Felicidad complicada
¿Cómo que nos divorciamos? ¿Enrique, estás de broma?
Pilar miraba a su marido sin comprender nada. ¿Divorcio? ¡Pero si llevaban casi veinticinco años juntos! Justo dentro de dos semanas pensaban celebrarlo… o ya no lo celebrarían. Sus pensamientos eran un batiburrillo. ¿Y el banquete, los invitados? Las invitaciones ya estaban enviadas… Iba a venir toda la familia. Los amigos llamando sin parar, preguntando qué regalarles… Hasta Inés, su mejor amiga, ya les había mandado su regalo. Qué pena que no pudiera venir. Está lejos, y con seis meses de embarazo, no es plan de cogerse un avión. Mejor que se quede en casa, ya se verán y celebrarán otra vez cuando nazca la criatura. Inés, además, tuvo mucha culpa de que Pilar y Enrique se conocieran, siendo compañeros de la facultad. De hecho, en la boda fue la que más gritaba ¡Que se besen!, tapándose con el ramo que Pilar ni siquiera lanzó, sino que directamente se lo dio a ella.
No sé por qué tu Sergio se lo toma con calma… ¡Como lo pierdas, tú verás!
¿A dónde va a ir? Inés le arreglaba el pelo a Pilar. Todo a su tiempo, Pili. Sergio aún está verde. ¿Para qué quiero yo un marido inmaduro? Para divorciarnos en dos años, con suerte. No, hija, yo espero la cosecha. Te organizas la vida por años, ¿eh? Pilar no podía parar de reír, viendo a su amiga arreglarse el maquillaje con el genio de siempre.
Es que yo vivir a medias no sé. Si se hace, se hace todo de golpe.
¿Y los niños, Inés? ¿Venirán también de una vez? ¿No podrías tener uno primero?
¡Qué va, yo quiero gemelos! Sufro de un tirón y me sale el lote completo. Además, tenemos antecedentes en las dos familias. ¿Y criar el “lote”?
Dos es mejor que uno. Menos dramas por protagonismo, asociación natural… ¡y madre del año por partida doble!
No sigas, que al final lo consigues Pilar reía, casi convencida de que Inés lograría lo que quisiera.
Y así fue. Pero el destino, con más humor que Inés, le regaló no dos, sino tres mellizos. A ver cómo salía de esa. Pues salió, y de sobra. Los suegros ya la idolatraban. Inés, sin humillarse, era amable, tranquila, pero más rápida que nadie para movilizar al marido, que jamás tuvo afán de héroe. Pero ella, siempre con perspectiva, insistía:
Vendrán tiempos en los que necesitemos ayuda, ¿y qué? ¿El símbolo de los tres dedos? ¡No me da la gana! ¿Quieres tortilla de patatas para cenar? Pues vete a casa de mi madre y arréglale el mueble. Te lleva dos horas y la haces feliz. Dile que yo limpio los cristales la semana próxima.
Así, cuando Inés necesitó ayuda, ahí estaban las dos abuelas y un abuelo (el padre, por desgracia, en paz descanse) para echarle una mano a cualquier hora del día. Inés tuvo a los niños, los sacó adelante pese a los pesares y, pensándolo bien, se apuntó a la universidad.
¿Pero te has vuelto loca? ¿De dónde vas a sacar tiempo? Pilar había ya agotado su asombro.
A ver quién es el listo que suspende a una madre de trillizos. Mi cerebro no se vuelve gelatina en el permiso de maternidad y de paso vuelvo al mercado como todo-terreno: economista, abogada… Lo que toque.
Recibió su título y, acto seguido, se colocó en un empleo, simulando ante el jefe que la nómina se le iba toda a la niñera.
Inés, ¡pero es que no te da ni para pipas!
¡Claro que sí! Por ahora no necesito niñera: las abuelas se apañan, que el jefe no se entere. Lo importante es el oficio, no solo las notas. Paso un par de años cobrando lo justo y luego ya elegiré yo las condiciones para irme a otra parte.
Pilar miraba a su amiga y pensaba que eso era ciencia ficción. ¿Cómo podía una persona tener tiempo para semejante tetris de vida? Ella, en cambio, desde pequeña, lo pasaba fatal hasta para elegir qué leotardos ponerse.
Mira, tú, cuando te decides, seguro que lo haces bien. No como yo, que siempre parezco una lagartija correteando le decía Inés. Tú eres conservadora, Pili. Y eso es lo más fiable del mundo.
