La ciudad que no duerme

—¿Falta mucho? —preguntó Julieta, visiblemente nerviosa, mientras se acomodaba los mechones lisos y rubios que se le escapaban por debajo de la gorra. Caminaba cada vez más despacio, murmurando algo entre dientes, tan bajito que no se entendía. Estaba agotada.

Sergio tiraba de su mano con suavidad, pero sin ceder:

—Dale, Juli, por favor, apúrate. Ya falta poco.

Ella le lanzó una mirada de fastidio y, de un tirón, soltó la mano de la de él.

—Ya estuvo, aquí paramos. No doy más. Me está matando la espalda. Y se me rompió una uña —dijo, enseñándole el dedo, donde apenas se veía una gotita de sangre en la base.

Si fuiste tú misma la que te la arrancaste con los dientes. El pensamiento cruzó fugaz por la mente de Sergio y desapareció enseguida. Julieta lo miró de tal forma que él sintió, por un instante, que ella podía verle todo: los pensamientos, los deseos, las fantasías.

Qué se le va a hacer.

—Está bien —cedió Sergio.

Se dejaron caer junto al tronco torcido y reseco de un árbol gigantesco. Las raíces de aquel coloso antiguo parecían haber esperado su llegada: se arqueaban sobre la tierra como serpientes inmóviles, con la corteza seca y agrietada, formando algo parecido a una mesa improvisada.

Encima de sus cabezas sonó un rumor conocido, un roce nervioso.

¡Drones!

Sergio metió de inmediato a Julieta entre las raíces secas, apretándose contra ella. Sintió el calor de su cuerpo y el aliento encendido en el cuello. Desde arriba no los verían. No debían verlos. Se asomó con cautela por el escondite y alzó un ojo hacia el cielo. Exhaló, aliviado.

Grajos.

—Mira, Juli, creo que esos tienen cuatro alas.

Julieta lo apartó de un empujón, se sacudió el pantalón, se acomodó la gorra y, sin previo aviso, le plantó una bofetada sonora.

—¿Y eso por qué? —soltó él, aturdido.

—¿Y por qué me agarras como si fuera… como si fuera… una cualquiera?

—Pero yo pensé…

—Primero mira, después haces.

Qué carácter.

Sergio acomodó sobre las raíces lo que quedaba de los bocadillos y el té frío. Comieron en un silencio incómodo.

Mientras masticaban los sándwiches de queso sintético, Sergio se perdió en pensamientos pesados.

Habían salido de la ciudad pasando cerca del Portal, uno de los dos únicos. Sin pase especial nadie podía cruzarlo: ni entrar ni salir. Habían tenido que conseguir información, pagar cien créditos. ¿Y si todo era una mentira? No había ninguna garantía de que aquella locura saliera bien. Solo la palabra del Corredor. Así se hacía llamar. Juró que el dato era seguro, pero sonreía bajo el bigote con una expresión viscosa, como si ocultara algo. ¿Y si el viejo era un demente que ya no distinguía la verdad? ¿Y si, detrás del descampado, ya los esperaba la patrulla urbana? Mal asunto.

—Juli.

Ella levantó la cabeza con cansancio.

—¿Vamos?

Asintió sin ganas. Una niña, al fin y al cabo. Pero se había negado rotundamente a decirle dónde vivía la anciana. Y tampoco quiso dejarlo ir solo. “Te acuso con el director de la fábrica y me gano un día libre”, le había dicho. De dónde salían tantos activistas de la clase obrera, vaya uno a saber.

—Tu abuela. ¿Es muy mayor?

—No sé.

—¿Cómo que no sabes? Es tu abuela. Si está mintiendo, todo esto no habrá servido para nada.

—¿Y si no miente? —saltó Julieta.

—Entonces sabremos qué es dormir.

Julieta se encogió de hombros.

—Eso decía mi mamá. Hace mucho. Antes de que…

Se quedó callada de golpe.

Sergio no preguntó más.

El viento movió las hojas secas. A lo lejos gritaron unos pájaros. De verdad. No como los drones de la ciudad, con ese zumbido mecánico siempre igual. Había confundido los sonidos y se había asustado. Y la había asustado a ella también. Idiota. En la ciudad casi nunca se veían pájaros. Apenas alguno por los límites, y enseguida desaparecía.

