El precio de una segunda oportunidad

El precio de una segunda oportunidad

Javier se encontraba frente a Lucía, inclinado ligeramente hacia ella, suplicándole con insistencia que se lo contara todo. Se esforzaba por hablar suave, casi cariñosamente, como si temiera ahuyentar a su esposa con una palabra brusca.

¡Simplemente dímelo! Te lo prometo, no me enfadaré dijo, aunque la mirada no correspondía con el tono de su voz. Lucía no pudo evitar estremecerse: reconoció esa sombra familiar en los ojos de Javier, la misma desconfianza que siempre le helaba la espalda. Además, en ese momento ya estábamos separados añadió Javier, en voz baja.

Lucía suspiró, mordiéndose el labio con nerviosismo. Dentro hervía de fastidio ¡qué cansancio!. Todos los días la misma pregunta, las mismas dudas Intentó mantener la calma, pero las emociones se le escapaban.

Na-da. Nada pasó, ¿vale? ¡Ya basta de preguntar lo mismo todos los días! respondió más alto de lo que pretendía. Pensó con amargura: ¿para qué había aceptado intentarlo de nuevo? Sus amigas ya le habían advertido que hombres como Javier rara vez cambian. Ella quiso creer que el amor lo podía todo, y desoyó los consejos de los demás.

De repente, el tono de Javier cambió en seco. Se fue la suavidad, dejando paso a una irritación fría y cortante.

Pues le preguntaré a Vega sentenció, seguro de sí mismo. A mi hija no me va a mentir.

Aquello fue un bofetón para Lucía. Se le encendieron las mejillas y su voz vibró de indignación:

Haz lo que quieras. Pero recuerda que tiene solo cinco años y el último año la han cuidado mil personas distintas se irguió con las manos en puños. ¡Tenía que trabajar para mantenerla, por si te parece poco! ¿Por qué te obsesionas? ¡Con quién he salido, a quién he conocido eso ya no es asunto tuyo! Javier, estoy harta. Si una vez pude irme, ¿de verdad crees que no podría hacerlo otra vez?

Javier se quedó estático, visiblemente sorprendido por la reacción. Se le vio un destello de desconcierto en el rostro, pero enseguida, con sorna cruzada de autocomplacencia, soltó:

¿Y tienes dinero para el billete?

Pero al notar cómo Lucía palidecía de golpe, rectificó enseguida:

Perdona, no quería decir eso. Me sorprende tu cabezonería, eso es todo. Ya te dije que no habría celos. Piénsalo, por favor.

Sin dudar, Lucía cogió el primer cojín del sofá y se lo lanzó, alcanzando solo su orgullo antes de que Javier saliera de la habitación. Él iba a decir algo mordaz, pero en ese momento apareció Vega en la puerta.

La niña, vestida con un vestidito rosa lleno de volantes, corrió lanzándose a abrazar la pierna de su padre, con los ojos brillando de felicidad y una sonrisa de oreja a oreja.

¡Papi, papi, has vuelto! ¡Te he echado mucho de menos!

Javier miró a Lucía por encima de la cabeza de la niña, con una expresión que decía mira a quién quiere más la niña. Lanzó una mirada corta y burlona, seguro de sí, y después todo su rostro se tornó blando y abierto, su voz ahora tierna, nada que ver con el de hace un minuto.

Ven, mi conejita, vamos a jugar dijo, alzando a Vega en brazos y provocando una carcajada chispeante en la pequeña. Vamos a dejar que mamá descanse un poco, que está cansada.

Lucía permanecía de pie junto al fregadero, apretando tanto el trapo de cocina que los nudillos le palidecían. Sentía un nudo amargo en el pecho: ¡Estupendo! Ahora también me la vuelve en contra, pensó. Tragó saliva, conteniendo las lágrimas que presionaban en sus ojos. Basta ya, no podía aguantar más, era hora de irse.

Mentalmente ya lo tenía decidido. En una semana recibiría el título de sus cursos, solo faltaba recoger el certificado. Comprar el billete de avión sería lo siguiente. A donde fuera, pero lejos de allí. Javier estaba muy equivocado si pensaba que no tenía dinero o que se iba a quedar atrapada. Vivían en el siglo XXI: bastaba mirar unas cuantas ofertas de teletrabajo en internet y habría más oportunidades de las que necesitaba.

