El portero con cigarrillos en las medias

El portero con cigarrillos en las medias

En un barrio tranquilo de las afueras de Guadalajara vivía una familia como tantas otras. Aquella mañana de sábado, poco antes de las once, sonó el portero automático. Una voz infantil, clara y decidida, preguntó:

— Buenos días, ¿puede salir el abuelo Paco?

María, la hija, suspiró profundamente mientras estaba en el pasillo con la bata puesta y una taza de café ya frío en la mano. Para ella, un jubilado de setenta años debería estar viendo programas de ejercicio suave en la televisión o jugando al solitario en la cocina. Pero su padre, Paco, nunca había sido un jubilado normal.

— Niños, dejadlo en paz — dijo cansada—. Ya está mayor, le duelen las piernas y tiene que tomarse las pastillas…

No terminó la frase. El auricular le fue arrebatado de la mano con la misma energía con que un niño hambriento quitaría un dulce. A su lado apareció su padre, oliendo a crema de afeitar, a tabaco fuerte y a las patatas fritas con salsa que se comía a escondidas mientras veía resúmenes de fútbol.

— ¡Hola, chaval! — la voz del abuelo Paco sonaba fresca y llena de vida—. Escúchame bien: ahora mismo tiro el balón desde el balcón. Mientras tanto, formad los equipos. En cinco minutos estoy abajo, listo para jugar. ¡Sí, sí, en plena forma! Mi hija está vigilando, pero yo me escapo.

Colgó el teléfono con la satisfacción de quien acaba de ganar una batalla y se dirigió con paso firme hacia el balcón. María oyó cómo se abría la puerta, cómo caía el balón pesado y cómo los niños gritaban entusiasmados: «¡Bien! ¡El abuelo Paco va a jugar con nosotros!»

— Papá… — María se cruzó de brazos con esa expresión que sus propios hijos llamaban «la cara de tormenta»—. ¿Hasta cuándo vas a seguir así? Tienes setenta años, no catorce.

El abuelo Paco ya se estaba poniendo las medias de fútbol, aquellas rayadas en rojo y azul que había comprado en los años noventa en algún mercadillo. La vieja camiseta de Iron Maiden que usaba en casa voló sobre el sofá. En su lugar apareció la camiseta del Barcelona, descolorida, con manchas de hierba y alguna gota de sangre seca (probablemente suya, después de aquella caída del año pasado cuando intentó marcar un gol de tacón).

— ¡Precisamente por eso, hija! — respondió mientras se ajustaba el cuello—. Soy sesenta años mayor que esos chavales. ¡Sesenta! Eso significa que tengo más experiencia. Mi equipo siempre gana. Es una ley, no hace falta demostrarla.

— ¿Por qué no te sientas tranquilamente delante de la tele — insistió María—, y ves programas sobre salud o documentales? En el canal de clásicos están poniendo “El mundo animal” o algo sobre el espacio.

El abuelo Paco resopló con tanta fuerza que se le movieron los bigotes.

— Lo de la salud se lo recomiendas a tu marido — dijo señalando hacia la sala, de donde llegaba el sonido apagado del televisor y una respiración pesada—. Lleva tres días sin levantarse del sofá. Come solo bebidas energéticas y alitas de pollo. Según las leyes de la física y la biología, ya debería haber despegado o brillar en la oscuridad por toda la química que lleva dentro.

— ¡Lo estoy oyendo todo! — se escuchó desde la sala la voz ofendida del yerno, Sergio. Sonaba amortiguada, como si saliera de una cueva, pero con el tono dolido de quien se siente atacado injustamente.

— Menos mal que oye — contestó el abuelo sin inmutarse—. La otra vez intenté ver con él ese programa donde todos gritan y discuten sobre política. Me llamó un amigo desde Monterrey para pedirme que bajara el volumen. Dijo que en su casa la nevera vibraba al ritmo de nuestros gritos.

María suspiró aún más profundo. Sabía que discutir no servía de nada, pero lo intentó de todos modos:

— Al menos ponte el cinturón lumbar, ese que te recomendó el médico para la espalda…

— ¿Qué dijo el médico? — el abuelo Paco hizo un gesto de indignación—. ¡Los chavales no lo entenderían! Si aparezco en la cancha con ese “ayudante de jubilado”, me van a llamar “el perro”. “¡Eh, perro, pásala!” Ni hablar. Prefiero jugar sin él, pero con dignidad.

De repente, María entrecerró los ojos.

— Un momento… ¿eso que asoma en tus medias son cigarrillos?

El abuelo Paco instintivamente cubrió la pantorrilla con la mano, pero ya era tarde. María había visto claramente cómo, debajo de la goma de las medias rayadas, asomaban más de veinte filtros de cigarrillos perfectamente colocados: “Marlboro”, “Camel”, incluso algunos de marcas locales.

— Nooo… — dijo él con fingida tranquilidad—. Esto es un amortiguador especial. Para que la pelota no me golpee las piernas. Una tecnología nueva. En el fútbol profesional ya la usan todos.

— ¡Enséñamelo ahora mismo!

María dio un paso adelante. El abuelo, sabiendo que no tenía escapatoria, levantó lentamente la media. Apareció una hilera de filtros de cigarrillos, recogidos seguramente por todo el barrio como si fueran tesoros.

— Ya te lo dije — sonrió el abuelo Paco con esa sonrisa que siempre había desarmado a María desde niña—, es un amortiguador. Con agujeritos para que ventile.

— ¿Quieres morir de cáncer de pulmón? — la voz de María tembló. Recordó aquel día, cinco años atrás, cuando los médicos le dieron solo dos meses de vida. Habían pasado cinco años y él seguía corriendo detrás de un balón con los niños.

— ¡Estos no son míos! — se defendió el abuelo, casi ofendido—. El vecino del primero me pidió que se los guardara…

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Elena Gante
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El portero con cigarrillos en las medias
Mamá querida