Prepara tus cosas, he reencontrado a mi primer amor suelta el marido. Pero una hora después, es él quien está con la maleta.
Javier regresa el domingo por la noche de una reunión de antiguos alumnos. Marisol está terminando de fregar los platos.
Javier está diferente. Entusiasmado, con color en las mejillas, como quien acaba de recibir una gran noticia: un ascenso, o quizá ha ganado la lotería. Marisol lo mira de reojo mientras se seca las manos en el paño y piensa: Vaya, qué bien lo han pasado.
Javier no dice una palabra. Se cambia de ropa y se va directo a dormir.
Por la mañana, le encuentra en la cocina, con el porte de alguien que acaba de tomar una decisión vital. Como en las películas: las manos apoyadas sobre la mesa, mirada seria. Marisol le sirve café y abre la nevera para sacar lo que queda de albóndigas. Y entonces él abre la boca.
Marisol. Tenemos que hablar.
Ya está, piensa ella. La frase preferida como antesala de todos los desastres posibles en la vida.
Ayer me encontré con Lucía. ¿Te acuerdas? Te hablé de ella alguna vez. Mi primer amor.
Marisol recuerda. Lucía aparecía en algún comentario cada cinco años, normalmente cuando Javier había bebido de más y la nostalgia le podía. Éramos tan jóvenes. Nada original.
Hablamos. Mucho. Y bueno, Marisol, haz la maleta.
Ella se gira. Ahí siguen las albóndigas, en la bandeja, esperando su decisión.
¿Que qué?
Hemos decidido estar juntos. Lucía y yo. ¿Comprendes?
Marisol observa un rato largo a su marido.
El piso es mío, en cualquier caso añade Javier, por si acaso, usando ese tono categórico. Mejor busca otra cosa.
Marisol coloca de nuevo las albóndigas en la nevera, cierra con cuidado para que no caiga el imán del acueducto de Segovia.
¿Ya está todo decidido? pregunta.
Sí.
Asiente y se va a la habitación.
Se sienta al borde de la cama, mirando la pared. Allí cuelga el calendario de gatitos que compraron en enero pasado en el mercadillo de Ventas, porque algo había que comprar y ese costaba apenas tres euros. Enero pasó, febrero también, pero los gatitos siguen allí. El cachorro rubio, con su lazo, la mira con una resignación muy filosófica.
Así que es esto, piensa Marisol.
Veinte años con un hombre que espera ahora en la cocina a que ella empiece a hacer la maleta. Veinte años no es poco.
Fue el primer piso de alquiler en Carabanchel, con las cañerías goteando y el vecino Pepe gritando por las noches al otro lado del tabique.
Fue la ruina, cuando Javier anduvo tres meses con mala cara y Marisol hacía como que no notaba que él se tomaba una copa en la terraza cada noche.
Fue la operación de apendicitis, cuando Marisol, a las tres de la madrugada, lo llevó a urgencias. Una hora más y no lo cuenta, les dijo luego el cirujano. Fue la graduación de sus alumnos, cuando Javier apareció con flores, tan nervioso y tan orgulloso. Todo eso existió; y ahora parece que no importa.
Marisol se levanta y recorre la habitación. Se para ante el armario.
En la balda alta, en una esquina, guarda los papeles importantes.
Javier sigue sentado en la cocina, hojeando el móvil. Sonríe de vez en cuando; seguramente se escribe con Lucía. La sonrisa es algo incómoda, un poco triunfal, como quien espera aplausos por lo que acaba de hacer.
Marisol se sienta. Deja los papeles ante él.
¿Vas a recoger los documentos? pregunta Javier, inquieto.
No. Quiero enseñarte algo.
Abre la carpeta.
Marisol, ahora no te pongas pesada
Calla un momento.
Busca el documento necesario y lo deja frente a él.
Es la escritura de capitulaciones matrimoniales. Hace quince años, cuando Javier montó aquel negocio de materiales de construcción, el abogado les recomendó firmarla. Javier apenas le prestó atención. Mujer, eso es un trámite. Si somos familia. Marisol fue sola al notario, la firmó y se trajo la copia a casa.
