En Nochevieja, se apareció de pronto la vecina:
¿Puedo pasar un ratito? No nos han pagado este mes. No tengo nada en casa, ni unas galletas para darles a los niños con el té. Estoy sola con los chicos y claro, ellos querían algo de fiesta
Leonor estaba ante los fuegos, espiando la magia de su pato confitado con naranjas recién sacado del horno. El aroma era tan denso y dorado que parecía llenar el aire de otro mundo. Desde el amanecer llevaba allí, vigilando el ave, rociando jugos, sin apartar la vista, como en un hechizo navideño. El resultado parecía de portada de revista.
Álvaro, ven a mirar llamó a su marido.
Álvaro asomó silbando, aprobando con el pulgar:
Leonor, esto es nivel Casa Botín.
¡Faltaría más! rió ella, satisfecha. Ahora lo paso a la bandeja, lo adorno y quedará fetén.
Con todo el mimo, trasladó el pato al centro de una fuente de cerámica, esparciendo gajos de naranja y ramitas de romero. Era arte comestible.
La mesa ya estaba a rebosar: tres ensaladas rusa, de remolacha y queso feta y una de ventresca de atún, montaditos con huevas de salmón, tablas de embutidos y quesos curados, un frutero con uvas y kiwis. En una esquina, una fuente de croquetas caseras con patatas.
¿Vas a abrir un catering? bromeó Álvaro.
Qué va replicó Leonor con calma. Sólo quiero una Nochevieja en condiciones. Nos lo hemos currado todo el año, esto sí nos lo podemos permitir.
Él la abrazó por los hombros:
De acuerdo. Hacía siglos que no celebrábamos así.
Y era verdad; llevaban años ahorrando cada céntimo para la reforma. Ahora, por fin, con la obra terminada y el trabajo estable, podían regalarse una velada.
Leonor pulió el ambiente: dispuso cubiertos brillantes, sacó las copas de cristal que siempre dormían en el armario. Todo debía lucir radiante y real.
A eso de las diez, la mesa lucía perfecta. Los dos se vistieron de fiesta y se sentaron frente a frente. Álvaro llenó las copas.
¿Brindamos por nosotros?
Por nosotros.
Chocaron las copas. Leonor probó la ensaladilla. Perfecta. Álvaro se sirvió el pato, rodando los ojos de felicidad:
Leonor, eres la bruja buena de la cocina.
Fue como un sueño. Esa cena, esa calma compartida, el tiempo suspendido, lo sentía como auténtica fortuna.
A las once exactas, el timbre retumbó como una alarma de otro mundo.
Se miraron, extrañados. ¿Quién sería a esas horas?
Álvaro fue a abrir. Detrás estaba la vecina, Carmen, con sus dos hijos. Tenía el rostro cansado y los ojos humedecidos.
Perdona el atrevimiento ¿Puedo quedarme un rato? Hoy hoy no puedo más.
¿Ha pasado algo? preguntó él, inquieto.
Todo sin cobrar, y encima en negro, así que nos han dejado tirados. No tenemos ni pan, ni nada para Nochevieja. Mis amigas dijeron que vendrían y nada. Y los críos ellos querían fiesta.
Los chicos, con sus viejos jerséis, mudos y flacos, tras su espalda.
Álvaro vaciló. Dejarles fuera esa noche sonaba inhumano.
Entrad, dijo al fin. Voy a avisar a Leonor.
Cuando Leonor cruzó la cocina y vio la escena, supo que la noche tranquila había volado.
Buenas, Carmen chicos.
Perdona que irrumpamos así, de veras Carmen se secaba los ojos. No sabemos adónde ir sólo veinte minutos, te lo juro.
Leonor miró a los niños. Callados, los ojos fijos en la cocina y sus olores.
Pasad. Acercaos a la mesa suspiró, rindiéndose.
Los visitantes entraron y el tiempo cambió de ritmo.
¡Mamá, mira todo esto! exclamó el mayor. ¡Cuánta comida!
¿Podemos probar las huevas? pidió el pequeño, alargando la mano.
Sentaos dijo Leonor, seca, sin saber bien dónde mirar.
Se apresuraron. El mayor atrapó la pierna de pato con las manos:
¿Se puede, tía Leonor?
Sin esperar respuesta, mordió entusiasmado. El pequeño ya arrasaba los canapés.
¡Cómo sabe esto! exclamó dichoso. ¿Puedo repetir?
Carmen tampoco paró: servía y animaba a sus hijos.
Comed, chicos, comed. En casa, sólo macarrones hervidos, y esto es una fiesta.
Comieron con ansia, como si el tiempo fuera a acabarse; el mayor barrió media ensaladilla, el pequeño todo el salmón. Luego asaltaron los fiambres y quesos.
