La felicidad de Zhulka

—Papá, ¿podrías quedarte un par de semanas con la perrita? —preguntó su hija al otro lado del teléfono—. Nos vamos toda la familia a Tenerife y no tenemos con quién dejar a Lola. No la vamos a llevar con nosotros… Ya sabes cómo es eso de viajar en avión con animales: un lío, además de que da pena someterla a tanto estrés.

Manuel se quedó pensativo unos segundos. Su hija esperó en silencio. Se oía apenas su respiración contenida y el roce de la manga de su abrigo, como si estuviera jugueteando con el puño por los nervios. Ella sabía perfectamente que para su padre, ya jubilado, quedarse solo con una perrita no sería tan fácil. Más aún porque hacía poco más de un año que había muerto su esposa: doce meses y tres días, para ser exactos. Pero no tenían otra salida. Los amigos estaban fuera, las residencias para mascotas eran carísimas y la vecina que a veces se ofrecía a cuidar de Lola se había marchado a Valencia a ver a sus nietos.

—Bueno… está bien… tráela… —respondió Manuel al fin, arrastrando las palabras—. Pero ya sabes que yo no soy muy de perros pequeños… Esos perritos de casa nunca me han hecho gracia… Me parecen nerviosos y medio tontos. Y además no tengo nada preparado para ella: ni comida, ni cuencos, ni nada. ¿Y si me destroza algo? ¿Y si se hace pis dentro? A mi edad, esos disgustos no me hacen ninguna gracia.

—Ay, papá, yo te llevo todo —contestó ella, aliviada—. La comida, sus platos, empapadores, juguetes… Ya verás, con Lola te vas a encariñar enseguida. Es buenísima, cariñosa, lista… Te va a llenar la casa de vida.

Manuel resopló, pero no dijo nada. No se creía eso de que una perrita pudiera devolverle la alegría a nadie. Desde que su mujer murió, sentía el alma helada, como si por dentro llevara un bloque de hielo que ya se había resignado a no ver derretirse jamás.

Al día siguiente, su hija apareció con aquella criatura diminuta y extravagante, un petit brabanzón de apenas cinco kilos. Lola era pequeña, sí, pero tenía una energía capaz de desbordar a diez perros juntos. Tenía el pelo color canela, los ojos grandes y oscuros, de una expresividad casi humana, y unas orejas desproporcionadas que se le erguían cada vez que oía el más mínimo ruido.

Nada más cruzar la puerta, Lola se lanzó a los brazos de Manuel con una confianza desconcertante. Le lamió la cara, las manos, hasta las orejas, y movía la cola con tanto entusiasmo que parecía que iba a salir volando de un momento a otro.

Manuel se quedó paralizado. No supo cómo reaccionar ante semejante demostración de cariño. Permaneció de pie en mitad del recibidor, sosteniendo aquel cuerpecito tibio y palpitante, y sintió, con una mezcla de sorpresa y temor, que en algún rincón de su pecho empezaba a ablandarse algo que él creía endurecido para siempre.

—¿Ves, papá? ¿A que es una maravilla? —dijo su hija mientras iba sacando de una bolsa las cosas de la perra: un saco de pienso de buena calidad, varias chaquetitas para el frío, empapadores, dos cuencos —uno para la comida y otro para el agua— y hasta un juguete que chillaba con forma de hueso—. Mira, te explico: hay que darle de comer dos veces al día, por la mañana y por la noche. Una medida y media, no más, porque si no engorda. Sacarla también por la mañana y antes de dormir. A mediodía, si quieres, la puedes bajar un ratito, aunque no es imprescindible. Y deja el empapador en el pasillo, por si acaso no aguanta o un día te despistas.

—¿Despertarme tarde yo? —refunfuñó Manuel, aunque sin verdadera molestia—. Llevo toda mi vida levantándome a las cinco. No necesito que nadie me despierte.