De repente, Sergio se descubrió pensando que aquel canto le resultaba extraño. Demasiado vivo. En la fábrica, el ruido de las máquinas se le había metido dentro de la cabeza. La gente cumplía movimientos repetidos, mecánicos, y se parecía demasiado a los robots.

—Oye —dijo—. ¿Y si nos corre de su casa?

Julieta bufó.

—Cruzamos media ciudad para esto.

—Nos escapamos de la ciudad para esto.

—¿Tienes miedo?

Sergio quiso contestar enseguida, pero las palabras se le quedaron atravesadas en la garganta, duras, imposibles de sacar.

¿Tenía miedo? Del Portal, sí. De las patrullas, también. De que los atraparan y los devolvieran, por supuesto. Pero lo que más lo asustaba era otra cosa. Lo que había dicho el Corredor.

Bajó la voz:

—Juli, ¿y si es verdad?

—¿Qué cosa?

—Eso… lo del sueño.

Ella puso los ojos en blanco.

—Ay, ya vas a empezar.

—No, espera. Él dijo que antes la gente… hacía eso. Cerraba los ojos y…

—Entraba en coma y se moría —lo interrumpió Julieta.

—La propaganda social de la Corporación ya me la sé —murmuró Sergio, bajando la mirada, molesto. Encima se había pegado a él como lapa y ahora le hablaba como si estuviera loco.

Julieta se levantó y se sacudió las migas de las manos.

—La Corporación dice muchas cosas.

Se quedó pensativa un segundo. Luego se quitó del cuello un colgante opaco de color plateado, atado con una cinta blanquecina. Lo abrió y se lo mostró.

En la vieja minifoto, una mujer morena y bonita fruncía apenas el entrecejo.

—¿Tu mamá?

Julieta asintió.

—Una vez, cuando yo era chica, me dijo que dormir era irse muy lejos.

—¿A dónde?

—No sé.

—¿Y se vuelve?

Ella lo miró raro.

—Supongo.

Volvieron a ponerse en marcha por aquella tierra agrietada, llena de arroyuelos y zanjas cubiertas de maleza espesa. Al atravesar unos edificios de hormigón medio derruidos, Julieta trastabilló, cayó y se lastimó la pierna.

Sus quejidos rompieron el silencio y le taladraron los oídos.

—Calla un poco —le siseó Sergio—. ¿Quieres que venga una patrulla?

Ella lo fulminó con la mirada, pero negó en silencio con la cabeza.

La arrastró hasta una especie de agujero oscuro bajo unas losas de concreto, encendió una linterna pequeña, extendió su chaqueta sobre una placa fría y sentó allí a Julieta.

—No es nada, solo un raspón —mintió, claro.

La herida era profunda. Hacían falta vendas y antiséptico. ¿Y de dónde iba a sacar eso? Le echó agua de la botella, arrancó una tira de su camiseta y se la ató como pudo.

—Toma —dijo, sacando del morral una botellita diminuta.

—¿Qué es?

—Analgésico.

Julieta dio un trago, se atragantó, tosió ásperamente y luego tomó otros dos sorbos cortos.

—Gracias.

—Juli, no podemos descansar aquí. Tenemos que seguir. Si no, nos agarran, y sabes bien lo que eso significa.

Julieta asintió. De pronto lo abrazó y le dio un beso en la mejilla.

Sergio sintió aquello como una descarga más fuerte que la bofetada. Claro que Julieta le gustaba. Pero había metido esos deseos en lo más hondo, donde no hicieran ruido. Hasta que… ¿hasta cuándo? Hasta salir de la ciudad. Hasta saber la verdad.


Sergio vio el muro antes que ella. Calculó la distancia: medio kilómetro, más o menos. Se tiraron en una zanja poco profunda y se quedaron observando.

—¿Te duele mucho la pierna?

Julieta negó con la cabeza.

—Lo aguanto.

—Por aquí casi no pasan patrullas. A veces sobrevuelan drones, pero eso ya depende de la suerte.

—¿Y tú cómo sabes?

—Todo me lo dijo el Corredor.

