La fuga de Musito

La fuga de Musito

María Elena giró la llave en la cerradura con mucho cuidado, procurando no hacer ningún ruido. La puerta se abrió sin rechinar, y la mujer entró en la casa conteniendo la respiración. En el pasillo reinaba el silencio, solo interrumpido por el tic-tac del viejo reloj de pared que había pertenecido a su abuela.

— ¡Musito! ¡Ven aquí, pequeño! — llamó en voz baja, mientras dejaba la bolsa de la compra en el suelo y se quitaba los zapatos.

Nadie respondió. El gato, un siamés elegante de ojos azules y pelaje color crema, no apareció corriendo como solía hacer cada vez que su dueña regresaba del mercado del barrio.

María Elena frunció el ceño. Era extraño. Musito siempre la esperaba junto a la puerta, frotándose contra sus piernas y maullando con exigencia para que le diera su ración de atún o le abriera la ventana del balcón que daba al patio interior.

Recorrió la casa habitación por habitación. La cocina estaba ordenada, el salón con los cojines en su sitio, el dormitorio con la cama hecha. Todo parecía normal, excepto por un detalle: la ventana del balcón estaba entreabierta, aunque ella recordaba haberla cerrado antes de salir.

— ¿Musito? ¿Dónde te has metido, travieso? — murmuró, sintiendo un nudo en el estómago.

Se asomó al balcón. Abajo, en el patio empedrado del viejo edificio colonial del centro de la ciudad, jugaban unos niños del vecindario. Uno de ellos, el hijo de la señora Carmen, levantó la vista y saludó con la mano.

— ¡Doña María Elena! ¿Busca a su gato? Lo vi hace un rato saltando por el tejado hacia la calle principal.

El corazón de María Elena dio un vuelco. Musito nunca salía solo. Era un gato casero, mimado, que había llegado a su vida cinco años atrás como un cachorro flaco rescatado de un callejón cerca de la plaza central. Desde entonces, no se separaba de ella.

Bajó las escaleras a toda prisa, cruzó el patio y salió a la calle empedrada. El sol de la tarde calentaba las fachadas pintadas de colores vivos típicas de las ciudades antiguas de México. Preguntó a los vecinos, a la dueña de la tiendita de la esquina y al señor que vendía elotes asados en su carrito.

Nadie había visto a un gato siamés elegante corriendo por ahí. María Elena sintió pánico. Musito era más que una mascota; era su compañero en las tardes solitarias desde que su marido se había ido años atrás y sus hijos vivían ahora en otra ciudad por trabajo.

Caminó varias cuadras, llamándolo por su nombre, mirando debajo de los coches aparcados, entre las macetas de las aceras y en los portales de las casas. El cansancio empezaba a pesarle en las piernas cuando, cerca del parque central con su quiosco de música y sus bancas de hierro, oyó un maullido familiar.

Allí estaba Musito, sentado con dignidad sobre el respaldo de una banca, lamiéndose una pata como si nada hubiera pasado. A su lado, una gata callejera de pelaje atigrado y mirada pícara lo observaba con curiosidad.

— ¡Musito, por Dios! ¡Me has dado un susto de muerte! — exclamó María Elena, acercándose despacio para no asustarlo.

El gato la miró con esos ojos azules tan expresivos y, para sorpresa de ella, no corrió hacia sus brazos. En cambio, maulló suavemente, como explicándole algo, y luego saltó al suelo junto a la gata callejera.

María Elena se detuvo. Entendió. Musito no había escapado por capricho ni por hambre. Había salido en busca de aventura, de libertad, de algo que su cómoda vida en el apartamento no le daba. Quizás el olor de la primavera, el llamado de la naturaleza o simplemente el instinto de un animal que, aunque mimado, seguía siendo un cazador en el fondo.

Se agachó y extendió la mano.

— Ven, Musito. Vamos a casa. Te prometo que mañana abriremos más la ventana y te dejaré explorar el balcón todo lo que quieras.

El gato dudó un momento, miró a la gata atigrada, que se alejó con paso tranquilo entre los arbustos del parque, y finalmente se acercó a su dueña. Se frotó contra sus piernas ronroneando fuerte, como pidiendo perdón y agradeciendo al mismo tiempo.

María Elena lo tomó en brazos con ternura. Mientras caminaba de regreso a casa, con el peso cálido y familiar de Musito contra su pecho, sonrió para sí misma.

Todos necesitamos un poco de fuga de vez en cuando, pensó. Incluso los gatos mimados de las ciudades coloniales. Lo importante es saber volver al lugar donde nos quieren y nos esperan.

Esa noche, Musito durmió acurrucado a los pies de su cama, pero con la ventana del balcón ligeramente abierta. Por si acaso. Porque la vida, a veces, también necesita un poco de aire fresco y la posibilidad de una nueva aventura al día siguiente.

Y María Elena, por primera vez en mucho tiempo, durmió tranquila, sabiendo que su pequeño compañero había elegido regresar.

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Elena Gante
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