Fiable, sí, vaya. Seguro que Enrique agradece la “fiabilidad”… ¿Pero cómo pudo? ¿Para eso, tanto esfuerzo? Eran felices, dentro de lo que cabe, aunque la falta de hijos complicó mucho la vida en común. Lo asumieron: no tocaba, pues no tocaba. Pilar trabajó un tiempo de voluntaria en casas de acogida, y comprendió que coger un niño ajeno, así, del tirón, no era posible para ella; no era cuestión de fuerzas ni recursos, sino de saber si sería capaz de quererlo como debe ser… Cosa que Pilar ni siquiera sabía lo que era, pero intuía que había que sentir algo especial.
Solo es que no has encontrado todavía a tu niño le decía Carmen, la directora del centro que apadrinaba la empresa de Pilar, mientras las veía jugar con los críos alrededor del árbol de Navidad. Cuando lo veas, lo sabrás. Nada te detendrá: problemas, miedos, nada.
¿Y si no aparece nunca? Pilar se giró, colocando sobre la mesa los paquetes de regalos. ¿Y si yo no valgo para ser madre?
Pues entonces no lo eres. Mejor así, Pili, que lanzarse y, a mitad de camino, recular. Acabo viendo muchos casos de esos. Ese chaval, Daniel, por ejemplo: ya le han devuelto dos veces.
¿Dos? ¿Cómo puede ser, con lo chiquitín que es?
Va para seis años. Dos familias: en una, dos años; en la otra, uno.
¿Y por qué? ¿Cómo se deja a un niño dos veces?
La primera vez, porque después de adoptarlo, tuvieron un hijo propio. Muy habitual. La segunda, porque la familia se desbordó: dos propios y tres más. Daniel fue el cuarto y se quedó sin afecto. Todo el año allí, pero al final, se apartó, dejó de comer, ni agua quería. Pedía volver.
¿En serio?
Así fue. Psicólogo, intentos… Pero nada. Mejor no haberlo intentado. Ahora, ese niño… no sé si algún día confiará en nadie.
La charla dejó a Pilar tan hecha polvo que casi sale corriendo a pedir los papeles para adoptar a Daniel. Pero la puso en su sitio el realismo de Inés:
¿Estás segura de tener ese caudal de amor? Si es solo lástima, ni lo intentes: acabarás siendo otra más. ¿Eso quieres para él? ¿Para ti? Si crees que todo es tan fácil, te paso uno de los míos, y haces la prueba.
Pilar dijo que no. Nunca volvió físicamente a la casa de acogida, aunque seguía ayudando desde lejos… Pero Daniel se le quedó en el runrún. Era su brújula, la que le recordaba que hay que ir con tiento para no dañar a otros.
Se abrazó, tiritando. Qué frío. Y eso que era solo otoño y ya la calefacción funcionaba. ¿Ahora qué? ¿Ayuda con la maleta de Enrique? ¿Qué ropa le prepara? ¿El abrigo, porque el calor en Madrid nunca dura…? Nada que ver con los inviernos en Sevilla con mamá, que se pasaba con una cazadora puesta todo el invierno y tan feliz. Y lo que le apetecía era eso: ir con su madre a la sierra, quedarse un par de días, lejos del mundo. Solo ellas dos y la libertad… Pero ya no había madre, ni Enrique tampoco.
En fin, la libertad. ¡Como si la quiera para un rato! Quiere a su marido, su vida de siempre: el café por la mañana y a las tres de la madrugada si hace falta. Charlas eternas porque no hay sueño. Escapadas improvisadas al teatro o a la sierra. Nunca les salía bien planear nada. Los mejores días eran los espontáneos. Enrique la llamaba de repente:
Pili, ¿qué haces?
Agobiadísima. Tengo dos entrevistas y luego hay que ir al banco.
Bah, olvídalo. ¿Por qué no lo dejamos? Vamos a perdernos por ahí.
Y Pilar lo dejaba todo, y a la hora estaban de paseo por el parque, diciendo tonterías y siendo felices…
Ahora eso era pasado… Su pasado. Lo recordaría, pero él seguramente no. Tendría su futuro, con la nueva esa, que está embarazada… ¿Es por eso? ¿O fue todo el matrimonio solo una mentira, un apaño? Lo primero, más o menos, podría entenderlo; lo otro sería asumir que ella era nada, cero, ni mujer ni nada… Si en veinticinco años no logró hacer feliz a una sola persona, ¿qué sentido tiene?
