Ella irrumpió en el piso, cerró la puerta de golpe detrás de sí y se quedó apoyada contra ella, como si quisiera dejar fuera al mundo entero. Natalia se quitó los zapatos, caminó descalza sobre el suelo frío y se dejó caer en un pequeño banco del recibidor. Ya no le quedaban fuerzas. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y susurró:
—Ya está. No puedo más. Esto es una tortura refinada. ¿En qué me he convertido?
Se obligó a ponerse en pie, se acercó al espejo y se quedó inmóvil. En el reflejo veía a una mujer agotada, sin edad. El cansancio se le marcaba en cada arruga; las comisuras de los labios caídas, el pelo apagado recogido a toda prisa en un moño descuidado. En el rostro pálido se dibujaban con dureza los pómulos, sus ojos habían perdido el brillo y bajo ellos se hundían unas ojeras oscuras. Ya ni recordaba cuándo había sido la última vez que se había maquillado. No tenía tiempo. Apartó la mirada y empezó a observarse las manos. Las uñas, antes bonitas y cuidadas, ahora se le abrían en capas; la piel se le descamaba por fregar platos, suelos, por restregar ropa manchada. Las lágrimas comenzaron a caer solas.
—Dios mío, me parezco a mi suegra —susurró—. Y todavía soy una mujer joven. ¿Qué me ha pasado? Él me ha chupado la sangre. ¿Cuánto tiempo va a durar esto? No, esto tiene que terminar. No se puede seguir viviendo así. ¿Qué me espera por delante? No hay ni un rayo de luz. No quiero seguir viviendo de esta manera. Y no lo haré.
Todo había empezado en una fiesta al aire libre a la que Natalia fue por insistencia de una amiga. Ella no quería ir: estaba cansada del trabajo y, además, no tenía el ánimo para reuniones. Pero su amiga la convenció, prometiéndole que sería divertido. Y en efecto, la noche resultó agradable. Sonaba música, en la parrilla se asaba carne, en los arbustos colgaban farolillos cuyo resplandor daba al jardín un aire acogedor y misterioso. Algunos bailaban, otros ya se habían acomodado alrededor de la mesa y hablaban a gritos para imponerse al volumen de la música.
Daniel llegó más tarde que todos. Su amigo Pablo corrió hacia él, lo agarró del brazo y lo llevó hasta la mesa.
—Dani, ¿pero se puede saber por qué has tardado tanto? Ya estamos todos aquí. Ven, siéntate. Quiero presentarte a alguien.
Le guiñó un ojo con picardía y condujo a su amigo hasta una chica.
—Daniel, ella es Natalia. Espero que no la dejes aburrirse. Es la primera vez que viene con nosotros y todavía no conoce a todo el grupo. Cuídala un poco.
Daniel miró atentamente a la joven y de pronto comprendió que llevaba mucho tiempo soñando con encontrar precisamente a una mujer así: discreta, tranquila, un poco tímida y muy guapa. Ella también lo observaba con curiosidad.
—Perdona a Pablo por su falta de delicadeza —dijo Daniel con una sonrisa amplia—. No sabe lo que es el tacto.
—No pasa nada —respondió Natalia devolviéndole la sonrisa—. No me he ofendido.
“Qué voz tan agradable tiene”, pensó Daniel. “Suave, dulce, cautivadora. Una voz de esas que, si la oyes una vez, se te queda dentro. Dan ganas de seguir escuchándola”.
Aspiró el olor que venía de la parrilla.
—Creo que el asado ya está listo. Propongo que lo probemos. ¿Te parece bien?
—Sí, claro.
La chica se sentía un poco incómoda todavía, pero junto a Daniel fue relajándose poco a poco.
Él enseguida le llevó un plato con carne humeante.
—¿Qué salsa prefieres?
—Mostaza.
—Vaya, a mí también me encanta. Y apuesto a que eliges vino tinto. ¿Me equivoco?
—Has acertado.
Sin darse cuenta, los dos se vieron absorbidos por la conversación. Bailaron mucho, se rieron, y daba la impresión de que alrededor no había nadie más, solo él y ella. Cuando los invitados comenzaron a marcharse poco a poco, Daniel preguntó:
—Natalia, ¿te puedo acompañar a casa?
—Sí —respondió ella sencillamente.
Él pidió un taxi y la llevó hasta la puerta de su edificio.
—Me alegro muchísimo de haberte conocido —dijo Daniel, mirándola a los ojos.
—La verdad —confesó ella— es que no quería venir a esta fiesta. Mi amiga insistió, pero no me arrepiento en absoluto de haber aceptado.
—Natalia —el joven le tomó la mano con cierta timidez—, da pena despedirse ya. La noche ha sido maravillosa. ¿Y si damos un paseo un rato más?
—Por mí, bien, pero primero tengo que llamar a mis padres para que no se preocupen.
Marcó rápidamente un número.
—Mamá, estoy bien. Voy a dar un paseo un rato. No, no voy sola.
Miró de reojo a Daniel y se sonrojó.
—Mis padres —dijo guardando el teléfono— todavía me tratan como si fuera una niña, pero no me molesta. Lo entiendo. Se preocupan por mí.
—Yo también me preocuparía si tuviera una hija tan guapa —sonrió Daniel.
Natalia se puso aún más colorada.
Pasearon por la ciudad hasta el amanecer, hablando sin parar. Resultó que les gustaba la misma música, que ambos amaban el teatro y disfrutaban leyendo. Solo cuando aparecieron los primeros rayos de sol, Daniel se sobresaltó:
—¿No deberías volver a casa?
—Sí, ya es por la mañana. Menos mal que mañana también es festivo y podré dormir.
Estaban de pie junto al portal. Daniel sujetaba las manos de la chica: cálidas, delicadas.
—¿Volveremos a vernos? —preguntó él—. Nunca me había pasado algo así. Tengo la sensación de conocerte desde hace muchísimo tiempo y no quiero que desaparezcas de mi vida de un momento a otro, como si no hubieras existido. Mañana podríamos ir a una cafetería.
—No me parece mal —respondió Natalia, un poco avergonzada por la sinceridad de Daniel—, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que dejemos de tratarnos de usted y nos tutemos.
—Justo iba a proponértelo, pero no sabía cómo te lo tomarías.
—Entonces, ¿trato hecho?
—Te esperaré en la cafetería del paseo junto al río.
Intercambiaron los números de teléfono. Daniel rozó con timidez la mejilla de Natalia con los labios. Ella no lo apartó, y entonces él la besó en la boca con decisión.
—Tus labios huelen a menta —murmuró al separarse.
—Porque hemos bebido agua con menta —respondió ella entre risas para disimular la vergüenza.
—Me tengo que ir.
Con pesar salió del cálido abrazo de su nuevo conocido, le dijo adiós con la mano y desapareció tras la puerta del portal. Daniel se quedó unos segundos quieto, como esperando que volviera a salir, y luego se marchó también a casa.
Al día siguiente Daniel se despertó tarde, abrió los ojos y enseguida buscó el móvil. Escribió deprisa:
“Buenos días. Estoy deseando que llegue nuestra cita en la cafetería. Espero que no te hayas arrepentido”.
En el local no apartaba los ojos de la puerta. Cada vez que entraba alguien, se incorporaba para intentar distinguirlo mejor. Por fin apareció Natalia.
“Sí, de verdad es una belleza”, pensó Daniel, levantándose de golpe de la mesa. “Qué figura tan elegante, qué ojos tan expresivos. Ayer ni siquiera pude fijarme bien en ella”.
Le hizo señas para llamar su atención.
—Hola —dijo, entregándole un ramo de flores—. Temía que no vinieras.
—Perdona, me entretuve un poco. Gracias por las flores. Son preciosas.
—Me alegro de que te gusten. Natalia…
El muchacho cubrió con su mano la de ella.
—He pensado en ti. No sé ni yo qué me pasa. Has puesto mi vida patas arriba.
—¿Quieres decir que la he dejado del revés? —se echó a reír la muchacha.
—No, al contrario. Antes de conocerte vivía como dormido: comer, dormir, ir a trabajar. Y de pronto he comprendido que el mundo está lleno de cosas interesantes que yo no veía. Y ahora las veo porque tú has aparecido en mi vida. De verdad, me siento feliz.
Volvieron a hablar durante horas, queriendo saberlo todo el uno del otro.
—Me tengo que ir —dijo al fin Natalia con pesar—. Mañana trabajo.
Daniel la llevó en coche a casa y, al despedirse, propuso:
—¿Y si mañana paso a buscarte a la salida del trabajo? Saldré antes. Podemos dar una vuelta si no tienes otros planes.
—Sí, de acuerdo.
Daniel y Natalia empezaron a salir.
Pasado un tiempo, la madre de Natalia, Olga, le preguntó:
—Nati, ¿tienes pretendiente? Veo que vuelves a casa todos los días con flores, y además te traen en coche. Y te arreglas más que antes. ¿Quién es?
—Mamá —la chica sonrió con timidez—, se llama Daniel. Es tan bueno, tan atento… Nunca nadie me había regalado tantas flores. Es el mejor hombre del mundo.
—¿Y va en serio?
—Todavía es pronto para saberlo. Hace poco que estamos juntos. Pero creo que aquel encuentro casual va a tener continuidad. Y ojalá que así sea. ¿Sabes? Creo que me he enamorado. Desde que lo vi supe que quería estar con él. Y él me ha confesado que conmigo también se siente bien.
—Dios quiera que os vaya bien. Brillas cuando hablas de él. Eso significa que la cosa es seria. ¿No será que nuestra hija se nos casa pronto?
—¿Quién está hablando aquí de boda? —salió el padre desde el dormitorio—. ¿Y por qué yo no sé nada?
—Papá, todavía es pronto para hablar de boda —se avergonzó la hija—. Ni siquiera lo estamos pensando.
Un día Natalia volvió del trabajo y, nada más entrar, llamó a su madre:
—¡Mamá, mira lo que me ha regalado Daniel!
Se desabrochó un botón de la blusa y le enseñó una cadena con un colgante.
—Pero bueno —se sorprendió Olga—. ¿Lleváis poco tiempo saliendo y ya te regala joyas? ¿Y qué tiene el colgante? ¡Madre mía, una esmeralda! Qué barbaridad. Justo del color de tus ojos.
—Me dijo que podía permitirse darme un capricho.
—¿Te gusta?
—Lo importante es que te guste a ti. Al menos no es tacaño.
