Media Naranja
¡Inés, cúbreme mañana, por favor! Es el cumpleaños de mi suegra. Hay que felicitarla.
¿Pero no la felicitasteis ya el mes pasado por su santo? preguntó Esperanza, levantando la vista de la caja con fichas bibliográficas.
¡Ay, Espe! ¿Por qué eres tan puntillosa? Una cosa son los santos, otra el cumpleaños. ¡Me hace falta, entiéndeme! ¿A ti qué más te da? Sin niños, sin prisas, ¡sola como un dedo! Uy Perdona, no quería
Irene se tapó la boca con la mano, pero ya era tarde. Esperanza le dio la espalda, asintió con la cabeza para dar por terminada la conversación y salió de la sala de lectura.
No ha estado bien dijo Irene encogiéndose de hombros y lanzando una mirada de soslayo a Lucía.
Con Lucía no había quien jugase. A ella no se le liaba con esas historias. Hubiera cortado a Irene de raíz. De nada le servía ser bibliotecaria Lucía pensaba que una persona culta también podía saber defenderse. Las reflexiones de Lucía siempre inquietaban a Esperanza e hicieron reír a Irene hasta las lágrimas.
Mira, ejemplo claro de que no todas las bibliotecarias son aburridas como tú, Espe. ¡Mira a Lucía, mírame a mí! Así hay que vivir. Pero tú De casa a la biblioteca y viceversa, siempre corriendo, con tus bufandas, tus gatos ¡Solterona! Perdona que te lo diga, pero alguien tenía que abrirte los ojos. ¿Por qué eres así, Esperanza? Si te miras bien, eres guapa ¡Sana, fuerte! Pero, hija, es mirarte y da pena ¿A que sí, Lucía?
Lucía solía darle un toque a Irene y acabar la discusión.
¡Ya está bien! ¿Quién eres tú para dar ejemplo? Que tú has tenido más novios que cromos un niño ¿De qué ha servido? Vives con Diego, y a ratos te da una torta, a ratos se va de juerga. Y tú siempre tan guapa, pretendiendo dar lecciones.
Pero, al menos, tengo marido. ¡E hijos! ¿Y tú, Esperanza? ¿Otro gato más? Pronto te acabarán echando todos los bichos de casa y tendrás que irte a la biblioteca a vivir. Espe, ¿por qué no tienes un hijo para ti? Vale, un marido, pues no; pero tus padres dejaron dinero. Podrías criar a uno sola y no estarías tan sola.
Tras estas charlas, Lucía solía perder la compostura, Irene se escabullía con cualquier excusa y Esperanza se refugiaba en el rincón más apartado de la sala para que no la vieran llorar.
¿Por qué le decían eso? ¿Era culpa suya que la vida no le fuese bien? Sus padres enfermaron. Primero su padre, luego la madre. Casi quince años cuidando, lavando, vueltas, heridas ¿Quién iba a querer una vida así? Y tampoco hubo muchos pretendientes. Espe se miraba al espejo y pasaba No era guapa, pero tampoco fea; del montón. Ojos grises, rasgos correctos, la trenza espesa que hace poco cortó cuando murió la madre, dejándosela corta: más práctico todo.
Por lo demás, Esperanza era normal, una mujer corriente. Sin vicios, sin grandes perspectivas.
Pero tampoco las buscaba. Miraba a su alrededor y le aterrorizaba lo que ocurría en las familias de sus amigas.
Solo había que ver a Irene. Casada, sí, pero Todo el pueblo sabía que su marido tenía otra familia. Las pasiones eran legendarias. Se separaban, se reconciliaban, discutían y todo con el pueblo de testigo, sin esconderse. Irene decía: “la gente hablará igual, pues que vean las cosas tal cual y no se hagan líos.” No tenía por qué avergonzarse; era la mujer legítima y punto.
A Espe le costaba entender esa mentalidad. ¿Para qué esforzarse tanto en algo así? ¿Y el respeto a sí misma? ¿La dignidad? Aunque Los cánones de los libros, tan conocidos para Esperanza, no tenían nada que ver con la vida real y ella lo sabía. Orgullo puedes tenerlo si eres rica, con un tío en América, o cosas así, pero dos hijos, sueldo de bibliotecaria y una madre enferma No es momento de orgullo. Por eso Esperanza no juzgaba a Irene, solo intentaba comprenderla. No se le daba bien, pero cada vez la hería menos y las charlas le importaban menos.
Si a Irene le daba por dar lecciones, pues ella misma. Lo que sabía Espe es que, si pasaba algo grave, Irene sería la primera en ayudar. A base de cuidar a su madre, Irene sabía poner inyecciones y goteros como una enfermera. Si Esperanza no encontraba quién se encargase de su madre, Irene llegaba al atardecer y hacía lo necesario. Y cada tres meses venía puntual, todo sin pedir nada a cambio.
¿Quieres ofenderme? decía entre risas, viendo a Esperanza con dinero en la mano, mientras preparaba la inyección. Anda, guarda eso. ¿Te crees que me cuesta? Si somos vecinas.
