La madre la abrazaba, la besaba y pensaba: «¿A quién se parece?» Y suspiraba. Los conocidos se sorprendían y se hacían la misma pregunta. Puede que algún amigo le metiera ideas raras al marido, quizás la suegra sospechara algo malo, o puede que fue el propio Víctor quien empezó a dudar de la fidelidad de su esposa, pero un día volvió a casa del trabajo con el ceño fruncido.

Querido diario,

Hoy he vuelto a pensar en cómo mi vida ha dado tantas vueltas, en todo lo que hemos pasado juntos en esta familia que a veces parece tan rota y, sin embargo, tan inevitablemente unida. Recuerdo aquellas tardes en las que mi madre me abrazaba fuerte, me llenaba de besos y no podía evitar preguntarse ¿a quién se parecerá la niña?. Suspiraba, y yo, tan pequeña, no imaginaba aún que esa pregunta sería como una sombra alargada en mi niñez. Incluso los amigos y vecinos se quedaban mirándonos, intrigados, y formulaban la misma cuestión.

No sé si fue alguna charla de café en la cuadrilla de papá, o simplemente la sospecha acumulada de mamá, o quizá fue mi propio padre, Víctor, quien empezó a dudar sobre la fidelidad de su esposa. Sea como fuera, uno de aquellos días llegó a casa enfurruñado del trabajo y la atmósfera se tensó como las cuerdas de una guitarra.

Víctor, ¿qué vamos a hacer ahora? Es todo tan pronto Lucía tiene apenas dos años y acaba de dejar los pañales. Yo misma no he tenido tiempo de recuperarme le planteó mi madre, Julia, con voz cansada. ¿De un permiso de maternidad a otro? Lucía aún me pide brazos. ¿Cómo voy a cogerla con la barriga tan grande?

Mamá contaba los euros y suspiraba porque en casa solo entraba el sueldo de papá. Seremos cuatro ¿No crees que sería mejor esperar con el segundo hijo? se atrevió a decir, casi asustada de sus propias palabras.

Papá la miró muy serio. No digas tonterías, Julia, por favor Lo siento, ya sé que la responsabilidad es mucha, pero saldremos adelante. Buscaré un trabajo extra si hace falta repitió al final más suave. Si es niña, perfecto: tenemos ropa suficiente de la hermana mayor; ni hace falta comprar carrito nuevo.

La diferencia será pequeña y seguro que serán buenas compañeras. Y si es niño bueno, puedo solicitar que nos aumenten la vivienda bromeó, y mamá sonrió, resignada y agradecida a la vez.

Yo, Lucía, fui siempre la niña mimada. Hijita ansiada durante años. Nunca podía resistirse mamá a tomarme en brazos, a apretarme fuerte y llenar mi cara de besos, ni siquiera cuando la barriga empezó a asomar.

Hubo momentos en los que sentí, aunque ni a mí misma me lo confesaba, que no quería dar a luz tan pronto a ese otro bebé que parecía tener tanta prisa por venir al mundo. Pero la naturaleza siguió su curso y, con un embarazo sencillo, vino al mundo mi hermana pequeña: Carlota.

La primera vez que la trajeron al cuarto del hospital, mamá se fijó desconcertada en su cabecita rubia y esa pelusilla casi dorada. Tanto ella como papá eran muy morenos. Yo misma al nacer tenía una melena negra, que luego fue aclarando un poco, así que pensó que sería lo mismo con Carlota.

Pero mi hermana era blanquísima y con ojos azules como el cielo de verano en Madrid. Todos quienes la veían, soltaba exclamaciones de asombro y ternura. No le dieron vueltas al nombre: la llamaron Carlota, un nombre poco común y, además, así teníamos las mismas iniciales.

Pero en casa nadie podía explicar cómo era posible que en una misma familia nacieran dos niñas tan diferentes. Carlota no se parecía ni a mí ni a mis padres, y cuanto más crecía, más evidente era la diferencia. Parecía que una ráfaga desconocida la hubiera traído desde algún rincón lejano.

Con el tiempo, su cabello se volvió de un rubio ceniza. Era tranquila y regordeta, y recorría el mundo con esa curiosidad inocente en la mirada azul. Mamá la abrazaba, la besaba e invariablemente repetía: ¿A quién se parecerá esta niña?. Y suspiraba, mientras los amigos seguían con sus preguntas.

No sé si fue que un compañero de papá le metió ideas en la cabeza, o que mamá sospechó algo raro, o quizá el propio Víctor, pero un día entró en casa serio y distante. Guardó silencio mucho rato; tan raro estaba que puso nerviosa a mamá, hasta que de pronto le exigió explicaciones, lanzó una acusación de traición.

