Verano en España. Decidí pasar unos días en una clínica de ayuno terapéutico, una de esas que hay en las afueras de Salamanca, para limpiar el cuerpo y, según dicen aquí, resetear la mente. Un día, mientras tomaba el sol en la terraza, en una tumbona contigua se acomodó una chica de una belleza casi irreal, de esas que sólo ves en portadas de revistas o en las pasarelas de Madrid.
Cruzamos unas palabras y acabamos charlando largo rato. Hablábamos sobre los motivos por los que estábamos allí, aguantando el hambre.
Me sobran cuatrocientos gramos, dijo ella de repente. Me reí, convencido de que era una broma. Pero no. En absoluto.
Llevo un año así, gorda. Mi novio dice que si no adelgazo me deja… Mira se pellizcó la piel del vientre, da hasta vergüenza sentarse.
Aquellas palabras se me quedaron rondando la cabeza mucho tiempo. La llamé, en mi fuero interno, Leonor Cuatrocientos gramos.
Al parecer, según su pareja, los que somos como yo podríamos perfectamente ser arrojados por un acantilado; en su Esparta soñada sólo caben delgados, los demás no importan.
Hace apenas unos días coincidí en una cena en un restaurante de Segovia con un grupo grande de desconocidos. Una mujer elegantísima destacaba sentada en un sillón, cruzando las piernas con gracia. El brillo sutil de las medias de cristal marcaba una silueta impecable, el zapato apenas sostenido por los deditos, bebiendo agua de una copa de vino, rodeada de miradas masculinas.
En ese momento llegó su marido. Saludó a todos los hombres estrechándoles la mano, y a ella le lanzó entre dientes, con desdén: Tápate. Qué muslos enseñas Ella se enderezó, se puso colorada, pidió una mantita al camarero a pesar de tener la chimenea cerca y pasó el resto de la velada recogida en su propio abrigo, como un gorrión asustado.
Me dio por curiosear biografías de escritores españoles famosos, buscando el secreto de su éxito en sus vidas personales. Pronto dejé de hacerlo; resultaba imposible reconciliar las luces de su genialidad con la crudeza de sus defectos humanos.
La biografía de Benito Pérez Galdós fue la gota que colmó el vaso. Adoro Fortunata y Jacinta, pero algunas facetas del autor me resultan durísimas de digerir. No es solo su obsesión por la muerte y la historia Cuando tras el nacimiento de su quinta hija (Mercedes), su esposa se debilitó y los médicos le prohibieron más embarazos porque su cuerpo estaba agotado, él respondió: Entonces, ¿de qué me sirve ya? Mercedes, la esposa, tuvo trece hijos.
Repaso Instagram y veo ese imperio de muñecas perfectas: sus días son entrenamientos, rayos UVA, envolturas corporales y spas. Son mujeres cuyo cuerpo es su trabajo, y eso exige, lo reconozco, un esfuerzo (y dinero) brutal.
Respeto todas las profesiones, pero siento que andamos muy perdidos. Las chicas quieren ser guapas para que alguien las quiera. Para que los hombres las elijan. Alguien les dijo que ser guapa es ser delgada, con cejas perfiladas, labios voluminosos y trasero redondo. Ellas asienten y se lanzan a encajar en un molde. Y a los chicos, de tanto igual, se les hace difícil distinguir a una entre todas.
Un día fui con mi mujer a un mercadillo de plantas en las afueras de Valladolid; ella se entretenía mirando y yo me perdí entre las figuras decorativas de jardín: faroles, ranas, ardillas, regaderas de colores. Observé a dos hombres debatiéndose entre varios gnomos, uno con gorro rojo de esos que parecen setas. Uno los tocaba, los miraba por todos lados, y el otro empezó a reírse:
Decídete ya, hombre, ¡que ayer elegías putas con esa misma cara!
Me hizo muchísima gracia.