Sergio se acomodó mejor y sacó el objeto que le había comprado al mismo hombre. Curioso, ni siquiera le había dicho su nombre. ¿Miedo? Seguramente.

Unos binoculares. Una reliquia auténtica. En otros tiempos había sido herramienta de militares y marineros. ¿Y ahora qué? Detectores, cámaras de vigilancia, sensores de movimiento, visores térmicos, y los reprogramadores mentales borrando recuerdos e instalando otros nuevos. Siempre “por violar la ley”, claro. Bah. Decían que las autoridades escuchaban lo que la gente cuchicheaba en sus cuartitos después de la jornada.

El muro, gris y hostil, se alzaba como un bloque continuo de cemento manchado de verde. Sergio ajustó los binoculares, modificó la distancia entre los lentes y observó con concentración.

A la derecha había una loma. Más allá, una hondonada. Y justo al pie del muro, un colector viejo. Extendió una fotocopia luminosa del mapa del alcantarillado urbano y se la enseñó a Julieta. El papel nuevo mostraba, sin embargo, infinidad de pliegues y arrugas: la copia original debía de ser viejísima.

—Mira, aquí hay un tubo que sale casi junto al muro y luego pasa por debajo. Después vuelve a salir del otro lado.

Esperaron a que el sol se hundiera por completo. Entonces Sergio le dio un toque a Julieta, que se había quedado abstraída.

—Ya.

Avanzaron arrastrándose. Sergio se dejó la piel de las rodillas y de los codos. No le preguntó cómo iba ella, pero escuchaba detrás la respiración ronca, y un par de veces se volvió a mirarla. Le costaba muchísimo.

—Aguanta, Juli, ya está cerca la hondonada.

Se dejaron rodar cuesta abajo por la pendiente y quedaron tendidos, casi sin fuerzas. Respiraron un poco.

—Juli.

—¿Qué?

—¿Cuándo te tocaba la sesión?

—Ayer.

—¿Fuiste?

—No. ¿Y a ti?

—Hoy.


La reja metálica de la entrada del colector era otro obstáculo serio. El Corredor le había advertido, y por eso le vendió a Sergio un minirresolador atómico portátil. Sergio le había hecho caso al desconocido y había comprado todo lo que pudo servir. Menos mal.

Apoyó la herramienta en el metal, aumentó la potencia y el hierro empezó a derretirse en una lluvia de chispas. La barrera cedió con un estruendo y cayó hacia adentro del conducto. Sergio se quedó quieto, escuchando. Un silencio inmóvil, vibrante. Miró alrededor. El rostro pálido de Julieta flotaba detrás de él como una mancha.

Apuntó con la linterna. Paredes rugosas, viscosas. Después de tres o cuatro metros de luz, solo oscuridad total.

Sergio se estremeció al volver a oír aquel sonido. En el cielo granate del atardecer cruzaron dos puntos.

Ahora sí eran drones.

Pájaros por la noche nadie veía jamás. A dónde iban cuando caía la oscuridad, era un misterio.

—Rápido.

Julieta lanzó un chillido pequeño. Sergio la sujetó con lo que le quedaba de fuerza y, agachado, entró en la tubería. No supo cuánto tiempo avanzó así. Julieta se había quedado casi muda, apenas gemía de vez en cuando. Él cayó al tropezar con algo. Palpó el suelo con la mano. Los segmentos del tubo estaban mal encajados y formaban una especie de escalón. Levántate, inútil. Hay que seguir. Con dolor, con cansancio, se puso de pie y continuó. El cuerpo de Julieta pesaba cada vez más.

El conducto se estrechó tanto que tuvo que ponerse a cuatro patas y arrastrarla detrás de sí.

—¿Cómo estás?

Un gemido bajo. Viva.

Y de pronto la tubería terminó.

Sergio se desplomó boca arriba sobre un suelo frío y áspero. Respiró dos minutos enteros antes de poder moverse.

—Juli.

Silencio.

—¡Julieta!

Un murmullo incomprensible.

Quedaba poca agua. Tenía la lengua ardiendo. Bebió apenas un sorbo. Luego la giró, le levantó la cabeza. La gorra se había quedado en las entrañas del tubo. El pelo color paja se le pegaba a la frente. Julieta casi no respiraba. Sergio apoyó la botella en sus labios resecos y le hizo tragar un poco. Ella abrió los ojos. La mirada perdida se detuvo, por fin, en él.

