El pariente nocturno y el precio de la tranquilidad

El visitante nocturno y el valor de la calma

Por favor, que no sea otra vez susurró María, mirando el fregadero lleno de agua jabonosa.

Las agujas del reloj de la cocina marcaban, implacables, la 1:15. En la casa reinaba el silencio. En la habitación de al lado dormía la pequeña Alba. En el dormitorio, seguramente, Jacobo ya estaría soñando. La lámpara de cristal esmerilado proyectaba un halo amarillo sobre la mesa, donde una taza de manzanilla fría esperaba en soledad.

El timbre de la puerta rasgó el silencio como un cuchillo. Largo, insistente, con pausas breves, las justas para que María pensara, impotente: por favor, que sea en otro momento.

Desde el dormitorio llegó el murmullo adormilado pero familiar de Jacobo:

¿Otra vez él?

María se secó las manos en la bata, ahogó un bostezoese que quería convertir en mensaje universal de estoy dormida, deja el mundo en pazy fue hacia la puerta. En el trayecto, sentía una mezcla de irritación, un leve pudor por sentirse así, y un cansancio denso como mantas mojadas.

Por la mirilla reconoció la silueta. Corpulento, con una cazadora de cuero antigua y boina ladeada, su suegro Pedro Salas, clavado una vez más, medio de espaldas a la puerta. Apoyaba una mano en la pared mientras con la otra sujetaba una caja de cartón desmedida.

A sus pies, una bolsa del Carrefour con el logotipo verde: María ya sabía que dentro habría galletas. Siempre eran esas.

Abrió la puerta.

¡María! Pedro sonrió, como si fuera mediodía. ¿Aún despiertos? ¡Fenomenal! Solo vengo diez minutos.

Buenas noches, don Pedro intentó sonreír ella. Es de madrugada, si no se da cuenta.

Bah, la noche es joven. Y yo también, mientras pueda caminar. ¿Dejas pasar a este viejo? Traigo un tesoro.

Levantó la caja. La tapa tenía una etiqueta desvaída de Película 8 mm”. En una esquina, garabateado a boli: 1978. Año Nuevo. Casa. Olía a polvo, a muebles antiguos y, sobre todo, a ese pasado que María solo conocía por fotos.

¿Te lo puedes creer? Pedro ya entraba en el recibidor sin esperar un adelante. Estaba en el altillo del vecino. Le dije: ¡Eso es mío! Al principio dudó, pero reconoció la letra. Es de Elena, dice, seguro.

El nombre de la esposa difunta de Pedro resonó en el pasillo como si fuera un fantasma.

Desde el dormitorio asomó Jacobo, entornando los ojos por la luz. Llevaba una camiseta muy gastada y pantalón de chándal.

Papá tosió son la una y pico.

¡Esta es la mejor hora para recordar! se animó Pedro. ¿Te quejas, hijo? ¡En tu edad, a esta hora comenzaba el baile!

Cada palabra o demasiado alegre de Pedro resonaba en la cabeza de María. Pero se sorprendió pensando: “Está solo. Todo ahí dentro es oscuro. Seguro que tiene miedo”.

Vamos a la cocina sugirió en voz alta, ocultando el suspiro. Pero en silencio, Alba duerme.

Claro, claro, todo calladito aseguró Pedro, mientras se quitaba la chaqueta, haciéndola crujir. ¡Soy como un ratoncito!

Ratoncito que llama como alarma, pensó María.

***

Pedro siempre se sentaba en la misma silla, pegada al radiador. La espalda no soporta corrientes, repetía. María puso la taza frente a él y sirvió el té casi en modo automático, como si fuera un robot de guardia.

Jacobo, todavía bostezando, se sentó enfrente de su padre y miró la caja.

¿Esto qué es? preguntó.

Nuestra película anunció Pedro con solemnidad. Es cine familiar. Vieja, pero viva. Sale tu madre, tú de pequeño; el árbol, las ensaladas y la tía Carmen con esa nariz que rió. En fin, pura historia.

María se sentó al lateral, apoyando la cabeza en la mano. El reloj marcaba ahora la 1:27 1:28 Pedro estaba lanzado, con la noche recién comenzada.

