El Último Rayo

DIARIO DE UNA TARDE CASTELLANA

Todos en el hospital hablaban de la jefa del servicio de Medicina Interna: los hombres la miraban con admiración, las mujeres con la envidia a medias disimulada. A ella, esbelta y de penetrantes ojos oscuros, el uniforme blanco le sentaba de maravilla. Solía recogerse el cabello en un moño bajo, y la cofia perfectamente almidonada le daba aún más porte. No sé si era por los tacones siempre a la medida justa o por su caminar suave, pero el eco de sus zapatos, lejos de molestar, resultaba calmante. Aparentaba unos cuarenta y cinco, pero nadie en el hospital sabía con exactitud su edad. Severidad y falta de concesiones eran rasgos de doña Clara Belmonte Herrera, ante quienes empleados y pacientes mantenían siempre cierta distancia.

Algún paciente, o compañero, intentaba coquetear con ella, le invitaban a tomar algo, le regalaban bombones o flores. Pero ante esa mirada seria, se quedaban clavados en el sitio, sin articular palabra. Circulaban rumores: que había sufrido un desengaño, que perdió a su marido en algún accidente en el mar o en una misión en el extranjero, que había perdido un hijo Nadie sabía qué era verdad y qué invención. Lo único seguro es que vivía sola y mantenía alejada a la gente, aunque sería injusto llamarla fría o implacable.

En su juventud, Clara se había enamorado sin remedio de su compañero de universidad, el apuesto Javier Belmonte. Vivía por él, y aun así, aquel chico, tan deseado por todas, se sintió agobiado por esa devoción. Al final, la dejó por otra. Desde entonces, Clara cerró su corazón, quién sabe si aún recordando al bello Javier, o si por miedo a nuevas heridas.

Hoy, me he detenido como siempre en la mesa de las enfermeras.

Violeta, por favor, ¿puedes darme la historia de Gómez, de la 5ª? Quiero dejar hecha la carta de alta para mañana.

Con la carpeta aferrada al pecho, regresé a mi despacho.

El hombre está mejor… Ahora, solo depende de sus ganas de sanar y el aguante de su cuerpo cuándo volveremos a verlo, pensaba yo mientras tecleaba la hoja de alta en el ordenador: pruebas hechas, indicaciones, resultados sanguíneos…

Quedaba media hora para el final de la jornada. Salí de mi despacho, cerré la puerta y me quedé clavada. Al fondo del pasillo, una mujer hablaba bajo por teléfono, mirando por la ventana. Oí sus palabras extrañas.

No, no ha muerto. Está más vivo que nunca. No te enfades. Se lo he dicho… No, de ninguna manera… ¿Tú crees que no lo sospechaba? Ya veremos esta noche.

Guardó el móvil y marchó hacia las escaleras, sin mirar.

Entré en la 5ª habitación. En otro momento, quizá habría lanzado alguna advertencia sobre los peligros de fumar, viendo las camas vacías. Pero al ver la espalda tensa de Gómez, mirando el patio por la ventana, guardé silencio.

Don Iván, mañana empecé, pero al girar él hacia mí, con los ojos llenos de pena y fatiga, callé de golpe.

¿Le ocurre algo? me senté junto a su cama, procurando no ser intimidante. ¿Se encuentra mal? ¿Le duele algo?

¿Podría… no darme el alta aún? No tengo a dónde ir alcanzó a decir, con frases rotas.

Su cama está ocupada ya intervino desde la esquina el otro ingresado, un cabello cano corto, voz enérgica. Su mujer ha traído a otro. Ha dicho: Fin de la comedia. Ahora pertenezco a otro, y seré suya para siempre. Y a Iván, patada y fuera. Perdone la vulgaridad.

¿Es cierto? pregunté, casi en un susurro.

En ese instante caí en la cuenta: justo de Iván hablaba aquella mujer por teléfono. Esperaba su muerte, y al no llegar, le arrebató el lugar.

Don Iván, hombre corpulento, más de cincuenta años, el cabello cano cortado al uno, la mirada triste en el ventanal. Me fijé fuera: finales de abril, los capullos hinchados en las ramas desnudas del parque hospitalario, prestos a desplegarse. Pero el cielo, gris y frío, amenazaba con alguna nevada tardía. Nada de sol ese día.

¿No tiene dónde ir? ¿Y amigos o hijos? me atreví a preguntar.

Cada uno con su vida Un par de días me acogen, y luego, ¿qué? Uno tiene su dignidad… Sabía que ella salía con otro Pensé, ya se cansará…

Don Iván, unos días más no cambian nada, y necesitamos la cama, contesté tras dudar. Mire, tengo una casa en la sierra, a unos ochenta kilómetros de la ciudad. El acceso es bueno. La casa es sólida, pero necesitará manos y fuerza, lleva años vacía. Mañana por la mañana le traigo las llaves y le explico cómo llegar.

Me fui antes de que replicara.

Madre mía… dijo el compañero, animado. Qué sorpresa, Clara. Si rechazas esto, eres tonto, Iván. Tu gata infiel no merece ni la uña del pie de la doctora.