Recuerdo que antes de que me casara contigo, Julia, te rondaba un chico rubio y simpático. ¿No será que te has liado con él? O si no hubo lío, quizá hayan cambiado a la niña en el hospital. ¡A veces pasa! insistía papá.

No he estado con nadie, Víctor, te lo juro. Es nuestra hija, no la han cambiado lloraba mamá, herida por aquellas acusaciones injustas.

Aquella desconfianza tornó la vida en casa imposible. Cada día discutían. Mamá empezó a preparar sus cosas para marcharse. Fue solo cuando Víctor, movido por el miedo a quedarse solo, suplicó que se quedara, aunque anunció que haría una prueba de paternidad. Mamá rompió a llorar otra vez.

¿Y cómo quieres que me quede si no crees en mí? Puedes hacer la prueba también con Lucía, a ver si tampoco es hija tuya. Quizás es mejor que lo dejemos todo y nos separemos gritó, desesperada.

Papá reunió muestras de saliva y cabellos de las dos, las llevó personalmente al laboratorio y no paró de hacer preguntas: ¿Podrían confundirse? ¿Hay errores? Le aseguraron que era imposible. Algo se tranquilizó dentro de él.

Nosotras, demasiado jóvenes, sabíamos que discutían por culpa mía. A Carlota, con cuatro años, también le afectaba. Yo, Lucía, llegué a decirle: Tú no eres mi hermana, te han dejado aquí. Por tu culpa mamá y papá se pelean.

Carlota se echó a llorar. Ni mamá pudo consolarla. Yo me debatía entre la rabia y la vergüenza.

Empezaron mis fantasías infantiles: si Carlota no estuviera, si se fuera, mamá y papá dejarían de odiarse y de hablar de divorcio. Un día mamá fue a hacer la compra y se retrasó más de la cuenta; papá trabajaba. Vestí a mi hermana y le propuse bajar a jugar. La llevé lejos, cada vez más lejos de casa.

Cuando mamá volvió y no nos encontró, salió corriendo, preguntó a los vecinos. Una señora del primero recordó que nos había visto salir, pero no le dio importancia: su serie favorita iba a empezar. Mamá corrió por todos los portales. Llegó papá y se unió a la búsqueda. Al caer la noche, seguimos sin aparecer. Llamaron a la policía. Nos encontraron al poco. Primero a Carlota, llorando desconsolada en un portal. Luego a mí, que me había perdido en la oscuridad.

No hubo castigo esa noche. Los padres se abrazaron a nosotras, tan aliviados, que ni preguntas hicieron. Pero seguían las discusiones. Podrían haberos atropellado, raptado. El miedo gobernaba la casa.

Por fin llegaron los resultados: las dos éramos hijas de papá. Nada de infidelidad, solo un juego de los genes. Los médicos explicaron que a veces, en familias oscuras, pueden nacer niños rubios sin que haya misterio alguno.

Volvimos a la normalidad, o eso parecía. Yo, sin embargo, sentía que el daño estaba hecho. No quería a mi hermana. Cuando nos peleábamos, la insultaba: Estrena mamá vestidos nuevos para mí, tú siempre llevas los míos porque no eres de la familia.

Carlota no se quejaba. A menudo, era yo la que me portaba mal y luego echaba la culpa a ella. Mamá suspiraba: ¿A quién has salido, hija? Deberías parecerte a Lucía, tan tranquila, nunca tiene un mal gesto

Esas palabras la fueron convenciendo de que mamá solo quería a una hija. Carlota se aislaba, se sentaba en un rincón y cerraba los ojos, pensando que así todo desaparecería: la casa, mi odio, los reproches de mamá.

El tiempo pasó. Yo acabé antes el Bachillerato y no quise ir a la universidad. ¿Qué falta le hace a una chica guapa estudiar? En un baile conocí a quien sería mi marido, hijo de un comerciante de coches de segunda mano. Tenía piso propio, trabajo seguro. Me casé enseguida.

Papá y mamá siempre ponían de ejemplo mi vida ante Carlota. Ella creía que todo lo que hacía era inútil: siempre le tocaban mis libros, mi ropa usada, mis profesores. Lucía ha elegido bien: mira qué marido. Deberías salir, pintarte un poco, hacer amigos. No te pases la vida dibujando en casa decía mamá mil veces.

Carlota era buena. Cuando, ya en el último curso, se enamoró de un chico y él correspondió, ella se entregó plenamente. No tardó en saber que estaba embarazada. Asustada, se lo contó a él, y pronto todo el mundo se enteró porque los padres del chico fueron a ver a mis padres, indignados, pidiendo a gritos que Carlota abortara.