Pilar, pegándose la rodilla al radiador, no logró moverse. Oía a Enrique recogiendo cosas, abriendo cajones, cerrando de un portazo. Temblaba tanto que hasta la maceta con la única planta que quedaba se desplazó peligrosamente. Cuando la puerta finalmente se cerró, Pilar, con los dedos clavados en el alféizar como si quisiera romperlo, soltó y luego, como si le hubieran robado la energía, empujó el tiesto y gritó.
No se sintió mejor. La tierra y los trozos de maceta volando por la cocina, por raro que parezca, le despejaron la cabeza. Todo negro. Está bien, es así. Igual que su ánimo. Porque la luz se fue con Enrique, cerrando la puerta y dejándola sola. Ahora habría que buscar a tientas, sin brújula.
Solo le quedaba una opción…
Despegándose al fin del radiador, cruzó la cocina pisando los restos, sin importarle la punzada del corte en el talón, hasta el dormitorio, donde el móvil cargaba paciente.
Inés…
La llamada sonaba más a aullido herido que a llanto, y no logró articular más. Pero Inés lo pilló todo a la primera.
¿Se ha ido Enrique?
Sííí…
Vale. Pues mañana estoy ahí.
¡Estás loca! reaccionó Pilar, reconocible al oír la orden firme. Ni se te ocurra venir, Inés. No me perdonaría que un berrinche te de un susto ahora… Espera… Pilar se paró de golpe, conectando piezas ¿Tú lo sabías?
No sabía, pero me lo olía. Cuando vinisteis la última vez, Enrique ni me miró. Ahora todo encaja. Pili, es para bien.
¿Para bien el qué? ¡Si no tengo ganas de vivir! ¡No me queda nada! Todo perdido… ¿Qué hago ahora?
Cómprate un vestido.
¿Cómo?
Lo que oyes. El que te parecía caro. Hoy, iros a por él. Y cuando lo tengas, me lo enseñas. ¡Nada de encierros y lamentos! Luego, te coges un tren o el avión y nos vamos a la sierra. Estoy perfectamente: rutas cortas, hotel, nada de tiendas de campaña. Nada de heroicidades. El marido con campeonato, las mellizas de retiro de deportes en Girona, así que este es el momento. ¡En media hora, quiero número de vuelo, no metas miedo a una embarazada!
Y colgó Inés, y Pilar se quedó mirando el móvil. ¿Y ahora?
La respuesta llegó sola. Pilar se miró al espejo. Allí estaba. Todos esos años ahí, ni niña ni vieja. Juventud lejana, sí, pero… ¿funeral? ¡Ja! Si Enrique cree que se va a quedar lamentándose, apañado va. Inés tenía razón. ¿A llorar? Vamos, hombre.
Se secó las lágrimas, fingió que la rabia le hacía bien, y se obligó a moverse. Si se sentaba, ya no se levantaría.
Móvil en mano, una ronda de cancelaciones: restaurante, banquete, todo al garete. Listo.
¿Escoba? ¿Dónde estaba la escoba?
Tan aturdida estaba que olvidó los dos robots de limpieza y, a la vieja usanza, recogió la cocina. El tiesto ya lo comprará luego.
El vestido era perfecto. Rojo, como el demonio, nada que ver con los tonos neutros de los últimos años. Esos los dejaba para las excentricidades de Inés, que dominaba el arte de llamar la atención sin pasarse. Pilar siempre estaba más cómoda de espectadora. Pero, de repente, ahora le apetecía otra cosa. ¿Por qué no? ¿Sería invisible? El espejo la devolvía cambiada. Cansada, triste, pero no derrotada. Algo queda.
No podía enfadarse. Entendía, sin querer, lo de Enrique. Sabía cuánto costaba. Se habían hecho más compañeros que otra cosa. Traicionar a un amigo duele más, siempre… Ay, Enrique, ¿por qué?
El viaje fue un poco lío, con transbordo, pero eso la distrajo de lamentos.
El resultado: éxito. Recorrieron la sierra cerca del hotel, charlando o callando, siempre con Inés metiendo cucharadas filosóficas de esas que desmontan prioridades. Lo importante pasaba a segundo plano y lo nimio, de pronto, era fundamental.
