El llamado de la estepa

El llamado de la estepa

El verano pasado, Alejandro regresó al pueblo donde había transcurrido su primera infancia. Caminaba por la calle donde antaño los árboles parecían tres veces más altos y las casas cien veces más grandes. Sus pies lo llevaron por sí solos hacia la vieja casita medio derruida donde había vivido su familia. Y cuando entró y vio en la pared aquellas marcas que señalaban su crecimiento año tras año, una extraña emoción punzante se apoderó de él. El estrecho pasillo cobró vida de repente, volvió a respirar, volvió a ser suyo.

Alejandro se agachó, pasó los dedos por la madera áspera donde su padre había marcado las rayas con un cuchillo. Recordó aquella noche: el cielo intensamente azul apretado contra la diminuta ventana, la pequeña lámpara de queroseno parpadeando sobre la mesa. Y detrás de los tablones de las paredes, el alegre y sonoro relincho de los caballos. La Tostada y la Cara habían regresado de la estepa. Habían vuelto su padre y sus hermanos.

Oyó los pasos chirriantes en la escalera de un hombre enorme. Su padre. Aún no lo veía, pero ya olía intensamente a polvo, a hierba y a sol, a aquellos inmensos espacios esteparios. Y entonces él entraba de la penumbra al pequeño círculo de luz, y ante Alejandro aparecía su rostro vivo y sonriente, su cabello oscuro y desgreñado lleno de polvo.

—Toma, Volodia, ¡cógelos! —decía el padre, y dos aves muertas caían en los brazos de Alejandro, de cinco años. Dos avutardas. Aún se estremecían, pero al niño le conmovían hasta el dolor sus plumas de color pardo claro, sus patas escamosas, sus cuellos esbeltos y sus picos de un rosa pálido. Olían a la libertad de la estepa, a aquella vida ancha y desconocida que él aún no había visto ni experimentado. Pero ¿acaso su sangre, acaso todo su ser no clamaba por sus alegrías? ¿No clamaba por esa inagotable nostalgia de los espacios esteparios, de la vida errante que no lo abandonaría jamás?

Esa pasión, ese mal incurable y dulce de toda su vida la había traído a la familia su padre, Pedro Ilich. La había heredado de sus ancestros de la región de Perm, de los bosques de Verjoturia, y con ella había contagiado a todos sus hijos. A todos, pero a Alejandro, al parecer, más que a los demás. Cuando Alejandro nació, su padre era salmista y cazador. Pero pronto, siendo autodidacta, aprobó el examen para diácono, y después para sacerdote, privándose así del derecho a derramar sangre. La de caza, todo se acabó. Sin embargo, hasta el último día de su vida participó en las andanzas de sus hijos por estepas y bosques.

Los primeros recuerdos de caza de Alejandro se remontan a la época en que su padre servía en una aldea a orillas del río Tanalyk. Él tenía entonces menos de cinco años. Por supuesto, rara vez lo llevaban al campo, sobre todo cuando salían a pasar la noche. Una carga así, ¿qué se puede esperar de un niño de cinco años? Pero era increíblemente terco, increíblemente insistente. Sus hermanos y su padre tuvieron que recurrir a los más variados ardides para librarse de él. ¡Cuántas cosas inventaron! Pero nunca lograron escabullirse sigilosamente, ni siquiera saliendo al amanecer. Alejandro, sepan, era entonces un verdadero detective: se prevenía desde la tarde y saltaba al menor ruido. Para él ni una mosca podía pasar desapercibida.

Una vez le hicieron una broma cruel y malvada. Ataron su carrito de niño a la parte trasera del carruaje, y Alejandro, lleno de esperanzas y dudas, se sentó en él. Y cuando, con el rumor de los neumáticos, salían por la verja, ellos, desatando el carrito, lo abandonaron en medio del camino. Cayó al suelo, arañándolo con las manos, rompiéndose las uñas, arrancándose los cabellos y simplemente aullaba. Con una voz tan desgarradora que enseguida se reunía a su alrededor un corro de compasivas mujeres cosacas. Su madre lo llevaba en brazos a casa, y nada podía consolarlo en esos momentos. La golpeaba con los pies, le arañaba la cara y las manos, aullaba durante horas hasta que, agotado, se dormía.

