Felicidad complicada
Olga miraba a su marido sin comprender nada. —¿Cómo que nos divorciamos? Diego, ¿estás bromeando?
Llevaban casi veinticinco años juntos. Dentro de dos semanas iban a celebrar las bodas de plata. O ya no las celebrarían. Las ideas se le enredaban. ¿Y el banquete? ¿Los invitados? Las invitaciones ya estaban enviadas. Toda la familia iba a reunirse. Los amigos no paraban de llamar preguntando qué regalar. Y Julia, su mejor amiga, ya había mandado su regalo. Lástima que no pudiera venir: estaba en el sexto mes de embarazo y no era plan subirse a un avión. Ya se verían después y lo celebrarían otra vez. Julia había tenido un papel importante en la creación de su familia: fue ella quien los presentó, ya que Diego era compañero suyo de universidad. Y en la boda gritó más que nadie «¡Que se besen!», escondiéndose detrás del ramo de novia que Olga ni siquiera lanzó, sino que se lo entregó directamente a su amiga.
—No entiendo por qué Carlos tarda tanto. ¡Una chica como tú se le va a escapar! —Tranquila, no se va a ir a ningún lado —respondía Julia mientras le arreglaba el peinado a Olga—. Todo a su tiempo. ¿Para qué quiero un marido inmaduro? ¿Para que nos cansemos en dos años y acabemos divorciándonos, peleando por bienes, hijos y suegros? No, gracias. Prefiero esperar la cosecha madura. —¡Siempre planeando dos años por delante! —Olga se reía viendo cómo su amiga, con movimientos enfadados de la brocha, se retocaba el maquillaje. —Es que yo no sé hacer las cosas a medias. Si voy a por algo, lo hago completo. —¿Y los hijos, Julia? ¿De una vez y todos? —¡Sí! Quiero gemelos. ¡Un solo parto y paquete completo! En mi familia y en la de Carlos hay antecedentes. —Pero luego hay que criarlos. —Dos son más fáciles que uno. —¿Por qué? —Olga escuchaba con interés las reflexiones de su amiga, siempre tan práctica e inteligente.
Y así fue. Aunque el destino, con más sentido del humor que Julia, le dio trillizos en vez de gemelos. El cielo quiso ponerla a prueba. Y Julia salió airosa. Para entonces, la familia de su marido ya la adoraba. Nunca se inclinaba ante nadie, trataba a todos con igualdad y calma, pero siempre estaba dispuesta a ayudar. Esa ayuda solía consistir en poner a trabajar a su marido, que no era precisamente un voluntario nato. Pero cedía ante los planes a largo plazo de su mujer: —Cuando necesitemos ayuda, ¿crees que nos van a dar algo? Mejor ir sembrando ahora. ¿Quieres patatas con champiñones para cenar? Ve a casa de tu madre y monta el armario nuevo. Y dile que el próximo fin de semana voy yo a limpiar las ventanas.
Cuando llegaron los trillizos, las dos abuelas y el abuelo estuvieron allí desde el primer día. Julia los sacó adelante a pesar de que nacieron con bajo peso. Luego, mientras cuidaba a los niños, se matriculó en la universidad. —¡Julia, te has vuelto loca! ¿Cómo vas a poder con todo? —¿Quién le va a poner mala nota a una madre de trillizos? Así mi cerebro no se oxida y al terminar seré economista y abogada en un solo paquete. ¿Qué tiene de malo?
Se graduó, consiguió trabajo y convenció al jefe de que el sueldo le alcanzaba justo para pagar una niñera. En realidad, las abuelas se ocupaban de los niños, pero eso el jefe no tenía por qué saberlo. Necesitaba experiencia, no solo un título.
Olga observaba la vida de su amiga y se maravillaba. Ella siempre había tenido dificultades para tomar decisiones. Desde pequeña le costaba elegir hasta el color de las medias. Julia la consolaba: —Tú, cuando decides algo, lo haces bien. Eres conservadora, Olga. La gente más fiable del mundo.
Fiable… Precisamente esa fiabilidad era la que Diego ya no valoraba. ¿Cómo podía hacerle esto? Vivían bien. Sí, la ausencia de hijos había sido dura, pero lo habían aceptado. Olga había trabajado como voluntaria en orfanatos y comprendió que no podía adoptar a un niño desconocido: temía no ser capaz de quererlo como una verdadera madre.
En uno de esos centros, la directora le dijo: —Todavía no has encontrado a tu hijo. Cuando lo veas, lo sabrás. Nada te detendrá.