A Esperanza le daba muchísima vergüenza y trataba de compensar como podía. Hacía bufandas y gorros para los hijos de Irene, e incluso los famosos guantes con petirrojos los llevaba la hija solo en ocasiones especiales, por miedo a perderlos.
¡Son tan bonitos! Si se pierden
Irene, dando vueltas a los guantes, empezó a proponer:
¿Por qué no abres una tienda online? ¡Esto te lo quitarían de las manos!
Esperanza dudó, pero acabó descartando la idea.
No puedo producir tanto. Todo lo hago uno a uno.
Mujer, lía a las yayas del portal. Les das una tarea y ellas ganan un dinerillo.
Curiosamente, funcionó. Y es que Irene tenía ojo para los negocios, aunque lo malgastó luchando por su familia. El sitio funcionaba y hubo encargos. No eran muchos, pero algo aportaba económicamente y hasta las abuelas estaban contentas. Ahora el grupo de vecinas se reunía todas las tardes en el banco con agujas y ganchillo, y Esperanza e Irene discutían nuevas creaciones.
¡Mira! Esto es del último desfile. Tía Carmen me enseñó una igual, idéntica. Cambias el dibujo y queda estupenda. Yo me la pondría, vamos.
Y Esperanza se ponía manos a la obra. A las pocas semanas, Irene lucía falda nueva y en la web aparecía el nuevo modelo.
Tampoco penséis que daba para hacerse rica, pero Esperanza se sintió por primera vez mujer de negocios. Algo valía, no era inútil
Lucía, viéndolas, se reía pero a veces ayudaba, pues tejía encajes con aguja preciosos, aunque solía andar justa de tiempo.
Me enseñó mi abuela. Decía que siempre puede hacer falta. Tenía razón.
Los trabajos de Lucía eran lo más caro del catálogo, y nadie objetaba que a veces hiciera encaje en la sala mientras otras la cubrían.
El marido de Lucía desapareció cuando nacieron los gemelos; él era un artista en busca de sí mismo y nunca logró encontrarse al lado de Lucía Al principio, la niña mayor a veces le llamaba el señor Pablo, y a él eso le hervía la sangre.
¡Me dejas mal delante de la niña! ¡Tiene que saber qué soy para ella!
Lucía, recordando las palabras de su madre de que mejor un padre malo que ninguno, callaba, pero acabó plantándose y preguntándole qué hacía él por la niña. Poco después, cuando supo del embarazo de los gemelos, Pablo desapareció del todo.
Lucía no se lamentó por su marcha. Tenía trabajo y unos padres en el pueblo, que tenían campo y animales, aportaban lo que podían y Lucía olvidó lo que era un fin de semana o vacaciones lejos del pueblo. Había que criar a los hijos.
Y los hijos de Lucía eran encantadores. Esperanza pensaba: si tuviera la certeza de criar niños así, haría caso del consejo de Irene sin pensarlo.
Pero tener un hijo para sí le daba pánico. Estaba sola y si le pasaba algo ¿qué ocurriría con el niño? ¿Residencia de menores? No, mejor gatos y bufandas. Porque la responsabilidad no era opcional.
Desde luego, Esperanza no podía saber que el cacique de vecinas, con Irene a la cabeza, llevaba tiempo buscándole un marido. En un pueblo donde los hombres escaseaban, ya habían considerado todas las opciones y como no encontraban ningún candidato, ni lo mencionaban para no agobiar a Esperanza.
Pero todo cambió de golpe. El candidato apareció de la forma más insólita. Ni Irene, ni las abuelas, ni mucho menos Esperanza hubiesen imaginado el mecanismo del destino.
Tras una conversación de siempre, Esperanza, secándose las lágrimas, accedió a cubrir el turno de Irene. Pensó que dejaría casi todo hecho y al día siguiente, aprovecharía para subir fotos nuevas a la web. Una de ellas, el vestido blanco de encaje que diseñó y cosió Lucía, sería la joya de la tienda.
Precioso, Lucía. De verdad, tienes manos de oro.
Díselo a mis hijos. Ayer estuvieron a punto de destrozarlo. Me fui cinco minutos y lo cogieron con las tijeras. Y lo peor es que cortaron tan bien que casi ni lo vi Tuve que rehacer la mitad.
¿Se nota?
No. Cambié el motivo entero, pero ahora está perfecto.
Aquel vestido, Esperanza estuvo pensando toda la tarde cómo describirlo para la web. Seguía dándole vueltas ya en el portal de casa cuando un leve grito la paralizó en seco, apartando todos los pensamientos.
¡Ayuda!
Al principio creyó que eran niños jugando, pero al volver a oírlo, dudó. Subió dos escalones de golpe, hasta darse cuenta de que venía del primero. Tocó a la puerta de doña Maruja, la presidenta de la comunidad, y gritó:
¡Maruja, algo pasa!
Maruja no se pensó dos veces lo de la legalidad: si los bomberos no llegaban y el policía estaba ilocalizable, ¡a la porra las formalidades!
¡Que nos metan en la cárcel por salvar viejas!
Guardaba llaves de medio edificio por si acaso.