En esos momentos despertaba en él un odio hacia todo lo que lo rodeaba, hacia su padre, hacia sus hermanos. Odiaba a aquellos hombres y solo soñaba con la venganza, la más despiadada, la más genuina. Una vez huyó de su madre y se escondió en un pajar del granero, pasando allí todo el día. Lo buscaron por todo el pueblo, gritaron, llamaron. Cuando su padre regresó por la noche, se fue con una nasa al río, mientras Alejandro permanecía bajo el pajar, saboreando su venganza. Con un placer sordo y rencoroso escuchaba las voces preocupadas de su padre y los suspiros afligidos de su madre. Y solo salió del pajar cuando oyó la declaración de su padre: «Si aparece Volodia, siempre lo llevaremos al campo. Siempre». Solo entonces salió, hosco, pero interiormente orgulloso, con la cara arañada.

El mundo se había restablecido. Y desde entonces se convirtió en un participante de pleno derecho en todas las salidas. Siempre estaba con ellos como un apéndice. Con su tenacidad y su pasión venció todos los obstáculos.

Grabada de manera indeleble en la memoria de Alejandro quedó la imagen de su primera cacería de liebres. Están sentados con su padre en la orilla escarpada de un antiguo cauce seco. Toda la orilla, desde sus pies hasta abajo, está cubierta de guijarros blancos y amarillos, y delante, tras el barranco, se extiende en una franja interminable el saucedal, una vegetación arbustiva baja. Sus hermanos y su conocido Miguel el Ucraniano han ido allí con los perros, y su padre, emocionado, silencioso, se ha sentado entre los escasos arbustos.

Alejandro apenas respira. La sangre le late con fuerza en las sienes, los nervios tensos al máximo. Y a su alrededor un silencio que parece aplastarlos con un peso de mil libras. Pero de pronto, desde lejos, irrumpen los ladridos de la perra pinta Barca, ese mestizo de sabueso. Alejandro devora con la mirada y el oído todo lo que le rodea. Su padre mira al frente, con la escopeta amartillada sobre las rodillas. Y de repente el niño ve cómo del bosquecillo, pasando junto a ellos, trota, dando saltos sobre sus largas patas traseras, una enorme liebre gris. Da un salto, se detiene y los mira directamente.

—¡Una liebre! —grita Alejandro y se echa a llorar de alegría.

—¡Siéntate, cállate! —le silba su padre, y el niño, asustado, se pega al suelo, se agazapa como un erizo que ve ante sí las fauces de un depredador.

Pasa corriendo una segunda liebre. Alejandro ya calla. Su padre alza la escopeta al hombro, y todo dentro del niño parece detenerse. Espera el disparo. Pero este no se produce. Los ruidos y gritos en el bosquecillo se acercan, y Alejandro, absorto mirando a la liebre que corre entre los arbustos, oye de repente un disparo inesperado.

—¡Corre, rápido! —le dice su padre con un susurro ardiente.

Alejandro se lanza hacia la liebre gris que se debate cerca, en las convulsiones de la muerte. Tras dos disparos fallidos que los han exaltado a él y a su padre hasta el extremo, ve cómo otra liebre grande, después de dar varias vueltas de campana, se desploma sobre la arena. El niño se lanza hacia adelante, tropieza con un terrón y cae, golpeándose dolorosamente la rodilla, pero no hace caso al dolor, teme perder de vista la pieza. Lleva la liebre hasta su padre, esperando ver en su rostro una sonrisa burlona, pero ni siquiera lo mira. Sigue mirando al frente, emocionado y tenso. No tenía tiempo para su hijo.

En aquella cacería obtuvieron tres liebres, y una cuarta la trajeron sus hermanos, acosada por los perros. En casa, Alejandro no dejaba que nadie contara la historia. Interrumpía a todos, balbuceando de emoción, sintiéndose un héroe, iniciado en la orden de los cazadores.

En otoño, su padre solía ir lejos, a las estepas, con los cosacos a cazar gansos. Sus hermanos ya vivían en la ciudad. Alejandro no se atrevía a pedir ir a la caza de gansos porque sabía que su padre salía por una semana entera, como mínimo. Regresaba normalmente de noche, y ¡qué amarga era la ofensa para el niño si no lo despertaban para recibir a su padre! A veces se pasaba la noche entera en vela, solo esperando su llegada. No quería soltar las pesadas aves grises que traía, y si lo mandaban a la cama, dormía abrazado a ellas, escondiéndolas bajo la manta. Eran para él como juguetes vivos.