Recuerdo cuando abrimos esa puerta por última vez contaba. Ya pasaba de medianoche y vinieron Sergio y su mujer. Frío, nieve, y nosotros, ¡Entrad! ¡Nuestra casa siempre está abierta! Y Elena dijo algo, déjame pensar Por la noche, la puerta se deja abierta para quien realmente lo necesita.

María asintió. Esas palabras se le quedaron pegadas.

Papá Jacobo se frotó los ojos, ¿cuándo veremos la cinta? ¿Para eso la trajiste?

Sí, sí. Pero ya no tengo aparato. ¿No tendréis vosotros alguno por aquí?

¿En un piso de dos habitaciones en el centro de Madrid? bufó María. Claro, está en el trastero, entre el piano de cola y la imprenta industrial.

Pedro no notó la ironía, como siempre.

Ya lo encontraremos optimista. O digitalizamos. Jacobo, tú eres informático, lo solucionas. Mientras, os lo cuento por capítulos.

Y se puso a relatar cómo compraron la primera cámara, las grabaciones en la casa del pueblo, cómo se reía Elena cuando le caía nieve en el cuello. Sus palabras fluían como té de una tetera infinita. Para él no había noche; vivía de recuerdos.

María escuchaba a medias, más en sensaciones que en comprensión. Un compás daba vueltas en su cabeza: Mañana toca madrugar, Alba a la guardería, informe en el trabajo, se me cierran los ojos

***

Un rumor suave la sobresaltó.

Apareció la figura menuda de Alba, en pijama de estrellitas rosas, frotándose los ojos con el puño, el pelo hecho un lío.

Mamá susurró, tropezando con el umbral.

Alba, cariño, ¿qué haces levantada? María se precipitó a abrazarla.

Quiero agua dijo la niña, medio dormida. Y otra vez soñé con el abuelo.

Pedro, al oír abuelo, se estiró:

¿Ves? ensanchó el pecho. Los niños sienten el vínculo.

Alba lo miró con esa nebulosa del sueño.

Siempre me sueñas dijo seria. Vienes cada noche y llamas, y llamas Y yo no puedo cerrar la puerta, porque la manilla quema.

María sintió que el frío le anudaba el estómago. Jacobo frunció el ceño.

¿Qué tipo de sueños? preguntó en voz baja.

No son pesadillas afirmó con confianza Pedro. Es el alma del niño, acercándose al abuelo.

O a la calma, pensó María, pero en voz alta sólo dijo:

Vamos, Alba, al camita. El abuelo vendrá otro día.

¿Por la noche? preguntó la niña.

María cruzó la mirada con Pedro. Él estaba sincero, casi como un niño.

De día mejor, Alba dijo dulcemente María. Por la noche todos dormimos.

Alba suspiró y se acurrucó en los brazos de su madre.

María la dejó de nuevo en la habitación, escuchando. En la cocina Pedro seguía hablando, ya en susurros, pero francamente animado para esa hora.

Tapó a la niña y le acarició el pelo, dándose cuenta: Siempre igual. Sus diez minutos se hacen una hora de charla: galletas, té, ojos enrojecidos y grietas en nuestro horario.

En el pasillo el reloj seguía su trayecto. 1:55. María respiró hondo. Su paciencia, como el despertador, también agotaba sus minutos.

***

Y otra vez, a la una de la madrugada se quejaba María días antes al teléfono. Es como si esto fuera el bar de guardia del hijo, sin vergüenza ni conciencia. No puedo dormir; pienso igual toca timbre otra vez. ¡Y lo hace! A la una, a la una y media Siempre diez minutos.

Considera que es un reto rio Olga, su amiga de la facultad. Es tu modo nocturno hardcore: despierta, pon el té, escucha el monólogo. Y el premio, las galletas.

María acabó sonriendo.

Siempre las mismas dijo. Galletas de avena con envoltorio verde. No las puedo ni ver.

Eso es casi un símbolo reflexionó Olga. Créale un despertador, solo para huéspedes.

¿Cómo?

Llámale tú a la una de la mañana.

Eso es cruel bufó María.

Perdona. Bromeo. Pero en serio, hay que marcar límites. Si no, él piensa que está bien, porque tú sigues abriendo.

Es mi suegro, Olga suspiró María. Está solo. Su mujer murió, Jacobo es hijo único. ¿Cómo le digo don Pedro, deje de venir de noche, con su corazón, su tensión, sus recuerdos?

