Diario de Inés
Domingo, 9:15 h
¿Inés, estás en casa?
Javier ya sabes que siempre estoy en casa los domingos por la mañana.
Entonces, ábreme, anda.
Miré por la mirilla tres segundos. Allí estaba mi hermano, con su gabardina desabrochada y dos bolsas grandes a los pies. Su expresión era la de quien ha perdido una discusión importante. Detrás de él, dos figuras: una más alta, otra más baja. Cerré los ojos, después los abrí. Seguían ahí.
Suspiré y giré la llave.
Buenos días dijo Javier con esa sonrisa de siempre, esa que solo aparece antes de pedirme un favor.
No respondí.
Aún no te he dicho nada.
Pero tienes esa sonrisa le corté. Así que no.
Pablo se coló a su lado y me miró de abajo arriba. Seis años, el pelo revuelto, y el cordón izquierdo de las zapatillas arrastrando por el parquet. Junto a él, Lola sostenía un conejo de peluche descabezado y me observaba con esa calma curiosa y descarnada con la que los niños pequeños afrontan lo desconocido: sin pizca de miedo.
Miré el suelo. Roble claro, Estelar Oak de Parquet Rústico, instalado tres meses atrás por el maestro más solicitado de Madrid. El cordón de Pablo traía una mancha. No quise averiguar de qué.
Pasad dije. Y los zapatos, fuera, por favor.
El octavo, en una urbanización nueva de Chamartín, era mi orgullo. Más que el cargo de jefa de ventas en Espacios & Hogar, más que el coche, más que el saldo de mi cuenta corriente. El piso: ciento cuatro metros, techos altísimos, ventanales del suelo al techo con vistas al parque. Llevaba dos años decorándolo, eligiendo cortinas azul polvo, que al atardecer viraban a gris; el sofá Estelar gris, ancho, respaldo alto. La mesa de centro, madera maciza, una grieta que el vendedor llamó carácter, y que yo primero odié y luego quise. Nada de trastos. Cosmética Nuba en orden perfecto en el baño. Toallas y perchas iguales.
Había construido esa vida a conciencia. Cada cosa en su lugar. Silencio real: arriba del todo, solo el rumor de la cafetera CaféNorte en la cocina y, de vez en cuando, el leve tintineo de la lluvia en la ventana.
Javier dejó las bolsas en el hall. Los niños se descalzaron. Pablo tocó la pared blanca enseguida.
Pablo
¿Qué?
Las manos.
Miro sus dedos, la pared, a mí.
¿Qué pasa con mis manos?
Inspiré profundo, tres segundos. La técnica que nos enseñaron en el taller de gestión del estrés.
Javier, habla rápido.
Entró a la cocina, se sentó en el taburete alto y cruzó las manos: rendición.
Nos vamos a un balneario. Ocho días. Necesitamos hablar, pero de verdad, y con los niños es imposible.
¿No hay otra opción?
Mamá está en Almuñécar en tratamiento, hasta el viernes que viene. Los padres de Ana, en un pueblo, cerrados por un virus, no pueden llevar niños. Inés Solo te pido ocho días.
¿Ocho días? repetí, desconfiada.
Bueno, igual nueve. Volvemos el domingo.
De la sala llegó un ruido. Nada escandaloso, pero inconfundible: algo en el suelo.
¡Lola, no toques nada! gritó Javier en dirección al salón, ni se giró.
Javier bajé el tono Trabajo desde casa. El miércoles tengo una presentación online con clientes de tres ciudades. No tengo ni idea de niños. No sé qué comen, ni qué decirles, ni cómo dormirlos.
Comen de todo menos cebolla. Bueno, Pablo no toma tomate. Puedes hablarles de lo que quieras, son majos. Lola duerme con el conejo, a Pablo le tienes que leer, está el libro en su mochila.
Javier
Inés levantó la mirada. Vi en sus ojos algo que apretó el pecho, no era pena. Era esa fatiga sin queja. Si no nos vamos ahora, no sé qué pasa con nosotros. En serio, no lo sé.
Me quedé callada. Afuera, una nube blanca flotaba sobre el parque. Mucho más calmada que yo.
Ocho días dije al final.
Gracias.
No me des las gracias. No prometo no llamarte en tres horas.
Estaré pendiente. Ana también.