—Mamá, es tan dulce, tan tranquilo, no tiene nada de brusco. Es atento, considerado. Con él me siento en paz. Y, por cierto, este no es el primer regalo. Me mima mucho.
—Y vienes a contármelo recién ahora. Ya veo que no solo estás enamorada hasta las trancas, sino que has dejado de pensar con claridad. Apenas lo conoces. ¿Cómo puedes estar tan segura de cómo es y encima aceptar regalos tan caros?
—Mamá, las palabras se las lleva el viento. Los actos dicen mucho más de una persona. Daniel no es muy hablador, pero yo noto su cariño, su cuidado, y eso para mí es lo más importante entre un hombre y una mujer.
—Tu padre y yo querríamos conocer a ese muchacho del que hablas. ¿Cuánto tiempo lleváis saliendo?
—Seis meses.
—¿Y aún no nos lo has presentado? Pues hija, invítalo a casa este sábado. Queremos ver quién es. Y comprobar si de verdad se puede confiar en él.
Esa misma noche Natalia decidió hablar con Daniel.
—Daniel —empezó con rodeos—, ya llevamos bastante tiempo juntos y mis padres quieren conocerte.
—¿Y por qué no? —se alegró él—. Yo también tengo ganas de conocer de cerca a las personas a las que debería darles las gracias de rodillas por haberte criado.
Besó a la chica con ternura.
—Entonces ven el sábado.
—¿Y si no les gusto? ¿Y si te prohíben seguir viéndome?
—No digas tonterías. Mis padres son comprensivos. Nunca se han metido en mi vida. No tienes nada que temer. Y además, no voy a dejar que te hagan daño —rió ella.
La familia de Natalia se pasó toda la mañana preparándose para recibir a Daniel. La mesa ya estaba puesta cuando sonó el timbre.
—Hum —murmuró el padre mirando el reloj—. Puntual. Eso es una buena señal. Ve a abrir.
—Solo os pido una cosa: no montéis un interrogatorio.
—Yo quiero saber —dijo con seriedad José Miguel, el padre— con qué intención sale contigo. Luego no quiero verte llorar.
—¡Papá! —la muchacha miró a su padre con reproche.
Natalia abrió la puerta y sonrió al joven.
—Buenas tardes —dijo Daniel entrando en el piso—. Perdona, no puedo abrazarte, tengo las dos manos ocupadas.
Le entregó un ramo a Natalia, otro a Olga y dijo:
—Encantado de conocerla. Esto es para usted.
Y le pasó una bolsa con productos selectos al padre de Natalia. Él miró dentro y emitió un gruñido satisfecho.
—Gracias.
Los padres cruzaron una mirada que parecía decir: “De momento, no pinta mal”.
—Pasa, Daniel —lo invitó Olga—. Vamos a sentarnos a la mesa y celebrar que por fin nos conocemos.
Se acomodaron todos. El padre llenó las copas de vino y dijo:
—Bueno, nos alegramos de conocerte, Daniel. Lo más importante para nosotros es la felicidad de nuestra hija. Todo lo que tenemos lo hemos hecho por ella y para ella. Brindemos por este encuentro.
Chocaron las copas y probaron el vino.
—Daniel, ¿a qué te dedicas? ¿Trabajas o estudias?
—Trabajo. Hace tiempo que vivo por mi cuenta.
—¿Y tus padres? ¿A qué se dedican?
—Solo tengo madre —la mirada del joven se ensombreció—. Mis padres se separaron hace muchos años, así que ahora yo soy el hombre de la familia.
—Perdona —dijo Olga en tono apenado—, no lo sabíamos.
—No pasa nada. Es una historia antigua que ya no me duele.
—Daniel —intervino otra vez la madre de Natalia—, nuestra hija ha cambiado mucho desde que te conoce. Le haces bien.
—Mi vida también cambió desde que conocí a Natalia —el muchacho miró con ternura a su amada—. Su hija es una mujer irrepetible. No hay otra como ella.
—Y dime una cosa, Daniel —preguntó José Miguel dejando el tenedor a un lado y entrecerrando los ojos—, ¿tus intenciones con nuestra hija son serias o solo estás pasando el rato?
—¡Papá! —de la vergüenza a la muchacha se le llenaron los ojos de lágrimas—. ¿Por qué dices eso? Ya nos aclararemos nosotros solos.
—Espera, hija, quiero saberlo. Eres un hombre adulto —prosiguió dirigiéndose a Daniel—. Entonces ¿por qué todavía no te has casado?
—Es muy sencillo —respondió el joven sonriendo abiertamente a José Miguel—. Porque hasta ahora no había conocido a una mujer como Natalia.
Le tomó la mano y se la besó.
—Pero mis intenciones con su hija son las más serias, si ella no se opone. Sí, me gustaría que Natalia fuera mi esposa.
—Eso ya me gusta más —se animó el padre—. Respuesta de un hombre formal.
Poco a poco la conversación se fue desplazando a temas más ligeros. Al cabo de un rato Daniel dijo que debía irse. Natalia salió con él porque deseaba pasar unos minutos a solas.
—¿Y qué os ha parecido el novio de Natalia? —preguntó José Miguel cuando se quedaron solos.
—Pues parece un buen chico, sensato, sabe conversar. A mí me da la impresión de que quiere sinceramente a nuestra hija.
—Sí, coincido. Correcto, sin arrogancia. Si de verdad habla en serio, yo me alegraré. Parece un hombre de fiar. A uno así no da miedo entregarle a la hija.
La puerta de entrada volvió a sonar.
—Ah, ya ha vuelto Natalia. A ver, padres, ¿qué me decís de Daniel? Espero que no intentéis convencerme de dejarlo.
—Qué va. No estamos en contra de que sigas con él. Ojalá no tarde demasiado en pedirte matrimonio. Nos encantaría ir a una boda. Y ya va siendo hora de que formes una familia.
Como si hubiera escuchado aquellas palabras, al día siguiente Daniel la llamó.
—Cariño, te invito esta noche a cenar a un restaurante. Paso a recogerte. ¿Te parece bien?
—Iré contigo donde sea, con tal de estar a tu lado.
—Perfecto. Hasta la noche.
El taxi se detuvo frente a un restaurante elegante.
—Daniel —dijo la chica con la voz temblorosa—, yo nunca he estado aquí. Los precios deben ser imposibles. ¿Y si vamos a otro sitio?
—No. Esta noche quiero pasarla contigo precisamente aquí. Te espera una sorpresa.
—Ay, me encantan las sorpresas.
Daniel la ayudó a salir del coche y se quedó admirándola. Estaba preciosa con un vestido ligero de color verde oscuro. En el pecho brillaba la cadena de oro con la esmeralda que él le había regalado. En sus ojos verdes resplandecía la adoración.
Entraron en el salón. Se acercó la encargada de recepción.
—Buenas noches. Por aquí, por favor. Su mesa ya está preparada.
Daniel condujo a Natalia hasta una mesa en un rincón apartado del salón, donde ardían unas velas en candelabros de plata y un pequeño ramo descansaba dentro de un jarrón.
—¡Qué bonito! —dijo ella sentándose—. Qué maravilla.
—Quería darte una alegría. Esta noche es especial.
—¿Y en qué sentido es especial?
Un camarero les llevó una cubitera con champán, encendió las velas y sirvió las copas.
—¿Puedo traerlo? —preguntó dirigiéndose a Daniel.
Él asintió. El camarero se retiró.
—¿Qué celebramos? —preguntó Natalia—. Espero no haber olvidado una fecha importante.
—No, no has olvidado nada.
Volvió el camarero con una pequeña bandeja de plata y la dejó sobre la mesa. En la bandeja había una cajita de terciopelo rojo. Daniel la tomó, sacó un anillo de oro con tres pequeños diamantes y lo deslizó en el dedo de Natalia.
—Nati, sabes que te quiero con locura. A tu lado el mundo se ha vuelto otro. Me dan ganas de abrazar a todo el mundo, de reír sin motivo. Y todo porque tú estás en mi vida. Quiero abrir los ojos por las mañanas y verte a mi lado. Quiero abrazarte al dormirme. Sueño con que me des hijos. Te lo pido: cásate conmigo.
—¡Daniel! —exclamó la muchacha.
Las mejillas se le pusieron coloradas de felicidad. Sonrió mientras contemplaba el anillo.
—Es precioso.
Levantó los ojos hacia él y dijo:
—Sí, amor mío. Acepto. Me casaré contigo.
—Enhorabuena —el camarero, del que ambos se habían olvidado por completo, se inclinó ante Natalia, volvió a llenar las copas y se llevó la bandeja.
En un pequeño escenario del salón aparecieron unos músicos y empezó a sonar una melodía. Una cantante se acercó al micrófono.
—Amigos, acabamos de presenciar un pequeño milagro. Ese joven —señaló hacia su mesa—, que se llama Daniel, le ha pedido matrimonio a su novia.
El salón entero estalló en aplausos y felicitaciones. La cantante añadió:
—Y esta canción va dedicada a la encantadora Natalia.
—¿Me concedes nuestro primer baile? —Daniel se levantó y le tendió la mano.
—Ahora ya somos novios oficialmente —dijo abrazándola—. Solo nos falta fijar la fecha de la boda.
—Ha sido todo tan inesperado… —confesó Natalia con los ojos brillantes de lágrimas—. El anillo, el baile, la declaración… Han pasado tantas cosas en una sola noche. Qué extraño. La vida puede cambiar en un instante.
—¿Por qué lloras?
—De felicidad. Temía que nunca me dijeras esas palabras.
—No digas tonterías, boba. Llevo tiempo contando los días para que no tengamos que separarnos nunca más. Te juro que la primera semana después de casarnos no te voy a soltar. Te tendré entre mis brazos, haré el amor contigo y besaré cada rincón de tu cuerpo. Eres increíble. No quiero ni imaginar qué habría sido de mí si no te hubiera conocido aquella noche. Probablemente nunca me habría casado.
—Nunca pensé que estas cosas pasaran de verdad. Contigo todo me resulta fácil, ligero.
Apoyó la cabeza en su hombro.
Cuando dejó de sonar la música, regresaron a la mesa. Al despedirse junto al portal de ella, Natalia le dijo:
—Gracias por esta noche.
Y lo besó.
—Mañana mismo iremos al Registro Civil a presentar los papeles. No lo dejemos para después.
