Esta mañana, mi esposa me anunció que vamos a tener nuestro cuarto hijo. Y añadió:

Por la mañana, mi esposa me anunció que íbamos a tener nuestro cuarto hijo. Y añadió:
Comprar un piso no podemos, no hay dinero. Así que habrá que conseguir uno del Estado. Tú no vales para pelearlo, así que cada año tendrá que nacer un hijo: si no logramos calidad de padre, conseguiremos la vivienda por cantidad de niños.

Al llegar a mi Facultad, abrí tímidamente la puerta donde rezaba Decanato. El despacho estaba repleto de gente. El decano Don Cipriano Balboa y su mano derecha, Don Prudencio Carballo, celebraban una reunión.

Es cuestión de prestigio Tenemos que superar a las demás facultades en todas las pruebas deportivas ¡Ah! ¡Aquí viene nuestra esperanza! exclamó Balboa al verme entrar.

Me corté un poco.

No soy ninguna esperanza Vengo por el tema del piso

Esta semana entregan el edificio anunció solemnemente Carballo. Estás el primero en la lista. Solo tienes que saltar mañana y ya tendrás casa nueva.

¿Saltar? ¿A dónde?, pregunté con una sonrisa esperanzada.

Con paracaídas. Mañana hay competición.

La sonrisa se me congeló.

¿Dónde hay que saltar?

Al suelo.

¿P-pero para qué?

¿No ves la tele? intervino el decano, perplejo. Esta de moda ahora: actores patinando, cantantes haciendo trapecio en el circo Ahora les toca a los científicos batir récords. El profesor Hidalgo boxeó ayer dijo señalando a un enclenque, con la nariz hinchada y tres tiritas en la cara. La semana pasada, el doctor García luchó en grecorromana. Ahora reposa en el hospital Y ahora, te toca a ti. El sorteo te ha asignado el paracaidismo.

Al oír sorteo, sentí que me flaqueaban las piernas.

¿Cuándo tengo que saltar? pregunté, con voz trémula.

Mañana, en el Día de las Aves anunció Carballo.

Buscando compasión, miré al decano.

¿Y qué ganan las aves con que yo me mate?

El decano se me acercó, apoyándome una mano en el hombro.

Como familia numerosa, tendrás el piso en cualquier caso, pero Hay unos con terraza y vistas al parque, y otros junto a la fábrica de cemento Al repartirlos, tendremos en cuenta la participación activa en la vida de la facultad

Silencio. Me tomé una pastilla de valeriana y pregunté:

¿Y si no aterrizo o paso de largo? ¿Mi familia tendrá piso con vistas al parque?

Carballo sonrió con calor:

Ya conoces la norma: viudas y huérfanos, pasan al principio de la lista. ¡Y no te preocupes! me palmoteó animosamente la espalda. No saltas solo, tienes pareja experimentada.

Señaló a un pálido becario con gafas, arrinconado.

Es doctorando explicó Carballo. Le van a echar por el recorte de plantilla.

Desde niño he tenido pánico a las alturas. Me mareaba subiéndome a una silla para colgar un cuadro. Al oír hablar de aviones me entraba vértigo. Así que al anochecer, en casa, intenté entrenar: saltaba repetidas veces del sofá al suelo.

Al día siguiente, nos llevaron, a mí y al doctorando kamikaze, en una furgoneta negra, parecida a un coche fúnebre. Detrás, Don Cipriano en coche oficial. Y después, en el tranvía, treinta profesores, doctores y catedráticos, como séquito de apoyo.

Al llegar, nos recibió Carballo junto con la banda municipal contratada: comenzó a sonar una marcha fúnebre. La banda era, en realidad, del tanatorio, y la melodía resultaba tan de despedida que hasta el piloto se emocionó. Tres músicos subieron al avión con nosotros, para animar la caída.

El instructor, hombre bondadoso y discreto, nos miraba con una mezcla de compasión y resignación. Al ver mi barriga, ordenó que me dieran un paracaídas extra. Si el becario parecía ya un dromedario, yo me asemejaba a uno de dos jorobas.

Ya en el aire, el instructor repasó, por última vez, todas las maneras en que un paracaídas podía fallar, y nos besó tres veces a cada uno. Luego levantó la trampilla, me miró apurado y susurró: es hora.