Ahora incluso le parece a Alejandro que él mismo participó en aquellas cacerías en los lagos esteparios de gansos. Tan claramente recuerda todos los más mínimos detalles de los relatos de su padre. Y ahora ve las anchas y frías alboradas, cuando los gansos en largas filas regresaban de los campos a las aguas donde ya los aguardaban los cazadores. Sabía en qué lugar estaba herida cada ave, y cómo había caído, y cuánto tiempo la habían buscado entre los carrizales de la orilla. Sabía incluso quién había matado más aquella vez. A la mañana siguiente recorría a todos los compañeros de su padre, a todos sus camaradas, examinaba sus piezas. Con qué admiración contemplaba al viejo Simeón el Tonto, el mejor cazador de toda la aldea, según su padre.

La mayoría de las veces acampaban cerca del río Ural o junto al Tanalychka, un río estepario que desembocaba en el Ural justo al lado de la aldea. Su lugar favorito era el llamado Peñasco de la Montaña, un acantilado rocoso que se alzaba sobre el río. Aquellas rocas se le antojaban misteriosas y majestuosas, aunque luego estuvo en el Cáucaso, en los Sayanes y en Altái. Pero aquellas rocas del Tanalych, parecían sacadas de un grabado. Y cuando de adolescente devoraba a Julio Verne y a Fenimore Cooper, la Isla Misteriosa y todos los escenarios de las aventuras del último mohicano se le representaban, sin duda, igual que aquel Peñasco de la Montaña.

Una mañana clara y soleada. Están con cañas de pescar en la ardiente arena de la orilla. Y de repente su hermano grita: «¡Mirad, mirad, una liebre!» Por las cumbres de las rocas, al otro lado del Tanalych, corre a galope tendido una liebre, y tras ella, por el aire, la persigue un enorme águila real negra. La liebre se lanza hacia el agua, justo al borde del acantilado, y el águila, recogiendo las alas, cae sobre ella como una bomba. Parece que la liebre ha perecido. Pero de repente la fugitiva gris, como borracha, se desploma desde la roca directamente al agua. Desaparece un instante entre las olas del río, luego emerge y nada hacia su orilla. Su padre, que en ese momento revisaba los trasmallos, navegando en una barca bajo la roca, alcanza fácilmente a la liebre, la saca por las orejas y la lleva a la orilla.

Al unísono deciden que por aquel salto desesperado hay que liberarla. La llevan lejos del campamento, lejos de los ojos de los perros, y la sueltan. Durante unos segundos la liebre permanece inmóvil en el suelo, mirando a su alrededor, moviendo ligeramente las orejas, y luego ¡sale disparada! Pero no hacia adelante, sino hacia ellos, a sus pies, y se mete en los matorrales. Era, sin duda, una criatura muy inteligente y experimentada, que había visto mucho en esta vida. Los muchachos la despiden con gritos de alegría, y luego recuerdan aquel suceso durante mucho tiempo.

Una tarde volvían a casa desde el Tanalych. Sobre los campos se espesaba el crepúsculo. A un lado del camino brilló un pequeño lago. Y su padre, muy atento, detuvo los caballos:

—¿Veis allí, en la orilla?

Y en ese instante retumbó un disparo, el humo se extendió denso sobre la hierba húmeda. Alejandro y su hermano corren hacia el lago. Desde la orilla se lanza sobre ellos una criatura gris sucia, hirsuta, terrible como el demonio. Su padre, burlándose de su susto, se quita su zamarra de piel de oveja, la echa sobre el ave y mete al avetoro herido en el ala en la parte delantera del carruaje. Y ella gritaba penetrantemente, batía las alas, golpeaba con su pico a través de la ropa.

Entran en el patio. Los recibe el vecino, el simple Miguel. Y su padre le grita con un tono serio y de negocios:

—¡Miguel, hemos matado un ganso! Mira, está ahí, debajo de la zanfona, vivo. ¡Cuidado, no se te escape!

Miguel saca al avetoro en la oscuridad por la cabeza apagada, lo acaricia por el lomo:

—Qué cariñoso. ¡Llegó tu…! ¡Pero bueno! ¡Güicho, güicho! —dice.

Y de repente, un alarido salvaje y una carcajada: ¡el avetoro le ha picado en la nariz a Miguel! Desde entonces los muchachos no dejaban tranquilo a Miguel, burlándose de él cada vez: «¡Güicho, güicho! ¿Y qué tal así, bien, eh?»