Tras despedirse, Daniel se marchó y Natalia subió corriendo a casa.
—¡Mamá, papá! —soltó antes incluso de cerrar la puerta—. ¡Daniel me ha pedido matrimonio! Mirad qué anillo me ha regalado.
Levantó la mano para que los padres pudieran admirarlo.
—Gracias a Dios, hija —se alegró la madre—. Daniel nos gusta. Desde que estás con él has florecido. Te cuida con tanta delicadeza… Yo creía que esos hombres ya no existían. Y mira tú por dónde, te ha tocado a ti.
—Bueno, hija —dijo José Miguel frotándose las manos—, ahora hay que ponerse con la boda. Eso no es ninguna broma.
—Mañana mismo vamos al Registro —anunció Natalia orgullosa.
—Hay que buscarte vestido. Tienes que ser la novia más guapa del mundo. Y pensar a quién vamos a invitar.
—Mis queridos padres —sonrió la joven—, todo saldrá bien. No os preocupéis.
Y comenzaron los preparativos de la boda. El tiempo pasaba volando. Daniel y Natalia, absorbidos por las ocupaciones nupciales, apenas pensaban en otra cosa. Pero un día ella le preguntó:
—Daniel, pronto nos casaremos y yo todavía no conozco a tu familia.
El rostro de Daniel se ensombreció. Estaban sentados en un restaurante; sonaba música, se oían risas aquí y allá.
—Llevaba esperando este momento —dijo él—. Sabía que tarde o temprano me preguntarías y tenía miedo.
—¿Miedo? —se extrañó Natalia—. ¿Pero por qué? ¿Qué ocurre con tu familia? ¿No quieren que te cases conmigo?
—No digas eso —sonrió Daniel con tristeza.
Se quedó mirando al frente, sin pestañear, en silencio. Natalia no lo apremió.
—Tengo un hermano pequeño. Bueno, ahora ya tiene treinta y dos años. Es discapacitado.
—¿Y qué? —volvió a sorprenderse la chica—. Eso no tiene nada de terrible.
—Se quedó así por mi culpa.
Natalia abrió la boca, se tapó los labios con ambas manos y lo miró horrorizada.
—¿Qué pasó? —preguntó por fin—. ¿Cómo ocurrió?
—Él tenía doce años. Yo era un poco mayor y acababa de empezar a montar en moto. Estábamos de vacaciones en la casa de campo. Álvaro me rogó que le dejara subir conmigo. Era de noche, el asfalto seguía mojado por la lluvia… Perdí el control. Yo salí con unos cuantos moratones y rasguños, pero a él lo lanzó contra un árbol y se lesionó la columna. Mis padres hicieron todo lo posible para que volviera a caminar, pero Álvaro acabó en silla de ruedas.
—Bueno, eso ya es algo —suspiró Natalia aliviada—. Pensé que estaba completamente inmóvil.
—A mí eso no me consuela. Han pasado muchos años y sigo sintiéndome culpable con él y con mi madre. Sobre todo con ella. Ella es quien más ha sufrido.
—¿Y tu padre no ayuda?
—Mi padre nos dejó en cuanto quedó claro que Álvaro no volvería a ponerse de pie. Le asustaron las dificultades. Mi madre no se lo perdonó jamás, y lo pasó fatal.
Daniel tragó saliva, conteniendo la emoción.
—Al principio tuvo que trabajar muchísimo, porque tenía que sacar adelante a dos hijos adolescentes. Yo la ayudaba en lo que podía. Luego vino la universidad, y cuando por fin empecé a trabajar, la situación económica mejoró. Pero mi madre prácticamente se quedó sin vida propia. Siempre estaba pendiente de Álvaro. Hay que darle de comer, asearlo, sacarlo a pasear. No se vale por sí mismo.
Natalia lo miraba sin dar crédito. No entendía cómo alguien que había crecido en un ambiente tan duro había conseguido seguir siendo cariñoso y noble.
“Pobre”, pensó, “qué carga tan enorme debe de ser vivir con esa culpa. Y yo aquí, tan feliz, tan protegida, criada sin preocupaciones, con unos padres que me adoran y me lo dan todo. Ni siquiera puedo imaginar lo que supone atravesar algo así siendo tan joven y no derrumbarse. Me avergüenza mi infancia despreocupada. No pasa nada, lo ayudaré. Haré todo para que deje de pensar en esa herida. Lo rodearé de amor y de cuidado. Su familia tendrá que ser también la mía. Tal vez sea difícil, pero podré. Tengo que conocer a su madre y a su hermano”.
Permanecieron callados durante un tiempo, concentrados en la cena, cada uno ocupado en sus propios pensamientos. Al final Daniel no aguantó más.
—Después de todo lo que te he contado, ¿de verdad sigues queriendo conocer a mi familia?
En sus ojos había tensión, miedo, una pregunta muda. A Natalia le pareció incluso que había dejado de respirar.
—¿Crees que te veo como a un criminal? Yo te amo.
La muchacha apoyó su mano sobre la de él y la apretó con calidez.
—Y quiero conocer a tu familia. Al fin y al cabo, pronto seremos parientes.
—Gracias —exhaló Daniel aliviado.
Se quedaron un poco más y luego se dispusieron a irse. Ya al despedirse, él dijo:
—Perdona por haberte soltado todos mis problemas. No te imaginas lo difícil que ha sido contártelo.
—No digas tonterías —lo miró con ternura—. Tenemos que confiar el uno en el otro. Soy yo quien debería sentir vergüenza; ni sospechaba lo que habías pasado. Me he comportado como una egoísta, porque yo me crié en una familia completa. Mis padres me quisieron y me protegieron. ¿Cuándo me presentarás a tu madre y a tu hermano?
—Hablaré primero con mi madre. Supongo que no pondrá pegas a que vayamos este fin de semana.
Aunque su hijo la había avisado, Carmen no estaba preparada para recibir a aquella visita.
—Mamá, te presento a Natalia —Daniel sostenía a la chica de la mano—. Es mi prometida. Ya hemos hecho los trámites en el Registro. Pronto nos casaremos.
—Bueno… —Carmen sonrió solo con los labios. En sus ojos había cansancio acumulado. La voz le salió plana, sin emoción alguna—. Encantada de conocerte, Natalia. Daniel no me había hablado de ti hasta hace muy poco. Ni siquiera sabía que tenía novia.
—Yo también me alegro de conocerla —dijo Natalia amablemente.
—Y este es mi hermano pequeño, Álvaro —añadió Daniel, colocándose detrás de la silla de ruedas de su hermano.
Álvaro observaba en silencio y con gesto sombrío a la invitada.
—Mamá, invita a Natalia a sentarse a la mesa.
—Perdona —dijo Carmen—, no tenemos nada especial preparado. No me da la vida para cocinar algo mejor. Tengo que ayudar mucho al niño; él solo no puede arreglárselas.
—Ya empezamos —murmuró Álvaro sombríamente—. Otra vez todo es culpa mía. Claro, vosotros estáis estupendamente: camináis, salís, vivís. Y yo estoy atado a esta maldita silla.
Golpeó con las manos los reposabrazos.
—No, no, hijo —se apresuró a tranquilizarlo la madre—, tú no tienes la culpa. Es que yo me canso en el trabajo, y luego en casa también hay mucho que hacer. Ya no soy joven. Antes me cundía todo, ahora… En fin, ¿qué hago quejándome?
Volvió a sonreír solo con los labios.
—Daniel, hijo, atiende a tu novia. Yo mientras doy de cenar a Álvaro.
Natalia observó con sorpresa cómo Carmen colocaba un plato de ensalada delante de su hijo adulto, cogía una cuchara y empezaba a darle de comer. Miró a la mujer. ¿Cuántos años tendría? Daniel le había dicho que cincuenta y dos, pero parecía bastante mayor. En torno a su boca se marcaban unos pliegues tan profundos que daba la impresión de que iba a echarse a llorar de un momento a otro. ¿Por qué no se ponía хотя sea un poco de máscara de pestañas? Las pestañas eran casi invisibles, lo que hacía que sus ojos carecieran de expresión y su mirada pareciera apagada. Y aquellas ojeras: estaba claro que apenas dormía. ¿Y su forma de vestir? Una camiseta dada de sí y un pantalón deportivo. ¿Así recibía a los invitados? ¿O todo se debía al hijo? Claro, llevaba lo que le resultaba práctico. El pelo corto la envejecía. ¿Por qué se había hecho ese corte? ¿También por comodidad? Pobre mujer. Le daba muchísima pena. Qué extraño… ¿por qué lo hacía absolutamente todo por su hijo? Natalia veía cómo Carmen le limpiaba las manos a Álvaro con toallitas húmedas, le sacudía las migas de la camisa… Él perfectamente podía arreglárselas sin su madre.
La conversación durante la comida no fluía. Carmen intentaba ser amable con su futura nuera.
—Natalia —preguntó para romper el silencio—, ¿dónde conociste a mi hijo?
—Nos presentaron unos amigos —respondió ella—. Daniel me gustó desde el primer momento. Es muy bueno, muy educado y trabajador.
—Eso no se le puede negar —contestó la madre.
—Estoy cansado —declaró de pronto Álvaro con capricho—. Ya sabéis que no soporto a los desconocidos.
—Natalia no es una desconocida —replicó Daniel—. Pronto será mi mujer.
—¿Y a mí qué me importa? —respondió él con mal humor—. Yo no voy a poder bailar en vuestra boda ni disfrutar de nada. Me quedaré sentado en esta maldita silla. Estoy harto.
Miró a su madre con exigencia.
—Llévame a mi habitación y vosotros quedaos ahí arrullándoos. ¿Qué interés podéis tener en estar con un inválido?
—Hijo —intentó persuadirlo Carmen—, quédate un rato más. Natalia ha venido por primera vez. No queda bien.
—Primera vez, pero no última. Ya tendré tiempo de verla más. No tengo nada de qué hablar con ella.
Se veía que empezaba a enfadarse.
—Está bien, está bien, cariño. Te llevo a la habitación. Pero no te alteres, que luego se te sube la tensión. Ahora mismo te acuesto.
—No quiero dormir —protestó Álvaro—. Solo llévame a la habitación. No quiero molestaros.
—No molestas a nadie —comentó Daniel—. Nadie te está echando.
Álvaro no respondió.
La madre llevó al hijo a su cuarto, pero enseguida regresó.
