Hace unos años, una señora mayor de Madrid recibió un regalo muy especial de su hijo: un perrito minúsculo y carísimo, del tamaño de una nuez. Su hijo, que siempre había estado pendiente de ella, se lo regaló después de que sufriera un infarto, para levantarle el ánimo y para que pudiera distraerse de los pensamientos tristes. Y vaya si funcionó.
La señora, que ya era realmente una abuelita, empezó a encontrarse mucho mejor. Poco a poco se fue recuperando, y todas las mañanas salía a pasear con su pequeño Tristán. Lo llevaba siempre atado con una correa muy fina o a veces en una bolsita especial colgada del hombro. Le puso Tristán porque, tan diminuto y delicado como era, parecía casi invisible, como un suspiro. El perrito era de lo más cariñoso, obediente y juguetón.
Un día la señora salió a dar su paseo habitual con Tristán por el Retiro. De repente, un coche se detuvo a su lado y un chico y una chica, muy bien vestidos, le pidieron si podían acariciar al perrito. A la señora no le hizo mucha gracia dejar que unos desconocidos tocasen a Tristán, pero por educación y cierta vergüenza, accedió y acercó la bolsita a la ventanilla. De pronto, la chica tomó a Tristán en brazos, el chico pisó el acelerador y salieron disparados. Todo fue cuestión de segundos.
La señora, desesperada, intentó correr tras el coche gritando y llorando, pero tropezó, se cayó al suelo y perdió el conocimiento tras golpearse fuertemente. Los vecinos que la vieron llamaron enseguida al 112, y la ambulancia la llevó directamente al hospital. Cuando llegó su hijo, la encontró débil, con los labios morados, apenas susurrando el nombre de Tristán entre lágrimas y suspiros: Tristán
El hijo no se quedó de brazos cruzados. Gracias a que los vecinos habían memorizado la matrícula del coche y reconocieron a los jóvenes, pronto supieron dónde vivían. El hijo pidió ayuda a algunos amigos que trabajaban en la Policía Nacional, que rápidamente dieron con la dirección del dueño del coche. Habitaban un chalet de lujo en las afueras de Madrid, nada de gente necesitada. Y el coche, un deportivo de color llamativo, no pasaba desapercibido.
Sin importarle nada, el hijo se plantó en la puerta del chalet y, de alguna manera, logró entrar. Allí, en el salón, encontró a Tristán, hecho un ovillo, enfermizo y casi sin fuerzas. No había comido ni bebido desde el día que fue robado, y lloraba desconsoladamente. Con el paso de las horas ya ni fuerza tenía para llorar, solo gemía y suspiraba.
Sin perder tiempo, el hijo se llevó a Tristán de vuelta a casa, por los medios que fueran necesarios. A los ladrones, sinceramente, ya les estorbaba el animalito; pensaron que sería divertido, pero lo único que consiguieron fue un problema más, algo de lo que no podían ocuparse. No querían un ser que ni jugaba ni comía, solo ocupaba espacio y causaba molestias.
Por fortuna, la abuelita se recuperó y Tristán también. Ahora ambos, con mucha precaución, siguen paseando por el barrio y por el Retiro, pero ya no se acercan a desconocidos. En cuanto ve a alguien extraño, Tristán se esconde enseguida en la bolsita, como si la vida dependiera de ello. Todo terminó bien.
Hoy, al mirar atrás, me doy cuenta de algo: no se debe robar la felicidad de los demás. Ni su cariño, ni su pasión. Puede que eso, aunque sea diminuto, sea lo único que mantiene a una persona viva, lo que le da sentido y alegría. Ya sea el amor de otro ser, un viejo SEAT 600, un pequeño huerto en el pueblo, o ese primer diploma en un concurso de barrio… Esas pequeñeces, a veces casi invisibles, a las que nos aferramos como si fuesen el último tesoro del mundo.
No merece la pena hurtar, ni siquiera para bromear, la alegría minúscula de otro. El placer mal habido nunca compensa, ni limpia la conciencia. Se puede destrozar una vida entera arrebatando lo que para uno parece insignificante. Y, sin embargo, justo eso, lo pequeñito, es lo que nos sostiene en la vida.
Dicen que el alma pesa solo unos gramos. Y en esos pocos gramos cabe toda nuestra existencia. Hoy lo tengo más claro que nunca.







