Desde pequeña, siempre he sido de esas personas que ayudan incluso al vecino más pesado si lo ve en apuros sí, ese vecino que te roba los tomates en verano. Jamás habría crezut că mi suegra entraría en esa categoría; con todos los tópicos que circulan sobre suegras en España, pensé que la mía sería de las que regañan por la paella mal hecha. Pues resulta que mi suegra es una señora encantadora, muy educada, y con una voz tan suave que hasta el perro le hace caso.
Hace poco, la vida nos jugó una mala pasada: mi suegra cayó gravemente enferma y acabó en el hospital. Tras la recuperación, entre pitos y flautas, decidí, sin consultar a mi marido, llevármela a casa para que ambos pudiéramos cuidarla. Pensé que mi esposo, Manuel, estaría más feliz que un niño con churros viendo cómo trato a su madre, pero desde el trayecto la pobre mujer parecía un poco mustia, como si quisiera preguntarme algo pero le faltaba el valor. Al llegar, la ayudé a entrar, le preparé la cama y me puse a hacerle un caldito de pollo, ese que todo español sabe que cura hasta un terremoto.
Mi intención era que tanto mi suegra, Carmen, como Manuel estuvieran contentos, pero cuando Manuel llegó, la cosa se torció más que el paraguas en una tormenta. En cuanto la vio en la cama, exclamó: ¿Qué hace esa garrapata aquí?, dispuesto a echarla como si estuviera invadiendo el salón durante el partido del Real Madrid. Yo apenas pude detener el desastre, porque Manuel realmente parecía dispuesto a sacar a su madre de casa, llueva o truene. Seguimos casados, pero reconozco que me decepcionó muchísimo su actitud como quien abre una caja de polvorones y solo hay papel, vaya.