Al abrir, encontraron a doña Encarnación, tirada en la bañera, un golpe en la cabeza y sin poder moverse, solo capaz de gritar de vez en cuando. Nadie la oyó, salvo Esperanza.
Esperanza organizó la asistencia, el hospital, las visitas, y al final, cansada de subir y bajar, se llevó a doña Encarnación a casa. Cuidar enfermos no le era ajeno, e Irene, medio regañándola por buenaza, llamó al doctor y venía cada tarde a pincharle o curarla.
¡Le pondremos en pie, sí o sí! ¡Nada de ponerse enferma, eso es una tontería!
Al principio Encarnación intentó protestar, pero vio que Esperanza lo hacía de corazón y se resignó con ternura.
¡Como tú, Esperanza, no hay en el mundo! ¿Dónde están los ángeles, eh? ¿Dónde sus alas? ¿O es que eres una de ellas? No me extrañaría.
Poco a poco se recuperó, y la vida se animó en casa de Esperanza: al llegar tenía charla, gatos y risas, sobre todo cuando Boris, el gato, que en su día llevó para animar a Encarnación, capitaneaba a las dos gatas de Esperanza, formando una bola de pelos que rodaba por la casa seguida de maullidos y quejas.
No sufras, Boris. Qué le vamos a hacer ¡El mundo cambia!
Y él acababa a su lado, seguro de que allí nadie lo echaría.
Parecía que la rutina humilde de Esperanza había dado un vuelco y, de un día para otro, todos los planes hechos hasta entonces dejaron de importar.
Y todo empezó cuando sonó el timbre una noche.
¿Irene, quizá? murmuró Esperanza, sacando la película que veía con doña Encarnación.
Abrió y se encontró a un hombre. Un tipo de aspecto extraño para el vecindario: barba, rostro serio, ropa algo desaliñada, chaleco de cuero, vaqueros muy gastados.
¿A quién busca?
Buenas noches. ¿Aquí vive ahora doña Encarnación?
Sí, ¿qué quiere de ella?
Vengo a verla.
Esperanza dudó si dejarle pasar, y en ese momento Boris salió disparado y fue directo hacia aquel hombre.
¡Hombre, Boris! ¡Qué alegría!
En ese instante el hombre cambió. Dejó de ser el desconocido rudo para convertirse, al acariciar al gato, en un hombre lleno de ternura y una sonrisa sincera, como si se fundieran años de sequía. Esperanza le hizo un gesto para que pasase.
Doña Encarnación, al verlo, se llevó las manos al pecho, suspiró y sonrió feliz.
¡Manuel! ¡Hijo mío! ¿Cómo por aquí?
Voy al norte a ver a unos amigos, en moto, aprovechando paso por aquí hacía tiempo que no llamaba.
Perdona, hijo, he tenido mil líos. Te presento a Esperanza, mi ángel de la guarda, la mejor mujer que puedas encontrar. Créeme.
Y algo debió ver la anciana, porque Manuel bajó la vista, sonrojado, y se quedó callado.
Encantado.
Y doña Encarnación, que conocía a Manuel desde niño, hizo lo imposible porque tuvieran tiempo de charlar. Manuel partió solo dos días después, pero regresó pronto. Y Esperanza, de pronto, era novia.
Manu, apenas nos conocemos ¿No es raro? le preguntó sin creérselo.
¿Y qué más da, Espe? ¿Tenemos que dar explicaciones a alguien? Ya somos adultos.
Irene y Lucía, al contarles la noticia, se miraron y no dijeron nada, pero Irene no pudo resistirse:
Espe, yo no voy a preguntarte si le quieres. No tenemos veinte años. ¿Tú crees que es buen tipo?
¿Y qué edad tengo yo para no amar? dijo Esperanza sonriendo, más guapa que nunca.
Irene se quedó callada, mirándola. Ayer era una ratita callada, y hoy parecía una reina. ¡Eso era el amor!
He dicho alguna tontería, Espe. Perdóname y sé feliz. Lucía, hay que quitar el vestido de la web.
Ya lo he hecho respondió Lucía, guiñando un ojo. Así que tranquila.
Aquella boda fue la comidilla del pueblo. La caravana de motos por la calle dejó a todos sin habla.
¿De quién es todo eso?
La bibliotecaria, Espe, que se casa.
Pues que sea feliz, mujer más bonita y buena no la hay. ¿Y el marido?
Parece buena gente, serio.
Tres años después, Manuel sujetaba el brazo de doña Encarnación, quien apartaba su ayuda, saliendo del coche para ir al hospital.
¡Déjame a mí! Ve tú a recibir a tu hijo, Manu.
Esperanza se alisó su vestido nuevo, hecho por Lucía, se retocó el pelo y le ordenó al fotógrafo:
¡Quiero a todo el mundo en la foto!
Y allí estaban todos, en los escalones de la maternidad: Irene con su familia, Lucía con los niños, todas las abuelas, y doña Maruja al frente.
Porque, cuando la vida te devuelve el cariño, nunca hay demasiada buena gente alrededor.






