La amiga imaginaria

Amiga imaginaria

Alrededor de Lucía llevaban ya tres días rondando decenas de alumnos. La niña se había hecho famosa en todo el colegio como adivinadora y auténtica psicóloga. Todos querían aprovechar un poco de su sabiduría. La abordaban cerca de los baños, se sentaban con ella en el comedor, le llevaban caramelos, cuadernos con tareas hechas y otros ofrecimientos, que por algún motivo siempre rechazaba.

Lucía, me gusta mucho Rubén de 5ºB. ¿Tú crees que podríamos formar una familia algún día? preguntaba soñadora su compañera, Carmen.

No te lo recomiendo. Ese Rubén parece majo, pero luego se pasa el día hurgándose la nariz y comiéndose lo que saca. De hambre no pasaréis, pero sólo en eso quedará la cosa. Así se pasará toda la vida, hurgando le respondió Lucía, mordiendo una rosquilla y sorbiendo chocolate.

¡Qué asco! ¿Y Alejandro? Él es buen estudiante, además está aprendiendo a tocar la guitarra volvió a sonreír Carmen, ilusionada.

Pues Alejandro se dedica a atormentar gatos. Les ata una lata a la cola y los persigue por los patios. Se volverá cruel y acabará bebiendo.

¿Y eso por qué lo dices?

¿Tú has visto algún guitarrista sobrio? Y además, a ti te queda muy lejos todo eso. Vive la vida y ya vendrán los chicos. Arregla tus notas en matemáticas y deja de morderte las uñas, que luego vienen los bichos.

No tengo amigos. Todos me llaman gordo y nadie me invita a nada dijo Pablo, de 4ºC, apartando a Carmen de un empujón en el banco hasta el otro extremo de la mesa.

El miércoles empieza el periodo de inscripción para judo. Puedes apuntarte en el despacho del profe de gimnasia. No vas a adelgazar, pero dejarán de meterse contigo. Y a tu futura mujer, procura no tirarla así.

Lucía se levantó y llevó la bandeja a la zona para lavar los platos.

Lucía, ¿crees que este año debería sacarme el carné de conducir o esperar al que viene? preguntó la profesora de geografía, Julia Martínez, fingiendo naturalidad.

Julia, para aprender a conducir hace falta tener coche, y el tuyo es el viejo SEAT de tu padre. ¿Ves la diferencia?

Creo que sí.

Lucía rodó los ojos y, mientras se lavaba las manos, continuó:

Vende el pobre coche, compra una bici y unos pantalones cortos, en dos meses te llevan al trabajo igual. O, mejor aún, pide una hipoteca: ahora los intereses son bajísimos, y a los treinta y cinco ya no es de recibo vivir con tus padres. Te lo digo como persona informada.

Bajo la mirada atónita de la profe, Lucía marchó a su clase de tecnología.

En cuarenta minutos, mientras sus compañeras aprendían a usar la regla de modista y enhebrar la máquina de coser, Lucía remendó unos pantalones que había traído de casa, arregló una falda y tejió un par de calcetines de ganchillo, que regaló a la profesora, diciéndole que, si estaba embarazada, tenía que mantener los pies calentitos. La profe, entonces, pidió permiso y se fue corriendo a la farmacia a por un test de embarazo. Al día siguiente, toda la clase comió una deliciosa tarta de chocolate con la que la profesora dio las gracias a Lucía.

En casa, la niña también se comportaba de modo curioso. Echaron la bronca a su madre por comprar carne picada del supermercado y ella misma hizo albóndigas caseras. Por la tarde, en lugar de ver vídeos en el móvil, se puso a leer “Los tres mosqueteros” y de vez en cuando cuchicheaba con alguien invisible. El padre la vigilaba tras el ordenador, y Lucía le soltó que estaba encorvado. Que haría mejor en sacudir la alfombra que viendo páginas raras en internet.

Por el colegio se extendieron rumores, los profesores se inquietaron y pidieron intervención del orientador. Se organizó una sesión especial. Acudieron el equipo docente al completo, incluido el director.

Lucía, cariño, ¿alguien te maltrata en el colegio? preguntó con tacto el psicólogo, con barba moderna y gafas.