Papá, para sorpresa de todos, la defendió. Dejadla en paz. Ha sufrido bastante, y si tiene que ser madre, lo será. Si no queréis saber nada, yo la ayudaré proclamó.

El chico fue enviado a estudiar a Barcelona con los tíos. Carlota terminó su Bachillerato a distancia, vigilada por los profesores, para que ningún otro compañero la viese ‘en ese estado’, como dijeron en el colegio.

El padre murió poco después, exhausto y con el corazón rendido. Justo ese día mi hermana tuvo a su hijo, Mateo: rubio como ella, con ojos azulísimos. No fue a su funeral: seguía hospitalizada.

Mamá, desolada, al poco tiempo fue a buscar a mi hermana y, aunque parecía que la culpa, pronto empezó a querer a ese nieto, su ángel rubio. Carlota ya no pensaba en casarse nunca; “Si mi propio padre dudó de mí, ¿cómo iba a quererme nadie más?”.

El pequeño Mateo crecía encantador y precoz. Cuando cumplió cinco años, la vida de Carlota volvió a cruzarse con la mía. Yo, casada con un hombre que ya no me miraba igual y presionada por su familia por no poder tener hijos, vivía con tristeza y enfado. En casa de mamá seguían Carlota y su niño, ella trabajaba como peluquera.

Fue entonces cuando urdí un plan, por envidia y despecho. En casa venía, de vez en cuando, un chico a arreglar nuestro ordenador. Resultaba simpático, cariñoso, pero no se había dejado conquistar por mí. Así que decidí presentarle a Carlota, pensando: “Que se entretenga con mi hermana y me deje en paz”. Quedé con los dos en una cafetería del centro.

Carlota se arregló aquel día, elegante y sencilla, sin maquillarse. Cuando llegó, vio a David, el técnico informático. Él la saludó con educación, pidió café y dulces, y entre charla y charla, ella le confesó sin tapujos que tenía un hijo. A David pareció no importarle; le pidió el teléfono y, tras unos días, empezaron a verse más.

Paseaban por el Retiro, se reían con un perro callejero al que David compró pan y chorizo. Incluso ayudó a una anciana en una tienda, pagándole la compra y un helado, recordando a su propia abuela.

A mí también me ayudas por pena, ¿verdad? preguntó Carlota, insegura.
No, a ti te quiero de verdad. Eres especial respondió él, y ella, por primera vez, se sintió querida de verdad.

Aquella misma noche, llamé a Carlota por teléfono, intrigada.
¿Qué tal fue la cita?
Muy bien. David me gusta mucho Y creo que yo también le gusto a él.
Me sentí rabiosa, hasta que poco después, una noche estando con mamá, se sintió mal y casi le da un infarto. Entre el susto y el correr para llamar a una ambulancia, me di cuenta de mi mezquindad.

David y Carlota se casaron y ella, por fin, se mudó felizmente con Mateo y su nuevo esposo. Pero nunca dejó de visitar a mamá, que se recuperó. Yo, llena de ira y soledad, me fui lejos, buscando no sé qué redención.

Ahora veo desde la distancia cuán importante es cómo tratamos a los hijos, lo crueles que pueden ser los celos entre hermanas, y cómo nuestros errores se heredan en silencio. Padres, los niños lo comprenden todo, aunque no sepáis verlo. La pelea por el amor de los padres, por el cariño del mundo, puede dejar heridas que duran toda la vida.

Dicen que los niños nunca escuchan a los mayores, pero nunca se equivocan al imitarlos. Pienso en esto mientras acaricio a Mateo y, a veces, me reconcilio con mi pasado, sabiendo que solo podemos avanzar cuando entendemos de dónde venimos.

Las palabras que escucha una hija las que la apoyan y cuidan o las que la hieren se quedan en ella como verdades sobre sí misma y sobre los lazos afectivos leí una vez, y cuánto sentido tiene ahora para mí.

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Elena Gante
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La madre la abrazaba, la besaba y pensaba: «¿A quién se parece?» Y suspiraba. Los conocidos se sorprendían y se hacían la misma pregunta. Puede que algún amigo le metiera ideas raras al marido, quizás la suegra sospechara algo malo, o puede que fue el propio Víctor quien empezó a dudar de la fidelidad de su esposa, pero un día volvió a casa del trabajo con el ceño fruncido.
La hija del magnate español tenía apenas tres meses de vida… hasta que la nueva asistenta del hogar destapó la verdad