la primera en darse cuenta —continuó mamá—. De que la abuela Luisa Fernanda era su copia exacta. Cuando la abuela cumplió treinta años empezó a parecerse exactamente a como Nélida era de joven. Los mismos ojos. El mismo óvalo. Las mismas proporciones. Y Nélida lo plasmó. Dibujó dos retratos uno al lado del otro: el suyo y el de su hija. Eran indistinguibles. La abuela me enseñó ese dibujo cuando yo tenía catorce años.

—¿Por qué precisamente entonces?

—Porque yo empezaba a hacerme mayor. Y la abuela lo vio.

—¿Qué vio?

Mamá se giró hacia mí. En sus ojos —los mismos que los míos, los de la abuela, los de la bisabuela— brilló algo cálido. No era una sonrisa. Más bien una comprensión cansada.

—Que yo también me estaba convirtiendo en eso. Como ella. Como Nélida. Como si me hubieran calcado. La abuela entonces se echó a llorar. Yo no entendía por qué. Me dijo: “Mamá ha vuelto”. Y se fue a la cocina. Yo me quedé en el pasillo y la oí llorar bajito detrás de la puerta cerrada.

Se me hizo un nudo en el estómago. No por el frío, sino por la imagen que se formó en mi cabeza. Mamá con catorce años, el pasillo del piso de la abuela, el sonido del llanto detrás de la puerta. La abuela viendo en su hija a su propia madre muerta.

—Para la abuela ese parecido era una carga —siguió mamá—. Perdió a Nélida con treinta y un años. Y cada vez que se miraba la cara, veía a su madre. Luego yo crecí y empezó a ver a Nélida también en una persona viva. En su propia hija. Era insoportable para ella. Me quería mucho. Muchísimo. Pero cada vez que me abrazaba, apartaba la mirada.

—Por eso escondía las fotos…

—Sí. Guardó todas las fotos de Nélida en esa caja y la puso en la balda más alta del armario. Donde yo no llegara. Yo sabía que la caja estaba allí. Veía cómo la abuela a veces subía a una silla y la bajaba. Se sentaba en la cama con ella media hora. Luego la volvía a guardar. Pero nunca me la enseñó. Y me pidió que no la tocara. Se lo prometí. Cumplí la promesa.

Miré la tapa de la caja. “La Osita”. La osa con su gorrito rojo y un bombón en la pata. La pintura estaba gastada en algunos sitios hasta dejar ver el metal. La caja donde mi abuela guardaba las fotos de tres generaciones de un mismo rostro. Como una caja fuerte. Como un joyero con algo que no se puede mostrar, pero tampoco se puede tirar.

—¿Y la frase? —pregunté—. En la foto de 1940: «¿Maldición o bendición ser siempre la misma cara?»

—Es letra de Nélida —respondió mamá—. La abuela me leyó esa línea en voz alta. Una sola vez. El mismo día que lloró, cuando yo tenía catorce años. Me dijo: “Esto lo escribió la madre de mamá. Nélida. Ella fue la primera en hacerse esa pregunta. Y ninguna de nosotras ha conseguido responderla todavía”.

Silencio. Solo se oyó el clic de la tetera al enfriarse. Solo el zumbido del frigorífico.

—¿Y a ti? —pregunté—. ¿Te resultó duro saber que eras una copia?

Mamá sujetó la taza con las dos manos. La dejó sobre la mesa.

—Al principio sí —dijo—. Cuando te dicen que te pareces a alguien a quien nunca has visto, es extraño. Como si no fueras del todo tú. Como si fueras la continuación de la vida de otra persona, y no el principio de la tuya. Viví con eso mucho tiempo. Hasta los treinta, más o menos. Me miraba al espejo y pensaba: ¿esto soy yo o es la bisabuela? ¿Estos son mis ojos o los suyos?

—¿Y qué cambió?

—Que naciste tú.

No esperaba esa respuesta. Pensaba que mamá hablaría de la edad, de la madurez, de la costumbre. Y dijo: tú.

—Cuando te vi por primera vez en el hospital, recién nacida, roja y arrugada, no vi el parecido. Solo un bebé. Mi bebé. Luego fuiste creciendo. Y a los tres años ya lo sabía. El mismo óvalo. Los mismos ojos. El anillo dorado alrededor de la pupila.