En cuestión de minutos, ya no quedaba ni sombra de aperitivo.
Leonor contemplaba aquello como si flotase fuera de sí, una escena absurda. Álvaro buscó suavizarlo:
Vaya saque, chavales
Pero nadie le oyó. Ya devoraban el pato. Los trozos desaparecían a puñados.
¿Queda pan? preguntó el mayor.
En silencio, Leonor llevó una cesta. Al momento ya montaban bocadillos. Carmen, entre suspiros, iba probando ensaladas, pato y croquetas.
Perdonad decía con la boca llena. Entendéis, los niños tenían hambre.
Veinte minutos después la mesa era un solar. Las ensaladas, el pato, el salmón y hasta la fruta: ni rastro. Los invitados solo dejaron el eco de un festín voraz.
Quieta, impasible, Leonor vio evaporarse los dos días de esfuerzo, dinero y esperanzas de una velada íntima. Soñaba con una noche serena a dúo; fue otra cosa.
Cuando el reloj marcaba las doce menos cuarto, Carmen se levantó:
Bueno, nos marchamos ya. De verdad, gracias. Nos habéis salvado.
Los chicos comenzaron a prepararse. El pequeño cogió al vuelo un pastelito:
¿Me lo puedo llevar?
Claro respondió Leonor, exhausta, sin mirar.
Los visitantes se despidieron de manera protocolaria y salieron. Puerta cerrada. Leonor y Álvaro quedaron en la cocina, frente a lo que había sido una mesa de celebración.
Platos vacíos, bandejas limpias, todo devorado. Solo un par de mandarinas resistían en el frutero.
¿Has visto eso? susurró Leonor.
Lo he visto murmuró Álvaro.
Se lo zamparon todo. Dos días cocinando para esto.
Leonor
Tampoco agradecieron nada. Solo comían, tragaban, pedían más.
Álvaro la abrazó. Leonor no lloraba. Miraba los platos, buscando una explicación, un sentido.
Apenas con las campanadas, brindaron de nuevo. El ambiente ya era otro; el ánimo, roto.
Al día siguiente, Leonor recogía la cocina, lavaba platos, guardaba los últimos restos; si sobraba algo, apenas era digna de ese nombre.
Mira, Álvaro dijo ella, entiendo las dificultades. Que no les han pagado Pero ¿por qué no paró a sus hijos? ¿Por qué no dijo nunca «es suficiente, que esto no es nuestro»?
No lo sé encogió los hombros Álvaro. Quizá tenían hambre de verdad.
Una cosa es hambre y otra codicia replicó ella, tranquila. No era hambre, era como si nunca fueran a volver a comer.
Álvaro calló; ella siguió:
La Carmen suspira, pone cara de mártir, pero llenaba los platos sin mirarnos. ¿Y a nosotros quien nos pensó? ¿Qué cenamos luego?
La tarde del uno de enero, Leonor coincidió con Carmen en el portal. Ella saludó, exultante:
¡Feliz año, guapa! Gracias otra vez por la acogida.
Leonor le devolvió una mirada seca, y notó que en su interior algo hacía clic.
Hola dijo, breve, y subió sin más.
Carmen quedó mirándola, perpleja. Leonor, tras tirar la basura, regresó.
¿Te cruzaste con Carmen? preguntó Álvaro.
Sí.
¿Y qué tal?
Ya no pienso volver a cultivar trato con ella. Hay quien toma la generosidad por barra libre.
Pasó una semana. Leonor coincidía con la vecina en el ascensor, en el rellano, pero hacía como si no la viera. Carmen probó iniciar conversación; ella solo respondía el silencio.
¿Aún estás así? le dijo Álvaro un día.
No estoy enfadada contestó Leonor, pausada. Solo aprendí: la compasión mal entendida deja la casa vacía y el corazón en ruinas. Dimos entrada y nos quedamos sin nada propio, y sin fiesta.
Pero realmente lo pasan mal
Álvaro, las penas no otorgan derechos. Puedes pedir un poco, no arrasar. Ni un «lo siento» sincero.
Él suspiró, aceptando. No había nada que debatir.
Un mes después, la relación nunca se recompuso. Leonor apenas saludaba, a veces ni eso. Carmen, decepcionada, empezó a quejarse al vecindario de lo estirada que se había vuelto la otra. Pero eso le daba igual.
Ese año, a Leonor se le grabó el recuerdo: la mesa vacía, las bocas felices e insaciables de quienes confundieron hospitalidad con permiso para devorar. Y decidió algo para siempre: nunca más abrir la puerta a quien viera la generosidad como una cantera para su propio festín.