—Perdona, Natalia, que hayas tenido que ver esta escena tan desagradable. Al muchacho le cuesta mucho. Es joven y se siente impotente, por eso se enfada. No le tengas en cuenta nada; Álvaro es bueno en el fondo. Acabará acostumbrándose a ti.
—No se disculpe, por favor. Lo entiendo. Tienen una casa acogedora —dijo Natalia intentando cambiar de tema.
—Ya no es lo que era —sonrió Carmen con una tristeza amarga—. Ya no cuido la casa como antes, y de mí misma ni hablar. Me he dejado por completo.
La mujer conversaba, pero al mismo tiempo escuchaba con atención lo que sucedía en la habitación de su hijo. Al final no pudo más, se levantó.
—Natalia, perdóname. Tengo que ir con Álvaro, por si necesita algo. Vuelve a visitarnos.
Y se marchó, dejando solos a Daniel y Natalia.
—Me siento fatal por ti —dijo el joven mirando a su prometida con culpabilidad—. Primero mi hermano se ha ido, luego mi madre… No te lo tomes a pecho. Mamá está obsesionada con Álvaro.
—Llévame a casa —pidió la muchacha.
Daniel la acompañó y luego volvió al piso de su madre. Ella estaba recogiendo la mesa y fregando.
—Mamá, me ha dado mucha vergüenza por Natalia. Álvaro se comporta siempre como un niño pequeño, y ya tiene treinta y dos años. ¿De verdad le costaba tanto recibir mejor a una persona? Natalia va a ser mi mujer, tu nuera. Le has faltado al respeto. ¿Y para qué corriste detrás de mi hermano? Es justo lo que él quería. Ya no se hablaba de él ni nadie escuchaba sus quejidos, así que se fue a sus juegos de ordenador. ¿Y tú detrás, para qué? Tenías invitados en casa.
—No podía dejar a Álvaro solo —se justificó Carmen—. Y vosotros estabais los dos juntos, así que he querido dejaros tranquilos. No es justo que te enfades.
Daniel miró a su madre con compasión.
—Mamá, no te das cuenta de que has malcriado a Álvaro. No le funcionan las piernas, pero las manos sí. ¿Por qué le permites explotarte de esa manera?
—Baja la voz —se asustó Carmen mirando hacia la habitación del hijo—. Álvaro te puede oír. Y no, no lo he malcriado. ¿Qué me cuesta darle de comer? En la silla está incómodo. ¿Cómo no lo entiendes? Ya bastante tiene con pasarse el día solo.
—Yo sí entiendo, mamá. Lo que pasa es que mi hermano te tiene cogida del cuello y tú se lo consientes. ¿No ves que aparte de los juegos no le interesa nada? Lo has convertido en un parásito. Eso de darle de comer con cuchara a un hombre hecho y derecho es el colmo. No le haces ningún favor. ¿Crees que a él le resulta fácil sentirse inútil?
—Tú no lo entiendes —insistió ella—. Lo quiero. Claro que no me es indiferente lo que siente, pero eso no significa que no tenga que ayudarlo.
—Precisamente por eso te lo digo. Yo también quiero a mi hermano. Pero quererlo no es ceder en todo. Puede valerse por sí mismo en muchas cosas. No del todo, pero sí bastante. Y tú no le permites hacer nada.
—¿Qué pasa, me estáis poniendo verde? —Daniel y Carmen, absorbidos en su discusión, no habían oído acercarse la silla de ruedas.
—¿De qué hablas, hijo? —la madre dejó lo que estaba haciendo y se apresuró hacia él. Le acomodó la manta sobre las piernas, le alisó el pelo—. Estábamos hablando de Natalia. ¿Necesitas algo, cariño?
—Claro, claro. No ha cruzado la puerta esa chica y ya solo habláis de ella. De mí os olvidáis enseguida. Muy bien para Daniel: se casará y se olvidará de nosotros. Y yo aquí me quedaré, en esta silla.
—No digas tonterías —respondió el hermano con irritación—. Somos familia, pero tú utilizas tu enfermedad para manipular. Ya te he dicho mil veces que podrías buscarte un trabajo a distancia. Te pasas el día delante del ordenador. Podrías aprovecharlo. Pero no, prefieres hacer sufrir a mamá.
—Sí, claro, yo hago sufrir a todo el mundo.
Álvaro rompió a llorar.
—Soy una carga, estorbo a todos. Solo estáis deseando libraros de mí. Vais de buenos y comprensivos, pero en el fondo estáis deseando que me muera de una vez. Mejor me habría muerto entonces, en vez de seguir siendo un peso para vosotros. Os gasto el dinero, os canso con mis problemas. Ya veréis, pronto dejaré de molestaros para siempre.
—¡Hijo! —la madre, presa del pánico, se puso a abrazarlo y a besarlo—. Ni se te ocurra pensar eso. Te necesitamos. Te queremos. No escuches a Daniel. No sabe lo que dice. Solo queremos lo mejor para ti.
—Mamá —se enfadó Daniel—, ¿por qué vuelves a caer en lo mismo? Está claro que todo lo hace para que lo compadezcas y sigas tratándolo como a un bebé. Estoy harto. Haced lo que queráis.
Cogió sus cosas y se marchó a su piso.
Natalia llegó a casa desanimada.
—¡Hija! —se alarmó Olga—. ¿Ha pasado algo? ¿Cómo ha ido el encuentro con la familia de Daniel? ¿No te han aceptado?
—No ha pasado nada, mamá.
La joven no encontraba su sitio: se sentaba en la cama, se levantaba, volvía a sentarse.
—Me han recibido bien.
—Entonces, ¿qué te ocurre?
—Daniel tiene un hermano discapacitado. Carmen se ocupa de él. Mamá, me da muchísima pena esa mujer. Si la hubieras visto… Está agotada, consumida. En sus ojos hay un cansancio infinito. Me parece que solo sueña con dormir a pierna suelta y vivir un poco para sí misma. Se ha destrozado la salud cuidando de su hijo. No pienses que Daniel no ayuda; ayuda, claro, pero el peso principal recae sobre ella.
—¿Y qué propones? No irás a cargar tú con el cuidado del hermano de Daniel. Ni siquiera eres su mujer todavía.
Natalia se quedó pensando intensamente. De pronto se le iluminó el rostro.
—Mamá, dime una cosa: si pudieras pedir un regalo solo para ti, algo que te diera placer, ¿qué elegirías?
—Pues… ir a un salón de belleza.
—Eso es. He pensado que para la madre de Daniel sería un regalo estupendo. Que vaya a una peluquería o a un centro de estética, que se sienta mujer aunque sea por unas horas.
—Ay, hija mía —suspiró la madre—. Qué corazón tienes. ¿Y por qué te preocupa tanto esa mujer? Aún no es nada tuyo.
—Porque quiero ayudarla. No compadecerla, ayudarla. Se ha abandonado por completo. No hay ninguna alegría en su vida. Casa, trabajo, trabajo, casa. Una persona tiene que poder escapar alguna vez de sus preocupaciones.
La idea le gustó tanto que tuvo que contenerse para no llamar enseguida a Daniel y contárselo. Decidió esperar a verlo.
—Hola, amor.
Natalia irradiaba entusiasmo. Daniel había ido a buscarla después del trabajo.
—Daniel, ya sé cómo podemos poner un poco de luz en la vida de tu madre. ¿Hace mucho que no le haces un regalo?
—¿A qué viene esa pregunta? —se sorprendió él.
—Quiero invitarla a un salón de belleza. Sigue siendo una mujer joven y bonita. Solo que el cuidado constante de su hijo la ha envejecido. Perdóname, pero vosotros, los hombres, no entendéis estas cosas. Que vuelva a sentirse atractiva, deseable, aunque sea por un rato. Que se quite de encima la carga que lleva tantos años arrastrando.
—Mmm —reflexionó Daniel—. Jamás se me había ocurrido algo así. Pero creo que le gustará. Incluso estoy dispuesto a pagárselo.
—Pues decidido. Pero necesitaré tu ayuda.
—Dime. Haré todo lo que me pidas.
El joven la atrajo hacia sí y la besó.
—Mientras Carmen se ocupa de sí misma, tendrás que quedarte con tu hermano.
La sonrisa se borró al instante del rostro de Daniel. La soltó de golpe y dijo con frialdad:
—No. Eso no me lo pidas. Ni loco pienso pasar varias horas con ese vago. No tengo inconveniente en que mamá vaya al salón, pero quedarme con Álvaro, jamás. Los nervios se me ponen de punta en cuanto veo cómo la trata.
—¿Y qué hacemos entonces? —se desconcertó Natalia—. ¿Mi idea era absurda? ¿Y si se queda solo? ¿Pasará algo?
Daniel la miró pensativo y luego contestó:
—Mi madre no lo dejará solo. Si quieres hacerle ese regalo, puedes quedarte tú con él mientras ella sale.
—Espera, ese es tu hermano. ¿Cómo te imaginas eso? Yo no puedo quedarme sola en casa con un hombre que apenas conozco.
—No creo que pueda hacerte nada. No se atreverá. Pero conmigo no cuentes.
—Daniel, no lo entiendo. ¿Cómo puedes negarle a tu madre algo tan pequeño? Parece una mujer agotada. Le ofrezco unas horas de descanso y tú no eres capaz de sacrificar una sola tarde. Es tu madre.
—Tengo que ganar dinero. La boda no se paga sola —replicó él con lógica—. Decide tú, pero yo paso. ¿O quieres que mi hermano y yo acabemos estrangulándonos mientras mamá se tiñe el pelo? Porque eso es lo que ocurrirá. No lo soporto.
Natalia se quedó pensando largo rato y al final dijo:
—De acuerdo. Me haré cargo de tu hermano, pero solo una tarde. De verdad me gustaría darle una alegría a tu madre. Porque por lo visto de vosotros no la espera.
—Perfecto —se animó Daniel enseguida—. Mañana mismo volvemos a casa de mi madre. Se lo dices tú.
Al día siguiente fueron de nuevo a ver a Carmen.
—Qué a menudo venís últimamente —murmuró Álvaro de mala gana.
—No le hagas caso —dijo la mujer con amabilidad—. Pasad, por favor. No te enfades con nuestro niño, Natalia. Cualquiera se vuelve raro encerrado entre cuatro paredes.
Aquella vez la futura suegra se mostró inusualmente cariñosa.
—Carmen —dijo Natalia sacando un sobre bonito del bolso—, Daniel y yo le hemos preparado una sorpresa.
