Iván llegó a casa, entró en la cocina y encontró la cena preparada sobre la mesa. – Qué raro, ¿dónde estará Lidia?, – pensó. Fue al dormitorio y vio a su esposa sentada en el suelo, metiendo sus cosas en una maleta.

Juan llega a casa, entra en la cocina y ve la cena preparada en la mesa. Qué raro, ¿dónde está Lucía? piensa el hombre. Cruza al dormitorio y encuentra a su esposa sentada en el suelo, haciendo la maleta. ¿Te vas a algún sitio? pregunta Juan. Me han dado una derivación al hospital central, para hacerme unas pruebas. Hay sospechas de algo grave, dice, de repente, Lucía. ¿Grave en qué sentido? se sorprende Juan. ¿No será lo mismo que le pasó a tu madre? Juan mira a su esposa sin poder creerse lo que está ocurriendo.

Ya llevan varios días en los que Juan se siente perdido. Está muy preocupado por Lucía, que permanece en Madrid haciéndose exámenes médicos. Mientras, él se ha quedado en el pueblo de ambos, esperando noticias con una mezcla de ansiedad y esperanza.

Lucía nunca se había quejado de nada, y Juan siempre daba por hecho que todo estaba bien. Llevaban casados treinta años y habían criado juntos a dos hijos. La casa la llevaba ella. Cocinar, limpiar y las cosas de la casa siempre eran para Lucía. Juan siempre había pensado que así debía ser. No era cosa de hombres lavar platos ni estar pendiente de la cocina.

Aun así, Lucía no era ama de casa; trabajaba de contable en la misma empresa que Juan. Al regresar del trabajo, Juan se quejaba siempre del cansancio y del día tan duro, luego se tumbaba en el sofá a ver la televisión.

Lucía se iba entonces a la cocina a preparar la cena y la comida del día siguiente, después fregaba los platos, ordenaba, planchaba la ropa En fin, nunca paraba con las faenas del hogar, que como es sabido, nunca terminan.

En su casa siempre todo estaba limpio y acogedor. Siempre había comida recién hecha y sabrosa sobre la mesa. Dado que a Juan no le gustaba comer lo mismo dos días seguidos, Lucía tenía que pasar muchas horas cocinando. Jamás se quejaba ni pedía ayuda, y a Juan ni se le pasaba por la cabeza ofrecerse. ¿Para qué? Eso no era trabajo de hombre.

Cuando Lucía pidió un día libre para ir al médico, Juan se extrañó mucho.

¿Qué te pasa? preguntó. ¿Te encuentras mal?

Espero que no sea nada, contestó Lucía. Pero últimamente no me encuentro bien.

¿Por qué no tomas unas vitaminas? propone él. Ya viene la primavera.

Puede ser, dice ella encogiéndose de hombros.

Por la noche, cuando Juan vuelve a casa, Lucía le dice que tendrá que ir a la ciudad para unas pruebas.

¿Cómo? ¿Para qué? dice él, inquieto.

Sospechan de algo serio. Por eso me han mandado al hospital de la provincia.

¿Serio de verdad? pregunta Juan, pensando en la enfermedad que se llevó a la madre de Lucía

De momento sólo son sospechas, intenta tranquilizarle ella, aunque por dentro está muy afectada y ya ha llorado mientras Juan no estaba. Ya tengo billete para el autobús, salgo a las ocho de la mañana. Cenarás tú solo, ¿vale? Hay filetes con arroz y una ensalada en la mesa. Tengo que terminar la maleta y quiero acostarme pronto.

¿Ya has cenado tú?

No tengo ganas de comer, responde Lucía, concentrada en guardar la ropa.

Juan la observa sin poder creer lo que pasa. ¿De verdad Lucía puede estar tan enferma? Siempre llena de energía, nunca se quejaba. Y ahora

Creo que ya lo he metido todo, dice ella.

No te olvides del cargador del móvil, sugiere Juan.

Tienes razón, lo cojo ahora mismo. Gracias, Juan. ¿No vas a cenar?

Tampoco tengo ganas

¿Te he preocupado mucho?

Sí asiente él.

Mira la maleta y recuerda cómo, cuatro años antes, la habían comprado para ir juntos a la playa. Lo ilusionada que estaba Lucía con ese viaje Hacía tiempo que no salían de vacaciones, siempre las pasaban en la casa de campo.

Lucía se compró dos biquinis llamativos, un vestido bonito y un sombrero de paja. Pero aquel viaje nunca ocurrió. A Juan le ofrecieron en el trabajo cubrir a un compañero enfermo; el jefe prometió una buena prima y Juan aceptó. Total, llevaban años queriendo reformar el dormitorio y ese dinero les vendría bien.

A él entonces le pareció que Lucía estuvo de acuerdo, incluso contenta. Pero después esa noche, escuchó cómo lloraba en silencio. A él le dijo que había tenido una pesadilla. Ahora, Juan entiende que lloraba porque no irían a la playa como ella soñaba.

El año siguiente tampoco fueron, y luego Lucía dejó de hablar del tema. Juan, la verdad, no lo lamentó. Le bastaba la casa del pueblo, donde tenía mucho por hacer y también podía relajarse, hacer una barbacoa y recibir amigos. Cerca había un río en el que se podía bañar a gusto. ¿Para qué ir lejos ni gastar euros, si se descansa mejor en casa?