Tensión la tuya, hija. Y la niña. Y el trabajo. Poner límites no es egoísmo. Es cuidarse, que, a veces, también ayuda al otro.

María calló. La palabra límites le dolía. Siempre había creído que una buena nuera es la que aguanta.

***

La primera visita nocturna de Pedro fue medio año tras la muerte de su esposa.

Entonces María pensó que sería una sola vez. Que aquello era pena que compartir de noche, porque de día había demasiado ruido.

Estaban en la cama, Jacobo y ella, medio dormidos. El silencio se estiraba camino del sueño, cuando alguien tembló la puerta.

¿Quién será a estas horas? María se sobresaltó.

El timbre, insistente, casi angustiado. Jacobo se puso los pantalones deprisa.

A lo mejor ha pasado algo.

Al abrir, Pedro estaba plantado en el umbral: despeinado, sin chaqueta, viejo jersey, sin boina, ojos muy brillantes.

Perdonad dijo, entrando antes de ser invitado, no podía estar solo en casa. Es muy vacío todo.

Olor a tabaco y frío. En la mano, la odiada bolsa verde de galletas de avena.

¿Estás bien, papá? Jacobo, asustado. ¿La tensión?

No, no dijo Pedro, pero con un brillo raro en la mirada. Solo quería veros.

El nudo en la garganta de María se deshizo. Recordó el funeral de Elena Salas, a Pedro apretando el sombrero, el aire perdido de quien ha perdido el tiempo.

Le sentaron en la cocina, pusieron té. Pedro no contó chistes esa noche; sentó, murmuró frases sueltas:

A ella le gustaba el té a estas horas

Las manos le temblaban rompiendo la galleta.

Vi estas galletas en el súper hoy musitó. Allí la conocí, peleándonos por la caja. Dijo: Quédese usted, yo cuido la línea. Y yo, que ahí lo vi clarísimo: tenía que casarme con ella.

María aquella vez solo sintió compasión.

Venga cuando lo necesite, don Pedro le dijo de madrugada, al despedirle. Estamos cerca.

Las palabras se cumplieron al pie de la letra. Pedro venía siempre que lo necesitaba. Solo que su cuando lo necesito solía ocurrir tras la medianoche.

Tras la primera, vino la segunda semana. Luego la tercera. María ya ni recordaba cuando hubo pausas largas sin visita nocturna.

***

Cuando María lo comentó con Jacobo, él se encogió de hombros.

Ya sabes que siempre ha sido nocturno decía. Toda la vida, trabajando de noche, leyendo. En mi infancia, a las dos de la mañana podía estar en la cocina con un libro.

Sí, pero antes, en su casa. Ahora, en la nuestra.

Esta casa para él es la prolongación justificaba Jacobo. Solo ahí está demasiado solo. Y también da miedo. Sobre todo, de noche.

A mí también me da miedo decía María. Porque no descanso, porque Alba se despierta, porque salto a cada timbrazo como si ardiera todo.

Jacobo callaba, incómodo. Entre él y su padre había cosas no dichas, y uno sentía ambas cosas: molestia y comprensión. Ese es mi padre siempre dificultaba el diálogo.

Una noche, María no soportó más y se quedó en la cama.

Simuló dormir; Jacobo fue a abrir. La puerta rechinó, pasos, murmullos.

Una media hora después, un murmullo extraño la inquietó. El cansancio pudo menos y ganó la curiosidad. Se deslizó hacia la cocina.

Pedro estaba solo, delante de una pila de fotos viejas. Solo la lámpara iluminaba la escenaun círculo, escenario privado.

Elena, mira qué guapa murmuraba pasando las fotos. Decías que si engordabas yo te dejaría. Qué tontería. Tenía que haberte dicho

Otra foto.

Jacobo, tan niño aún y aquel televisor, mirando pelis. ¿Recuerdas cuando Sergio apareció de madrugada y lo dejamos hasta las tres? Dijiste: Que entren, mientras puedan. Cerrad la casa solo cuando ya no quede nadie.

Hablaba solo, pero no solo por memoria: era una súplica. Por favor, que alguna puerta aún se quede abierta por mí.

María observó desde la puerta, con todo el cuerpo en un nudo. Su suegro no era un monstruo, sino un adulto perdido en la noche vacía.

No por ello desaparecía su agobio. Pero se mezclaba con compasión y más dudas.

