Estoy harta…

Estoy harta…

Clara escuchaba atentamente los sonidos que llegaban desde la escalera del edificio. Por el paso irregular y pesado, se notaba que subía un hombre que no estaba del todo sobrio. La mujer suspiró con cansancio:

—Juanito… —murmuró, volviéndose hacia su pequeño hijo que jugaba en silencio en la sala.

El niño levantó la mirada con preocupación. Clara le acarició la cabeza suavemente.

—No te preocupes, mi amor. Ve a tu cuarto un rato.

El pequeño asintió y se dirigió a su habitación, caminando con cuidado para no hacer ruido. Sabía muy bien lo que venía.

La puerta del apartamento se abrió de golpe. Entró Diego, su marido, con la camisa arrugada, el cabello revuelto y olor a alcohol y cigarrillos baratos. Tropezó ligeramente con el umbral y soltó una maldición.

—Qué fastidio… —gruñó entre dientes—. Ningún respeto por el hombre de la casa. Ahí está ella con esa cara de amargada, haciéndose la reina del castillo. ¿Al menos preparaste algo de comer o sigues con tus tonterías?

Clara se quedó de pie en la cocina, con los brazos cruzados. No respondió inmediatamente. Diego se quitó los zapatos de cualquier manera y se dirigió al baño dando tumbos. Nunca se lavaba las manos ni se cambiaba de ropa al llegar. Para él, eso eran “cosas de mujeres”.

Desde su cuarto, el niño preguntó en voz baja:

—¿Otra vez papá…?

Clara asintió con tristeza.

—Sí, hijo. Otra vez.

Diego salió del baño unos minutos después, todavía tambaleándose. Se dejó caer en el sofá del salón y encendió el televisor a todo volumen. Gritó hacia la cocina:

—¡Trae la cena! ¡Estoy muerto de hambre! Todo el día trabajando como un burro y llego a casa a que me reciban con cara de funeral. ¡Mujer, muévete!

Clara preparó un plato sencillo: arroz, frijoles y un poco de carne que había sobrado. Lo puso en la mesa sin decir una palabra. Diego empezó a comer ruidosamente, masticando con la boca abierta y quejándose de todo.

—Esto está frío… ¿No sabes ni calentar la comida? En casa de mi mamá siempre había sopa caliente esperándome. Tú en cambio… solo sabes quejarte y malcriar al niño.

El pequeño Juanito se asomó desde el pasillo, pero Clara le hizo una seña para que volviera a su cuarto. No quería que viera más de lo necesario.

Esa noche, como tantas otras, Diego siguió bebiendo de una botella que había traído escondida. Hablaba solo, se reía de sus propios chistes y luego se ponía agresivo. Criticaba el sueldo, la casa, la comida, la forma en que Clara vestía, cómo educaba al niño… Todo era culpa de ella.

Clara lo observaba en silencio. Recordaba los primeros años, cuando Diego era atento y prometía el mundo. Recordaba las veces que juró que cambiaría, que dejaría la bebida, que buscaría un mejor trabajo. Promesas que se repetían una y otra vez, pero nunca se cumplían. Mientras tanto, ella trabajaba limpiando casas en el barrio, cuidaba al niño, pagaba las cuentas y aguantaba las humillaciones.

Al día siguiente por la mañana, Diego se levantó tarde, con resaca. Gritó desde la cama pidiendo café. Clara se lo llevó, pero esta vez no bajó la mirada.

—Diego, tenemos que hablar.

—¿Hablar? ¿Ahora? Tengo resaca, mujer. Déjame en paz.

—No. Ya no más. Estoy harta.

Él se rio con sarcasmo.

—¿Harta? ¿Y eso qué significa? ¿Vas a irte con el niño? ¿Adónde? No tienes nada. Esta es mi casa, mi familia. Tú te quedas aquí y sigues haciendo lo que te toca.

Clara respiró profundo. Había pensado mucho en esto. Había ahorrado en secreto durante meses, hablado con una prima en Guadalajara que le ofrecía un cuarto temporal y un posible trabajo en una tienda.

—Esta vez es en serio. Recoge tus cosas o me voy yo con Juanito. No voy a seguir viviendo así. El niño no merece ver a su padre borracho todos los días. Yo tampoco merezco esto.

Diego se incorporó furioso, pero algo en la mirada de Clara lo detuvo. Por primera vez en mucho tiempo, ella no parecía asustada. Parecía decidida.

—Estás loca. Sin mí no durarás ni una semana.

—Prefiero intentarlo sola que seguir muriendo poco a poco aquí.

Esa tarde, mientras Diego salía a “tomar aire” con sus amigos, Clara empacó lo esencial: ropa para ella y el niño, algunos documentos, los pocos ahorros y fotos importantes. Juanito la ayudó en silencio, como si entendiera que era un nuevo comienzo.

Cuando Diego regresó por la noche, tambaleándose de nuevo, encontró el apartamento más vacío y una nota sobre la mesa:

“Ya basta. No nos busques. Cuídate a ti mismo si puedes. Clara y Juanito.”

La mujer y su hijo tomaron un autobús nocturno hacia el sur. En el trayecto, Clara miró por la ventana las luces de la ciudad que dejaba atrás. Sentía miedo, sí, pero también una liberación enorme. Por primera vez en años, respiraba sin ese peso constante en el pecho.

En Guadalajara, con la ayuda de su familia, empezó de nuevo. Encontró trabajo, inscribió a Juanito en la escuela y poco a poco reconstruyó su vida. Diego intentó contactarla varias veces, prometiendo cambios como siempre, pero Clara ya no contestaba.

A veces, en las noches tranquilas, recordaba todo aquello y se decía a sí misma: “Hice lo correcto. Por mí y por mi hijo”.

Y así, con paso firme y corazón renovado, Clara comenzó a escribir su propia historia, lejos de las sombras del pasado. Ya no más humillaciones. Ya no más miedo. Solo ella, su hijo y un futuro que, por fin, les pertenecía.

Оцените статью
Elena Gante
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

Estoy harta…
Kiedy matka naprawdę odchodzi…