Mamá guardó silencio un momento.

—Y entonces entendí que no era una carga. No era una maldición. No era una bendición. Simplemente era así. La cara es la cara. No me convierte en Nélida. No me convierte en la abuela. Es mía. Solo que también es de ellas.

Necesitaba oír exactamente eso. Justo eso. Justo en ese momento, en aquella cocina, con las tazas de la abuela y el hule de flores.

Porque cuando encontré aquellas fotos, cuando vi mis propios rasgos en la imagen de 1940, lo primero que sentí no fue emoción ni curiosidad. Sentí miedo. Miedo de no ser yo. De que mi apariencia no me perteneciera. De ser solo una impresión, una copia, una sombra de una larga línea de mujeres que existieron antes que yo y a las que nunca conocería.

Pero mamá dijo: “la cara es la cara”. Y le creí.

—¿Me has contado todo? —pregunté.

—Todo lo que sé —respondió mamá—. Nélida era dibujante, contable en una fábrica, madre. Llegó a los cincuenta y dos años y murió en primavera. La abuela Luisa Fernanda trabajó de bibliotecaria, me crió sola después del divorcio. Yo trabajo en una librería. Tú eres fotógrafa. Cuatro mujeres, cuatro vidas, un mismo rostro. Esa es toda la historia.

Miré las fotos. Nélida en 1940, la abuela en 1979, mamá en 1994 y en 2000. Cuatro imágenes. Acerqué las cuatro hasta que los rostros quedaron en fila. Una línea. Un hilo. Desde 1940 hasta hoy.

—Gracias, mamá —dije.

Ella asintió. Se levantó. Recogió las tazas. Y noté que sus manos no temblaban. Me lo había contado con serenidad. Como alguien que hace tiempo superó la enfermedad y ya no teme recordarla.


Aquella noche no pude dormir. Me quedé sentada en la cocina de mi pequeño apartamento alquilado en Carabanchel. La habitación era estrecha, las ventanas daban al patio interior, y fuera se veía la luz amarilla de una farola y el intermitente de algún coche. Las cuatro fotografías estaban extendidas delante de mí sobre la mesa, junto al portátil y una taza de té ya frío.

Di la vuelta a la foto de Nélida. Leí otra vez la frase. «¿Maldición o bendición ser siempre la misma cara?»

La escribió en 1940. Tenía veinte años. Vivía en Madrid, trabajaba en una fábrica, dibujaba por las noches. Un año después nacería su hija Luisa Fernanda, que se convertiría en su copia exacta. Treinta y dos años después ella moriría. Ochenta y seis años después su bisnieta leería esas palabras y se haría la misma pregunta.

Pero Nélida no podía saber todo eso. Escribió la frase porque había notado el parecido con su propia madre. Por lo tanto, la cadena había empezado aún antes. Tal vez con la tatarabuela. Tal vez con su madre. Tal vez mucho más atrás: cien años, doscientos. La línea se perdía en la oscuridad, en un lugar donde no había fotos, ni dibujos, ni espejos. Solo rostros. Rostros idénticos que se repetían una y otra vez, de mujer en mujer, de madre en hija.

Pensé en ello y sentí algo parecido al vértigo. No era miedo. Las palabras de mamá habían disipado el miedo ya en la cocina de Vallecas. Era vértigo por la magnitud. Estaba al borde de algo tan grande que no podía abarcarlo por completo. Como si mirara al cielo e intentara ver dónde terminaba.

Me levanté y fui al rincón de la habitación. Allí, entre la estantería de objetivos y la pila de marcos para exposiciones, estaba mi ampliador. Viejo, español, modelo “Valencia”. Lo compré en el Rastro hace tres años, lo reparé, cambié la lámpara y el condensador. Pero casi no lo usaba: la impresión digital es más rápida y barata, los clientes no notan la diferencia. El ampliador estaba en la esquina, cubierto con una tela gris, como los muebles de una casa cerrada en invierno.

Quité la tela. Encendí la luz roja que colgaba sobre la mesa con un cable, y la habitación cambió al instante. Se volvió cálida. Rojiza. Como un cuarto oscuro donde algo nuevo está revelándose.