Dejó el trapo y fue hasta la ventana, dejando que la vista se deslizara por la animada calle de Salamanca: gente con prisas yendo de aquí para allá, coches circulando en hileras ordenadas, los escaparates encendiendo sus luces vespertinas.

Al menos hay algo bueno en haberse mudado aquí murmuró Lucía, contemplando la vida tras el cristal. Los títulos de esta ciudad tienen muy buena reputación, encontrar trabajo en cualquier parte será fácil.

Notó un pequeño alivio en la garganta, un rayo de confianza renovada. Tenía plan, y una decisión tomada. Faltaba solo esperar el documento, hacer la maleta y empezar de cero

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¿Por qué le había dado a Javier una segunda oportunidad? Ni ella misma lo tenía claro. Tal vez porque él sonaba tan sincero cuando prometía que había cambiado. Juraba que no volvería a cometer errores y sería el mejor marido y padre del mundo. Entonces, sus ojos irradiaban esperanza, su voz temblaba. Lucía no pudo resistir. Quiso creer que, esta vez, todo sería distinto: una familia feliz, paseando juntos por El Retiro, celebrando cumpleaños, soñando con el porvenir.

Pero esas promesas se quedaron en el aire. Duró apenas un mes: Javier era atento, ayudaba con Vega, preparaba la cena y recibía a Lucía con una sonrisa. Pero poco a poco, volvieron los reproches, los celos, las incontables preguntas: ¿Dónde has estado? ¿Por qué tardas tanto? ¿Con quién hablabas por teléfono?

¿Por qué se separaron aquella primera vez? Ninguna infidelidad, por ninguno de los dos. Pero la desconfianza, esa sí era la piedra angular entre ellos. Javier no era simplemente celoso: era obsesivo. Cada vez que Lucía intentaba buscar trabajo: Siempre hay hombres en la oficina, ¿verdad?. No podía siquiera visitar a sus padres sin escuchar comentarios sobre el vecino soltero que siempre le abría la puerta.

Las quedadas con las amigas también pasaron a la historia. Empezó con simple disgusto, pero luego el tono se tornó hostil:

Tus amigas solo buscan líos refunfuñaba si Lucía le pedía permiso para verlas. Todo el día coqueteando, enseñando a las casadas malos hábitos

Son libres y tienen derecho a buscar su vida respondía Lucía, encendida de rabia. Le dolía la injusticia con sus amigas, que solo buscaban compañía.

Que lo hagan solas, no tienes por qué seguir sus pasos sentenciaba Javier, cruzando los brazos.

Con el tiempo, las llamadas se espaciarían y después se cortarían. Lucía intentó explicar la situación, pero no la entendían: ¿Cómo que no puedes venir ni un par de horas? ¿Y eso de que él no te deja?. Acabó perdiendo el contacto. Se quedó sola: padres en Segovia, ni amigas ni compañeras y una hija pequeña que absorbía cada minuto: comidas, juegos, rabietas, noches en vela.

Una noche, durante la cena, Javier soltó de pronto:

Ya es hora de tener el segundo.

Lucía se quedó congelada con la cuchara en el aire. Acababa de pelear media hora para que Vega se tomara un par de cucharadas de puré, y la niña había terminado por volcar el plato y reírse a carcajadas. Lucía suspiró, recogiendo los restos, agotada. Javier le propuso tener otro, con total naturalidad, ignorando su fatiga.

Veo que te sobra tiempo libre continuó Javier, dejando el tenedor sobre el plato. He visto la conversación con tu hermana sobre esos cursos. ¿Para qué? Si no vas a trabajar.

Lucía sintió un nudo en la garganta. Aferró el mantel bajo la mesa, intentando controlar las lágrimas. Quería aprender, desarrollarse; aquello era su esperanza de futuro.

Quiero crecer, ¿qué tiene de malo? preguntó en voz baja, la voz quebrada, pero buscándole la mirada.