Javier salió rápido, casi corriendo de quien teme que lo detengan. Besó a los niños en la cabeza, murmuró algo de la tía Inés que es la mejor, dejó instrucciones en una hoja manuscrita y, quince minutos después, cerró la puerta.
Me quedé de pie en el hall.
Pablo y Lola me miraban.
Yo a ellos.
Bueno dije.
Bueno repitió Pablo.
¿Tenéis hambre?
Quiero zumo dijo Lola.
¿De cuál?
Naranja.
¿De naranja naranja?
No, naranja. El de color naranja.
Abrí el frigorífico. Había dos tipos de agua mineral, tuppers con verduras, yogur Nuba, y una botella de verdejo a medias. Zumo, ni rastro. Jamás pensé en comprar zumo para niños. Nadie me lo había pedido antes.
Vamos al súper resolví.
¡Bien! Pablo lo soltó tan fuerte que el eco vibró hasta el techo abovedado.
Ir al supermercado me llevó cinco minutos andando. En ese tiempo, Lola dejó caer el conejo cuatro veces, Pablo pulsó todos los botones del ascensor, incluida la llamada al conserje, y me detalló la historia de un tal Pablillo, del cole, que escupía por los dientes a dos metros de distancia. Aprendí más sobre ese niño de lo que me habría gustado.
En el súper compré cuatro zumos distintos, leche, pan, yogures de fresa, macarrones, filetes de pollo, manzanas, plátanos y unas galletas de colores que Pablo sumó al carro cuando yo observaba los quesos. No las devolví. Había cosas que una semana antes jamás habría permitido.
El primer día fue aceptable. Lola volcó el zumo naranja sobre la mesa de centro. Pablo chocó contra el marco de la puerta y lloró cinco minutos. No tenía ni idea de cómo se consuela a un niño. Le di agua y le dije que se pasaría. Mi consejo para adultos, y funcionó. Bebió, suspiró y puso dibujos en el iPad de Javier.
A las nueve no querían dormir. A las diez, tampoco. Casi a las once, leí a Pablo dos veces un cuento de un oso y las moras, porque pidió repetir. Lola se durmió en el sofá, abrazada a su conejo. Observé su cara dormida unos segundos antes de levantarla y llevarla al sofá-cama de invitados. Ligera y caliente, como un solecito. No se despertó.
Me senté en la cocina con un infusión en mi termo CaféNorte y abrí el portátil. Tres días para la presentación. Dos diapositivas por acabar.
El silencio de mi cocina, por primera vez, no me ayudaba a concentrarme.
Segundo día, 6:37 am. Recuerdo la hora porque miré el móvil justo cuando un estruendo llegó desde el salón.
Pablo se había despertado antes que nadie y montó una fortaleza con los cojines del sofá Estelar. Cuatro en el suelo, la manta también. Sentado en el centro, desayunaba galletas que, ni sé cómo, había rescatado del segundo estante de la despensa. Las migas tapizaban el parquet.
Buenos días dijo, feliz.
Buenos días.
¿Sabes hacer tortitas?
¿Tortitas?
Sí, redondas, con sirope de arce.
No tengo sirope de arce.
Qué pena.
Hice gachas de avena. Pablo comió sin protestar. Lola apareció a las ocho con el conejo, cara de sueño, y pidió lo mismo que Pablo.
Pensé que tal vez sería capaz.
El martes, a las dos, pasó el desastre. Yo, en plena edición de la presentación; los niños, en el baño con permiso para bares barquitos de papel con papeles viejos que Pablo encontró en la mesilla. Parecía inofensivo. Agua, niños ocupados, silencio.
Hasta que el silencio se rompió.
Terminada una diapositiva, fui a por agua. Noté algo brillante en el suelo del pasillo, saliendo de la puerta del baño.
No puede ser musité, ya resignada.
El grifo estaba abierto al máximo, los niños fuera, y un barco insignia de papel bloqueaba el desagüe. El agua llevaba diez minutos desbordando.
Cerré el grifo, miré el desastre y, por instinto, cerré los ojos.
A los veinte minutos llamaron al timbre. Yo intentaba absorber el agua con la fregona, resignada a que mis zapatillas de lana Nuba estaban perdidas.
¿Quién es?
Soy Mateo, el vecino de abajo. El séptimo.