Aquella ave vivió con ellos todo el verano. Iba cada día a la inundación, y luego regresaba al patio para alimentarse y pasar la noche. Las mujeres y los niños le tenían miedo como a un perro encadenado. No soportaba el color rojo; arremetía contra las cosacas si llevaban faldas o delantales rojos, y destrozaba los trapos color escarlata que le tiraban. En otoño desapareció de repente, no volvió de la inundación y nadie supo adónde había ido.

Allí mismo, en el Tanalych, tuvieron su primer perro de caza. Un cachorro de tres semanas se lo trajo su padre desde la ciudad de Orsk el día del santo de Alejandro. Negro, chato, de orejas largas, sobre el platillo de leche: esa imagen quedó para siempre en la memoria del niño. Lo llamaron Fiel. Era un setter escocés Gordon de pura sangre. Un perro severo, talentoso. Lo querían tanto que casi lo alimentaban con caramelos. Miguel el Ucraniano a menudo lo pedía para cazar, pero Fiel no quería ir al campo con extraños. Solo lo llevaba su hermano mayor, Nicolás. Solo con él aceptaba.

Fiel muy pronto comenzó a hacer la muestra y cazaba magistralmente patitos jóvenes. Miguel era mal tirador, pero gracias a Fiel volvía de la cacería lleno de piezas, asegurando que él las había abatido con la escopeta. «¡Con la escopeta lo he hecho!», decía. Nadie le creía, claro, pero su hermano lo delataba. Siempre contaba cómo a menudo iban con el perro a los lagos sin escopeta y traían patitos vivos.

Un invierno, su padre llevó a Alejandro y a su hermano a un pueblo vecino para ver el árbol de Navidad. En el camino se desató una feroz ventisca. No sabían que Fiel los había seguido, ni siquiera lo sospechaban. Su padre cubrió a los pequeños con una manta de fieltro. Cuando entran en un patio, su hermano salta del trineo y de repente se da cuenta de que no lleva gorra. La buscan en el trineo… y de pronto su padre grita:

—¡Pero aquí está! ¡Aquí! ¡En casa de Fiel!

Resulta que el perro, que había corrido detrás, encontró la gorra en el camino y, a pesar de la ventisca, la llevó quizás varios kilómetros en los dientes. Y entonces aquello les pareció casi un milagro.

Hubo otro caso así. Un verano subían una cuesta con dos carretas. El carro de atrás, conducido por el desastre de Miguel, se quedó un poco rezagado. Suben a la altura y de repente oyen detrás, a lo lejos, los ladridos sordos de Fiel. Corren hacia allí, miran. Fiel está sobre una pelliza que se había caído del carro de atrás y ladra como un despertador. No pudo llevar la pelliza, claro, y aulló de desesperación para que lo oyeran. Y lo oyeron.

Un juez de paz ofreció a su padre cincuenta rublos por Fiel, una fortuna para la economía familiar. Pero su padre dijo en broma a su tía que vendería al perro. ¡Y entonces todos se echaron a llorar!

Cuando Alejandro cumplió cinco años, trasladaron a su padre de la aldea del Tanalych al pueblo de Petrovskoye. Vivieron allí poco tiempo. Su padre ya era diácono, vestía sotana. Ya no podía cazar, pero a veces no se resistía y disparaba si no había ningún extraño con ellos. La escopeta siempre los acompañaba. Ahora salían más a pescar, normalmente al pie del monte Ilinka, que a Alejandro le parecía entonces el Everest. Al pie corría un alegre arroyo de juncos, lleno de percas y grandes lucios. ¡Cuánto deseaba entonces subir a la cumbre de aquel monte! Pero nadie quería ir con él. Su padre incluso lo asustaba con fieras salvajes. Pero su hermano Vasko, de nueve años, aceptó ir con él. Por supuesto, también los acompañó Fiel.

La subida para los pequeños fue difícil y les llevó dos horas enteras. Y por primera vez, por primera vez, Alejandro vio el mundo desde tal altura, y le pareció tan hermoso, pero tan terrible, demasiado grande para un hombre pequeño. Vio prados, lagos que brillaban como monedas al sol, los meandros de los ríos como serpientes, bosques, dos o tres pueblos y las montañas vecinas. Y todo esto se le reveló como una página de un libro. Los campos se extendían a lo lejos en franjas interminables. El sol ya se ocultaba tras las colinas, y de repente sintió dolor por su propia insignificancia.