Justo por eso, si tienes otro hijo no tendrás tiempo para tonterías afirmó Javier, convincente, como quien ya lo tiene todo decidido.

Lucía se sintió acorralada. Lo único que pensó fue en buscar cómo protegerse en secreto. Tenía que ganar tiempo, buscar salidas. Y comprendió, por fin, que no podía seguir así.

La última gota fue la prohibición de asistir al cumpleaños de su propio hermano. Javier se opuso rotundamente: Demasiados hombres desconocidos, eso no es seguro. De nada sirvieron las explicaciones, ni que serían solo familiares.

Hasta que un día, mientras él estaba en la oficina, Lucía lo hizo: empacó todas sus cosas y las de Vega, con las manos temblando pero decidida. Llamó a su hermano Juan, que lo comprendió en el acto y la ayudó con el traslado. Incluso alquiló una furgoneta para sacar todo.

Se marcharon sin hacer ruido. Antes de irse, Lucía dejó una nota en la mesa de la cocina: Lo siento, ya no puedo más. Quiero que Vega crezca tranquila.

Ese mismo día, Lucía pidió el divorcio.

El proceso fue en el juzgado. Javier exigió un plazo de reconciliación, explotó en acusaciones: que Lucía era mala madre, que no valoraba su esfuerzo, que solo pensaba en sí misma. Interrumpía cada frase de Lucía.

La jueza, una mujer de rostro cansado y voz suave, les escuchó a los dos. Varias veces tuvo que parar a Javier, que se exaltaba. Finalmente, denegó el plazo de espera y los divorció en el mismo día.

No veo posibilidades de salvar este matrimonio dijo, mirándola a los ojos. Le deseo suerte, Lucía. Vivir así durante cinco años es muy duro.

Lucía asintió y por primera vez en mucho tiempo, sintió verdadero alivio. Había escogido correctamente.

Tras la separación, Lucía se mudó a casa de sus padres, buscó trabajo y poco a poco empezó a ser feliz. No fue fácil empaquetar todo, el viaje, ponerse al día con los suyos pero al cruzar la puerta de aquella casa, se quitó de encima una losa enorme.

Se apuntó a un curso de diseño gráfico, algo que siempre había querido pero que Javier consideraba una pérdida de tiempo. Ahora, Lucía se sumergía entusiasmada en los programas, hacía bocetos, jugaba con colores y tipografías. Estudiar le daba energía y la sensación de avanzar.

Poco a poco, llegaron nuevas amistades: mujeres del curso, alguna compañera de trabajo, la madre de una amiga de Vega. Incluso Lucía se permitió alguna cita, tomar un café en una terraza madrileña, una conversación ligera, y por primera vez en años se sintió libre. De verdad libre, sin ataduras, sin dar explicaciones.

Por las tardes, le gustaba sentarse en el porche familiar, bebiendo té de menta en su taza con flores, mientras Vega jugaba en el jardín con sus primos, hacían cabañas, daban de comer a los gorriones con migas de pan. La niña reía con una alegría tan contagiosa que a Lucía se le calentaba el corazón.

Así debe ser la vida, pensaba tomando otro sorbo, sin gritos, sin recelos, sin miedo a decir lo equivocado. Solo viviendo, apreciando los pequeños momentos y viendo crecer feliz a mi hija.

Creyó que todo por fin mejoraba. Planeaba terminar el curso, aceptar nuevos encargos, quizá alquilar su propio piso cerca de los padres Pero al año, Javier reapareció en su vida.

Lucía paseaba por el mercado de la Plaza Mayor, escogiendo manzanas para una tarta. Miraba cada pieza con cuidado, palpando la fruta, apartando las más bonitas, rojas con reflejos dorados. A su alrededor, la algarabía del mercado: voces, risas, vendedores ofreciendo su mercancía, todo en un ambiente familiar que le encantaba.

De repente sintió una mirada fija. Se giró y el corazón le dio un vuelco. Allí, entre los puestos de verduras, estaba Javier.

Había cambiado: más delgado, las facciones marcadas, ojeras profundas, la ropa le quedaba holgada, pero la mirada, esa seguía igual: escrutadora, midiendo cada gesto.

