Entré en la oficina media hora antes de lo habitual, porque había olvidado mi portátil en casa. Sobre la mesa de mi compañera de trabajo descansaba el cuaderno de cuero rojo de mi madre el mismo que siempre guardaba bajo llave en el cajón de su mesa en casa.
Me planté junto al escritorio y lo observé unos segundos, sin atreverme a tocarlo. Era un cuaderno antiguo, con una esquina algo desgastada y una mancha de tinta en la parte inferior derecha. Recordaba esa mancha perfectamente: la había hecho yo con dieciséis años, cuando revisaba a escondidas las cosas de mi madre.
Vaya, has llegado temprano escuché la voz de mi compañera tras de mí.
Me giré. Lucía estaba en la puerta con un vaso de agua en la mano. Sonreía con tranquilidad, pero al notar hacia dónde miraba, su sonrisa se volvió tensa.
Eso ¿de dónde lo has sacado? pregunté, señalando el cuaderno.
Lucía miró el cuaderno, después a mí.Lo compré dijo.
Ese fue el primer indicio de que algo no encajaba.
No susurré. Ese cuaderno es de mi madre.
Lucía se acercó al escritorio y lo cerró con lentitud.
Seguro que se parecen.
No, no se parecen respondí. Es exactamente el mismo.
Guardamos silencio durante unos segundos. Después señalé la mancha de tinta.
Esa mancha la hice yo hace quince años.
Lucía palideció.Vale admitió al fin. No lo compré.
¿Entonces de dónde lo has sacado?
Suspiró y se sentó.Me lo dio tu hermano.
Sus palabras me golpearon tan fuerte que por un instante me quedé sin reaccionar.
¿Quién?
Tu hermano repitió en voz baja. Me lo entregó ayer.
Mi mente empezó a encajar las piezas rápidamente. Dos días antes, mi hermano había estado en casa. Mi madre le había prestado la llave del piso porque iba a arreglar algo en la cocina.
¿Por qué te daría el cuaderno de mi madre? pregunté, incrédula.
Lucía me miraba de forma extraña.Él dijo que era tuyo.
¿Qué has dicho?
Que era un diario antiguo tuyo. Que te lo habías dejado olvidado.
Ese momento me hizo comprender que todo era más grave de lo que parecía.
Aquel no era mi diario. Era el diario personal de mi madre, lleno de cosas que nadie más debía leer.
¿Lo abriste? pregunté.
Lucía guardó silencio. Ese silencio fue todo.
Solo un poco confesó al fin.
¿Qué leíste?
Me miraba como si dudara entre contarme la verdad o no.
La primera página susurró.
¿Y?
Mi voz ni siquiera parecía la mía.
Lucía tragó saliva.Allí pone que tu padre no es tu padre biológico.
La sala, de pronto, pareció encogerse.
¿No es mi padre?
Eso pone dijo en voz baja. Tu madre nunca se lo contó a nadie.
Ese instante comprendí para qué había cogido mi hermano el cuaderno. Lo había leído. Y decidió que yo también debía saberlo pero eligió la peor manera posible.
Me quedé de pie, mirando el cuaderno sin atreverme a abrirlo.
Si lo que había dentro era verdad, todo mi mundo cambiaría. Y si no, mi hermano había resquebrajado nuestra familia por algo incierto.
Ahora me debato entre regresar a casa y preguntar directamente a mi madre o no abrir nunca ese cuaderno.
A veces lo más sencillo sería vivir en la ignorancia, pero el valor consiste en buscar la verdad, aunque duela. Porque al final, solo así podemos construir nuestra verdadera historia.