—Entonces os vais a entender de maravilla —dijo ella, dándole un beso en la mejilla mientras se dirigía a la puerta.

—Espera —la detuvo Manuel de pronto—. ¿Y no va a echar de menos a Lucía? Tú misma decías que eran inseparables. La niña la ha criado desde cachorra.

—Ay, papá… —su hija, como siempre, iba con prisas. Ya se estaba poniendo las botas y buscando las llaves en el bolso—. Son solo dos semanas. No pasa nada. Ya verás como todo sale bien.

La puerta se cerró y Manuel se quedó solo. Pero no realmente solo. A partir de ese momento empezó para él una vida completamente distinta, hecha de cuidados inesperados, rutinas nuevas y pequeñas preocupaciones que jamás había imaginado que pudieran tocarle a su edad.

El primer incidente llegó el mismo día. Lola intentó bajar de un salto del sofá, calculó mal la altura, resbaló en la tela y quedó gimoteando con una pata delantera recogida contra el pecho. Manuel se asustó como no se había asustado en años. Sin pensarlo, la cogió en brazos, se puso la chaqueta encima del pijama y salió corriendo hacia la clínica veterinaria del barrio, que por suerte estaba a apenas una calle.

El veterinario, un chico joven con barba cuidada y mirada amable, revisó a la perrita, sonrió y le dijo que no había de qué preocuparse: solo se había dado un golpe, nada serio. Aprovechó para darle a Manuel una serie de consejos prácticos sobre la alimentación, el cepillado, las vitaminas, el cuidado de las uñas y otras cosas que él jamás había considerado importantes.

Manuel escuchó con una atención que sorprendía incluso al veterinario. Asentía, preguntaba, tomaba nota en un cuadernito que siempre llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Porque, una vez que había aceptado a Lola en su casa, decidió que la cuidaría bien, no de cualquier manera.

Poco a poco empezó a implicarse más de la cuenta. Ya no le bastaba con servirle pienso. Comenzó a prepararle comida casera: arroz con pollo, verduras hervidas, un poco de pavo, requesón suave de vez en cuando. Le compró un comedero elevado para que comiera más cómoda. Y empezó a sacarla a pasear todos los días al parque.

Fue en el parque donde ocurrió lo más inesperado. La imagen de aquel hombre alto, canoso, con gesto serio, caminando con una perrita menuda color canela al final de la correa, llamaba la atención de todo el mundo. Los demás dueños de perros se acercaban enseguida: preguntaban la raza, la edad, el nombre, si era tranquila, si siempre había sido tan simpática. Manuel, que antes en el parque apenas cruzaba dos palabras con nadie, se vio de pronto rodeado de conversaciones. Y lo más sorprendente era que no le molestaba. Al contrario. Le gustaba sentirse visible, incluido, necesario. Le gustaba que alguien se detuviera a hablar con él.

Lola se desenvolvía allí como si el parque entero le perteneciera. Olisqueaba cada árbol, saludaba a otros perros, caminaba con ese golpeteo rápido de uñas sobre el suelo que a Manuel le hacía gracia. Y cuando se cansaba, corría hacia él, lo miraba con esos ojos redondos y profundos y le pedía, sin necesidad de ladrar, que la cogiera en brazos.

Manuel la levantaba con cuidado, la apretaba contra el pecho y sentía el latido veloz de su corazón diminuto. Aquel sonido, aquel calor, aquella confianza absoluta despertaban en él una ternura que creía enterrada. Empezó a comprender que, quizá, lo que llevaba tanto tiempo faltándole no era otra cosa que eso: calor. Compañía. Un pequeño motivo para volver a levantarse cada mañana.

Volvían a casa contentos. Lola, agotada de corretear, se subía al sofá y se quedaba dormida con la cabeza sobre las piernas de Manuel. Él la acariciaba despacio mientras veía la televisión y sentía, por primera vez en mucho tiempo, que la vida aún no se había terminado del todo.