Olga recordaba especialmente a Miguel, un niño de seis años que ya había sido devuelto dos veces. La última vez se había negado a comer y a beber, pidiendo volver al orfanato porque «no lo querían». Aquella conversación le marcó profundamente: vivir de manera que no hagas daño a nadie.
Ahora, en la cocina, abrazándose los hombros, Olga sentía un frío que no venía del exterior. Diego recogía sus cosas. Cuando la puerta de entrada se cerró, Olga rompió a llorar, tiró al suelo la maceta que Julia le había regalado y gritó. Luego, descalza sobre los restos de tierra y cerámica, llamó a su amiga.
—Juuulia… —Diego se fue, ¿verdad? —Sí… —Espérame mañana. —¡Estás loca! No vengas, estás embarazada. —Compra un vestido. El que siempre quisiste y no te atreviste. Ahora mismo. Y luego me lo enseñas. Después coge un avión. Nos vamos a la sierra.
Julia colgó. Olga, aún aturdida, se miró al espejo. No era una niña, pero tampoco una anciana. Se arregló el pelo, se secó las lágrimas y empezó a actuar. Canceló todo lo de la fiesta, recogió la cocina y salió a comprar el vestido rojo que tanto le gustaba. Le quedaba perfecto. En el espejo vio a una mujer diferente: cansada, dolida, pero no rota.
El viaje a Málaga fue un bálsamo. Julia y ella recorrieron senderos, hablaron sin parar o caminaron en silencio. Poco a poco Olga empezó a soltar lastre. —Vuelve aquí —le dijo Julia—. Abre centros infantiles en los nuevos barrios. Tu padre está enfermo y necesita estar cerca. No tienes que cambiar de clima ni de ciudad.
Olga lo pensó y decidió que sí. Vendió el negocio, el piso, el coche, se divorció y regresó a Málaga. Compró un apartamento cerca de su padre, que había encontrado una nueva compañera, Lupe. Ver a su padre feliz con ella le dio esperanza.
Pasó un año. Dos centros infantiles funcionaban bien. Olga cambió su vestuario, se cortó el pelo y hasta adoptó un perro. Pero por las noches la tristeza seguía llegando. Echaba de menos a Diego, sus conversaciones, sus improvisados paseos.
Un año y medio después tuvo que viajar al norte por temas de impuestos. Terminó rápido y tuvo un día libre. Sin saber por qué, volvió al barrio donde vivieron. Caminando por el parque, vio a Diego sentado en un banco empujando un carrito. Tenía el pelo casi blanco y una expresión de profundo dolor.
—Diego… —Hola, Olga.
Se sentaron. Él le contó que Mila, la joven con la que se había ido, murió en el parto. Tenía una hija, Eva. Estaba solo y destrozado.
Olga miró a la niña y recordó las palabras de la directora del orfanato. Seis meses después, la misma directora le presentó a Miguel en su despacho.
—¿Quieres vivir conmigo, Miguel? —No sé. Me devolverán, como siempre. —No soy como los demás. Sé lo que es perderlo todo y que nadie te quiera. Duele mucho. Yo no quiero tenerte lástima. Quiero quererte. Y quiero que Eva tenga un hermano mayor fuerte que la cuide. ¿Nos ayudas? Yo tampoco sé muy bien cómo ser madre, pero quiero aprender. ¿Me ayudas?
Miguel tocó la manga del vestido rojo y asintió lentamente.
Unos años después, una familia caminaba por un sendero de la sierra de Málaga. Miguel vigilaba a su inquieta hermanita Eva, que quería escaparse a cada rato. —¡Eva, hay lobos en el bosque! —¡Y osos! —Nuestra mamá les hará papilla. —¿De sémola? ¡A los osos no les gusta con grumos! —Pues les daré la tuya —bromeaba Olga, cogiendo en brazos a su hija. —Devuélvela a papá —le dijo a Eva, y revolvió el pelo de Miguel—. ¿Qué tal, hijo? ¿Papilla para osos? —Todavía no quiero volver, mamá. Aún nos queda mucho por ver. Y si Eva empieza a alimentar a todos los animales, no saldremos del hotel.
Olga se rio, miró a sus hijos y luego a Diego, que caminaba detrás con una sonrisa tranquila. La risa de la familia subió por la ladera, se mezcló con el eco y se perdió en el cielo azul. El día que apenas empezaba prometía ser luminoso y lleno de luz.