Abrí. Un hombre sobre los cuarenta, pelo revuelto, jersey azul marino, móvil en la mano, pantalla iluminada: el techo de su piso con mancha húmeda expandiéndose desde la lámpara.
Enrique, setenta y dos.
Inés, ochenta y cuatro. Suspiré. Sé qué ha pasado. Han sido los niños.
Ya veo. Guardó el móvil. ¿Te ayudo?
Le miré con sorpresa. Esperaba el discurso sobre daños y el seguro del edificio.
¿Ayudar?
Parece que tienes media piscina aquí. Tengo un secador industrial y una fregona de escurridor. ¿Los traigo?
Pablo asomó tras mi espalda.
¿Tú eres el vecino de abajo? ¿Te hemos mojado?
Vosotros afirmó Mateo, con tono tranquilo, sin rencor. ¿Navegaban bien los barcos?
¡Sí! Hasta tenía un portaaviones.
Eso es serio.
Le dejé entrar. Trajo la fregona, y entre los dos fuimos quitando agua de baño y pasillo. Lo hizo sin prisa, ni una queja. Dejaba a Pablo ayudar, lo que le hacía sentir importante. Lola señalaba con el dedo las esquinas húmedas, siempre acertando.
¿Te ha dañado mucho el techo? pregunté cuando terminamos.
Un poco. Era cal viejo, peor no iba a quedar. Ya se verá.
Te pagaré lo que cueste.
Ya veremos dijo encogiéndose de hombros. Sin amenaza, natural.
¿Mucho tiempo con los niños?
Segundo día.
¿Son tuyos?
Sobrinos. Yo… no tengo hijos.
Asintió, mirando a Pablo que ya trasteaba con el mando del televisor.
Entonces, un consejo: pon un tapón de seguridad al desagüe, venden en cualquier ferretería. Y cierra el grifo al mínimo.
Lo tendré en cuenta.
Suerte. Y si necesitas algo, estoy en el séptimo.
¿Por qué eres tan tranquilo? pregunté, sin pensar.
Pensó un momento.
¿Para qué alterarse? El techo no se seca más rápido por gritar.
Se fue. Cerré la puerta, me apoyé en ella. El sol descendía sobre Madrid, Lola exigía su parte de galletas, Pablo protestaba, y yo repartí la merienda, en silencio.
Miércoles. Preparé la presentación. Los niños veían dibujos en el salón, cuencos con manzanas y galletitas sobre la mesa: controlado.
A las once comenzamos. Yo en el despacho, portátil, cámara, chaqueta formal sobre camiseta. Siete personas conectadas: la directora de Barcelona, dos socios de Valencia, un comercial de Sevilla.
Quince minutos todo bien colección Estelar, precios, dudas.
Minuto dieciséis: la puerta se abre.
¡Tía Inés! gritó Lola, audible probablemente en toda la casa. ¡Pablo ha cogido mi conejo!
Lola, estoy trabajando susurré, sin gritar, como aprendí en cursos de estrés.
¡Dice que el conejo es feo!
¡Es feo! se oyó desde el salón.
Disculpen un momento dije a cámara, con sonrisa forzada.
Pausa. Salí. Pablo tiraba del conejo por una oreja, Lola por el cuerpo.
Soltadlo, los dos.
Lo soltaron. Lola lo acogió enseguida.
¿Puedes ver dibujos en silencio, Pablo?
Ya han acabado.
Pon otros.
¿Cuáles?
Los siguientes.
Hay anuncios.
Lo solucioné yo con el mando. Canal infantil. Volví al despacho.
Ocho minutos bien, luego Pablo entró en silencio y se quedó a mi lado.
Hablando, le miré de reojo.
Tengo que ir al baño informó y todos en la pantalla lo oyeron perfectamente.
La directora de Barcelona se rio la primera, luego los demás. Noté que me sonrojaba; hacía años que no pasaba.
Sabes dónde está susurré.
Sí, sólo quería decírtelo.
Se fue. Volví a los slides. La atmósfera profesional se evaporó pero, curiosamente, la reunión funcionó: uno de Valencia dijo tener tres hijos y comprenderlo perfectamente, el de Sevilla mostró interés y acordamos otro encuentro.
Cerré el portátil y me quedé sentada.
