El tío que se ofreció a llevarme hasta la casa de mis padres resultó ser tremendamente bizco. Me dejó tirado en el orfanato, menudo pollo desplumado.

El cigüeña que aceptó llevarme hasta la casa de mis padres resultó ser un auténtico bizco. Me dejó caer junto al orfanato, menuda pieza de ave. Desde ese momento, todo en mi vida fue un desatino.

A los cuarenta años, eso sí, conseguí salir del pozo en el que esa disparatada ave me metió. Me construí una casa, me casé, me compré un coche de segunda mano, por supuesto. Ya solo me queda plantar algo y criar a alguien.

A criar uno podré con Lidia, de criar un segundo ni hablamos.

Y precisamente sobre plantar, criar y la asquerosa mañana lluviosa pensaba yo, mientras preparaba el café. El aire movía pausadamente mis calzoncillos largos. Los compré mucho antes de tener familia. Qué ironía.

Alguien tocó suavemente el cristal del balcón. ¿Otra vez los críos lanzando piedras a las palomas? Os haría falta una cigüeña, gamberros.

Volvieron a tocar. Luego una vez más. ¿Quién será a estas horas? Tercer piso.

Corrí la cortina. En la terraza se movía inquieta, ni más ni menos, aquella cigüeña bizca de mis fantasías infantiles.

¡Vete de aquí, bicho! le grité, asustado. El bocadillo se tiró en picado al suelo.

Perdóname, Pablito, lo siento de verdad asomó la larga cabeza por la rendija de la puerta del balcón, lo reconozco, fue culpa mía. ¡Arráncame una pluma! Mejor del ala derecha, es más grande.

Lárgate de aquí intenté empujar el pescuezo larguirucho otra vez hacia afuera, agarrándolo con las dos manos.

No seas bruto, Pablo escucha un momento, que tengo que decirte algo.

¿Encima hablas ahora? no podía creerlo, voy a hacerte un nudo en el cuello, mal bicho.

He venido a pedirte disculpas.

Ya es tarde, narigón.

El timbre sonó insistente. Ya venía Lidia.

Fuera de mi vista le dije a la cigüeña, consiguiendo al final echársela al balcón. Cuando vuelva, que te hayas esfumado.

Automáticamente me giré y salí corriendo a abrir.

Perdóname, Pablo suspiró la cigüeña, llegando a la ventanilla, te lo juro, ya está todo arreglado.

Lidia entró como un rayo, empapada y radiante. El pelo chorreando, pegado a las mejillas, los ojos le brillaban de alegría. ¿También habría visto a la cigüeña?

Sin que me diese tiempo a decir nada, soltó el paraguas y se lanzó a abrazarme.

¡Cuatro! ¡Cuatro! gritaba emocionada por toda la casa.

¿Cuatro qué? me quedé mirándola, pasmado.

¡Vamos a tener cuatrillizos! no cabía en sí de alegría. ¡Cuatro pequeños renacuajos!

Enseguida lo comprendí todo. Las palabras de la cigüeña y nuestra cuatrilliza. Salí disparado hacia el balcón. Justo en ese instante la bizca emprendía el vuelo. Intenté agarrarla por el plumón de la cola.

No llegué.

¡Espera, bicho! le grité ¡Espera, narigón!

¡Ya está arreglado! respondió desde lo alto.

Me di la vuelta. Detrás de mí estaba Lidia, y lloraba, rebosante de dicha.

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Elena Gante
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