Me ofende saber que el colegio recibió varios miles de euros y, sin embargo, al gimnasio sólo han traído un potro viejo y dos metros de cuerda.

Todos miraron al director, que, de repente, decidió salir por la ventana para ir a una reunión.

¿No tienes amigos?

La amistad es un concepto abstracto contestó Lucía, aburrida, liándose la trenza en los dedos. Hoy juegas al pilla-pilla en el patio y mañana tu amiga friega platos en tu casa mientras tú declaras las deducciones fiscales.

¿Qué deducciones? ¿Qué platos? ¿Quién te ha dicho todo eso?

Mi amiga.

¡Ahí está el problema! ¿Puedes invitarla aquí?

Ya está aquí respondió tan tranquila que todos se quedaron perplejos.

No la vemos ¿Cómo se llama?

María Pilar.

Vaya ¿Y cuántos años tiene?

Setenta.

¿Y qué te dice?

Que los dientes se cepillan de encía a afuera, que el perro del barrio no es malo sino asustado y hambriento, que no se debe olvidar a los familiares, y también que llevan cinco años calculando mal su impuesto de bienes en el ayuntamiento, porque lo hacen por valor catastral y no de mercado. Que vayan a reclamar.

El psicólogo tomó buena nota, subrayando esa última observación.

Al final se llamó a los padres, que estaban en el trabajo.

¡Un momento! gritó el padre, muy agitado al teléfono ¡Así se llamaba mi madre! Pero si murió hace diez años

Al aula la llenaron suspiros y un murmullo de avemarías.

Eso mismo, diez años y nadie va a verla. Todo lleno de hierbajos y la verja torcida se quejó Lucía.

Bueno sí Quería ir, pero nunca encuentro el momento farfulló el padre.

La sesión terminó.

Al día siguiente la familia entera fue al cementerio. Lucía nunca conoció a su abuela, sólo escuchó de ella por los relatos breves de su padre. Tardaron en dar con la lápida entre el mar de mármol donde antes había un pinar.

La niña llevó un ramo de tulipanes amarillos y los puso en una botella cortada. El padre arregló la verja, la madre quitó las malas hierbas.

Papá, la abuela dice que eres buena persona, pero la vida y el internet te han absorbido, y por eso ya no te queda tiempo ni para mí.

El padre enrojeció y asintió en silencio.

Dile que vamos a cambiar le susurró, acariciándole la cabeza y la foto desvaída de la sepultura.

Ahora ella está en paz y ya no vendrá a verme, aunque confieso que la echaré mucho de menos. Era muy buena, alegre y muy lista.

Es cierto. La abuela sabía ver a las personas. ¿Te ha dicho algo más?

Sí. Que tu dieta de pepino es un disparate. Si quieres adelgazar, vete al gimnasio. Que abrir una cuenta en francos suizos fue una tontería, que antes de esos pasos hay que pensarlo bien. Y eso del hormigón barato para la caseta del jardínEl padre soltó una carcajada temblorosa y, juntos, se sentaron un rato en silencio bajo el sol del cementerio, rodeados de flores y recuerdos que por fin parecían respirar tranquilos.

Camino de vuelta al coche, la madre le preguntó a Lucía en voz baja:

¿Tienes todavía esa amiga imaginaria?

No, mamá. Ahora tengo otra, pero esta vez de mi edad. Se llama Martina y es real, aunque nadie la quiso en su clase. Vamos a hacer un club de gente rara, para que nadie se quede solo en el recreo.

La madre le apretó la mano, contenta, mientras el padre sonreía por el retrovisor. Ese día, Lucía no adivinó el futuro de nadie ni recomendó cambiar de banco, pero sonrió mucho, se permitió jugar a la cuerda, y al llegar la noche, antes de dormir, susurró al aire un gracias que viajó suave como un suspiro.

Al otro lado de la almohada, muy quedito, una voz alegre le devolvió el saludo.

Y así, por primera vez en mucho tiempo, Lucía sintió que todo estaba en su sitio.

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Elena Gante
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La amiga imaginaria
The Hidden Room Behind the Library Door