Incluso dejó de ver las noticias cada noche. Antes se pasaba horas frente al telediario, enfadándose con el mundo, con la política, con la violencia, con todo. Ahora prefería poner una película antigua, una comedia o uno de esos dramas de antes que tanto le gustaban a su mujer, y se sentaba a verla con Lola. La perrita parecía seguir la trama. A veces levantaba la cabeza en las escenas más intensas, otras soltaba un suspiro tan humano que Manuel se reía solo.

En resumen, estaba bien con ella. Muy bien. Tanto que empezó a asustarle lo mucho que se estaba encariñando. Se sorprendía hablándole como si fuese una persona, contándole cosas de su juventud, de su trabajo en el taller, de su esposa Carmen, de cómo eran las cosas antes. Lola escuchaba con la cabeza inclinada, mirándolo con tanta atención que daba la impresión de entenderlo todo.

Pero la felicidad, como tantas veces en la vida, se interrumpió de golpe.

Dos semanas después, cuando su hija, su yerno y su nieta Lucía regresaron del viaje, bronceados, descansados y sonrientes, Manuel sintió que algo se cerraba dentro de él. La puerta de su casa se llenó otra vez de voces, maletas, abrazos y olor a protector solar.

Lola, al ver a Lucía, se lanzó feliz a sus brazos. Y a Manuel le pinchó el corazón una punzada inesperada de celos.

“Claro”, pensó. “Ella es su dueña de verdad. Yo solo he sido un cuidador provisional. Un abuelo de guardia.”

Media hora después, la casa volvía a vaciarse. Su hija recogió las cosas de la perra: los cuencos, la comida, los juguetes, la chaquetita, los empapadores. Lo fue guardando todo en una bolsa, cogió a Lola y se dirigió a la salida.

—Gracias, papá —le dijo—. Nos has salvado.

—No es nada —murmuró Manuel, sin atreverse a mirar a la perrita.

Sin embargo, justo en el instante en que se marchaban, Lola empezó a revolverse en brazos de Lucía de una manera desesperada. Gimoteaba, pataleaba, intentaba lanzarse al suelo, arañando el aire como si quisiera volver corriendo al salón. Pero no pudo. La puerta se cerró, las voces se alejaron por la escalera, y Manuel se quedó solo otra vez.

Aquella noche lloró.

Lloró sentado en el sofá, sosteniendo entre las manos el hueso de goma que chillaba al apretarlo. Lloró con una intensidad que no había sentido ni siquiera el día del entierro de Carmen. Las lágrimas le corrían por las mejillas y él no hacía nada por secarlas. No había nadie que pudiera verlo.

Al cabo de un rato se obligó a levantarse, a lavarse la cara, a ponerse el pijama y meterse en la cama. Pensó que al día siguiente amanecería y que tendría que seguir viviendo de alguna manera, como había hecho hasta entonces. Sin Lola. Sin su compañía. Sin aquel calor que se había acostumbrado a sentir en la casa.

Apagó la luz, cerró los ojos, pero el sueño no llegaba. Daba vueltas, suspiraba, miraba al techo. Recordaba cómo Lola le lamía la cara, cómo se acurrucaba sobre sus piernas, cómo lo esperaba junto a la puerta con la correa en la boca. Todo eso ya pertenecía al ayer. Y el presente volvía a ser una habitación en silencio.

A las once y media de la noche sonó el teléfono.

Manuel dio un pequeño respingo, miró el reloj de la mesilla y contestó con el corazón encogido.

—Papá, ¿estás bien? —preguntó su hija. Su voz sonaba alterada, inquieta—. ¿Te pasa algo? ¿Te duele algo? ¿Estás bien de verdad?

—Estoy bien —respondió él, aunque su propia voz le sonó apagada, extraña—. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Qué ha pasado?

Su hija guardó silencio un segundo antes de hablar.