No estaba enfadada. Y eso me sorprendió. Siempre me habría enfadado.
Fui a la cocina e hice bocadillos. Pablo dijo que estaban buenísimos, Lola solo comió medio, hablando con su conejo.
A las cuatro, el timbre.
Te traigo el tapón del baño anunció Mateo, tendiéndome una bolsa con la pieza.
¿Fuiste expresamente a por él?
Iba por pan. Ya aproveché.
Pasa.
No lo planeaba, simplemente salió. Se quitó los zapatos; Pablo apareció, ilusionado.
¡Es el vecino que nos ayudó!
El mismo.
¿Ya tienes seco el techo?
Casi.
Genial. Oye, ¿juegas a la Jenga? Mi padre la metió en la bolsa.
Claro.
Y Mateo terminó sentado en la mesa de centro Estelar, jugando a la Jenga con los niños. Lola no sabía jugar, pero animaba al conejo. Mateo lo tomaba en serio, y eso, me di cuenta, los niños lo notaban.
Yo, desde la cocina, fingía preparar la cena. Solo observaba.
Cuidado, Pablo: la de la izquierda sale más fácil, mira
¿Cómo lo sabes?
Las torres siempre tienen algún bloque flojo. Hay que buscarlo.
¿Y en la vida también?
Mateo titubeó.
Se parece, sí.
Cenamos juntos. Sin planearlo, pero fue lógico que se quedara. Me ayudó a freír, cortó el pan perfectamente, corrigiendo el desastre que yo habría hecho. Un poco prepotente, pero lo prefiero así.
¿Mucho tiempo aquí? pregunté.
Tres años. Te vi entrar, los de mudanzas no pasan desapercibidos.
Eres observador.
Suerte.
¿En qué trabajas?
En un estudio de arquitectura. Soy estructurista. Aburrido.
¿Por qué aburrido?
Nadie pregunta al estructurista si queda bonito. Solo si aguanta.
Pero eso es lo importante le respondí.
Me miró con extrañeza, como si no esperara oír eso.
Sí, supongo.
Los niños cayeron rendidos a las nueve. Mateo acabó el té, agradeció y se marchó.
Buenas noches.
Buenas noches. Gracias por todo, sobre todo por no enfadarte el martes.
Me miró un poco más de lo normal.
Lo haces muy bien dijo. Para ser la primera vez.
¿Y cómo lo sabes?
Si no, no tendrías esa cara de estar llevando una urna de cristal que temes romper.
Esta vez sí que reí. En serio.
Él cerró la puerta. Me quedé en el hall. El abrigo azul pequeño de Lola colgaba sobre el perchero, junto al de Pablo; el mío solo, apartado.
Jueves y viernes fueron distintos. Bajé la guardia. El ritual de desayunar avena y zumo casi me parecía normal. Lola se sentaba a mi lado y dibujaba en la libreta que le di. Cientos de dibujos: familias de conejos, todos con nombre.
Esta es mamá conejo, este es papá, y el pequeño, Botón.
¿Por qué Botón?
Porque es redondo y pequeñito.
Tiene sentido.
Viernes por la tarde, de nuevo Mateo en la puerta. Traía un juego de mesa antiguo, Ciudades del Mundo, evidentemente de los años ochenta. Los niños no conocían ni una ciudad, pero eso no les impidió jugar con pasión.
¿De dónde lo has sacado? le pregunté.
De casa de mis padres. Lo guardé por nostalgia.
Buen acierto.
Nos sentamos en el suelo. Yo ni recordaba la última vez. El parquet Estelar Oak resultaba fresco y liso. Lola se acomodó junto a mí, y en algún momento la abracé, sin notarlo. Mateo lo vio, pero no dijo nada.
El sábado fuimos al parque, idea de Mateo, y yo ni protesté. El parque, visible desde mis ventanas. Pablo pisó todos los charcos. Le llevé los zapatos envueltos en una bolsa, él volvió en calcetines mojados, por supuesto, y le dio igual.
¿No te molesta? le pregunté.
¿El qué?
Tener el calzado mojado.
Se secará. Me miró. Eres como Mateo.
Mateo es guay.
¿Es tu amigo?
Es mi vecino.
¿Y no es lo mismo?
No exactamente.
No supe qué contestar. Detrás, Mateo llevaba a Lola a cuestas, explicándole algo de los árboles.