Lucía susurró él, dando un paso adelante. Su voz sonaba suave, casi tímida. Te he estado buscando.

Lucía retrocedió instintivamente, como si la cesta de la compra fuese su escudo.

¿Para qué? la voz le tembló, pese a sus esfuerzos por sonar firme. Por dentro sentía un torbellino de miedo y sorpresa.

He cambiado dijo Javier, acercándose, aunque manteniéndose a distancia. De verdad. Os echo tanto de menos No sé estar sin vosotras.

Lucía tragó saliva, asaltada por recuerdos: su primer baile bajo la lluvia, riendo y empapados; la risa de Vega viendo el arco iris desde el carrito; noches ante la chimenea, Javier contando cuentos a la niña y Lucía tejiendo una bufanda Todo eso le dolía, tan bonito y tan lejano.

Dame una oportunidad pidió Javier. Le sostenía la mirada, una esperanza sincera en los ojos. Solo una. Te demostraré que he cambiado, que no soy el mismo. Te lo juro.

De alguna manera, Javier consiguió transmitirle una sinceridad que le hizo dudar. Además, Vega echaba mucho en falta a su padre; era obvio. La niña lo preguntaba a todas horas: ¿Cuándo viene papá?, ¿Nos habrá olvidado?, ¿Le podemos llamar?. Apenas reía, se refugiaba en su habitación y dibujaba escenas familiares: los tres cogidos de la mano. Cada vez que Lucía los veía, sentía una punzada de dolor.

Al final, accedió a darle otra oportunidad, pero dejando claro: nada de casarse otra vez, al menos durante un tiempo. Ella puso las condiciones, mirándolo a los ojos:

No firmaré ningún papel. No hasta que esté segura de que realmente has cambiado. Y quiero ver a mi familia, a mis amigas, y trabajar, sin prohibiciones. ¿Está claro?

Por supuesto, lo prometo respondió Javier, tan entusiasta que Lucía se sintió incómoda. Todo lo que digas.

La llevó a vivir al otro extremo del país, a Málaga. Al principio, a Lucía la atrajo la novedad: ciudad nueva, vida nueva, empezar de cero pero empezó pronto a notar el aislamiento. Era fácil adivinar el astuto plan de Javier: allí no tenía ni amigas ni familia, sus conocidos estaban lejos y la diferencia de horarios hacía que apenas pudiera hablar con los suyos, siempre bajo la atenta supervisión de Javier.

Ya llamaremos a tus padres el domingo por la mañana, así están despiertos proponía él. Siempre estaba presente cuando hablaba por teléfono, preguntando detalles después.

Pero lo peor llegó cuando Javier se obsesionó con la idea de que Lucía había tenido una aventura durante el año separados. La acosaba con preguntas:

Admítelo, ¿ha habido alguien? Te prometo que no me enfadaré, solo quiero saberlo todo.

Por más que Lucía insistía en que se había dedicado a trabajar y cuidar a Vega, que no había tenido ni tiempo ni ganas, Javier seguía negándolo:

Ya se te nota diferente, seguro que alguien hay.

Le revisaba el móvil, espiaba sus llamadas, y después de cada visita del repartidor o de la vecina preguntaba:

¿De qué hablabais? ¿Por qué tanto rato? ¿Qué te ha dicho?

Ella intentaba responder con serenidad, pero no servía de nada.

Una noche, cuando Vega dormía, la tensión llegó al límite.

¡Otra vez chateando con alguien! Javier le arrebató el móvil cuando chateaba con Carmen. ¿Quién es? ¿Tu amante?

¡Devuélvemelo! replicó Lucía alzando la voz, sintiendo las manos tensas de indignación. ¡Es Carmen, mi amiga, vamos con los niños al parque! ¡Ya te he hablado de ella!

Ya y ¿por qué esos emoticonos? ¿Flirteáis?

¿Qué te pasa? gritó ella, tapándose la boca enseguida por miedo a despertar a Vega. Con voz baja insistió: ¿Por qué no puedes confiar en mí? Te di una oportunidad, ¡creí en ti! Y tú nada ha cambiado, son los mismos celos, el mismo control.