A veces me pregunto, Leonor Cuatrocientos gramos, Consuelo Tápate los Muslos, Mercedes Trece Hijos ¿cómo llegamos a no querernos, ni valorarnos así? ¿Cuándo confundimos el amor propio con la conformidad? ¿Quién fijó que la figura y la cara perfectas son esenciales para ser querido?
Tengo decenas de ejemplos de que el físico poco tiene que ver con el amor. Mi amiga conoció a su marido en un hospital de Burgos, en nefrología, con bata, pálida, despeinada, con una bolsa para recoger orina asomando por la bata. Y se enamoró de ella así.
¿Habéis mirado a Frida Kahlo alguna vez? ¿Visteis sus cejas? La cortejaron los hombres más adelantados de su época.
Recuerdo cuando me sacaron una muela del juicio cerca del Retiro de Madrid y la cosa se complicó: fiebre de casi cuarenta, encía destrozada, mejilla hinchada cual pelota. Me tumbé en casa, sangrando, con la cara hecha un cuadro, sin energía. Mi marido, cuidándome, me daba yogur líquido al verme tan débil. Me salían bigotes de leche al beber. Al mirarme en el espejo, casi lloro del susto. Él, mirándome, me dijo:
Eres la más guapa del mundo, ¿lo sabes? ¡La más! Incluso ahora. ¿Quieres casarte conmigo?
Cuando mejoré, hubo restaurante, anillo, rodilla hincada, aplausos y flores. Pero lo más especial fue ese primer ¿te casas conmigo?, cuando me sentía un desastre, y le creí de verdad. Porque la belleza no es apariencia, y el amor no es perfección.
Nuestras imperfecciones nos hacen únicos y vivos. Por ellas nos quieren, por lo que nos hace ser nosotros. Después de todo, la perfección ni existe; al menos, cada uno tiene la suya.
Ahora me estoy planteando ponerme brackets. Mis dientes están torcidos y me acomplejan. Mi marido, dándome su apoyo:
¡Adoro tu sonrisa! No entiendo por qué vas a sufrir con eso, salvo que de verdad lo desees. Si fuera por mí, déjalo así.
Después del nacimiento de nuestro primer hijo, llegué a pesar ciento dieciocho kilos. Y mi marido colmándome de halagos, quitándome toda motivación para adelgazar. Cuando quise, lo hice por mí misma. El otro día miramos fotos de esos días, y yo, acurrucada en el sofá con mi bebé:
¿Por qué no me dijiste que tenía que adelgazar? ¡Estaba enorme!
Eras mi panecillo dulce. Adelgaza cuando tú quieras. A mí me gustas igual.
Hace cinco años, cuando en verano se me disparó la psoriasis por todo el cuerpo y el médico recomendó playa, yo me negaba a quitarme la ropa. Mi marido preguntó: ¿Qué pasa? Y entendí que de verdad no veía el problema; para él seguía siendo yo, con o sin manchas.
No es mi marido a quien hago propaganda, sino a la relación. Si el hombre que tienes al lado te exige cumplir su canon de belleza, no es amor, es afán de dominio.
Eres preciosa, manzana jugosa. Si él sólo ve los pequeños defectos, no te quiere a ti… quiere mandar sobre ti. Puedes quedarte por miedo a perderlo. Pero, ¿lo has pensado? ¿Perder a quién? ¿A un tirano que te trata como a un gnomo hortera?
Todo hombre, por instinto, quiere tener poder, pero su autoridad debe basarse en tu respeto, no en tu miedo. Tu entrega ha de ser elegida, no por miedo sino por deseo. Eligir a alguien que quieres seguir, porque te transmite fuerza, ternura, confianza. Alguien que te lleva de la mano al fin del mundo, y tú vas porque te nace, porque tu responsabilidad es escoger bien. Y el derecho de guiarte, eso sí, hay que ganárselo
Hoy he aprendido que la felicidad no está en alcanzar un físico perfecto, ni en cumplir las expectativas de nadie. El verdadero valor está en aceptarnos, en cuidarnos y en elegir a quien ve lo mejor de nosotros, incluso cuando sentimos que sólo mostramos nuestras grietas.