Javier dijo vale y la guardó en el fondo de un cajón, de donde ella la rescató y la puso en el armario.
No era estratega; solo era una mujer meticulosa.
Por cierto: aquel negocio, los materiales, las compras al por mayor y los planes a tres años, duró catorce meses antes de hundirse del todo.
Las deudas no fueron pequeñas. Marisol, entonces y solo entonces, sugirió vender el piso para saldar todo de golpe. Javier prefirió resolverlo poco a poco. Lo logró, sí, solo que no en tres meses como prometió, sino en seis años. Trabajos temporales, a trozos. Ella esos seis años trabajó en dos sitios a la vez y nunca se quejó.
Javier empieza a leer el documento.
Marisol se sirve el café ya frío y bebe.
Espera Javier ha cambiado de tono, baja la voz. Aquí pone…
Sí contesta ella.
Que el piso es tuyo si hay divorcio.
Así es.
Pero… ¿cómo…?
Javier vuelve a leer lo mismo, luego baja la vista.
Ella no le interrumpe. Que lea. Tenía quince años para enterarse; que lo haga ahora.
¿Y las deudas? pregunta.
Las del negocio, tuyas. Punto cuatro.
Javier queda callado. En el móvil parpadea un mensaje: Lucía, quien sabe. No responde.
Marisol…
¿Sí?
¿Esto lo preparaste aposta? ¿Guardaste el contrato por si acaso?
Ella reflexiona un segundo, luego contesta sinceramente:
No. No tiro nunca los papeles.
Era verdad. Marisol guardaba facturas, garantías, manuales de electrodomésticos ya estropeados, certificados médicos de hace siglos. Meticulosidad pura, qué le vamos a hacer.
Javier vuelve a releer el contrato. Después, mira por la ventana.
Marisol recoge la carpeta, la cierra. Coloca la taza en el fregadero. Antes de desaparecer en la habitación, dice:
Javier, uno de los dos debe buscar otra cosa. Tienes razón.
Y se aleja.
Él permanece en la cocina otros veinte, quizá treinta minutos. Ella ni se fija. Entra en la habitación y hace lo único lógico en este tipo de situaciones absurdas: nada especial. Apila libros, mueve la maceta de geranios de la ventana a una estantería, quita el polvo del armario. Cuando las manos se ocupan en algo, la cabeza baja el volumen.
Javier aparece en la puerta.
Marisol
Ella se gira. Él sostiene el contrato en la mano, como si fuese un salvavidas.
Marisol, escucha. Podríamos hablarlo bien.
Claro responde, serena.
El contrato… Eso fue hace mucho. Era otra época. Nadie pensó que…
¿Que qué?
Él calla. No sabe acabar la frase. ¿Que nadie pensó que se separarían? ¿Que el contrato importaría? ¿Que, en general, nadie pensó?
El notario lo firmó responde ella. Válido por ley. Hice una consulta.
¿Cuándo?
Hace cinco años. Por si acaso.
Él la observa sorprendido, dándose cuenta, tal vez, de que la situación le supera.
¿Lo tenías planeado?
Piensa un segundo.
No. Solo soy una persona ordenada.
Y es cierto. Aquella vez llamó al notario por una herencia de su madre, de paso consultó lo del contrato. Sin problema, le aseguró el notario. Ella colgó y se olvidó durante años. Hasta esta mañana.
Javier vuelve a la cocina. Marisol escucha cómo va y viene, abre muebles, los cierra, resopla.
Se asoma:
¿Qué haces?
Pienso.
¿En qué?
No responde.
Ella pone la tetera al fuego.
Javier pregunta , ¿tienes idea de adónde te vas a ir?
Él la mira.
Silencio.
Entiendo concluye Marisol.
Ahora lo tiene claro. Javier imaginaba otra escena: él soltando sus palabras, Marisol rota, llorando, llevándose una maleta a casa de una amiga. Javier queda en el piso, Lucía llega. Todo limpio, todo lógico.