Vuelve, Pili. ¿Qué ganas quedándote allá sola? ¿La empresa? Aquí también hacen falta ludotecas y centros de niños. La zona está en auge… Y tu padre está delicado, lo pensabas traer contigo, y ¡mira!, ahora ya no tienes ni que cambiarle de climale insistió Inés.
Y al final, Pilar tomó una decisión: sí. Mejor así.
Divorcio, venta del piso y el coche, y todos los papeles… Fue un “hasta luego”, pero lo aceptó. Intentó separar emociones, tragarse los recuerdos y, tras un par de reuniones estoicas con Enrique, borró su número y se prohibió recordar.
Sevilla la recibió en plena primavera, con el azahar reventando y el sol reluciendo. Pilar, desde luego, no tuvo descanso: nuevo piso cerca del de su padre, pero vivía aparte. Por puro instinto de supervivencia, al toparse con una dama formal y encantadora la nueva pareja de su padre, Carmen, lo entendió: mejor dejar solo al jefe de casa. Y, sinceramente, por el bien del padre, mejor que no estuviera solo en casa, anclado en el duelo por su madre.
¿Has visto lo guapo que es tu padre todavía, Pili? le preguntaba Carmen con ojos de cordero degollado.
Amor del bueno, sí, el de los que lo encuentran tarde. Si al padre se le apareció su persona especial a estas alturas, ¿por qué no a ella?
Pasó un año volando. Pilar se volcó en su nuevo proyecto: abrió dos ludotecas, y entre responsabilidades y actividades apenas había hueco para las penas. Aunque, por mucho que cambiara de imagen o que, por fin, se comprara el perro que tanto deseaba, en las noches, la melancolía volvía de visita. Se sentaba en la cocina, removiendo el té frío, deseando que Enrique apareciera para preguntarle qué le pasaba, haciendo un té y obligándola a hablar.
Sabía que era absurdo y que un corte realmente debía ser definitivo, pero no conseguía arrancar del todo a Enrique de su interior.
Y entonces, por un tema de impuestos, año y medio después de vender la empresa, le tocó volver a Madrid. Buena excusa para moverse.
El lío fiscal era menos complicado de lo que temía y, con un día libre antes del viaje de vuelta, decidió pasear por la ciudad y por el barrio donde vivió con Enrique. ¿Para qué? Supongo que para enfrentarse a los recuerdos, a la felicidad o la infelicidad, según el día.
Uno de los antiguos centros infantiles ya no existía, pero el otro sí. Y allí se quedó un rato, mirando desde fuera a los niños pintar y reír con el profesor, que hacía el oso y los tenía a todos muertos de risa. Buen fichaje. Aquello era lo que importaba: ilusión, creatividad, diversión.
Caminó hacia la parada de bus. Ahí estaba su antiguo edificio. El parque en el que soñaba pasear con sus hijos. El sitio donde Enrique y ella paseaban los sábados.
Sin saber cómo, acabó en ese parque. Vio nuevas bancas, la fuente restaurada… Y allí, sentado en un banco, empujando un carrito, reconoció a Enrique. Tardó en darse cuenta de lo distinto que estaba: el pelo encanecido casi del todo, inclinado como si el aire le pesara, empujando el carrito con una mano distraída. El dolor le encogía, como si quisiese hacerse diminuto para que el mundo lo ignorase. Pilar no pudo evitarlo; sabía perfectamente cómo calmar ese dolor, si Enrique la dejaba.
Enrique…
El sobresalto le hizo encoger aún más el cuello.
Hola, Pili.
Se sentó junto a él.
¿Qué tal?
La frase le sonó ridícula, pero permaneció allí. Enrique detuvo el carrito, levantó la vista.
Estoy mal, Pili. Muy mal.
¿Por qué?
Ahora sí que era absurda la pregunta, pero necesitaba entender su historia para poder soltar el pasado.
Porque estoy solo. Ahora me doy cuenta de que perdí lo bueno por idiota, por un error tonto que me costó todo.
Mentira respondió Pilar, sabiendo que, pese a todo, le habría gustado ahorrarse esos dos años de sufrimiento. Enrique, tienes más de lo que crees. Muchísimo más que yo.
Pilar señaló el carrito.
¿Niño o niña?
Niña. Eva.
Pues eso, vida nueva, hija en camino… ¿Qué te falta?
No hay madre, Pili. Marta no sobrevivió al parto.