Por un momento, Javier pareció comprender, pero la dureza pronto volvió a su rostro.

Si no tienes nada que ocultar, enséñame la conversación. ¿Qué miedo tienes? ¡Enséñamelo!

No Lucía recuperó el móvil y se apartó un paso. Se acabó. Te advertí que no aguantaría esto. Nada de inspecciones ni interrogatorios. Lo pactamos y sigues igual.

¿Y adónde vas a ir? la voz de Javier sonaba amenazante. No tienes dinero, ni trabajo, ni dónde caerte muerta.

Te equivocas Lucía se irguió, los hombros firmes, mirándole a los ojos. En ese momento sintió renacer aquella fuerza que creía perdida. Tengo un diploma de diseño gráfico, un portafolio y Carmen ya me ha ayudado con los primeros encargos freelance. Y sabes qué, ya no tengo miedo. No me asusta estar sola ni volver a empezar, porque ahora sé que puedo hacerlo.

En ese instante, la vocecita de Vega llegó desde el dormitorio:

¿Mami? ¿Por qué gritas?

Lucía corrió hacia la niña, abrió la puerta y se sentó junto a su cama. La abrazó, aspirando el olor de su pelo, acariciándole la espalda con cariño.

Todo está bien, cielo susurró suave y tranquila. Mamá solo ha decidido que vamos a un lugar nuevo. Viajaremos donde brille más el sol, donde puedas jugar al aire libre y balancearte todo lo que quieras. ¿Te gustaría?

Vega sonrió somnolienta y se acurrucó a su lado.

Javier miraba la escena desde la puerta. Por primera vez en años parecía inseguro, incluso perdido.

¿De verdad te vas a ir? preguntó en voz baja, ya sin rastro de amenazas.

Sí respondió Lucía, acariciando a su hija y sosteniendo la mirada de Javier. Esta vez, para siempre. Vega y yo necesitamos paz, seguridad. Y contigo nunca la tenemos. Lo siento.

***********************

Javier montó en cólera, luego suplicó, luego volvió a perder los nervios, pero no consiguió retener a Lucía. Cada vez que lo intentaba, ella le respondía siempre lo mismo: Esto se ha acabado. Mi decisión es firme.

Al principio, Vega sufrió mucho la ausencia del padre. Preguntaba si volvería, lloraba en el regazo de su madre. Lucía la cobijó con mimo, intentando distraerla con novedades: alquiló un piso luminoso junto a un parque en Madrid, decoró una habitación alegre para Vega. Poco a poco, el ánimo fue volviendo a la niña.

Pronto Lucía la inscribió en una academia de arte cercana. Vega aceptó feliz, y pronto hizo amigas con quienes pintaba y reía juntas. Cada vez pensaba menos en las peleas de sus padres y más en las cosas nuevas que estaba aprendiendo.

Al principio, Javier llamaba a su hija cada día. Charlaban alegremente, pero poco a poco las llamadas se fueron espaciando primero un día sí y otro no, luego dos veces por semana, después apenas unos mensajes: Qué tal, princesa, pásalo bien, y la mensualidad de manutención, apenas suficiente para cubrir los materiales de la academia. Javier había comprendido que ya no podría manipular a Lucía a través de la niña.

Y Lucía, por fin, sentía que podía respirar. Por primera vez, disfrutaba de la paz y la libertad: paseos por el parque, patos en el estanque, hojas doradas y cometas volando en el cielo madrileño. Vega corría y reía, mostrando a su madre los tesoros que encontraba bajo los árboles, y Lucía pensaba que hacía mucho que no la veía tan feliz.

Cada vez que veía su sonrisa, Lucía comprendía que había elegido bien. Sí, le costó encontrar trabajo y montar un nuevo hogar, pero la tranquilidad y la alegría valían la pena. Ahora, madre e hija tenían su propio mundo: cálido, seguro, lleno de oportunidades y sin espacio para el miedo ni las acusaciones ni los celos.

Y así, Lucía entendió que a veces decir basta es la única manera de abrir la puerta a una vida auténtica, donde el amor propio y la felicidad valen mucho más que cualquier segunda oportunidad.

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Elena Gante
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