—Juli. Juli, lo logramos —le acarició el cabello, la abrazó y rozó con los labios su frente helada—. Lo logramos.

—¿Q-qué?

—Salimos. Maldito tubo —dijo, volviéndose a él y amenazándolo con el dedo antes de sacarle la lengua.

Julieta estiró la mano hacia la botella.

Sergio la guardó en la mochila.

—Hay que cuidar el agua. ¿Puedes caminar?

—L-lo intento.

—Vamos. Una, dos…

La ayudó a ponerse de pie. El pantalón y el suéter de Julieta eran jirones. La venda estaba empapada de sangre. Las rodillas y los codos, abiertos.

Se miró a sí mismo.

No estaba mejor.

—Ese tubo casi nos mata, Juli.

—Ajá.

—¿Y ahora para dónde?

Julieta señaló hacia delante, hacia la oscuridad.

Lo que quedaba de la noche lo pasaron caminando por un páramo que en otro tiempo había sido bosque. Empezó a amanecer. Las estrellas se apagaron poco a poco, como si alguien apagara faroles remotos con un cuidado casi tierno. El sol asomó con desgano detrás del horizonte. Los fugitivos quedaron expuestos en un terreno abierto. La hierba seca les arañaba las rodillas en carne viva.

—Tenemos que seguir. Si nos paramos, viene el coma y la muerte. No pasamos la sesión.

—¡Espera! —Julieta abrió los brazos, desesperada—. Yo regreso.

—¿Se te fue la cabeza?

—Perdí el colgante.

Sergio sacó del bolsillo la pieza y se la tendió.

—La cinta se rompió. La vi cuando salimos del tubo.

Julieta se le fue encima, dándole puñetazos.

—¡Idiota! ¿Por qué no me lo diste antes? —sollozó luego, hundiendo la cara en el hombro de él.

—Pero qué te pasa, tontita. Se me olvidó, ¿sí? —le acarició el cabello y le quitó de la frente una brizna de pasto seco—. Juli. Eres muy bonita.

Ella se apartó un paso, se plantó con las manos en la cintura y empezó a golpear el suelo con la punta del zapato polvoriento.

—¿Y?

Sergio agitó la mano.

—Nada. Vámonos.

Caminaron mucho, con sufrimiento. En el camino empezaron a aparecer arbustos con hojitas verdes y árboles bajos. No secos. Vivos. La hierba se hizo más alta y más espesa. A lo lejos, en la línea del horizonte, se dibujó una franja oscura.

—Juli, mira. Allá. Será que…

—Sí. Bosque.

—Entonces ya casi llegamos. ¡Juli! —la agarró y la hizo girar en el aire.

—Sergio, bájame.

—¡No! ¡Nunca!

Ella se soltó con firmeza y lo miró raro. Por primera vez, él advirtió que sus ojos tenían un tono extraño, verde esmeralda.

En una pradera cortó un gran ramo de flores.

Julieta se quedó pasmada.

—¿Para mí? ¿Por qué?

—Porque sí.


El bosque se iba haciendo más denso. Los árboles, más altos.

El sendero a ratos se veía claro y a ratos casi desaparecía.

La ciudad había quedado muy atrás, pero Sergio seguía volviéndose de vez en cuando, como si esperara ver por encima de las copas el resplandor frío de las torres de plástico y vidrio, y las chimeneas de las fábricas arrojando humo.

Pero aquel reino de sombra fresca lo calmaba de un modo extraño. El murmullo de los árboles adormecía. Silencio.

Y entonces se dio cuenta de otra cosa rara.

El cansancio.

Uno verdadero. No ese peso habitual después del turno, que los estimulantes borraban con facilidad. No. Era otro. Lento. Tibio.

Sergio parpadeó.

—Juli…

—¿Mmm?

—¿Nunca te pasó eso de sentir que los ojos se te quieren cerrar solos?

Julieta se detuvo.

—No hagas bromas.

—Lo digo en serio.

—Es porque estamos lejos de la ciudad.

—¿Y?

—Y porque no pasamos la sesión de estimulación.

Sergio sintió un frío desagradable por dentro.