***

Un día, decidió bromear.

Era una de esas noches de junio, cálida, ventana abierta. El timbrazo fue puntual. María se puso la bata de flores encima del pijama y la máscara de dormir que le regaló Olga, llevándola como diadema.

Pareces actriz de cine comentó Jacobo.

Sí, esta noche estrena: En casa de Pedro Salas.

Abrió la puerta con exagerado teatro.

Buenas noches dijo. Bienvenido al pase especial: té, galletas y déficit crónico de sueño.

Pedro se rió a carcajadas.

¡Así me gusta la gente joven! Con humor. Y yo, creyendo que os convertíais en viejos: a la cama a las diez, en pie a las seis.

En la cocina, María sacó nuevo paquete de café y dio golpecitos al despertador encima de la nevera.

Podríamos crear la tradición del espresso de medianoche. Con mandolina y todo. Lástima que a las seis toque levantar.

Pedro no se apuró.

Pero así hay cosas para recordar. De pequeño viajábamos en trenes nocturnos, ¿te acuerdas, Jacobo? El vagón, el té en vaso con mango, todos como una familia. Por la noche se habla mejor.

Y añadió:

En la vida hay puertas que hay que dejar abiertas. Por si alguien las necesita de verdad.

Frase que a María se le clavó como nieve húmeda. Tenía ternura, pero también peligro.

Esos alguien a veces olvidan que dentro hay gente, pensó. Pero solo musitó:

Y hay ventanas que toca cerrar para no pillar resfriado.

Pedro no captó la ironía y siguió contando anécdotas, sin notar el hastíoy el enfadoen los ojos de su nuera.

***

Una noche decidió no abrir.

Alba estaba enferma, con fiebre. María acababa de acostarla y se dejó caer, agotada, en la cama. Y justo entonces, como por reloj, sonó el timbre.

Ahora nosuspiró.

Jacobo estaba de guardia: solo María y la niña en casa. Se quedó petrificada. El timbre sonó de nuevo. Luego otra vez. Al final, silencio.

Contó mentalmente hasta cien, doscientas. El corazón le golpeaba la garganta. Pues ya está, pensó esta vez no abriste. Y aquí seguimos.

Por la mañana, al salir, vio una bolsa con logotipo verde junto al felpudo. Galletas, algo mojadas por el relente. Encima, una nota de letra temblorosa: Dormidos. No quise molestar. P.

Nada más. Sin reproches ni drama. Solo eso.

María sintió a la vez punzadas de culpa y rabia: ¿Por qué tengo que sentirme mala solo por desear dormir?

***

Después de otra noche de visita, la casa parecía un jersey húmedomás fría y pesada.

Alba se resfrió; entró a la cocina descalza escuchando historias del abuelo. Termómetro, tos, toda la noche. María, con ojos de oso panda en el trabajo, quería llorar de puro agotamiento.

Al regresar, mientras removía una olla, miró a Jacobo y notó que algo se rompía por dentro.

No puedo más soltó.

¿A qué te refieres? Jacobo se disponía a poner el agua.

A esto giró bruscamente, a vivir según su horario nocturno. No somos una cafetería; tengo hija, trabajo, y la sensación de que esta no es mi casa.

Jacobo iba a lanzar el típico pero es mi padre, pero María levantó la mano.

Basta. Todo el tiempo oigo es su padre, está solo, le cuesta”. ¿Y yo? ¿Soy esposa, madre, persona con cuerpo, sistema nervioso y derecho a poner límites? No soy invisible.

Jacobo bajó la vista.

Hagamos algo dijo María. Hoy, cuando venga, hablamos los tres. Sin bromas, ni solo diez minutos. Le diré que necesito la noche. De verdad.

¿Quieres prohibírselo? Jacobo dudó.

Solo quiero que venga de día. O, si acaso, no tras las diez. No lo echo de nuestra vida, solo de la franja nocturna.

Jacobo suspiró profundamente.

Puede que se ofenda susurró.

Yo estoy ofendida respondió María, bajito. Con los dos. Por fingir un año que nada pasa. Mis vale han sido rendiciones en miniatura.

Las palabras, al decirlas, sonaban clarísimas. Jacobo solo asintió.

Vale, hoy lo intentamos. Estoy contigo.

***

Esa noche, al ver la caja de película en manos de Pedro, María comprendió todo.