¡Qué pequeños son, al fin y al cabo, los seres humanos! Como si le hubieran arrancado de su cordón umbilical y lo hubieran puesto frente a frente con el mundo. Ahí tienes, ve. Lo han sacado del cálido rincón y le han mostrado toda la tierra. Ciertamente, su padre y todos sus hermanos se veían desde allí como bichitos, y estaban tan lejos. ¡Qué grande es la tierra, al fin y al cabo! Y cuántos caminos y senderos hay en ella, tan desconocidos y misteriosos.

En la cima de la montaña se abrían barrancos rocosos, se alzaban peñascos desnudos. Fiel husmeaba entre las piedras, sin miedo alguno, mientras Alejandro, asustado por los relatos, temía a las serpientes y a las fieras. Estaban con su hermano en el punto más alto, a punto de bajar, cuando de repente oyeron los furiosos ladridos del perro.

—¿Qué hay? ¿Quién será? ¿No será mejor bajar corriendo? —decía Alejandro a su hermano.

Pero ¿cómo iban a abandonar a su suerte a su fiel amigo? Se llenaron las manos de piedras y, emocionados y valientes, trepan por los salientes con aquellos proyectiles tan pesados. Miran: Fiel, enfurecido, ladra y se abalanza; frente a él, erguido sobre sus patas traseras, hay una marmota amarilla gorda y peluda del tamaño de un gato. Ella mueve los ojos con desesperación y agita las patas, defendiéndose del perro como puede. Fiel, al ver a sus dueños, se lanza con mayor furia sobre la marmota. Pero ella se defiende con agilidad. Los muchachos empiezan a bombardear al animal con piedras.

No duró mucho aquella lucha desigual. Y allí, allí, Alejandro vio con sus propios ojos la muerte de un ser vivo. Recuerda cómo le conmovió entonces su fealdad desnuda. Así, vivo estaba el animal, y ya no lo estaba. Cuando morían las aves, e incluso las liebres, nunca había sentido nada parecido. Pero aquella marmota gorda y torpe le recordó a un niño indefenso. Chillaba, silbaba, se erguía sobre las patas traseras como un hombrecito. Y daba miedo ver su mueca muerta con los dientes ensangrentados, que recordaban extrañamente a los humanos.

Entonces Alejandro no le dijo a su hermano lo que sentía. El afán cazador pronto acalló aquellas sensaciones, y llegaron al campamento ya triunfantes y orgullosos de su hazaña. Pero la impresión quedó grabada en él. Aún la recuerda.

Desde Petrovskoye, su padre debía trasladarse pronto al pueblo de Kalinovski, en la región de los Urales. Se prepararon para la mudanza sin entusiasmo, asustados por los relatos sobre los cosacos de los Urales, viejos creyentes recalcitrantes que vivían en aquel rincón estepario perdido. En el camino, los kazajos, a quienes preguntaban por Kalinovski, lo llamaban Zhaman-kala, el pueblo malo.

Salieron a principios de marzo. Tuvieron que recorrer más de quinientos kilómetros, todos tirados por caballos. No había otra forma. Olía a primavera, por los campos yacía una nieve pesada, gris ceniza, que se veía triste y melancólica como un viejo enfermo de hidropesía. Los árboles se sacudían su blanco vestido, y Fiel corría detrás del trineo. No quería subir al carro y se lanzaba al campo cada vez que se presentaba la ocasión.

No se supo qué le pasó, si lo mordieron los perros del pueblo o si enfermó de agotamiento, pero en una de las paradas no pudo levantarse de su lecho ni seguir al trineo. Su padre intentó subirlo al carro, pero el perro solo gruñó, mostró los dientes con furia, pero luego se acurrucó dócilmente y aulló quedamente, temblando con un pequeño escalofrío. No mordió a su padre, pero se notaba que él mismo se asustaba de lo que le sucedía. En sus ojos brillaba una tristeza febril. Un presentimiento de su final y el miedo de poder morder a sus seres queridos. Le salía espuma por la boca.

—No lo toquéis, parece que tiene rabia —dijo su padre con pesar.

El perro siguió al trineo medio kilómetro, deteniéndose a menudo, pensativo. Ellos esperaron, aguardaron. Y de repente, en medio del campo, Fiel se desvió del camino y se dirigió directamente hacia el bosque. Lo llamaron, desgañitándose, pero él solo volvía la cabeza hacia ellos y los miraba con hosquedad, como si recordara algo, y luego volvía a correr hacia el bosque. Se le vio por última vez entre los arbustos, se detuvo un instante y, sin mirarlos ya, desapareció para siempre.