—Juli…

—¿Qué?

—¿Y si de verdad era cierto?

Ella sonrió despacio.

—Entonces ya casi llegamos.

—¿A dónde? ¿Al desastre?

Julieta señaló hacia delante.

Entre los árboles titilaba una lucecita.

Pequeña.

Tibia.

Viva.

—La abuela —dijo, sonriendo, y salió corriendo.

¿De dónde sacó fuerzas? Sergio fue detrás, arrastrando los pies.

La luz no venía de una linterna. Era una vela. Sergio lo entendió cuando se acercaron.

Brillaba una ventana en una casa de madera vencida por el tiempo.

La construcción parecía olvidada desde hacía un siglo: el techo se había hundido, las tablas estaban ennegrecidas, pero la ventana estaba limpia.

Y detrás ardía una vela.

Julieta se detuvo.

Sergio sintió cómo ella le apretaba la mano.

—¿Es ella? —preguntó en voz baja.

Julieta asintió.

—Mi abuela.

—¿Sabe que venimos?

—Ella siempre sabe.

—Muy graciosa.

Julieta empujó la verja. Esta crujió con suavidad.

Sergio se sobresaltó. Aquel sonido estalló como una granada de ruido en la pesadez callada del bosque. Llegaron a la puerta. Julieta golpeó. Nada. Golpeó otra vez, más fuerte.

Adentro algo se movió.

Sonaron pasos lentos. El piso de madera crujió. La puerta se abrió.

En el umbral estaba una anciana. Bajita, seca, como las raíces de aquel árbol donde habían descansado. Se limpió las manos en un delantal grasiento.

El rostro estaba lleno de arrugas, pero los ojos eran claros, despiertos.

Los miró largamente, estudiándolos.

—Así que llegaron.

Julieta se volvió pequeña de golpe. Una niña.

—Hola, abuela —dijo, abrazándola.

La anciana pasó la vista a Sergio.

—¿Y este quién es?

—Sergio. Mi amigo.

—¿Él sabe?

Julieta dudó.

—Casi.

La anciana resopló.

—Casi no cuenta.

Se volvió y empezó a entrar.

—Pasen, antes de que se me desmayen aquí mismo en la puerta. Me llamo Salomé.

—¿Desmayarnos? —el miedo le clavó una aguja en el pecho a Sergio.

La vieja se volvió.

—De cansancio.

Dentro, la casa estaba sorprendentemente cálida.

Olfateaba a hierbas, a madera y a algo más. Algo conocido y totalmente olvidado.

Sergio comprendió de golpe que jamás en su vida sería capaz de recordar dónde había sentido algo parecido.

Salomé dejó tres tazas sobre la mesa.

—Té.

Julieta dejó escapar un gemido y se sentó en un banco, junto a la mesa de madera tosca.

—¡Pero estás herida! —exclamó Salomé.

La anciana se levantó de golpe, desapareció un momento murmurando cosas y regresó con un balde de agua. Le arrancó la venda, limpió la herida, le aplicó una pomada verde oscura, colocó encima un paño limpio y lo aseguró con un pañuelo.

Sergio siguió de pie.

—Perdone… nos dijeron que usted…

Se interrumpió.

La vieja sonrió de lado.

—¿Que sé sobre el sueño?

A Sergio le corrió un escalofrío por la espalda.

—Sí.

Salomé tomó la vela y la puso en medio de la mesa.

La llama tembló.

—Entonces dime, muchacho —lo miró con severidad—, ¿cuándo fue la última vez que cerraste los ojos y no viste nada?

Sergio se quedó sin respuesta.

—Yo siempre veo.

—Exacto.

Bebió un sorbo de té y añadió:

—Ninguno de los dos ha dormido de verdad en su vida. Tú ni te acuerdas porque eras muy chica.

El silencio se volvió espeso, casi se podía untar.

Julieta susurró:

—Abuela… enséñanos.

La anciana los observó un largo rato. Muy largo.

—Antes tienen que entender una cosa.

Señaló vagamente en dirección a la ciudad.

—La gente de allá no dejó de dormir por accidente. No fue algo involuntario.

Sergio frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

Salomé sonrió apenas.