—Es que Lola está rarísima… Desde que hemos llegado no hace más que ponerse junto a la puerta y llorar. Lleva más de una hora así. No quiere jugar, no quiere comer, no se mueve de la entrada. Mira la puerta y gime… Y no sé, me he asustado. He pensado que quizá siente que te pasa algo.

—No me hagas esto… —susurró Manuel con el alma rota, y colgó antes de que la voz se le quebrara del todo.

Aquella noche apenas durmió. Cuando lo consiguió, fue un sueño ligero, interrumpido, lleno de imágenes de Lola corriendo por el pasillo, de Carmen riéndose desde la cocina, de tardes de sol en el parque.

A las cinco de la mañana, como siempre, se despertó. Era una costumbre de toda la vida. Pero por primera vez en mucho tiempo no quiso levantarse. Se quedó mirando la penumbra, sin fuerza, deseando que el día no hubiera empezado. Pensó, con una tristeza tan profunda que le asustó, que habría sido mejor no despertar.

Siguió tumbado, inmóvil, escuchando el silencio de la casa. Afuera la ciudad todavía dormía. De vez en cuando pasaba un coche y el reflejo de los faros se movía por el techo del dormitorio.

Entonces oyó el sonido de una llave girando en la cerradura.

Frunció el ceño. Solo su hija tenía copia de las llaves. Sintió un instante de molestia. No quería ver a nadie. No quería que nadie lo encontrara así, deshecho, hinchado de llorar, vulnerable como un niño.

Pero de pronto escuchó otro sonido: un trotecito rápido y alegre sobre el parquet. Un repiqueteo diminuto y precipitado.

Un segundo después, Lola apareció en la habitación como una exhalación, saltó a la cama y empezó a lamerle la cara con una ansiedad casi desesperada: los ojos, las mejillas, la barbilla, la nariz. Gimoteaba de felicidad, se retorcía contra su pecho, lo buscaba entera, con una urgencia conmovedora.

—Papá… —dijo su hija desde la puerta.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

Se había quedado contemplando la escena: su padre abrazado a aquella perrita, temblando los dos, uno de emoción y la otra de alivio.

—Lo hemos pensado… y ya está decidido —continuó ella, secándose la cara con la manga, como cuando era pequeña—. Lola se queda contigo.

Manuel la miró sin entender.

—No ha pegado ojo en toda la noche. Nosotros tampoco. Se ha pasado horas queriendo salir, llorando delante de la puerta. Solo quería volver contigo. Lo hemos entendido. No es un capricho. Te ha elegido a ti.

—¿Y Lucía? —preguntó Manuel, abrazando a Lola como si temiera que alguien pudiera arrebatársela otra vez—. Era su perra. La niña la adora…

—Ha sido idea de Lucía —respondió su hija sonriendo entre lágrimas—. Se puso a llorar al verla sufrir y dijo: “Que Lola viva con el abuelo. Yo quiero que el abuelo sea feliz”. Ya le buscaremos otra mascota. O quizá no. Todavía no lo sabe. Pero esto lo tuvo clarísimo.

Mientras tanto, Lola seguía pegada a Manuel, lamiéndole la cara y las manos, como si necesitara comprobar una y otra vez que estaba allí, que no se había ido, que esta vez nadie volvería a separarlos. Le temblaba el cuerpecito de pura emoción.

—Bueno, pequeña… —murmuró Manuel acariciándole la cabeza—. ¿Entonces te quedas conmigo? ¿Hasta que nos hagamos viejos del todo? ¿O incluso más?

Lola le dio un lametón en la punta de la nariz.

Y ese gesto fue un sí.

Su hija se marchó poco después, llevándose sus llaves. Antes de salir, le dijo que a partir de ahora él y Lola tendrían que hacer su vida, aunque pasaría a verlos a menudo.

Cuando la puerta se cerró, Manuel se levantó, se lavó la cara, se vistió despacio y cogió la correa.