—¿Qué es esto?
La mujer contempló la tarjeta con asombro.
—Un bono para un salón de belleza —explicó Natalia—. Es para usted.
—¿Para mí?
Carmen apretó el bono contra el pecho, emocionada.
—Ni me acuerdo de cuándo me maquillaron por última vez. Muchísimas gracias, de verdad.
De repente pareció volver a la realidad y miró con inquietud hacia su hijo menor.
—No, no puedo. ¿Y Álvaro? ¿Cómo voy a dejarlo solo? A esa hora le toca la cena. De verdad, me hace mucha ilusión, pero no puedo.
—Con él yo no me quedo —protestó Álvaro señalando a su hermano—. No pienso aguantar otra vez sus sermones.
—Mamá —la calmó Daniel, sin mirar siquiera a su hermano—, Natalia se ha ofrecido a quedarse con Álvaro.
—¿Y alguien me ha preguntado a mí? —saltó el otro—. A lo mejor yo tampoco quiero quedarme con ella. Apenas la conozco. Así queréis libraros de mí. Pues venga, dejadme tirado, o mejor metedme en una residencia y asunto resuelto. Así vosotros hacéis vuestra boda y salís por ahí tan tranquilos. Claro, soy una piedra al cuello.
—Deja ya de quejarte —le gritó su hermano.
—Quizá de verdad sea mejor que no vaya a ninguna parte —dijo la madre abatida—. Si Álvaro no quiere…
—Carmen —intervino Natalia al ver que debía hablar—, no se preocupe. Estoy segura de que Álvaro y yo nos entenderemos.
La muchacha le sonrió con amabilidad al hombre. Él se quedó de pronto callado, mirándola fijamente.
—Y usted tiene que ir al salón.
—Gracias —repitió Carmen por enésima vez esa noche—. No sé cómo agradecerte esto, Natalia.
El día señalado, Natalia acompañó a Carmen hasta el salón de belleza y se quedó sola en el piso con Álvaro. Se entretuvo más de la cuenta en el recibidor, sin decidirse a entrar al salón.
—¿A qué esperas ahí? —gruñó él, molesto porque su madre se hubiera ido y lo hubiera dejado con aquella chica—. Da de comer. ¿O se te ha olvidado lo que te dijo mi madre?
—Sí, sí, ya voy.
Natalia, mirándolo con cautela, se refugió en la cocina. Calentó la cena, puso la mesa y ayudó a Álvaro a acercarse con la silla.
—Que aproveche —dijo lo más cortésmente que pudo, dejando un tenedor delante de él—. Tú come, y yo voy preparando té. Sé hacer un té muy rico. Me enseñó mi madre. Te gustará. Es relajante, ideal para la noche.
Hablaba deprisa para distraerlo. Él seguía cada uno de sus movimientos, y aquella mirada fija la ponía tensa.
—Deja de marearme —le gritó Álvaro—. Dame de comer ya, que se enfría todo y luego habrá que volver a calentarlo.
—¿Lo dices en serio? —Natalia abrió mucho los ojos—. ¿No puedes comer tú solo?
—Mi madre me da de comer, así que tú también. Y no hagas preguntas tontas. ¿Qué miras? ¿Piensas tardar mucho?
La muchacha tomó la cuchara con indecisión y empezó a darle de comer, sin salir de su asombro.
“Dios mío, semejante hombretón y le dan de comer en la boca. ¿Cómo puede ser? Tengo que hablar con Daniel. Esto no puede seguir así. Álvaro puede comer solo. ¿Por qué Carmen lo ha acostumbrado a esto? Entonces resulta que no hace absolutamente nada por sí mismo. Aunque sea, la cuchara puede sostenerla. Pero ¿qué hago yo indignándome? Soy una extraña aquí. Nadie va a escucharme. No queda bien meterme en la casa ajena a dar lecciones. Solo estaré aquí unas horas. Aguantaré”.
Después de darle de cenar, Natalia se puso a lavar los platos.
—Límpiame los labios —ordenó Álvaro con mal tono.
Ella lo hizo en silencio y volvió al fregadero.
—Sírveme el té, que has dicho que me ibas a preparar.
—Espera un poco, todavía se está haciendo.
—No sabes ni servir una mesa —seguía rezongando él—. Siempre hay que esperar. ¿Qué habrá visto Daniel en ti? Y encima se quiere casar… Aunque lo entiendo.
La recorrió con la mirada de arriba abajo, evaluándola. A Natalia se le revolvió algo por dentro. Procuraba mantenerse lo más lejos posible.
Llevó la taza de té hasta él.
—¿Y por qué me lo has puesto en esta taza? —protestó Álvaro frunciendo el ceño—. Esa es la de mi madre. Yo quiero la mía.
—¿Qué más da en qué taza bebas? Además, no tiene nombre. He cogido la primera que he visto.
—No quiero esa taza. Ponme la mía. Está ahí arriba, la del dibujo de Spider-Man. No quiero ninguna otra. Siempre bebo en esa.
Se cruzó de brazos, terco como un niño. A Natalia le repugnó aquel hombre adulto comportándose como si tuviera dos años. Descarado. “Si fuera mi hermano, le diría cuatro cosas. Montar un escándalo por una taza”. Pero no dijo nada, solo cambió la taza.
—Así está mejor —se alegró él enseguida—. Y ahora dame algo para acompañar el té.
—Oye, yo no soy tu criada. Cógelo tú. La azucarera la tienes delante.
—¿Y para qué te han dejado aquí? Para atenderme. Pues atiéndeme. No llego.
Natalia estaba a punto de estallar. ¿Qué se cree este? ¿El centro del universo? Como si toda la vida girara en torno a él. Así que con su madre también actúa igual. Qué horror. ¿Por qué lo soporta? Tiene un carácter insoportable.
Le acercó la azucarera. Satisfecho con el poder que tenía sobre ella, Álvaro sonrió y se recostó en la silla cuanto pudo.
—Vas a hacer todo lo que te diga —anunció entre risas—. Y ahora llévame a la habitación. Estoy cansado y quiero descansar.
En su cuarto se quedó enseguida mirando la pantalla del ordenador, dando a entender que quería estar solo. La verdad era que Natalia le había gustado, pero no tenía ni idea de cómo comportarse con ella. Nunca había tenido mujeres en su vida, aparte de su madre y alguna vecina que pasaba a charlar. Lo que sentía por Natalia era distinto. Quería que se quedara, pero no sabía cómo pedírselo ni cómo empezar una conversación. Natalia, como si hubiera leído sus pensamientos, habló primero.
La invadían sentimientos encontrados. Por un lado, compasión por aquel hombre desgraciado; por otro, irritación porque fingía una indefensión total. Ella intuía por qué se comportaba así: temía perder la atención de los demás. Mientras siguiera representando el papel de víctima absoluta, todos girarían a su alrededor, y eso le convenía.
—¿Te pasas el día entero frente al ordenador? —preguntó mostrando interés genuino.
—¿Y qué quieres que haga? —replicó él con aspereza.
Estaba de espaldas, pero Natalia advirtió que esperaba la siguiente pregunta, que no quería que ella se marchara. Animándose, insistió:
—¿Juegas solo o con amigos? Yo no juego, pero sé que en Internet puedes hablar con gente de otros países.
—Sí, todos mis amigos son virtuales. Al menos ninguno me molesta ni me dice cómo tengo que vivir. ¿Y tú qué? ¿Vienes a compadecerme? Pues venga, compadéceme.
—No, no he venido a compadecerte.
Natalia le dedicó una sonrisa franca.
—¿Puedo sentarme? Me aburro sola en la cocina.
—Siéntate —respondió ya algo más calmado.
—Todavía guardas rencor a tu hermano por el accidente. Pero fue un accidente.
—Sí, claro, un accidente —Álvaro se puso verde de rabia—. Mi hermanito decidió hacerse el motorista, aunque ni tenía carné ni apenas había montado tres veces. Fui yo quien pidió subir, sí, porque era un crío tonto y no entendía el peligro. Pero él debería haberme dicho que no. Mi padre le advirtió y no le hizo caso. Después me sueltan que fue la lluvia, que perdió el control, que la culpa fue del destino. La culpa fue suya. Y gracias a él estoy en esta silla de por vida. A él no le pasó nada, y yo aquí sigo. Todo fue por su culpa. Y mi padre no se habría marchado si no hubiera pasado aquello.
—Pero ya no puedes cambiar lo que pasó —dijo Natalia con suavidad—. Lo único posible es aprender a vivir con ello.
—¿Vivir? ¿Crees que es bonito vivir así? Mi hermanito se casa contigo y yo, ¿qué? ¿Quién me va a querer a mí? Ojalá me hubiera muerto en aquel momento, pero salí demasiado resistente.
Se echó a reír con maldad y golpeó sus piernas con los puños.
—Aunque, ya ves, las piernas no funcionan.
La miró, tosió y de repente le guiñó un ojo.
—Pero lo demás sí funciona. ¿Entiendes? A lo mejor lo comprobamos mientras mi madre no está. Te han dejado conmigo para que me cuides, ¿no? Pues cuídame. A mi madre le has hecho un regalo. ¿Y yo qué? ¿Soy menos? ¿Piensas que solo ella sufre?
Natalia se puso de pie de un salto y empezó a retroceder hacia la puerta. Álvaro se echó a reír.
—Qué asustadiza eres. ¿De dónde te ha sacado Daniel? ¿A dónde vas? Quédate un poco más. Me gusta hablar contigo. Hoy he comprendido por qué mi hermano te ha elegido a ti. No estás mal.
—Creo que me voy a ir —dijo Natalia, ya arrepentida de haberlo seguido al cuarto—. Seguro que tus amigos virtuales te están esperando.
Intentaba desviar su atención hacia el ordenador. Esperaba que eso bastara para que la dejara tranquila.
—Dentro de poco volverá Carmen. Voy a calentar la cena. No quiero molestarte.
Palpó a su espalda el pomo de la puerta, la abrió y salió al pasillo. Desde dentro escuchó la risa de Álvaro. No supo decir si en esa risa había más amargura o más burla.
Unos minutos después se abrió la puerta de la calle.
—¡Natalia! —oyó la voz de su futura suegra. Le pareció que hasta el timbre había cambiado: sonaba feliz—. Gracias, hija, por este regalo.