Los sauces, los abedules negros, los saucedales, la nieve a su alrededor, el cielo pálido invernal, todo aquello quedó para siempre con Alejandro. Desde entonces estuvieron más de una hora en aquel lugar memorable, y todos gritaron al unísono: «¡Fiel! ¡Fiel!» Lo llamaron, pero todo fue en vano. Alejandro lloraba a gritos, agarrando a su padre por los brazos cuando este quería seguir. ¿Cómo seguir sin su fiel amigo? Su hermano también lloraba, mientras su madre solo se apartaba y callaba.

—No tiene sentido esperar —dijo su padre severamente—. Fiel ha enloquecido y ha huido al bosque a buscar hierbas curativas. Y si se cura, nos encontrará sin falta por el rastro. Dormiremos en el primer pueblo. Así que sigamos.

Esa tarde Alejandro se quedó hasta tarde en la verja, mirando hacia el camino. Pensaba que en cualquier momento aparecería Fiel corriendo, y él volvería a rascarle detrás de la oreja. Incluso imaginaba ese momento y varias veces creyó que un arbusto se movía, que allí venía. Pero nunca apareció. No llegó por la mañana, y no les quedó más remedio que seguir. Cabalgaron mucho tiempo en silencio, sombríos, mirando a los lados. Y al fin su padre habló:

—Sí, bajo la nieve es difícil que encuentre hierba. Si esto ocurriera en verano…

Y entonces su madre recordó cuán lastimosamente y con qué espanto había aullado Fiel antes de partir de Petrovskoye.

—El perro presiente la desgracia mejor que las personas —dijo su padre, sonándose ruidosamente en un pañuelo, y luego sacudió la cabeza como si espantara moscas, y arreó los caballos.

El destino llevó a Alejandro al pueblo de Kalinovski cuando tenía siete años. Vivieron allí solo cuatro años, pero aquel periodo de su vida aún le parece el más grande y el más significativo. Los recuerdos de Kalinovski lo llenan hasta los bordes. Y hoy, como agua viva que brota de un manantial, afloran constantemente a la superficie.

Desde Uralsk hasta el pueblo viajaron sobre el agua, en trineo. Aquel año la crecida fue extraordinaria. Las praderas y las estepas quedaron inundadas por decenas de kilómetros. Por la mañana volaban por el cielo en ligera formación de caballería las alegres golondrinas, los pesados gansos, los cisnes de plumaje sedoso, blanco como la nieve, con sus graznidos que recordaban la flauta de un pastor. En los barrancos rugían las aguas turbias como manteca hirviendo, y sobre ellas bailaban témpanos deshechos y terrones de nieve.

En cierta ocasión se retrasaron, y en la oscuridad el pesado carromato quedó atascado en un barranco. Su padre y su hermano, con un trineo ligero, consiguieron salir a la orilla con dificultad, pero ellos, con su madre, quedaron firmemente atrapados en la nieve húmeda. El caballo, el bueno y alto de la Cara, se esforzaba y forcejeaba entre los varales, relinchaba sonoramente, desesperado, pero no pudo sacar el trineo. Había caído la noche, y su padre se había ido al galope con su hermano al pueblo más cercano. Daba miedo estar sentados en el agua, en medio de la oscuridad total de aquellos campos desconocidos. Y su madre oraba en silencio. La Cara relinchaba sin cesar, moviendo las patas por el frío.

Su padre luego lamentó haberlo dejado en el barranco. «El caballo empezó a cojear después de esto. Realmente le afectó», decía. «Pero me daba miedo dejaros solos, y además era difícil y no había tiempo que perder para salir del agua». Alejandro se sentaba asustado, mirando a su alrededor. Y no sabe si se lo imaginó entonces o si realmente pasó un lobo. Pero vio claramente cómo por la orilla alta caminaba sigilosamente, mirándolos, un perro negro como el carbón.

—¡Mamá, mamá, mira, mira, es Fiel! —gritó y se echó a llorar.

