En 1951, un joven australiano de 14 años, James Harrison, despertó en una cama de hospital… con cien puntos de sutura en el pecho. Los médicos acababan de extirparle un pulmón para salvarle la vida

En 1951, cuando tenía catorce años, desperté en la fría cama de un hospital de Madrid, con cien puntos en el pecho. Los médicos acababan de extirparme un pulmón. Para poder sobrevivir, necesité trece transfusiones de sangre de personas completamente desconocidas, cuyos nombres jamás sabría.

Mi padre, Regino, estaba sentado a mi lado. Me miró con ternura y dijo una frase que marcó mi vida para siempre:

Sigues vivo solo porque alguien decidió donar su sangre.

En ese momento, me hice una promesa: cuando cumpliera los dieciocho, me convertiría yo también en donante. Devolvería aquello que una vez me salvó la vida.

Había un problema, claro. Siempre he sentido pánico a las agujas.

A pesar de ello, el día de mi cumpleaños entré en el quirófano de donación, me senté en el sillón, fijé la vista en el gotelé del techo y dejé que la enfermera me pinchara.

Y jamás miré. Ni una vez. Durante los siguientes sesenta y cuatro años.

Al comienzo no tenía ni idea de que mi sangre era especial.

Tras varias donaciones, los médicos descubrieron que mi plasma contenía un anticuerpo excepcionalmente raro. Probablemente se desarrolló gracias a todas las transfusiones que recibí siendo niño. Ese anticuerpo era la clave para prevenir un fenómeno peligrosísimo: la incompatibilidad Rh durante el embarazo.

Antes, cada año morían miles de recién nacidos en España. Cuando una madre de Rh negativo llevaba un bebé con Rh positivo en el vientre, su organismo podía rechazar la sangre del feto. Abortos. Nacimientos sin vida. Daños cerebrales irreversibles.

Y la solución… estaba en mi sangre.

Los médicos me preguntaron si aceptaría donar no solo sangre, sino también plasma. Aquello implicaba sesiones mucho más largas noventa minutos, en vez de veinte y acudir cada pocas semanas. Durante toda la vida.

Me acordé de mi miedo. Pero también de los niños.

Y dije que sí.

Durante sesenta y cuatro años, jamás falté a una sola donación.

Daba plasma en los días más alegres y en los momentos de mayor tristeza. Lo hice trabajando como ferroviario y seguí después de jubilarme. No interrumpí ni siquiera tras perder a mi esposa Bárbara en 2005, en lo que llamo la época más oscura de mi vida.

En cada una de las 1173 donaciones, miraba al techo, charlaba con las enfermeras, contaba las baldosas en la pared cualquier cosa para no mirar la aguja.

El miedo no desapareció nunca. Pero yo seguía yendo.

El destino me sorprendió con un capítulo extraordinario: mi propia hija necesitó el medicamento fabricado con mi plasma cuando se quedó embarazada. Mi nieto, Rodrigo, hoy vive gracias a esa decisión que tomé tantas décadas atrás.

En mayo de 2018, con 81 años, y según la ley española, tuve que donar plasma por última vez.

En la sala, varias madres sostenían en brazos a sus bebés sanos una prueba viva de mi pequeño anonimato heroico. Me dieron las gracias entre lágrimas.

Me senté en el sillón por última vez. Aparté la mirada. Y doné plasma por vez número 1173.

Desde 1967, se administraron más de tres millones de dosis del medicamento Anti-D, elaborado con mis componentes sanguíneos. Los científicos calculan que mi donación contribuyó a salvar la vida de aproximadamente 2,4 millones de bebés solo en España.

Cuando me llamaban héroe, yo solía encogerme de hombros:

No hago más que sentarme en una sala segura y donar sangre. Me tomo un café, como una galleta y luego vuelvo a casa. Sin más.

Fallecí plácidamente mientras dormía, el 17 de febrero de 2025, con 88 años.

A menudo buscamos héroes en las películas o en los libros de historia personas con superpoderes, riquezas y fama. Pero a veces, un héroe es simplemente alguien que cumple una promesa durante sesenta y cuatro años.

Alguien que siente un miedo auténtico, paralizante, pero aun así hace lo que sabe que debe hacer.

Hoy, millones viven porque una sola persona consideró que su propio temor era menos importante que la vida de otros.

Y tú, ¿qué pequeño pero valiente paso podrías dar aunque te aterre para ayudar a los demás? Yo aprendí aquello: no es necesario no tener miedo, sino hacer lo correcto aunque uno tenga miedo.

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Elena Gante
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En 1951, un joven australiano de 14 años, James Harrison, despertó en una cama de hospital… con cien puntos de sutura en el pecho. Los médicos acababan de extirparle un pulmón para salvarle la vida
Mi sobrino se quedó conmigo, y ellos se acordaron de él cuando ya había pasado bastante de las doce del mediodía.