La muchacha salió al recibidor y se quedó boquiabierta. La mujer agotada por el trabajo y por las noches sin dormir había desaparecido. En su lugar tenía delante a una señora guapa y cuidada. Los ojos, antes apagados, brillaban ahora con chispas juguetonas. Las pequeñas arrugas se difuminaban bajo un maquillaje bien hecho. El peinado tenía forma y el pelo, color.
—¡Carmen, está usted impresionante! —exclamó Natalia.
—Ni yo misma me reconozco —admitió la mujer, mirándose en el espejo—. Me siento en el séptimo cielo. Me encanta verme así. Creo que hasta he rejuvenecido.
—Eso seguro —sonrió Natalia, feliz por ella—. Debería ir más a menudo a este tipo de sitios para mantenerse así.
—Justo de eso quería hablar contigo. ¿Y si te quedaras con Álvaro un par de tardes a la semana? Yo podría buscar otro trabajo, a ver si gano algo más. Antes Daniel a veces me echaba una mano y se quedaba con su hermano, pero ahora trabaja día y noche. Dice que está ahorrando para vuestra boda. ¿Qué te parece? ¿No te importaría? Parece que Álvaro y tú os habéis llevado bien.
—Verá, Carmen… —la propuesta asustó a Natalia. No tenía ninguna intención de convertirse en cuidadora de Álvaro—. Yo no podré ayudarla. También trabajo mucho, y además tengo que estar pendiente de mis padres. No me da la vida. Y ya es tarde, tengo que irme. Me he quedado más de la cuenta.
Se preparó deprisa para marcharse.
—Piénsatelo, Natalia, hija —la siguió Carmen hasta la puerta—. Lo teníamos todo muy bien organizado. Nos turnaríamos con Álvaro. Para él sería un cambio, y a mí me aliviarías mucho. Habla con Daniel. Piénsalo.
—Lo pensaré —sonrió ella con rigidez.
Pero por dentro ya había tomado una decisión firme: jamás volvería a quedarse a solas con Álvaro. No sabía qué se le podía pasar por la cabeza. Una sola tarde había bastado. Ver otra vez los caprichos de aquel hombre adulto… No, ni hablar. Se había burlado de ella. Jamás volvería a estar sola con él.
Terminó la conversación como pudo y se fue a casa. No le contó a Daniel lo que había pasado con Álvaro, pero decidió que no volvería a ceder a las peticiones de Carmen. Sin embargo, Carmen, al darse cuenta del valor de la muchacha que su hijo se iba a llevar por esposa, empezó a pensar de otra manera.
—Cariño, mi madre quiere que vayamos a verla —le dijo Daniel unos días después.
—¿Para qué? —se puso tensa Natalia.
—Dice que tiene algo importante que hablar contigo.
Por dentro, Natalia ya intuía de qué podía tratarse, pero no se sintió capaz de negarse.
—Natalia —Carmen la recibió como si fuera la invitada más importante del mundo—, me da muchísima vergüenza pedirte un favor, pero ¿podrías quedarte un rato con Álvaro? Necesito ir de compras. La boda está cerca y no tengo ni un vestido adecuado en el armario. En los últimos años solo he comprado ropa normal, cómoda, y ni siquiera me hacía falta pensar en esas cosas. Pero no puedo ir a vuestra boda de cualquier manera, ¿no crees? Ya sabes que no puedo dejar solo al chico mucho rato.
—Pero… —quiso protestar Natalia, pero la mujer la cogió del brazo, la apartó un poco y le susurró al oído:
—Álvaro no se lleva bien con la gente nueva, pero contigo es distinto. Me ha dicho él mismo que le gustó pasar tiempo contigo. Tú hablas con él, lo atiendes… Te prometo que volveré lo antes posible. Por favor, Natalia, necesito de verdad que me ayudes.
Y Natalia aceptó.
Desde entonces Carmen empezó a aprovecharse descaradamente de la bondad y la suavidad de la futura nuera, ausentándose cada vez con más frecuencia por sus asuntos y dejando a Álvaro al cuidado de la chica. Natalia reprimía como podía la antipatía que sentía hacia él, pero no le nacía fuerzas para negarse. Hasta que un día estalló. Fue después de que Álvaro la obligara a sacar la cebolla de la sopa porque, según él, no le gustaba.
—Carmen —dijo aquella tarde, llevada al límite—, cuanto más observo a su hijo, más convencida estoy de que podría quedarse perfectamente solo en casa mientras usted resuelve sus cosas. No está tan indefenso como usted cree.
—Hija mía —Carmen había vuelto con una manicura impecable—, yo sé mejor que nadie lo que necesita mi hijo. No creo que para ti sea una carga tan terrible hacerle compañía.
—Si se le deja la comida preparada —insistió Natalia— y en porciones accesibles, puede calentarla solo. Tanto la comida como la cena.
—Pero ¿qué dices? —se ofendió la madre—. ¿Cómo iba a hacerlo?
—Lo hará perfectamente en cuanto tenga hambre. Y lavarse las manos, ni te cuento. Lo que pasa es que usted lo ha malcriado de forma monstruosa. ¿Para qué iba a esforzarse él, si sabe que mamá le resuelve todo? Se niega a hacer cosas a propósito. Le gusta que lo sirvan. Usted misma lo está perjudicando. Y piense en esto: si un día le pasa algo a usted… Dios no lo quiera, claro, pero imagine. ¿Qué sería de él? ¿Quién asumiría la responsabilidad? Tiene que obligarlo a ser más autónomo.
—Tú no eres quién para juzgarme —se enfadó la mujer—. ¿Con qué derecho vienes a enseñarme a tratar a mi hijo?
—¿No se da cuenta? —seguía Natalia—. Lo está hundiendo con ese exceso de cuidado. Tiene la mente y la edad de un hombre adulto, pero se comporta como un niño de tres años. Oblíguelo a hacer aunque sea las cosas más básicas de la casa y verá que puede con mucho más de lo que parece. Sería bueno para él y también para usted.
—Tú no entiendes nada —sollozó Carmen—. No lo entiendes porque Álvaro no es tu hijo. Eres cruel. Bastante mala suerte ha tenido ya en la vida y tú me propones abandonarlo a su suerte. No esperaba eso de ti.
—No digo que lo abandone. Solo que aprenda cosas básicas. Le facilitará la vida a usted. ¿Piensa seguir sonándole los mocos hasta la jubilación?
—No quiero seguir hablando contigo —se ofendió Carmen y se encerró en su habitación.
Natalia se encogió de hombros y se volvió a casa. En la puerta del edificio la esperaba Daniel.
—Hola —se alegró ella—. No esperaba verte hoy.
Se inclinó para besarlo, pero él la saludó con sequedad y se apartó.
—¿Por qué te metes donde no te llaman? —le preguntó con bastante brusquedad.
—No te entiendo —se desconcertó Natalia—. ¿De qué hablas?
—¿Por qué has tenido esa conversación con mi madre sobre Álvaro?
—Ah, ¿te refieres a eso? ¿Acaso no tengo razón? ¿Acaso tú no criticas también cómo se comporta tu hermano?
—Sí, pero es mi hermano. Yo tengo ese derecho. Tú no deberías decirle a mi madre cómo tiene que tratarlo.
—Pensé que me apoyarías. Entre los dos podríamos ayudar a tu hermano. Tú mismo sabes que Carmen le hace daño sin darse cuenta.
—Aunque así fuera, no tienes derecho a intervenir.
—¿Y por qué no puedo decir lo que pienso si ella no lo ve?
—Porque para ella tú sigues siendo una extraña. Tus comentarios le resultan desagradables.
—En cambio sí le resulta agradable —murmuró Natalia— que yo me quede con su hijo consentido.
—Escúchame —Daniel le tomó el rostro con las manos y la miró a los ojos—. Yo también estoy en contra de los métodos de mi madre. Yo también desearía que algún día a Álvaro le despertara la conciencia y dejara de torturarla. Pero por favor, no vuelvas a meterte jamás en sus asuntos. Prométemelo.
—Sí, claro —contestó ella, ofendida.
Al cabo de un tiempo, los dos se casaron. La suegra y Álvaro estuvieron poco rato en la boda. Él, como siempre, se dedicó a llamar la atención con sus caprichos.
—Mamá —gruñía—, quiero probar aquella ensalada. Sírvemela. ¿Quién ha puesto la mesa así? Claro, a nadie le importa que el hermano del novio sea discapacitado.
—Cariño —se afanaba la madre a su lado—, no te enfades. Yo te lo doy.
Al rato se quejaba de la música alta:
—Me duele la cabeza con tanto ruido. No se puede ni hablar.
—Hijo —volvía a apaciguarlo ella—, tendrás que aguantar un poco. Es una boda.
Luego, al notar la mirada compasiva de alguien, refunfuñó con gesto lastimero:
—Estoy harto de estar sentado. Querría tumbarme. No puedo levantarme ni caminar. Se me ha quedado la espalda clavada.
—Daniel —dijo la madre en tono de disculpa—, nos vamos ya. Álvaro está cansado.
—¿Pero qué está inventando ahora? —se indignó el novio.
—Nos vamos —repitió ella con terquedad—. Está sufriendo, el pobre.
—En casa puede pasarse horas delante del ordenador y entonces no le duele la espalda.
—Una cosa es en casa y otra aquí, rodeado de gente. Claro que está agotado.
Y Carmen se apresuró a abandonar la celebración con su hijo menor.
Los recién casados comenzaron su vida juntos con felicidad. Todo habría ido bien si la suegra no hubiera seguido atosigando a la nuera con peticiones para quedarse con Álvaro.
—Natalia —le anunció Daniel nada más llegar del trabajo—, mamá tiene que ir mañana al centro de salud a recoger la medicación de Álvaro. ¿Podrías quedarte con él?
—Ya te lo advertí —se negó ella—. No voy a hacerlo más. Es insoportable y no quiere cambiar. Y tú mismo me prohibiste hablar de ello con él o con Carmen. Así que que se las arreglen.
—Natalia, no tienes razón. Está bien, no es tu obligación, pero esta vez hazme el favor, por mamá.
—¿Y tú no quieres hacerle ese favor a tu madre?
—No, yo desde luego no —agitó las manos—. Sabes que no lo aguanto más de diez minutos y eso con mamá presente. ¿Y quieres que me quede a solas con él? Imposible. Pero tú, Nati, por favor, hazlo por mi madre.
La chica se enfadaba con su marido, pero a veces acababa cediendo yendo a casa de la suegra.