Del cajón saqué un carrete. Lo había revelado hacía una semana: un autorretrato para un proyecto encargado sobre las personas y sus reflejos. Me había fotografiado a través de un espejo. En la película aparecía mi rostro de perfil y de frente al mismo tiempo. Los contornos conocidos. Las mismas proporciones que en la foto de 1940.

Coloqué el carrete en el ampliador. Ajusté el enfoque, girando el anillo hasta que la imagen en el papel quedara nítida. Puse una hoja de papel fotográfico. Encendí la luz durante doce segundos. La apagué. Llevé la hoja al baño con el revelador.

Mi rostro fue apareciendo desde el blanco. Como siempre en la impresión manual: de los bordes hacia el centro. Primero el contorno. Luego las sombras bajo los pómulos. Luego los ojos. Castaño claro con anillo dorado: en papel blanco y negro salían grises, pero yo sabía cómo eran en realidad.

Miraba cómo la imagen ganaba densidad y pensaba en Nélida. En cómo ella se sentaba en algún lugar del año 1940 —tal vez a una mesa, tal vez junto a una ventana— y dibujaba su propio rostro con carboncillo sobre papel. Y veía exactamente lo mismo que yo veía ahora. Óvalo, cejas, ojos. Un rostro que le pertenecía. Y que no le pertenecía solo a ella.

La copia estaba lista. La saqué del fijador, la lavé bajo el chorro de agua fría y la colgué con una pinza para que se secara. Luego tomé la foto de Nélida de la mesa. La puse al lado. 1940 y 2026. Dos mujeres me miraban desde décadas diferentes, desde vidas diferentes. Con los mismos ojos.

Di la vuelta a mi copia. Tomé un lápiz normal, de grafito, “Staedtler”. Mi letra era distinta, no como la de Nélida. Pequeña, apresurada, sin inclinación. Mi letra. Solo mía.

Y escribí: “Ni maldición. Ni bendición. Simplemente somos nosotras”.

Coloqué las dos fotos una al lado de la otra sobre la mesa. Dos rostros. Ochenta y seis años entre ellos. Una pregunta y una respuesta. Apagué el ampliador. La luz roja se extinguió y la habitación volvió a su penumbra habitual de noche.

Me senté en la silla y miré las fotos. Fuera, la farola se mecía con el viento. La luz se deslizaba por la pared y desaparecía. Silencio. Solo se oía el goteo del agua en el patio: el mismo sonido que por la tarde en el piso de la abuela. Marzo se derretía.

Pensé: si algún día tengo una hija, ella encontrará estas fotografías. Mirará a Nélida, a la abuela, a mamá, a mí, y verá su propio rostro. Cuatro veces. Cinco, contándola a ella. No tendrá que asustarse. No tendrá que llorar como la abuela. No tendrá que esconder las fotos en la balda más alta del armario. No tendrá que hacerse esa pregunta de nuevo.

Porque la respuesta ya está escrita. En el reverso. Con mi mano.

Yo soy la cuarta. Tal vez la quinta, si contamos a la madre de Nélida, a quien nunca conocí y cuyo nombre ignoro. Tal vez la décima. Eso no importa. Lo importante es otra cosa: soy la primera que no se asustó.

La caja de “La Osita” estaba sobre mi mesa. Guardé dentro todas las fotografías: la de Nélida, la de la abuela, la de mamá. Y la mía. Cuatro imágenes. Cuatro destinos. Un solo hilo. Cerré la tapa. Luego la abrí otra vez. Saqué la foto de Nélida. La sostuve un momento entre las manos.

La bisabuela a la que nunca conoceré me miraba desde 1940. Su rostro era mi rostro. Eso ya no daba miedo. No producía admiración. Simplemente existía, como el color de los ojos, como el anillo dorado que se ve si miras muy de cerca. Parte de quien soy. Parte de todas nosotras.

Guardé la foto de nuevo en la caja. Cerré la tapa. Y la coloqué en la estantería. No en la de arriba, no para esconderla. En la del medio. A la vista. Junto a los objetivos y los marcos.

Que se quede ahí.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

La mujer que no envejecía
El sueño de una madre