Que ella tuviese ese papel olvidado, no entraba en el guion.
Hierve el agua, prepara el té.
No pienso irme dice Marisol . Este piso es mío y aquí me quedo.
Javier sigue callado.
¿Y yo dónde…?
A casa de Lucía le recuerda. Vosotros mismos lo decidisteis.
Marisol, en ese instante, piensa en Lucía sin rabia. Sin apenas interés, a decir verdad. Lucía es alguien de otra historia, de esas que Javier creó con nostalgia y burbujas de champán en la reunión de clase. Marisol, en ese cuento, solo era un estorbo.
Ni modo.
Ella empieza Javier, y se calla.
¿Qué?
Aún no lo tiene claro. No lo hemos hablado en serio. No está lista.
Marisol deja la taza.
Javier.
¿Sí?
¿De verdad me pides que me vaya sin tener ni adónde ir tú?
Él calla. Su cara lo dice todo.
A algunos hombres les entusiasma tomar grandes decisiones. Los detalles ya les cuestan más.
Marisol se levanta, saca una bolsa de viaje color marrón y la posa en la mesa.
Toma dice . Lleva lo que quieras.
Marisol
Javier. Tú lo decidiste. Yo lo acepto. Ahora, adelante.
Él observa la bolsa. Parece que algo se le rompe por dentro.
Va a prepararse.
Marisol se queda en la cocina, oyendo el ir y venir en la habitación, cómo el armario se abre y se cierra, el cajón suena, las cosas metálicas tal vez la maquinilla de afeitar.
Veinte años. Y lo que da para una sola bolsa de viaje.
Una hora después, Javier cruza el pasillo. Maleta en mano. En la cara, la expresión de quien ni se arrepiente ni se esperaba el alcance de todo esto.
Marisol dice . Te llamaré.
De acuerdo responde simplemente.
Habrá que arreglar los papeles del divorcio.
Llámame, ya hablaremos.
Él se queda unos segundos más, esperando alguna reacción: lágrimas, súplicas, un escándalo, algo familiar. Pero no ocurre nada.
Javier abre la puerta y se marcha.
Tres semanas después, Marisol se entera por Doña Puri, excompañera del centro y toda una institución en enterarse de todo, de que a Javier y Lucía no les va tan bien.
Resulta que Lucía vive con su hermana: piso minúsculo en Vallecas, la hermana con su marido y dos niños. Nada romántico. Javier, por supuesto, no fue allí. Alquiló un cuarto en Usera, de una casera mayor que no permite fumar y exige aviso previo si vienen visitas.
Lucía, al enterarse de la habitación y de que Javier ya ni tiene ni tendrá piso propio, perdió el entusiasmo. Decidido. Al parecer, el hombre que deja todo por amor era más atractivo en la imaginación que en la realidad, mudándose con una maleta y cargado de deudas. El primer amor luce mejor desde lejos; de cerca es otra cosa.
Marisol oye toda la historia y sirve té a Doña Puri.
¿Y tú cómo vas? pregunta la otra, con ese gesto de solidaridad infinita.
Muy bien, la verdad responde Marisol.
Y es cierto. En esas tres semanas se apuntó, por fin, a clases de masaje. Llamó a su amiga Sole, tres años sin verse: quedaron en un café, hablaron horas. Se sacó un abono para la piscina. Cosas pequeñas. Pero es de lo que está hecha la vida.
A veces, por la noche, cuando todo está en silencio, Marisol piensa en Javier. Sin rencor, solo por pensar. Una vez incluso se alegra: menos mal que fue él quien abrió esa puerta. Puede que, de no ser así, ella nunca la hubiese abierto.
El calendario de gatitos sigue en la pared. Enero, febrero, el cachorro rubio y su lazo siguen ahí. Marisol piensa que debería pasar la hoja al mes actual.
Pero se dice: ya habrá tiempo.