—Vamos, Lola —dijo—. Ya ha salido el sol. Te voy a enseñar mis rincones favoritos del parque. Los sitios donde paseaba con tu “abuela”, con Carmen. ¿Vienes?

Lola empezó a dar vueltas sobre sí misma, feliz, enredándose con la correa y ladrando de entusiasmo. Manuel se echó a reír. Hacía muchísimo tiempo que no se reía así.

Salieron a la calle. El aire era fresco, el cielo estaba claro, los pájaros cantaban entre los árboles. Manuel caminaba por la acera y la pequeña perrita color canela trotaba a su lado, mirándolo de vez en cuando como si necesitara asegurarse de que no estaba soñando.

En el parque volvieron a encontrarse con los mismos dueños de perros de aquellas dos semanas.

—¡Manuel! —exclamó una mujer con un labrador—. Pensábamos que ya no volveríamos a veros. Creímos que la perrita se había ido con tu familia.

—Se fue… pero ha vuelto —respondió él.

—¿Y ahora qué? ¿Se queda contigo?

Manuel miró a Lola, que tiraba de la correa con alegría.

—Ahora nos quedamos juntos —dijo.

—¿Para siempre?

—Para siempre.

Lola soltó un ladrido breve, como si quisiera dejar constancia de que estaba completamente de acuerdo.

Pasaron los años.

Manuel y Lola se volvieron inseparables. Paseaban juntos, comían juntos —Manuel seguía preparándole sus platos con un cuidado casi ceremonial—, veían películas juntos. Lola dormía en su cama, apoyando la cabeza en la almohada y roncando tan fuerte que a veces él se despertaba en mitad de la noche.

—Roncas como un tractor —le decía en voz baja—. Pero te perdono.

Lola movía la cola sin abrir los ojos y seguía durmiendo.

Lucía iba a verlos a menudo. Con el tiempo tuvo otra perrita, una pomerania negra a la que llamó Sombra. Pero nunca dejó de querer a Lola. Cada vez que entraba en casa del abuelo, Lola corría a saludarla con la misma alegría de siempre, le lamía las manos, le daba saltitos y después regresaba al lado de Manuel para sentarse junto a él y mirarlo con una devoción tranquila.

—Te eligió a ti —le repetía Lucía a su abuelo—. ¿Lo entiendes? Te eligió a ti.

—Sí —respondía Manuel, acariciando el lomo tibio de Lola—. Y gracias a ella, yo también me elegí a mí mismo otra vez.

Una noche, mientras estaban en el sofá viendo una película antigua de esas que ya se sabían de memoria, Manuel habló en voz alta, como solía hacer cuando estaban solos.

—¿Sabes una cosa, Lola? Tú me salvaste. Después de que muriera Carmen, yo estaba convencido de que mi vida se había terminado. Y llegaste tú a enseñarme que no. Que todavía quedaba calor. Que todavía se podía querer. Que todavía había mañanas por las que merecía la pena levantarse.

Lola levantó la cabeza y lo miró.

Luego le lamió la mejilla.

—Sí, sí… —dijo Manuel con una sonrisa cansada y dulce—. Yo también te quiero.

La acarició despacio y pensó que, al final, la felicidad no estaba en las cosas grandes, ni en el dinero, ni en los viajes, ni en las casas bonitas. La felicidad estaba allí mismo: en una perrita color canela dormida sobre su cojín, en el sonido de sus uñas por el pasillo, en su respiración junto a la cama, en saber que al abrir los ojos por la mañana alguien lo esperaba.

Lola terminó quedándose dormida con la cabeza sobre sus rodillas. Manuel no se movió, para no despertarla. La miró largo rato, sintiendo dentro una paz que hacía años no conocía.

—Gracias —susurró—. Por todo.