Sin decir palabra, le tendí un sobre.

Déselo a mi esposa. Si es niño, que le ponga mi nombre.

El instructor intentó tranquilizarme:

El miedo es solo al principio. Luego ya no se siente nada

¡Adelante, valientes! animó el piloto.

Los músicos tocaron ¡No nos rendimos jamás!. Cerré los ojos y salté. Al abrirlos, aún estaba en el avión, o mejor dicho, la mitad superior de mi cuerpo; las piernas ya colgaban en el vacío: ¡me había atascado! El instructor y el becario empujaban mi cabeza, pero nada.

Habrá que engrasarle sugirió el becario.

El instructor, cada vez más nervioso:

¡Dejen libre el hueco! gritó. Están colapsando la salida.

¿Cómo me saco? contesté yo con otro grito.

¡Suelte el aire!

Solté un largo uuuuu, vaciando los pulmones, y caí de golpe. Tiré del anillo antes de tiempo, por lo que el paracaídas quedó enganchado en el tren de aterrizaje y me quedé balanceándome bajo el avión.

El piloto maniobraba como loco para soltarme, pero yo me aferraba firmemente.

¡Deje de hacer el gamberro! gritó el instructor. ¡Suelte ahora mismo el avión!

Pero yo no soltaba.

El instructor se asomó medio cuerpo por la trampilla, el becario sujetándole de los pies, e intentó soltarme. Ya estaba cerca cuando, por un giro brusco, salieron lanzados los dos: el instructor, aferrado a mi chaqueta, y el becario, aferrándose a las piernas del instructor.

El vuelo fue entonces más entretenido. Parecíamos una troupe de trapecistas volando en cadena.

Los músicos tocaron ¡Volad, palomas, volad!.

El instructor no podía más: ¡El becario me corta la circulación, voy a acabar gangrenado!

Para ayudarle, ofrecí mis piernas al becario, que no quiso: prefería las patas del instructor, más finas y fáciles de agarrar.

El avión, con tres cuerpos colgando, no podía aterrizar. Dio vueltas sobre el aeródromo descendiendo. Pero los desprendimientos debían ser por turnos, empezando por el becario. El aparato bajó tanto que el becario rozaba el suelo, pero no soltaba, y al final volvió a elevarse arrastrándonos otra vez.

El instructor deseaba que le fallaran las piernas junto con el becario.

La banda tocaba El cielo, nuestro verdadero hogar.

El combustible se agotaba. Sacaron un palo con una cuerda desde la trampilla, encestaron al becario de los pies y, tirando, nos metieron de vuelta: primero al becario, luego al instructor y después a mí, que volví a atascarme: la cabeza dentro, las piernas fuera. Pero ya no daba miedo. El avión iba a aterrizar y tuve que correr un buen trecho a toda velocidad sobre la pista.

Nadie murió, todos reíamos.

La banda interpretó la marcha fúnebre más alegre de su repertorio.

Solo el pobre instructor no podía moverse: el becario le seguía agarrado a las piernas con fuerza brutal. Tuvieron que despegarle los dedos con unos alicates.

Ya liberado, pusieron al instructor de pie. Todos pudieron ver que tenía los pantalones acortados, como bermudas largas. Pero no era eso: sus piernas se habían estirado tanto por el peso que andaba como un avestruz.

Mañana, repetimos anunció Carballo.

Al oírlo, el instructor se quedó blanco como mi paracaídas sin abrir y, sobre sus nuevas patas, saltó al teléfono. No sé a quién llamó ni qué dijo, pero a mí me dieron por ganador, en esta, en la próxima, y en todas las competiciones durante la próxima década. Incluso me dieron récord de velocidad terrestre: ¡corrí a la velocidad del avión! Aunque solo bajaron mis piernas, y el resto volaba, así que dividieron el mérito en dos.

Aun así, fue un récord imbatible, y aprendí que a veces, para conseguir lo que queremos, hace falta perder el miedo, lanzarse aunque tiemblen las piernas, y, sobre todo, nunca soltar a quienes nos acompañan por mucho vértigo que dé la vida.

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Elena Gante
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Esta mañana, mi esposa me anunció que vamos a tener nuestro cuarto hijo. Y añadió:
— Ти мені навіть сумочку купити не можеш? У моєї подруги Ігор дві за місяць купив.