Navidades en familia 1979, ponía en la tapa. Pedro, dejando la cazadora en la silla con orgullo, dejó la caja en la mesa.

Esto hay que verlo repetía.

¿Podemos hablar primero? María, dulce, mientras Jacobo servía té.

¿De qué? Pedro sonrió, inquieto. Mejor celebramos el hallazgo, las penas después.

María buscó la mirada de Jacobo. Este asintió: adelante.

Se sentó frente a Pedro, notando el corazón en la garganta.

Don Pedro comenzó. Nos alegramos mucho por la cinta, y de que venga a casa. Pero es hora de hablar.

¿Tan grave, que hay que hacerlo de noche? intentó bromear Pedro.

Sobre la noche, justamente. La suya y la nuestra.

Pedro dejó de sonreír.

Le escucho dijo, intentando disimular la alarma.

Suele venir muy tarde le habló suave María. Casi siempre pasadas la una. Para usted, la noche es tiempo de recuerdos vivos; para nosotros, tiempo de dormir. Jacobo trabaja, yo también. Alba tiene guardería. Nos cuesta mucho cuando nos despertamos cada vez.

Pedro frunció el ceño.

¿Les molesto? su voz, de repente, más baja.

Jacobo intervino:

Papá, no molestas. Te queremos y eres bienvenido, pero por las noches es complicado. Para María, para Alba.

María asintió.

Tiendo a asustarme cada vez que suena el timbre tras las diez confesó. No me relajo. Y Alba dice que sueña cada noche que alguien llama. Manilla ardiendo.

Pedro les miró despacio. Luego a la caja.

Yo creía que era como antes A Elena y a mí nos encantaban los tés nocturnos. Nunca cerrábamos la puerta. Decíamos: Si alguien viene de noche, será que lo necesita.

Nosotros de noche necesitamos dormir dijo María, firme pero tierna. De verdad. Son puertas para cerrar, no porque no le queramos, sino porque nos queremos y a nuestra hija.

Silencio denso.

Pedro miró sus manos, temblorosas.

Entonces ¿no queréis que venga más?

Que sí se apresuró María. Pero antes de las diez. Llame antes. Compraré su té favorito. Lo que quiera.

Jacobo añadió :

Papá, queremos charlar contigo y tomar té, pero en horas razonables.

Pedro tardó en reaccionar. Finalmente, habló bajo:

No sabía que lo llevaba tan mal. Creí que si yo no dormía, los demás tampoco

Algo en el pecho de María se liberó.

Pedro no era un villano, solo alguien que había perdido el norte de los días desde que el suyo pausó la noche en que Elena faltó.

Yo quiero ver esa cinta de verdad dijo María. ¿Lo vemos el sábado? De día, todos juntos: usted, nosotros y Alba, con té y galletas, como si fuera la Nochevieja del 79.

Pedro la miró.

¿Y si por la noche?

Si se encuentra mal, respondió, tranquila, llame. Si es urgente, aquí estamos. Pero para té y charlas, mejor por el día.

Jacobo asintió.

Papá, quiero estar contigo y disfrutar, no agotado. Ahora, ni me acuerdo de tus historias.

Pedro sonrió con tristeza:

Qué terco soy. Creía que diez minutos no pesaban mucho.

Llevan sumando un año dijo María.

Asintió.

Vale suspiró. El sábado, lo vemos juntos. Yo me marcho.

Le acompaño dijo María.

Tardó un rato en ponerse la chaqueta, como ganando tiempo.

María dijo al despedirse si un día, sin querer, vuelvo a llamar tarde

Pensaré que está mal. Y me preocuparé. Pero no abriré siempre. También soy persona.

Él asintió. Y en sus ojos hubo tal vez respeto.

***

El sábado prometido llegó pronto.

En la mesa, el proyector prestado de un amigo de Jacobo, rescatado del pasado como un tesoro. El salón era un cine improvisado: cortinas cerradas, sábana blanca colgada con alfileres.

Pedro, casi niño, sentado junto al aparato, abrazaba la cinta como un diamante. Alba acurrucada en el regazo de su madre, con su conejito de peluche. Jacobo peleando con los cables.

Por fin, el proyector zumbó, la luz cortó la penumbra y las figuras revivieron en el muro.