Y ahora Lucía hacía de nuevo la maleta, pero esta vez rumbo a Madrid para hacerse unas pruebas ¿Y si? El pensamiento inquieta mucho a Juan.

Esa noche no cena, tampoco puede dormir. Está tumbado a su lado y oye cómo Lucía reprime los sollozos. Quiere abrazarla y reconfortarla, pero no se atreve.

Por la mañana la acompaña a la estación. Antes de que suba al autobús, se abrazan fuerte; Juan no quiere soltarla Observa cómo se aleja el autocar, con lágrimas asomando a los ojos.

Lucía, murmura casi sin voz. Mi vida, que todo salga bien

Se siente vacío, pero tiene que sobreponerse e ir al trabajo. Allí se distrae un poco, pero al regresar a casa lo invade la tristeza. Sin Lucía, el piso parece desierto y todo le resulta insulso. Se obliga a recalentar la cena de ayer y come un poco.

Intentando calmarse y entretenerse, enciende la tele sin encontrar nada que le interese, así que la apaga.

Luego saca el álbum de fotos y lo hojea.

Ahí están, recién casados ¡Qué guapa era Lucía! Delgadita, sonriente. Sigue siendo hermosa, pero entonces Al recordarlo, no puede creer la suerte que tuvo al conocerla.

Se conocieron en el cumpleaños de un amigo suyo. Lucía estaba allí con un chico, y Juan con una chica también. Pero al ver a Lucía, él se enamoró al instante. Si alguien le hubiera dicho antes que eso le pasaría, se habría reído en su cara. Amor a primera vista Qué tontería. Eso no pasa. Al menos, nunca a él Pero pasó.

Aquella noche, Juan discutió con su novia, Marta. Marta se dio cuenta enseguida de cómo Juan miraba a Lucía, y, fuera de la fiesta, le montó una escena.

Como quieras, le dijo Juan. Ya era hora de que lo dejáramos; la verdad, nunca te quise.

Marta se fue llorando, aunque a la semana ya salía con Víctor, un antiguo pretendiente, y poco después se casaron.

Juan, en cambio, tuvo que luchar por Lucía. Cuando ella rompió finalmente con el chico al que acompañaba aquella noche, no fue a lanzarse en brazos de Juan enseguida. Pero, poco a poco, ella también se fue enamorando de ese muchacho insistente

Juan repasa el álbum como si reviviera todos los momentos más felices con Lucía. Qué feliz ha sido todos estos años con ella a su lado. Y no lo ha sabido valorar. ¿Cuándo fue la última vez que le dijo que la quería? ¿Cuándo le hizo un cumplido? Ni siquiera recuerda darle las gracias por la cena, pensaba que eso era lo normal. La esposa debe cuidar del marido, ¿no?

Ahora, Juan empieza a comprender todo el peso que Lucía ha llevado en sus hombros. Y él, convencido de que ella era fuerte e infatigable Cuando él enfermaba, Lucía lo cuidaba, preparaba caldito, le escuchaba y le cuidaba. Si quien caía enferma era Lucía, tragaba algo y se iba a trabajar igualmente

El miedo de perder a Lucía lo sobrecoge. Estos días, mientras ella está en revisión, Juan vive en piloto automático. Hablan cada día por teléfono, pero Lucía nunca dice nada concluyente y él no sabe donde meterse.

Se reprocha haber sido egoísta, distraído, poco atento. Ojalá pudiera cambiar todo

Juan, tengo buenas noticias. No era lo que pensaban. Tengo problemas, sí, pero nada grave, dice Lucía por teléfono una tarde, cuando Juan está consumido de preocupación.

¿De verdad? grita Juan. ¡Lucía, no sabes lo feliz que me haces!

A los pocos días, Juan la espera en la estación de autobuses. Lleva un ramo de sus flores favoritas: lirios blancos.

¿Para qué gastarte en flores, Juan? dice ella, sorprendida. Pero me hace ilusión, gracias.

He estado tan preocupado por ti, responde Juan, abrazándola. Te quiero muchísimo Perdóname

¿Por qué, Juan? pregunta Lucía.

No he sido el mejor marido estos años

¿Y eso? ¿No me digas que me has engañado?
¡No, Lucía, no! exclama Juan. Sólo que apenas te he cuidado ni ayudado. Pero eso cambia a partir de ahora, te lo prometo. Y además te tengo una sorpresa.

¿Ah, sí? ¿Qué sorpresa?

He comprado billetes: en un mes, cuando tengamos las vacaciones, nos vamos juntos a la playa.

¿A la playa? ¿Y la casa del pueblo?

Bah, la casa puede esperar, dice Juan con un gesto. Si acaso la vendemos un día. Las verduras ya las compro en el mercado.

No te reconozco, Juan

Ni yo a mí, Lucía. He pasado tanto miedo de perderte Ahora quiero cuidarte como el mayor de mis tesoros. Te quiero tanto

¡Ay, Juan! Sonríe Lucía. Quizá todo esto debía suceder para que me dijeras esas cosas. Venga, vámonos a casa Yo también te quiero.

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Elena Gante
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Iván llegó a casa, entró en la cocina y encontró la cena preparada sobre la mesa. – Qué raro, ¿dónde estará Lidia?, – pensó. Fue al dormitorio y vio a su esposa sentada en el suelo, metiendo sus cosas en una maleta.
Cuando Adrián Morel regresó a casa aquella tarde, no se suponía que debiera ver nada.