Domingo por la tarde, Javier llamó. El tono distinto, más relajado.
¿Qué tal vosotros?
Vivos. Pablo cruzó charcos. Lola ha dibujado cuarenta y siete conejos.
Se rió.
Te estás apañando.
No está mal. Y ¿vosotros?
Pausa.
Mejor. Mucho mejor. Gracias.
Me alegro.
La segunda semana fue más fácil. Ya conocía las manías de Pablo, los rituales de Lola, las horas de cansancio. Pequeños detalles, aprendidos cada día.
Mateo venía cada tarde. A veces traía algo, a veces solo venía. Hablábamos de trabajo, ciudad, libros. Leía mucho, insospechado en su oficio. Yo casi no leía fuera del trabajo.
¿Lees ahora algo? preguntó.
Nada. Solo catálogos.
Eso no cuenta.
Lo sé.
¿Quieres que te deje un libro?
Vale.
Me dejó una novela japonesa, una mujer que revisa la casa de su madre muerta y descubre que no la conocía. Leía media hora cada noche, tras dormir a los niños. Era mi mejor momento.
El jueves, Pablo pidió ver mi oficina.
¿Dónde curro? intrigada.
La mesa y el ordenador, sí.
Le enseñé. Miró los catálogos Estelar, el macetero con cactus.
¿Eres feliz?
¿En qué sentido?
Con lo que trabajas.
Creo que sí.
Papá dice que hay que hacer algo que te haga feliz. Si no, no sirve.
Papá es sabio.
Lo pensó.
¿Por qué vives sola?
Así fue.
¿No querías vivir con alguien?
Estoy acostumbrada.
¿Estabas?
Pausa.
Estaba admití.
El último día llegó volando. Javier volvió el domingo a la una con Ana, ella parecía calmada, distinta. Abrazó a los niños hasta que Lola la soltó. Me dio las gracias.
No hace falta le dije. Se han portado como niños. Eso es lo normal.
Lola lloró un poco en la despedida. Le prometí que volverían. Pablo se despidió con un apretón de manos solemne y luego me abrazó por sorpresa. Se fueron.
Me quedé quieta en el hall.
El abrigo azul ya no estaba. El mío quedaba solo.
Silencio.
En el salón, una almohada desordenada. El dibujo de Lola: familia de conejos y una figura con pelo amarillo. Firmado, “tía Inés”.
Lo tuve entre las manos unos minutos.
En la cocina puse agua a hervir, taza favorita. Todo en su sitio. Limpio, perfecto, tranquilo.
Esperaba el alivio. Ese que siempre llega después de un viaje o de una celebración ruidosa, tras recuperar el ritmo.
No llegaba.
Solo estaba el dibujo. Y un silencio que ya no era paz, sino pausa después de la música.
Sentada, té en mano, observé el parque. Pensé en Pablo, en Lola dormida el viernes junto a mí, en el despacho antes y después de enseñárselo a Pablo, y en Mateo.
En cómo cortaba el pan, su firmeza tranquila, el hecho de venir cada tarde sin esperar nada. Solo estar.
Pensé que en nueve días no me había despertado preocupada por el trabajo. Algo había cambiado.
A las seis, lavada y con mi jersey azul marino favorito, cogí el móvil. Lo dejé, lo recogí. Bajé en el ascensor al séptimo y toqué timbre.
Mateo abrió. No parecía sorprendido, solo atento.
Ya se han ido.
He oído la puerta.
Ahora está en silencio.
Imagino.
¿Te apetece un té? El agua se habrá enfriado, puedo poner más.
Pensó.
Me apetece.
Subimos juntos. Se sentó al taburete de la barra, exactamente donde mi hermano ocho días antes.
Hoy, por primera vez en nueve días, no tengo nada pendiente. No sé qué hacer.
¿Te parece bien? ¿O te incomoda?
No sé. Es raro.
Te acostumbrarás a lo nuevo.
¿Lo nuevo?
Antes sola era raro, luego fue habitual. Ahora rara otra vez, pero distinto.
Hablas como quien ya lo ha vivido.
Levantó la mirada.
Estuve casado seis años. Llevo tres solo.
Lo siento.
No hace falta. Fue lo suyo. Lo peor fue después: el silencio. Descubrir que no es igual estar en silencio con alguien que solo.