El nivel de vida de Daniel y Natalia fue mejorando poco a poco. Pronto empezaron a pensar en comprar un piso más grande.
—Ya es hora de buscar algo mejor —dijo un día Daniel—. Espero que pronto venga un bebé.
Les encantaba pasar las noches en el sofá, abrazados, imaginando su futuro.
—Yo también lo espero —respondía Natalia, y podían pasarse horas hablando de planes, de habitaciones, de nombres.
La desgracia llegó cuando menos la esperaban. Una vez sonó el teléfono de Daniel y él lo cogió pensando que era su madre.
—Mamá, ¿ha pasado algo?
—Buenas tardes —respondió una voz desconocida—. Soy inspector de policía. Hemos encontrado un teléfono móvil. La última llamada era suya. Ha ocurrido una tragedia. Su madre ha fallecido.
—¿Qué? —Daniel se quedó sin aliento—. ¿Cómo que ha fallecido? ¿Qué ha ocurrido?
—La atropelló mortalmente un coche. Según los testigos, salía de una tienda y un conductor temerario la embistió en un paso de peatones. El responsable ya ha sido detenido, pero usted tiene que venir a comisaría.
Daniel estaba en shock.
—Natalia… mamá… ha muerto —murmuró apenas—. ¿Y ahora qué vamos a hacer? ¿Cómo vamos a seguir viviendo?
Todo transcurrió como en una niebla: el velatorio, el entierro, las flores, la tierra. Y después surgió la pregunta inevitable: ¿quién se ocuparía ahora de Álvaro? Entre los jóvenes esposos tuvo lugar una conversación difícil.
—Cariño, entiendes que yo no puedo hacerme cargo de mi hermano. Tengo que trabajar.
—¿Y yo no? —se resistió Natalia—. Queríamos cambiar de piso. ¿Ya lo has olvidado?
—No lo he olvidado. Nuestros planes no cambian. Solo tendremos que aguantar un poco.
—¿Cuánto tiempo? ¿Por qué no contratamos una cuidadora?
—Desde ya te digo que no. Álvaro no soportará a una desconocida en casa.
—Pero mucha gente encuentra soluciones. Y si yo no existiera, ¿qué harías? No me contestes con hipótesis, por favor; encárgate tú de Álvaro.
—Ni hablar. Es un tipo insolente y vago.
—Pues al menos soporta su presencia mientras encuentro una cuidadora. No puedo traer a cualquiera de la calle. Hace falta tiempo para encontrar a alguien fiable. Y además, de algún modo tenemos responsabilidad en su estado. Habrá que asumirlo.
Natalia estaba furiosa con su marido, pero comprendía que él no hablaba solo por comodidad. Veía cuánto sufría por la muerte de su madre y cómo lo devoraba otra vez la culpa hacia su hermano. Le daba muchísima pena y aceptó.
—Está bien. Lo cuidaré, pero temporalmente. Prométeme que resolverás lo de la cuidadora cuanto antes.
—Te lo juro —se alegró Daniel, besándola—. Hoy mismo empiezo a llamar a agencias.
“De todas formas lograré que se vuelva más independiente”, pensó Natalia con terquedad. “Y no dejaré que Daniel me lo impida”.
Sin embargo, todos sus intentos iniciales fracasaron. Tras la muerte de Carmen, Álvaro se volvió aún más demandante. Al perder a su madre, empezó a amargarle la vida a la esposa de su hermano.
—¿Así que quieres reeducarme? —le soltaba—. Te advierto que no soy un perro. No admito adiestramiento. No pruebes conmigo tus métodos de educadora. No te servirá de nada.
—No quiero educarte —intentaba explicarle Natalia con paciencia—. Por lo menos busca un trabajo. Te sentará bien. Conocerás gente, tendrás una ocupación.
—Déjame en paz —le gritaba él—. No quiero escuchar nada. Si te resulta tan horrible ayudarme, márchate. Ya me las arreglaré.
—Álvaro, escucha —insistía ella—. Miles de personas trabajan por Internet. Si quieres, yo misma te busco algo.
—¿Qué pasa, que ya soy una carga? —escupía él—. Ni siquiera he terminado de asumir la muerte de mi madre y ya me quieres mandar a trabajar. Eres una desalmada. Si mamá te oyera, te pondría en tu sitio.
—Precisamente trabajar te ayudaría a distraerte un poco. Ganarías tu dinero, serías independiente. Imagínate qué bien.
—Ahora también me vais a echar en cara el pan que como. No tenéis ni una pizca de compasión por un pobre inválido.
—¿Por qué siempre le das la vuelta a todo? —casi lloraba Natalia. Y por las noches se quejaba a su marido—. Ya no lo soporto más. Solo se dedica a humillarme. ¿Cuándo llegará la cuidadora?
—Mañana mismo tenemos una —respondía Daniel.
—Por fin —se alegró ella.
Pero la alegría duró poco. Natalia llegó a casa de Álvaro justo cuando se presentó la mujer de la agencia.
—¿Para qué me habéis traído a esta señora? —bramaba Álvaro, salpicando saliva—. ¿Queréis que me muera? ¿Qué clase de gentuza sois? Esta mujer no sabe hacer nada.
—Yo soy cuidadora —se defendía la señora—. Entre mis funciones entra supervisar al paciente, administrar inyecciones, cumplir indicaciones médicas. Pero me niego a cocinarle, a lavarlo, a plancharle y atenderlo como si fuera un bebé. No hace nada por sí mismo. Nunca he visto algo así. Eso sería otro trabajo y otro sueldo. Además, no se puede hablar con él. Lo siento, pero rechazo la oferta, y más por esa cantidad.
Y por muchas candidatas que fueran apareciendo, el resultado era siempre el mismo: todas huían después del primer día de trato con aquel hombre caprichoso. Todo terminó cayendo sobre los frágiles hombros de Natalia.
Aquel día volvió a casa agotada, dejó las bolsas en el suelo y, al mirarse al espejo, lanzó un grito de horror.
—No, no, no. Otra vez no. Me he convertido en mi suegra. Hasta tengo los mismos ojos vacíos. Y estas arrugas… Me he envejecido antes de tiempo. No quiero seguir viviendo la vida de otra persona. Quiero mi propia vida. Quiero alegrarme, ganar dinero para nuestro piso, soñar con un hijo. Basta.
Se fue al baño y se lavó la cara con agua, como si quisiera arrancarse de encima la máscara de una vida ajena.
—Se acabó. No pienso repetir el destino de Carmen. Daniel no supo cambiar la relación de su hermano con la vida, pero yo sí puedo. Y nadie me lo va a impedir.
Decidió actuar al día siguiente.
—He cocido raviolis —le anunció a Álvaro—. Si quieres, ve a comer. Yo voy a ver mi serie.
Se sirvió tranquilamente un plato, tomó un tenedor y se fue al salón a mirar la televisión.
—A mí no me has puesto —le recordó él.
—Pero tienes manos —contestó Natalia sin apartar la vista de la pantalla—. Sírvete tú mismo. No es más difícil que pulsar las teclas del ordenador.
—No puedo solo —se alteró Álvaro—. Vuelve a la cocina ahora mismo. Ya verás la serie después.
—Podrás —replicó ella con la misma calma—, si de verdad tienes hambre.
—Si estuviera mamá, te pondría en tu sitio. Te has descontrolado por completo.
—Yo no soy tu madre —respondió Natalia, sin dejar de comer.
—Eres una mujer sin alma —gritó él—. No sé cómo mi hermano te aguanta. Te has pasado de la raya. Aún quedan raviolis en la olla. Ponme un plato ahora mismo.
Gimoteaba como un niño.
—¿Te has quedado sorda? Tengo hambre.
—Lo creo. Por eso ve a la cocina y sírvete tú. Si te mueres de hambre, será solo culpa tuya. El plato está en la mesa. A la olla llegas sin problema. He pensado en todo. Y si se te cae, pues la próxima vez tendrás más cuidado. Solo recuerda que luego tendrás que limpiar el suelo tú mismo.
—¿Estás loca? —rugía Álvaro—. No sé usar la espumadera. Eso no es cosa de hombres. Deja de hacerte la profesora, no te pega nada.
—¿Y qué es cosa de hombres, según tú? ¿Comer, dormir y dar órdenes a una mujer? Creo que te has quedado en otro siglo. Ve a la cocina.
—Tú tienes la obligación de atenderme.
—Yo no te debo nada.
Natalia se levantó con tranquilidad, llevó el plato vacío al fregadero y añadió:
—Usas las manos perfectamente, solo te da pereza. Esfuérzate y atiéndete tú solo, porque si no, dentro de poco se te atrofiarán también los brazos. Y entonces sí que no te querrá nadie.
—Vosotros me debéis esto. Tu marido me convirtió en inválido, ¿lo has olvidado? Él tiene la culpa. Así que tú compensa por él y deja de intentar cambiarme.
—Sí, Daniel tuvo la culpa —dijo Natalia poniéndose delante de él—. Pero ese hecho no puede modificarse. Lo que no entiendo es por qué has decidido hacer de tu desgracia tu único mérito. ¿No te das cuenta de lo ridículo que resultas? ¿Te crees el único? Hay muchísima gente que vive con limitaciones y aun así hace cosas, logra cosas. Y desde luego no espera que le den de comer con cuchara. Grábatelo bien: no voy a hacer por ti lo que puedes hacer tú mismo, y tus amenazas y tus lamentos no me impresionan.
—Qué interesante —entrecerró los ojos, lanzándole chispas de ira—. A ver qué te dice mi hermano cuando se entere de cómo me tratas. Se lo contaré todo. Espero que te obligue a cumplir con tus deberes. ¡Tengo hambre! —bramó—. ¡Tráeme la comida, mujer!
Natalia lo observó unos segundos en silencio, luego volvió a sentarse en el sofá y continuó viendo la serie. Aquella noche no hablaron más. Álvaro, decidido al parecer a castigarla por su rebeldía, se encerró en su cuarto. Estaba seguro de que la chica acabaría yendo a pedirle perdón. Pero Natalia cumplió su horario, recogió la cocina, tiró los restos de raviolis a la basura, lavó los platos y se fue. Al oír el portazo, Álvaro salió a la cocina y descubrió que ya no quedaba nada. Aquella noche se acostó con el estómago vacío, maldiciendo a su hermano, a la mujer de su hermano y a su vida arruinada.
