El susurro de las montañas

—Qué alto está esto —pensó ella—. ¡Y qué amplitud! ¡Un océano de libertad!

La vista desde aquella montaña era realmente sobrecogedora, capaz de erizar la piel. A su alrededor, hasta donde alcanzaba la mirada, las nubes se deslizaban lentamente, como si reptaran en el aire. Olía a piedras calentadas por el sol y a hierbas aromáticas. Su acompañante también contemplaba el paisaje y entrecerraba los ojos, como un gato satisfecho.

Por un momento, todo aquello apartó de su mente la razón por la que había llegado hasta allí. Alejó lo desagradable, lo extraño, aquello inquietante que se agitaba dentro de ella. Pero en cuanto se apartó del borde de la montaña, aquello regresó…

…Aquella montaña no estaba en sus planes. El plan era sencillo: viajar tranquilamente en un pequeño autobús junto a él, sentados en asientos viejos que crujían, en un vehículo antiguo pero resistente. Regresar a casa después de unas vacaciones cortas e inesperadas, llenas de nuevas experiencias.

El traqueteo del autobús la había sumido en una especie de duermevela, un estado entre el sueño y la vigilia. Solo así podía explicarse por qué, sin saber cómo, había bajado en una parada en aquel lugar turístico bastante conocido. Su compañero también descendió detrás de ella, igual de repentinamente, y ahora estaba de pie mirando a su alrededor con desconcierto.

Ella parpadeó, se frotó los ojos y, solo entonces, volvió completamente a la realidad.

El autobús ya se había ido.

—No entiendo… —pensó.

—¿Y ahora qué hago? —dijo en voz alta.

—¿Cómo que qué? Allí hay una caseta, compras un billete y subes —gruñó alguien cerca—. Estos turistas… ¿probando hidromiel por el camino, o qué? Toma, unas pipas, con sal, buenas para picar.

Una anciana estaba sentada junto a la parada, casi pegada al borde.

—La montaña… —susurró ella, mirando hacia allí.

Y en ese instante olvidó todo: el autobús, la estación, las pipas.

La montaña se alzaba imponente. Atraía la mirada. Y… susurraba.

Sí, susurraba.

Le susurraba algo extraño, inquietante, estremecedor. La llamaba hacia la cima. La esperaba desde hacía mucho tiempo. Su acompañante miraba fijamente hacia arriba, frunciendo el ceño.

—Vamos a por los billetes. Considera que las vacaciones continúan —dijo él, rodeándola con un brazo—. El próximo autobús sale en hora y media, llegamos de sobra.

Ella no le dijo nada sobre lo que sentía. Lo atribuyó al estado de somnolencia del viaje. Aquellas sensaciones parecieron calmarse.

Él también estaba raro, mirando constantemente hacia la cima, como si pudiera ver algo imposible de distinguir desde allí.

—Sí, vamos. Hay poca cola, seguro que llegamos —respondió ella, aún con esa sensación extraña dentro.

Se colocaron al final de la fila. Las cabinas del teleférico se balanceaban suavemente con el viento.

—¡Eh, ustedes! ¡No se duerman ahí! —gritó una chica alegre desde la cabina—. ¡Compren los billetes ya! ¡O “billetéense”, como prefieran, y suban! ¡Que hoy son los últimos y me voy a casa!

Ella sonrió. Aquella chica transmitía una calidez sincera.

Subieron al teleférico.

Los asientos avanzaban lentamente hacia arriba. La montaña los observaba. Parecía impaciente.

El ascenso era hipnótico. Bajo ellos, praderas verdes y flores. El aire traía aromas de hierbas. Todo parecía vivo.

—¿“A las plantas les gusta esto”? ¿De verdad estoy pensando eso? —se preguntó.

Algo no encajaba.

Se imaginó siendo una brizna de hierba, mecida por el viento. Y, de algún modo, eso tenía sentido.

Su acompañante guardaba silencio, observando todo. Compartían ese estado de contemplación.

Al llegar arriba, el ambiente cambió. Había un murmullo constante de turistas. El guía intentaba organizar al grupo.

El lugar estaba en penumbra. Pinos densos, olor a resina y tierra.

Ella percibía todo con intensidad… incluso el olor metálico de las papeleras.

Era demasiado.

Su compañero también parecía afectado.

—Siempre voy a protegerte —susurró de pronto.

—¿De qué hablas?

—No lo sé… este lugar… me inquieta.

Ella le sonrió. Estaba acostumbrada a sus intuiciones.

El susurro volvió. Más fuerte.

Se acercaron a una pequeña plaza donde el guía, Carmen, explicaba que aquel lugar era considerado un sitio sagrado. Antiguamente, enterraban allí a los más respetados.

—La gente del lugar ya no viene desde hace décadas —añadió.

Algo en eso no encajaba.

Más tarde, ella habló con Carmen. La mujer estaba agotada.

—Este lugar… nos drena. A todos. Incluso a los turistas —confesó—. Algunos se desmayan. Aquí pasa algo.

—¿La montaña… “zumbea”? —preguntó ella.

Carmen la miró, incómoda.

—Mejor vayan a pasear.

Ella y su compañero se alejaron.

—Tenemos que irnos —dijo él—. Esto no me gusta.

Ella lo abrazó.

Y entonces ocurrió.

Un torrente de imágenes la invadió.

La montaña… viva.

Los muertos… no del todo muertos.

Abandonados en la cima. Fríos. Hambrientos de energía.

La montaña los sostenía. Los protegía.

Pero ya no podía.

Eran demasiados.

Ella lo entendió todo.

—Vamos —dijo, cruzando la barrera.

—¡No se puede pasar!

—Sí se puede.

Llegaron a un claro lleno de antiguos túmulos.

Ella actuó sin pensar.

Creó un campo de energía. Protección.

Pero no bastaba.

Entonces…

El cielo estalló.

Un rayo.

Otro.

Y otro.

La montaña liberó todo.

Los muertos se calmaron.

Por fin.

—¡Aquí están! —gritó Carmen—. ¡Nos retrasaron a todos!

Pero nadie estaba enfadado.

Algo había cambiado.

En la cabaña, todos estaban extrañamente animados.

—¡Qué aventura! —decían.

La montaña descansaba.

Ella despertó.

Sentía una conexión profunda con todo.

Una fuerza interior inmensa.

Y los brazos cálidos de él rodeándola.

—Un océano de libertad —pensó.

Оцените статью
Lisa Weta
Добавить комментарии

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

El susurro de las montañas
La venganza de Yulia