El despacho estaba envuelto en su habitual bullicio de conversaciones truncas y teclados cansados. La jefa apareció acompañada de una chica discreta, quizás a propósito.
Os presento, chicas, esta es Teresa. Va a trabajar con vosotras en lugar de Ignacio, que se nos ha ido a un puesto mejor. Estoy segura de que os llevaréis genial. dijo doña Carmen y desapareció con esa eficacia típica de quien manda.
Teresa se sentó en la mesa que antes ocupaba Ignacio, desplegó una taza de cerámica pintada con limones y un retratito enmarcado de un hombre sonriente. Se puso a trabajar enseguida, como si llevara ahí años.
Sonó el típico timbre del mediodía y, como si de una coreografía nacional se tratase, todas las compañeras salieron disparadas hacia el menú del día. Menos Marina, que la curiosidad podía con ella: ¿quién sería el tío guapo del retrato que había plantado la nueva en el escritorio?
El hombre del marco tenía una sonrisa de anuncio de pasta de dientes. Marina pensó: ¿sería famoso?, ¿un cantante?, ¿el exmarido de alguien?
No pudo evitar sacarle una foto con el móvil antes de irse a comer. En el restaurante, compartía mesa con las demás y escuchaban atentas a la recién llegada.
Con Antonio nos conocimos hace tres años por unas circunstancias… de telenovela. Ni os lo creéis.
¡Cuenta, cuenta!suplicaban.
Recordó cómo trabajaba en una empresa bastante grande y, ya fuera por un despiste del transportista o suyo, enviaron el pedido equivocado… al que acabaría siendo su futuro marido. Y, como castigo, le tocó a ella arreglar el lío.
Teresa era lista y muy buena negociando, aunque la gente la tomaba por lo que no era por su aspecto sencillo, sin maquillaje, tipo ratón de biblioteca. Lo que no sabían es que en las negociaciones se transformaba en constrictor, pero con una voz dulce y una paciencia infinita. El jefe, que la conocía, la mandó a ella. En recepción le indicaron:
Despacho 312, Antonio Jiménez.
Entró sin llamar y fue directa:
Perdone, soy Teresa. Fue nuestro error el envío, cosas del caos logístico
Antonio la miraba con una mezcla de incredulidad y déjà vu de película surrealista.
Pero si es ella, la del sueño ese raro de hace años pensó él.
Ella, pelirroja y de ojos verdes, le hablaba clara y sosegada. Justo cuando Teresa se preparaba para la riña, Antonio suelta:
Teresa, no vamos a poner ninguna reclamación… Espero que no vuelva a pasar, ¿vale?
Ella recogió dignamente y se fue. Dos días después Antonio la esperaba en la salida de la oficina. Teresa fue la última en irse.
¡Teresita! gritó él saludando alegremente. Hablamos hace dos días…
Buenas tardes, Antonio, le recuerdo. respondió en un tono que ni muy seco ni pizca de flirteo.
Tengo dos entradas para el teatro esta noche… Mi madre se ha puesto mala, ¿te vienes? mintió descaradamente.
Puedo, ¿a qué hora empieza la función?
En dos horas. Si necesitas cambiarte, te llevo a casa.
Vaya jugada…, pensó Teresa, pero aceptó.
En el portal, Antonio casi no la reconoce cuando bajó: vestía un vestido negro que le sentaba de cine y unos tacones moderados. Un cambio digno de programa de Cámbiame. En el teatro se notaba que Teresa era de las que no solo disfrutan, también comentan después. Él la miraba como quien ve una obra de arte inesperada.
Al acabar, él propuso cenar, pero ella declinó, alegando una reunión peliaguda al día siguiente. Antonio la llevó a casa sin insistir más y así pasaron a las citas de fin de semana.
Pasaron dos meses y un día le planteó:
Mi madre quiere conocerte, ¿te animas?
¡Sí! Tengo ganas de saludarla.
La madre los recibió con besos y delicias típicas: té con mermelada de membrillo, bizcocho de albaricoque, y un ambiente que olía a infancia y sobremesa dominguera. Teresa contó a doña Encarnita, la madre de Antonio, historias de su abuela cocinando mermeladas, de su padre ingeniero (que murió en unas pruebas raras), y de su madre, que daba clases de historia en el instituto del barrio.
A Encarnita le cayó de fábula. Desde aquella tarde no pasaba día sin verse. Un año después, boda sencilla y cena con tortilla de patatas y tarta de Santiago.
Teresa terminó su relato y sus compañeras la escuchaban con una admiración (y envidia) sumamente española. Solo Marina pensó para sus adentros: ¿qué le habrá visto ese tío a esta chica anodina? Con lo bien que estoy yo, y cada vez me tocan unos que… o a la semana casados o directamente buscando una noche loca.
Fin del almuerzo. De vuelta a la oficina, Marina cuchicheó con Silvia:
Mira, ese es su marido, ¿tú te lo crees?, yo ni caso. Seguro que se lo inventa todo. ¡A saber lo que le ha contado!
Al salir del trabajo, Teresa ya iba recogiendo cuando sonó el claxon en la calle. Era Antonio.
¡Teresita, estoy aquí!
Justo el del retrato. Marina no daba crédito. ¿Por qué no yo? Si yo soy mucho mejor…
Así se quedaban todas mirando cómo se iban juntos. Cada una pensando en sus cosas.
¿Nunca os habéis preguntado por qué algunos hombres se quedan con quienes menos lo esperas? Puede que encuentren justo lo que buscaban… No siempre la belleza es lo que más enamora. Con las guapas tontean mucho sí, pero a veces para casarse prefieren a otras. ¿Por qué será? Quizás habría que preguntarles a ellos…