—El ser humano que sueña, tarde o temprano, empieza a despertar. Eso es lo que les pasó a ustedes, hijos míos.

Sergio soltó una risa incrédula.

—¿Despertar? Pero si ya estamos despiertos.

La anciana negó con la cabeza.

—No dormir no es lo mismo que estar vivo.

Les acercó las tazas.

—Beban.

El té estaba tibio, áspero, con un olor extraño: algo amargo y dulce a la vez. Sergio dio un sorbo con cuidado. El calor empezó a expandirse lentamente por su cuerpo.

Julieta se tomó media taza de una vez.

—Abuela, ¿de verdad se pueden ver sueños?

Salomé se acomodó el pañuelo de la cabeza.

—Se puede. Pero antes van a asustarse.

Sergio se estremeció sin querer.

—Yo ya tengo miedo.

—No —contestó ella en voz baja—. Ese es otro miedo.

Sergio sintió que los párpados pesaban.

La habitación se volvió líquida. Luego empezó a girar, cada vez más deprisa.

—¿Qué nos dio?

La anciana sonrió con calma.

—Nada del otro mundo. Hierbas. Para que el cuerpo recuerde.

—¿Recuerde qué?

—Cómo descansar.

Julieta levantó la cabeza con esfuerzo.

—Sergio… siento que me estoy cayendo… —y dejó la frente apoyada en los brazos.

Sergio quiso ponerse de pie, pero las piernas no le respondieron.

El pánico le subió desde el pecho. Ahí estaba. La Corporación tenía razón. Coma. Maldita vieja.

Quiso gritar, pero la voz no le salió. Se quedó atrapada, ahogada, en la garganta.

Salomé lo observaba sin alterarse.

—No tengas miedo —dijo con suavidad—. Solo cierra los ojos.

—Yo… no…

—Ciérralos.

Sergio resistió un segundo más, y luego los párpados cayeron por sí solos.

Y todo desapareció.

Al principio hubo oscuridad.

No una oscuridad terrible.

Una tibia.

Sergio estaba de pie o flotando o simplemente existía en algún sitio. Empezaron a llegar sonidos. El viento. El agua corriendo. Risas. La risa de un niño. Imágenes extrañas. Se vio a sí mismo pequeño, corriendo por un patio. Vio a su madre, a la que apenas recordaba. Vio un sol cegador; en la ciudad nunca había uno así, siempre cubierto por el humo. Un perro le lamía las manos y le ofrecía la pata.

Las imágenes cambiaban. Bosque. Río. Cielo.

Y entonces sintió algo raro, como si por dentro se abriera una puerta.

Una idea simple subió a la superficie.

Él estaba vivo.

De verdad.

Sergio abrió los ojos. La llama de la vela se mecía apenas. A su lado, Julieta respiraba acompasadamente.

¿Eso era un sueño?

Sergio se incorporó de golpe. Tenía la cabeza clara como nunca antes.

Salomé miraba la ventana, oscura por fuera.

—¿Y bien? —preguntó, volviéndose hacia él con una sonrisa—. ¿Ya entendiste?

Sergio tardó en contestar.

—¿Eso… son los sueños?

—Lo que viste es solo el comienzo.

—¿Por qué nos decían que eso era la muerte?

Salomé se encogió de hombros.

—Porque el ser humano que sueña empieza a pensar.

—¿Y?

—Y los que piensan no trabajan bien. Eso creen los dueños de la ciudad.

Sergio miró hacia la ventana. Allá, a lo lejos, detrás de la noche, se adivinaba un resplandor helado.

¿La ciudad?

—¿Ya no podremos volver?

La anciana asintió.

—No. ¿Y querrías hacerlo?

—Nos atraparían.

—Puede ser.

Él miró a Julieta.

Ella sonreía dormida.

—Pero ahora ya lo saben.

—¿Qué cosa?

Salomé respondió en voz baja:

—Lo que les robaron.

Sergio volvió a mirar hacia la ciudad.

Allá, miles de personas seguían trabajando bajo la luz fría de las torres.

Nadie cerraba los ojos.

Y nadie sabía que, aquella noche, dos jóvenes habían soñado por primera vez en sus vidas.

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Lisa Weta
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La ciudad que no duerme
The Melody That Brought the Past Back