Miré mi taza.
Siempre pensé que soledad era libertad murmuré, que era elección.
Puede serlo. Pero esas elecciones a veces se revisan.
¿Tú has revisado la tuya?
Estoy en ello. Me ayudan los niños de arriba y alguna que otra inundación.
Reí otra vez.
Mateo
Sí.
Iba a cambiar de tema, pero no lo hice.
Me gustas. Quería decírtelo.
Me miró.
Eso está bien. Justo le estaba dando vueltas a lo mismo.
¿Desde cuándo?
Desde que preguntaste por qué era tan tranquilo. Nadie lo había preguntado.
Vaya motivo raro.
Tengo mis rarezas.
Charlamos hasta las once. Trabajo, la ciudad vista desde el octavo o el séptimo, los niños, el dibujo de conejos. No tenía prisa por irse, yo no tenía prisa por verlo marchar.
Cuando se iba, me tomó la mano: solo un instante.
Buenas noches, Inés.
Buenas noches.
Me quedé en la puerta, como el primer día, pero con una calma distinta. El silencio era cálido, no vacío.
Puse el dibujo de Lola en la estantería, junto al jarrón. La familia de conejos me miraba. Y la tía Inés.
Ha pasado un año.
El piso ha cambiado, sutilmente. En la librería, libros de colores para niños. Tres plantas nuevas en el alfeizar, una inclinada por exceso de agua, Lola ayudó a regarla. En el perchero, dos abrigos: el mío, azul oscuro, y uno gris, de hombre.
En la mesa del salón, un catálogo abierto con planos de Mateo. Al lado, una taza de café y un libro a medias.
Miro el parque. Ya es otoño, naranja y desigual. Me gusta así.
Mi barriga ya se nota. Cinco meses. Me habituo poco a poco, cada día un poco más. Lo que primero parecía imposible, es lo más natural y valioso.
Se abre la puerta.
Ya vienen anuncia Mateo, entrando a la cocina. Javier dice que ya salen de la M-30.
Llegarán en media hora.
¿Te ha llamado Pablo?
Tres veces. Quiere saber si puede ver dibujos en el iPad antes de ir al parque.
Puede con las dos cosas.
Se lo he dicho.
Mateo pone agua en el hervidor. Me mira.
¿Cómo te encuentras?
Bien. Las piernas se hinchan pero estoy bien.
Siéntate.
Prefiero estar de pie.
Inés
Ya, ya, me siento.
Sonrío. Pienso que hace justo un año, ese domingo, marcharon. Esperé sola en la cocina, té bajo el brazo, a que me devolviera la tranquilidad y no llegó.
Sí, después viniste susurra Mateo, como leyendo mis pensamientos. ¿Esperabas que pasara?
No. Supongo que lo deseaba.
Llaman al timbre, escandalosamente, con el entusiasmo de los niños.
Es Pablo digo, riendo.
Sin duda.
Abre tú, no me apetece saltar del sofá.
Mateo va a la puerta.
¡Tía Inés! ¡Ya estamos! ¿Vamos al parque? ¿Quedan hojas? ¿La tripa ha crecido?
Pablo, deja sitio protesta la voz de Javier.
Si yo estoy dentro ya.
Lola entra en silencio, me mira, me abraza fuerte, en serio, como una adulta. Me observa:
Tía Inés, ¿y mi conejo sigue aquí?
Sí, en la estantería del cuarto de invitados.
Lo sabía. Gracias.
El hall se llena de voces. Javier abraza a Mateo, Ana me cuenta de la carretera, Pablo ya está por el pasillo, encuentra el libro del oso y las moras.
¡Lo guardaste! ¿Se lo leerás al bebé?
Claro.
Bien. Mateo, ¿al parque? ¿Hay hojas?
Montones responde.
Vamos pues.
Primero, el té añado.
Siempre dices lo mismo.
Y seguiré diciéndolo.
Vale accede. Tía Inés, ¿ahora eres feliz?
El piso suena cálido: voces, risas de Ana, Lola llamando al conejo, el hervidor en la cocina, ciudad al fondo, otoño brillando, y la nueva vida dentro de mí moviéndose despacito.
Miro a Pablo.
Sí contesto. Ahora sí que sí.