Pilar se quedó sin aire. No sentía rencor. Le dolía esa chica joven que decidió lanzarse a por Enrique en una fiesta de empresa… Y resultó, bueno, lo que resultó. La niña dormía silenciosa, y Enrique la balanceaba para que no despertara.
Se quedaron largos minutos en silencio. Cuando por fin hablaron, los dos a la vez, la pequeña Eva despertó, abrió enorme los ojos para ver las farolas que ya se encendían y las primeras estrellas.
Pilar se levantó para ver a Eva. Se quedó mirando su carita.
Cuando veas a tu hijo, lo sabrás, Pili. La voz de Carmen resonó en su cabeza, viva.
Medio año después, Carmen le presentó al despacho a un niño moreno y serio.
Dani, ¿sabes por qué he venido?
A buscarme.
¿Te gustaría vivir conmigo?
No sé. No lo creo. Nadie me escoge.
El niño la miraba sin interés. Una luz cruzó su rostro cuando Pilar sacó fotos.
¿Ese es tu marido?
Sí.
¿Es tu hija?
No, Dani. No es mía.
La luz volvió, y Pilar decidió no dejarla apagarse.
No es mi hija, Dani, pero seré la madre de ella. Y de ti, si tú quieres.
Me devolverás.
¿Por qué?
Siempre me devuelven.
Yo no. ¿Sabes por qué?
No.
Porque sé lo que es perderlo todo. Cuando no queda nada y nadie te quiere… Eso duele mucho.
Lo sé…
¿Sabes lo que es una madre?
No.
Alguien que nunca dejaría que te hiciesen ese daño.
¿Te doy pena?
Pilar lo miró seria y negó despacio.
No. No quiero compadecerte. Quiero quererte. Quiero que seas feliz. Y que Eva tenga un hermano mayor. Fuerte. Que nunca deje que le hagan daño. ¿Crees que podremos?
Dani callaba, fijamente. Vio la tristeza de Pilar, su color intenso del vestido, y se atrevió a tocar el tejido, como para comprobar si aquello era verdad.
¿Te gusta?
Mucho.
A mí también. Lo compré el día más duro, y me ayudó. Ahora adoro el rojo.
A mí también. La mano de Dani seguía el brillo del vestido. Quiero intentarlo.
No, Dani, aquí no vamos a probar. Lo haremos. Y no te devuelvo, solo ayúdame. Porque yo tampoco sé ser madre, pero quiero aprenderlo. Para ti y para Eva. Si me dejáis. ¿Me ayudas?
Dani asintió despacio, y Pilar suspiró.
Un par de años después, por la ladera de Sierra Nevada caminaba una familia. Un chico moreno vigilaba a una niña inquieta, que huía montaña arriba.
¡Eva, que por el bosque hay lobos!
¡Que no!
¡Y osos! ¡Grandotes y hambrientos!
¿Porque su madre no les hace gachas?
Exacto. No sabe cocinar.
La nuestra sí.
Pues que les haga.
¡Mamá! Eva dice que hay que dar gachas a los osos.
¿De sémola? Pilar, jadeando, les alcanzó.
¡Mamá! Eva, olvidando las zarzas del sendero. ¡Las haces con grumos y no les gustan!
¡Eres una lista! Pilar la cogió en brazos y le besó la nariz. Los osos serían felices con mis gachas, ¡grumos o no!
Pues las mías dáselas a ellos. Y el tarro de miel también.
¡De eso nada, que también me gusta! ¿Vas a ir en brazos hasta el fin del mundo o qué?
¡En brazos!
¡A papá, entonces! Eva aterrizó en los brazos de Enrique mientras Pilar despeinaba a Dani. Bueno, Daniel, ¿qué opinas de alimentar a osos?
Mamá, yo quiero seguir explorando, que si Eva alimenta a todos los bichos, de aquí no nos vamos… Mejor que pasen algo de hambre.
Pilar se rió y miró atrás.
Eva, los osos, otro día. Tengo que aprender a hacer buenas gachas.
¡Vale! Eva accedió tan rápido que Pilar y Dani se miraron cómplices.
Ay, mamá Dani hizo carantoñas a su hermana.
Ay, hijo, vigílala. Que esta no solo nos va a llenar la casa de osos, sino que igual nos trae un yeti. Y habrá que quererles a todos…
Las risas se alzaban por la sierra, rebotando en el aire, y la mañana prometía ser luminosa.