Afuera anochecía. Las farolas se iban encendiendo poco a poco, y a lo lejos ladraban otros perros. Manuel cerró los ojos y sonrió. Sabía que al día siguiente volverían a ir al parque, que se encontrarían con sus conocidos, que Lola olisquearía cada rincón como si fuese la primera vez, y que todo estaría bien.

Porque él tenía a Lola.

Y Lola lo tenía a él.


Manuel no quería quedarse con aquella perra. No quería encariñarse con nadie. Estaba convencido de que, después de la muerte de su esposa, su corazón se había convertido en piedra. Vivía por costumbre: se levantaba, desayunaba, veía las noticias, daba vueltas por la casa y volvía a acostarse. Un día igual que el otro. Una semana detrás de otra. No esperaba a nadie. No deseaba nada.

Lola apareció por casualidad. Solo durante dos semanas. El tiempo de las vacaciones de su hija. Y en esas dos semanas hizo algo que Manuel creía imposible: derritió lo que él daba por congelado para siempre. Le devolvió un pequeño sentido a la rutina. Un motivo para salir de casa. Un ser al que cuidar. Una presencia viva en medio del silencio.

Cuando su hija se la llevó, Manuel lloró. Lloró como no había llorado ni siquiera después del funeral de Carmen. Porque entonces había perdido el pasado. Pero ahora sentía que había perdido el futuro. Un futuro en el que existía una perrita pequeña y canela, que se dormía en sus rodillas y le lamía la cara como si él fuera lo mejor del mundo.

Pero Lola también lloró. Se quedó junto a la puerta, gimoteando, porque su corazón se había quedado en aquella casa, con Manuel. Lo había elegido a él. No porque le cocinara mejor, ni porque la sacara más rato. Sino porque se había convertido en su persona. Su humano. Su viejo gruñón y tierno. Su lugar seguro.

Los perros no saben mentir. No saben fingir. Cuando aman, aman de verdad, con todo lo que son y con toda la corta intensidad de su vida. Y no olvidan jamás a quien se volvió importante para ellos.

Lucía, la nieta, podría haberse enfadado. Podría haber dicho: “Es mi perra y no la doy”. Pero no lo hizo. Porque vio cómo Lola sufría por su abuelo. Porque entendió algo que muchos adultos no aprenden nunca: que el amor verdadero no consiste en poseer, sino en saber soltar. En dejar ir a quien estará mejor en otra parte, aunque duela.

Lola se quedó con Manuel. Vivió con él muchos años. Compartieron mañanas de invierno, tardes en el parque, películas antiguas, migas de pan en la cocina, visitas de Lucía, siestas en el sofá y noches de lluvia escuchando el mundo desde la ventana.

Y cuando finalmente llegó el día en que Lola tuvo que marcharse, se fue en sus brazos, en paz, sin miedo, sintiendo la mano de Manuel sobre la cabeza. Él la despidió con el mismo amor con que la había recibido.

La enterró en un rincón del parque, junto a un abedul donde a ella le gustaba detenerse a olisquear y donde él siempre acababa sonriendo sin saber por qué.

Se sentó allí durante mucho rato.

Acariciaba la tierra húmeda con los dedos y lloraba.

—Gracias —repetía—. Gracias por todo.

Un mes después, Lucía llegó a su casa con un cachorro en brazos. Era pequeño, inquieto, de pelaje canela, con una mirada vivísima que a Manuel le apretó el pecho.

—Es nieto de Lola —le dijo ella—. Estoy segura de que a ella le habría gustado que estuviera contigo.

Manuel cogió al cachorro, lo acercó al pecho y volvió a llorar.

Pero esta vez sus lágrimas eran distintas.

No eran de pura tristeza.

Eran lágrimas de gratitud.

Porque entendió entonces que la felicidad no se termina cuando creemos perderla. A veces solo cambia de forma. Pasa de unas manos a otras. De una vida a otra. De un corazón a otro.

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Lisa Weta
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La felicidad de Zhulka
Un rincón en la cocina