Mujer joven en vestido de flores, sonrisa de sol. Junto a ella, Pedro, sin una sola cana, fuerte, abrazándola. Un pequeñísimo Jacobo, más redondo y confiado.

Mesa de Navidad, mandarinas, latas de mejillones, guirnalda. Un momento, la cámara enfoca un letrero pegado en la puerta: Aquí siempre hay sitio. También de noche.

María sintió el letrero como un golpe en el pecho.

Pedro apenas pudo contener un sollozo.

Eso lo escribió ella susurró. Elena. Quería que cualquiera lo supiera.

En la película, Elena Salas ríe abriendo la puerta a alguien invisible; invita: ¡Pasad, pasad! Luz, alegría, ajetreo. El reloj marca la 1:05. Y en la cinta, una nota con letra apurada: En esta casa, puertas siempre abiertas, aunque sea de noche.

Pedro rompió a llorar, suave, temblando de hombros.

María sintió el peso de Alba, ya dormida, apoyada en su cuello.

El proyector seguía; salía Elena fregando, Pedro besándola, el pequeño Jacobo danzando ante el árbol.

Y María, por fin, lo comprendió. Las visitas de Pedro no eran mera costumbre. Eran un grito desesperado por revivir un tiempo en que las puertas eran de verdad, para la risa y no para la invasión.

***

Apagaron el proyector. La estancia quedó cálida y tranquila. Alba, dormida en el regazo.

Pedro se secó el rostro.

Perdón susurró. Creía estar haciendo el bien. Que si venía a las tantas no me sentía solo.

María respondió suave:

Y lo sigue estando. Aunque no sean incursiones nocturnas. Ahora, mejor, quedarse en los días.

Unos días después, María fue al supermercado. Compró no solo galletas de avena, sino un termo plateado con dibujo de pirineos: Aguanta el calor ocho horas, decía la propaganda.

Envolvió el termo en una caja, junto con las galletas y una pequeña llave en llavero.

En la tarjeta escribió: Don Pedro, en esta casa siempre será bienvenido. Sobre todo por la mañana. El termo, para que tenga calorcito. La llave, para venir cuando le esperamos. Llame antes de venir, por favor. Le queremos, María, Jacobo y Alba.

Le llamó de día, por primera vez ella.

Buenas tardes, don Pedro dijo. Mañana tomamos té juntos. Por la mañana. Cuando le vaya bien. Antes de las doce.

Pedro rió; en ese eco ya no había peso.

¿Es una invitación oficial?

Es el nacimiento de una nueva costumbre reía María. Sin turno de noche.

Al día siguiente, Pedro apareció a las diez en punto, aviso previo: Ya voy, que no os pille desprevenidos. Traía una camisa limpia y un ramo de margaritas.

Para ti, María dijo, vergonzoso. Por tu paciencia.

Y bajo el brazo, un oso de peluche con gorro de dormir.

Para Alba añadió. Un vigilante nocturno, para que el abuelo le cuente cuentos y no pique en sueños.

María le sonrió, de verdad.

Bienvenido dijo. El té ya está listo.

En la cocina el sol dibujaba rectángulos dorados. El té humeaba, las galletas crujían. Alba, fresca y despierta, abrazaba el oso. Jacobo narraba a su padre su nuevo proyecto, y Pedro respondía con un chiste sobre trenes.

Era el mismo Pedro, con el mismo amor y recuerdos. Pero la hora era otra. La mañana, en lugar de la noche. Una visita esperada, no una intrusa.

Por la tarde, al acostar a Alba, esta murmuró:

Mamá, hoy no he soñado con el abuelo.

¿Y qué tal?

Bien pensó la niña. Dormí, y por la mañana él era de verdad.

María sonrió en la penumbra.

Que así siga siendo susurró.

Esa noche, cuando el reloj marcó 1:15, la casa estaba en silencio. Nadie llamó. María, por primera vez en mucho, despertó sola, porque había descansado.

Había aprendido a expresar sus límites, sin gritos ni culpas, solo con palabras. Y el mundo no se desmoronó. El suegro no desapareció, solo dejó de llegar a la una.

Y eso era una victoria. Suya, y de todos los que habitan esa casa.

Lección: Aprender a poner límites no es rechazar, es cuidar. Solo respetando el descanso y el propio espacio podemos abrir la puerta, cuando de verdad importa, a lo que nos da vida.

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Elena Gante
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