La Gallina (cuento)
—¡Mira, mira, Laura, quién viene! ¡Tu amor!
Laura estaba sentada a la mesa del comedor de la oficina con sus compañeras, disfrutando del almuerzo. Al oír las palabras de María, se dio la vuelta y vio que Carlos acababa de entrar. Carlos sonreía a unos, saludaba a otros con la mano y asentía con la cabeza a los que pasaban. Como siempre, se veía impecable: traje bien planchado, cabello arreglado y esa sonrisa que hacía que todas las chicas del departamento giraran la cabeza.
Laura sintió que se le sonrojaban las mejillas. Bajó la mirada rápidamente hacia su plato de arroz con pollo y fingió estar muy concentrada en comer. Sus compañeras soltaron risitas.
—Ay, Laurita, qué cara pones —dijo María entre risas—. Pareces una gallina asustada. ¿Cuándo vas a reaccionar? Ese hombre es un bombón y tú ahí, calladita como siempre.
Laura no respondió. Sabía perfectamente lo que pensaban de ella. Era la “gallina” del grupo: la que siempre llegaba puntual, vestía ropa cómoda y discreta, no usaba mucho maquillaje y prefería irse a casa después del trabajo en lugar de salir de copas. Mientras las demás hablaban de fiestas, compras y citas, ella se dedicaba a leer un libro o cuidar de su pequeño huerto en el balcón de su apartamento en el barrio de Coyoacán, en la Ciudad de México.
Carlos era todo lo contrario: carismático, extrovertido, el que organizaba los eventos de la empresa y siempre tenía un grupo de admiradoras alrededor. Trabajaba en el departamento de ventas y era el empleado del mes casi todos los trimestres. Laura llevaba meses suspirando por él en silencio, pero nunca se atrevía a decir nada. ¿Para qué? Seguro él ni siquiera notaba su existencia.
Al día siguiente, llovía a cántaros cuando Laura salió de la oficina. Olvidó su paraguas en casa, como de costumbre. Caminaba hacia el metro con la cabeza baja, protegiéndose como podía con su bolso. De repente, un auto se detuvo a su lado.
—Laura, sube, te vas a mojar —dijo una voz conocida.
Era Carlos. La miraba desde la ventanilla bajada, con esa sonrisa que quitaba el aliento. Ella dudó un segundo, pero el agua ya le calaba la blusa. Subió al coche, sintiéndose torpe y nerviosa.
—Gracias —murmuró—. No era necesario.
—Claro que sí. No puedo dejar que mi colega favorita se enferme —respondió él, guiñándole un ojo.
Charlaron durante el trayecto. Carlos resultó ser más sencillo de lo que parecía. Le contó que su mamá era de un pueblo de Michoacán y que él creció ayudando en la cocina. Le gustaban las películas antiguas y los tacos de canasta. Laura se sorprendió respondiendo con naturalidad, hablando de su amor por las plantas y de cómo preparaba mole los fines de semana. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió cómoda.
Desde ese día, Carlos empezó a buscarla más. Le llevaba café por las mañanas, le pedía opinión sobre los informes y, a veces, la esperaba para almorzar juntos. Las compañeras no entendían nada.
—¿Cómo es posible? —decía María en voz baja—. Laura, la gallina, y el galán de la oficina. Debe ser una broma.
Laura oía los comentarios, pero ya no le dolían tanto. Empezó a cuidarse un poco más, no para gustarle a nadie, sino porque se sentía mejor consigo misma. Se compró un vestido nuevo que le quedaba bonito, se cortó el cabello y sonreía más. Pero seguía siendo ella: sencilla, trabajadora y con los pies en la tierra.
Una tarde, después de una reunión larga, Carlos la invitó a cenar. No era una cita formal, dijo, solo algo casual. Fueron a un pequeño restaurante de comida casera en el centro. Allí, entre enchiladas y horchata, Carlos le tomó la mano.
—Laura, me gustas mucho. Eres diferente a las demás. No finges ser quien no eres. Con las otras chicas siempre siento que es un show, pero contigo… es real.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Yo? Pero si todos me llaman gallina…
—Gallina nada —rió él—. Eres auténtica, y eso vale oro.
Meses después, en una fiesta de fin de año de la empresa, Carlos apareció con Laura de la mano. Ella llevaba un vestido sencillo pero elegante, el cabello suelto y una sonrisa tranquila. Las compañeras se quedaron con la boca abierta. María se acercó, medio en broma, medio en serio.
—Quién lo diría, Laurita. Al final la gallina se llevó al príncipe.
Laura solo sonrió y se encogió de hombros.
—No soy ninguna gallina —respondió con calma—. Solo soy yo. Y eso fue suficiente.
Carlos la abrazó por la cintura y besó su sien.
—Más que suficiente —susurró.
Y así, la chica que todos creían invisible demostró que la verdadera belleza no está en el brillo falso ni en las apariencias, sino en la autenticidad y el corazón que se entrega sin reservas. En las calles bulliciosas de la Ciudad de México, entre el tráfico y los sueños cotidianos, Laura y Carlos empezaron a escribir su propia historia, lejos de etiquetas y llena de cariño verdadero.
A veces, las “gallinas” son las que terminan volando más alto.