El majuelo ya había florecido, y tras el aire fresco, llegaron días de sol y calor. El domingo temprano cogí mi “Seat León” y tomé camino a la sierra a ver a mi paciente.

Me sorprendió el cambio de la casa: las contraventanas relucían de azul, el tejado parcheado, y donde había una escalera rota, brillaba un peldaño nuevo. Aparqué en el patio. Iván salió descalzo, en vaqueros y camiseta, irreconocible: piel bronceada, hombros rectos, los músculos reforzados por el trabajo. Parecía feliz y descansado.

¡Buenos días! Vine a ver cómo sigue todo. ¿No le hacen la vida difícil por aquí?

Qué va, mujer Solo viven tres abuelas ancianas que agradecen la compañía. Los veraneantes van a lo suyo sonrió, aún sorprendido.

Se nota el beneficio del aire castellano. ¿Y el trabajo?

Lo mío… poca cosa. Tras licenciarme del ejército, vi que sólo sabía ordenar soldados en el patio. Fui portero un tiempo, nada del otro mundo. Pero mi pensión es buena.

A ver, enséñeme cómo se ha instalado cerré al fin la puerta del coche, me acerqué al porche.

Perdona mi torpeza se dio una palmada en la frente. Tantas visitas no recibo Pase, por favor.

Entré en el salón. En el suelo, limpias alfombras de lana, tejidas seguro por alguna abuela. La luz jugaba entre las cortinas blancas y en las ventanas había macetas con geranios. Un reloj de péndulo daba un toque cálido.

Esos geranios me los dio Valentina, la del final del pueblo Me hace sentir más en casa, ¿verdad? sonrió, esperando mi aprobación.

¿Y ese olor? Huele riquísimo me giré para mirarle.

He preparado un cocido y patatas en el horno. ¿Quiere probar? se animó, por primera vez le vi sonriente. No fue fácil al principio, nunca viví en el campo. O crudo o quemado… Las vecinas me han enseñado mucho.

La atmósfera me envolvió en recuerdos. Qué bien se estaba Me vino la memoria de mi madre, cargando el coche de botes de pimientos y mermeladas para el invierno. Desde que murió, no podía venir. Tampoco vender la casa con tantas memorias. Pasó de mis abuelos a ella, siempre la conservó.

La voz de Iván me sacó de mis pensamientos.

Dígame, ¿hasta cuándo puedo quedarme por aquí? preguntó, preocupado.

Lo que quiera. Llevo casi diez años sin venir. A lo mejor paso a verle otra vez, si no le importa Aquí siento el calorcito de cuando vivía mi madre. Ni sé ni quiero encargarme de la casa ni del terreno confesé, bajando la mirada.

¡Ah, se me olvidaban las cosas que le he traído! dije, salí deprisa por las bolsas de comida al coche.

Iván pareció tranquilizarse. Lo noté al ver mis piernas desnudas bajo el vestido claro, sin bata ni cofia, algunas mechas rebeldes escapándose del moño. Yo parecía más accesible. Y él se miró las manos, aún llenas de raspones del trabajo y se notó mayor, por primera vez.

Marché con el anochecer, dejando en el aire el perfume suave de mi colonia. Todo parecía impregnado de mi presencia. Iván no pudo dormir, revuelto en la cama, extrañamente agradecido por el giro vital que su mujer, sin querer, provocó.

Dos meses después volví con más víveres y una caña de pescar. Él había arreglado la cerca, y me contó con orgullo cómo mujeres aún más mayores de pueblos colindantes venían a pedirle ayuda para reparar cosas, pagándole en leche, nata y huevos caseros.

La casa ya vivida parecía lucir con orgullo; el jardín renovado, las jardineras mostraban “héroe encontrado”.

En invierno le invitaré a pepinillos en vinagre presumía Iván, y yo, divertida, vi con agrado que había perdido barriga, y se le veía más saludable. Yo me sentía también observada, y me sonrojaba más de una vez.

El sol caía ya sobre el horizonte, tiñéndolo todo de naranja.

Aguarde un momento dijo Iván, salió deprisa.

Recorrí la casa, notando la mezcla de olores y pertenencias nuevas. Me extrañó tardara, y lo busqué en el huerto. Allí estaba, sentado junto a la tapia.

¡Iván! corrí y caí de rodillas junto a él.

Palpé un pulso irregular, busqué corriendo mi botiquín en el coche, olvidé un vaso de agua y volví a por ello. Eso sí, me movía nerviosa, el vestido ondeando al correr. Si pudiera ponerle una inyección pensé, desesperada, dándole un comprimido y el agua.

Tras quince minutos, mejoró y le ayudé a acostarse.

Ha sido un golpe de calor, quería recoger pepinillos para su viaje murmuró, y luego, callando, se atrevió: Quédate usó el tuteo por primera vez, casi con miedo.

Me quedé de pie pensando mi respuesta, mientras él escondía el rostro en mi abdomen y suspiraba.

La felicidad Una se acostumbra a estar sola, sin miedo al abandono. Pero, de repente, dos caminos se cruzan y ya no se separan. Amar no siempre es arrollador como en la juventud; con los años, es sencillo, cálido y dulce, como el último rayo del sol tras la llanura castellana.

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Elena Gante
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El Último Rayo
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