Al día siguiente Natalia apareció como si nada. Se pasó un buen rato cocinando pollo. El olor que salía de la cocina hizo que a Álvaro se le hiciera la boca agua. Le rugían las tripas. Se imaginaba ya comiéndose aquel plato. Natalia preparó un puré, cortó verduras para una ensalada y asomó la cabeza a la habitación.
—La comida está lista.
Se sirvió una buena ración y se sentó a la mesa. Comprendiendo que aquel día también podía quedarse sin comer, Álvaro fue él solo hasta la cocina y preguntó con una prudencia nueva:
—¿Puedo comer yo también pollo con puré, por favor?
Por dentro Natalia celebró la pequeña victoria. “Ha entendido que no puede darme órdenes”, pensó. “Nada, lo cambiaré. No le queda otra”.
Con toda naturalidad se levantó, le sirvió el plato y se lo dejó delante. Él empezó a comer por sí mismo, en silencio.
Poco a poco a Álvaro empezó a gustarle aquella sensación de independencia. Dejó de amenazarla con quejarse a su hermano. Empezó incluso a rechazar ayuda al sentarse a la mesa. Si la comida estaba preparada, Natalia encontraba a veces la cena o el almuerzo recalentado. Un día abrió la puerta del piso y hasta se asustó un poco al ver a Álvaro esperándola en el recibidor, radiante como si le hubieran dado un premio.
—He preparado el desayuno —anunció orgulloso—. ¿Quieres?
—Claro —respondió ella, siguiéndolo a la cocina, sin saber qué podía haber hecho.
—Todavía no sé presentarlo bonito —dijo él, colocando delante de ella un plato con huevos fritos—. Pero al menos ahora ya no me moriré de hambre si se te olvida comprar huevos.
Y añadió con aire triunfante:
—¿Sabes? Hasta me ha gustado cocinar. Hace poco ni se me habría pasado por la cabeza. Perdóname. Me comporté contigo como un animal. De verdad me da muchísima vergüenza.
Natalia pinchó los huevos un par de veces con el tenedor, de pronto se levantó bruscamente, se tapó la boca y corrió al baño.
—¿Qué pasa? —preguntó Álvaro, alarmado, desde fuera, escuchando cómo vomitaba—. Los huevos estaban bien, los compraste tú.
Al cabo de un par de minutos Natalia salió sonriendo.
—No es culpa tuya. Ni de los huevos. Están buenísimos. Solo que no llegué a decírtelo. Me he puesto así porque estoy embarazada, y eso es bastante normal al principio.
—¿Qué me estás diciendo? —Álvaro la miró con una sorpresa absoluta—. ¿Voy a ser tío?
—Sí —asintió ella—. Y tú serás el padrino.
—¿Yo? —se quedó perplejo.
—Claro. ¿Quién si no?
—Bueno… sí, acepto. Aunque no sé si estaré a la altura.
—Lo estarás, seguro. Si ya sabes hacer huevos fritos, lo demás vendrá solo.
—¿Y ya sabes si será niño o niña?
—Todavía no. Pero ¿qué importa? Lo importante es que en la familia va a haber una nueva vida.
Álvaro se quedó impactado por la noticia.
—Qué suerte tiene mi hermano —dijo, sin ocultar cierta envidia—. Tiene una mujer preciosa y ahora además va a ser padre.
Empezó a tratar a Natalia con una delicadeza nueva. Día a día se volvía más autónomo, y un mes después soltó:
—He encontrado un trabajo desde casa.
—¡No me digas! —se alegró Natalia—. Qué bien. Pero ¿es legal? Ya sabes que hay muchos estafadores.
—No te preocupes, entiendo bastante de estas cosas. El sueldo no está mal, así que dentro de poco podré pagarme yo mismo una cuidadora. Porque imagino que pronto te costará encargarte de esto.
—De verdad, Álvaro, me alegro muchísimo por ti. Has cambiado una barbaridad.
—Natalia, te estoy agradecido. Si tú no hubieras soportado mis estupideces, si te hubieras marchado o si al final hubieran contratado a alguien, yo habría seguido atormentando a los demás, alimentando mi resentimiento contra el mundo. Habría seguido culpando a mi hermano de todos mis fracasos.
—Estoy segura de que un día, de todas formas, te habrías cansado de vivir así y habrías cambiado.
—No —negó él—. Me gustaba obligar a mi madre y a mi hermano a servirme. ¿Crees que no veía cuánto les pesaba? Lo veía. Pero me complacía ver su sufrimiento. Me hacía sentir algo parecido a la venganza. Ahora entiendo que así me vengaba de mi vida frustrada. Y solo tú me hiciste ver que nadie tenía la culpa y que era yo quien se había arrinconado. No te imaginas lo difícil que es admitir, aunque sea para uno mismo, que ha vivido en el error.
—Pero tuviste fuerza para hacerlo.
—Cuando me quedaba solo en casa no me dedicaba solo a jugar. También tenía mucho tiempo para pensar. La muerte de mi madre, por extraño que parezca, me despertó. Ese fue el primer paso. Y luego llegaste tú y no te asustaste de plantarme cara.
—Lo habría hecho antes —sonrió Natalia— si me hubieran dejado. Pero un día comprendí que cuidar del cuñado inválido no era mi vida. Que yo no soñaba con una familia así. Y decidí que tenía que hacer algo. Con palabras no te iba a cambiar. Así que empecé a actuar.
—Sí, quedarse sin cenar no es agradable —rió Álvaro—. Tu experimento podría haber salido mal. Esa noche quise llamar a Daniel y quejarme, pero algo me detuvo. Quizá sentí tu fuerza. O quizá comprendí que intentabas salvarme de mí mismo. Me avergoncé de verdad. Estropeé mi relación con las dos personas que más me querían. Nunca le dije a mi madre que la quería. Al contrario, me burlaba de ella.
—No te tortures —lo frenó Natalia—. Ella aceptó las reglas de tu juego. Fue su elección. Te quería demasiado. Y el amor ciego de una madre no solo puede obrar milagros; también puede convertir la vida de un hijo en sufrimiento.
—No sé qué habría sido de mí más adelante. Tú me sacaste de la oscuridad en la que yo mismo me había encerrado después del accidente. Volví a sentir ganas de vivir. Y ahora, cuando nazca mi sobrina o mi sobrino, tendré que aprender todavía más, porque quiero seros útil.
Pasado el tiempo debido, Natalia dio a luz a una niña sana. A la salida del hospital la esperaban sus padres, su marido y su cuñado. Sobre las piernas de Álvaro descansaba un ramo de flores.
—Gracias, amor, por nuestra hija —Daniel la abrazó, la besó y le entregó las flores.
La enfermera puso a la bebé en brazos del padre emocionado.
—Hasta me da miedo cogerla —admitió él.
—Eso solo pasa al principio —lo tranquilizó la enfermera—. Luego se acostumbrará. Los niños crecen muy deprisa.
—Dejadme ver a mi nieta —pidió Olga—. Pero qué preciosidad. Igualita que su madre.
—Qué va —resopló José Miguel—, se parece al padre. Gracias, hija, por esta nieta. Ya podemos llevar con orgullo el título de abuelos.
Álvaro se acercó con la silla de ruedas a Natalia.
—Te felicito de todo corazón —dijo, y le ofreció también sus flores.
—Gracias, Álvaro.
Natalia se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Él se sonrojó.
—¿Sabes una cosa, cariño? —dijo Daniel—. Mi hermano compró ese ramo él solo.
—¿Cómo lo hiciste? —se sorprendió ella.
—Muy fácil —respondió Álvaro con orgullo—. Por Internet. Y además he salido del piso solo. Así que ya me manejo bastante bien.
—Pues si es así —Natalia le guiñó un ojo a su marido—, toma a tu ahijada, padrino.
Le quitó la niña a Daniel y la puso en brazos de Álvaro. Él la sostuvo con manos temblorosas, contemplando enternecido aquella carita rosada dormida.
—Qué maravilla… —susurró, con lágrimas en los ojos—. Gracias por confiar en mí.
Pocos días después bautizaron a la pequeña Isabel en la iglesia del barrio. Álvaro la sostenía con un cuidado reverencial. Para sorpresa de todos, la niña se quedaba tranquila en brazos de su padrino, mirándolo con unos ojos inocentes, tan parecidos a los de su madre. Al contemplarla, Álvaro comprendió con asombro que en solo un año su vida había cambiado por completo. Y con el nacimiento de aquella niña, a la que ya llamaban su ahijada, todo se había llenado de nuevos colores.
Esta historia habla de las distintas formas del amor. El amor de Carmen por su hijo era ciego y absoluto. Lo volvió indefenso, cuando en realidad podría haberlo ayudado a ser autónomo. No veía que su “cuidado” estaba convirtiendo a un hombre adulto en un niño caprichoso que encontraba placer en el sufrimiento ajeno. No comprendía que el verdadero amor no consiste en alimentar debilidades, sino en ayudar a superarlas.
El amor de Daniel por su hermano estaba mezclado con la culpa. Ayudaba a su madre con dinero, pero no era capaz de quedarse a solas con Álvaro. Veía el problema, pero no sabía cómo resolverlo. Y solo Natalia, que en principio era una persona ajena, consiguió hacer lo que los familiares no habían logrado. No sintió lástima por Álvaro: consiguió que él sintiera vergüenza de sí mismo. No fue su niñera: fue su maestra. Y él aprendió la lección.
Natalia se arriesgó. Podía perder a su marido, pelearse con su suegra, destruir para siempre la relación con su cuñado. Pero eligió no la comodidad, sino la verdad. Y la verdad ganó. Álvaro cambió porque alguien fue capaz de decirle “no”. Alguien no tuvo miedo de su rabia, de sus caprichos, de sus manipulaciones. Y ese alguien lo salvó.
Lo más importante en esta historia no es un milagro de curación, sino un milagro de madurez. Álvaro maduró a los treinta y dos años. Aprendió a cocinar, a ordenar, a trabajar. Dejó de ser una carga y se convirtió en apoyo. Llegó a ser padrino y llevó ese título con orgullo, porque se lo había ganado.
Y Natalia… Natalia simplemente siguió siendo ella misma. No se convirtió en su suegra. No se quebró bajo el peso de los problemas ajenos. Encontró fuerzas para decir “basta” y cambiarlo todo. Y por eso merece un gracias enorme. No solo de Álvaro, sino de todos los que han leído esta historia.