Su madre lo tranquilizaba y escuchaba los rumores de la noche. ¿Quién iba a ir a rescatarlos con aquel deshielo, y además de noche? ¿Quién los necesitaba allí? Alejandro ya sabía lo desmañado que es un hombre para ayudar a un extraño y lo poco que le gusta salir de la cama caliente por la noche. Pero había un «pero». Estaban entre cosacos. No dejaron decir tres palabras a su padre, y una docena de jinetes, como surgidos de la tierra, ni siquiera esperaron a que él se lo pidiera, salieron al galope a rescatar a la gente atrapada en aquella misma Zhaman-chuneka, en aquella fosa maldita. Y no pasó más de una hora, que a él le pareció una eternidad angustiosa y terrible, cuando de entre la espesa penumbra llegaron silbidos, voces potentes y la amplia risotada humana.

Entre bromas y risas, con las botas y los pantalones de lona puestos, los cosacos sacaron el carromato del atolladero de nieve en un instante.

—¡Señora, sea usted la cuarta madrina de sus compadres! —gritaban—. ¡Mira cómo te hemos bañado en la estepa! Zhaman-chuneka no la llaman en vano. ¡Mira qué empinada! ¡Pruébala!

—Claro que sí. ¿Cómo habéis salido vosotros? ¡Había que ir en barca! Y vosotros habéis traído semejante cacharro. Ahora galopamos a Kalyony. Los vecinos nos tendrán preparado un agasajo. ¡Que me metan el agasajo en el cuerpo si…! ¡Vamos!

Reía estruendosamente el cosaco canoso, llevando a Alejandro a la orilla. Al niño se le pasó todo el miedo. En cuanto llegaron, desapareció. Realmente, una alegría sincera, una verdadera calidez humana emanaban de su pecho palpitante. Sus brazos ásperos y toscos lo abrazaban con ternura y fuerza. Él sentía en ellos su salvación.

En el pueblo la juerga duró toda la noche. Su padre obsequió a sus salvadores con un cuarto de vodka. Él tampoco pudo dormir. Por primera vez en cuarenta años le dolieron con agudeza las muelas aquella noche.

Quedaron para siempre en la memoria de Alejandro las filas de casuchas de adobe gris amarillento, con sus tejados planos, las anchas calles rectas, los hombres altos de paso amplio, de habla áspera y gutural pero cariñosa como la de Moscú, y la sonrisa alegre de una bondad cáustica. Las mujeres, de una belleza rusa modesta, solemne y sencilla, con el cabello o con pañuelos de seda de dibujos, que despedían a los viajeros con una sonrisa silenciosa. Y los ágiles muchachos cosacos, que desde la cuna casi montaban a caballo, ágiles lobeznos atrevidos de los espacios esteparios.

El cosaco de los Urales es para Alejandro un tipo especial. No solo por su estructura social y económica. Para él, es la primera persona viva en su vida. Con él creció. Él le enseñó a ver y amar la naturaleza. De él contagió la pasión por el juego y la lucha, la actitud irónica y alegre ante todas las adversidades. De él aprendió las primeras habilidades para la vida.

A Kalinovski llegaron en los días en que desde el mar Caspio remontaba el Ural la agujilla. A la mañana siguiente, muy temprano, Alejandro, junto con su hermano de diez años, fue a ver cómo los cosacos pescaban. La pesca tenía lugar en la desembocadura de un pequeño río, el Yerik, que a dos kilómetros del pueblo desaguaba en el Ural. La agujilla subía del mar en grandes bandadas, en cardúmenes compactos. Entraba en masa en todos los remansos y esteros del Ural. La desembocadura del Yerik hervía como un caldero. Los pescadores habían cerrado el Yerik del lado del Ural con redes de cerco y, directamente desde las barcas, con nasas, cargaban la agujilla en los carros que formaban una larga cola a lo largo de la orilla. Carretas cargadas de pescado hasta arriba reptaban en fila continua por el camino hacia el pueblo. Los cosacos, mojados por el agua y el sudor, cansados del trabajo frenético, estaban excitados y alegres. Un entusiasmo salvaje los había poseído por aquella suerte. Y de nuevo risotadas, carcajadas y gritos llenaban el aire.

Terminada la recogida, todos, a una señal, se lanzaban inmediatamente a cuatro patas, moviendo las barbas sobre el agua. Y entonces el viejo cosaco canoso rugía: «¡Zas! ¡Fuego! ¡Fuego, hermanos!» Y toda la orilla le respondía con un clamor unánime. Surgía una risotada salvaje, gritona, alegre, que se expandía en olas sonoras por todo el río. Era un éxtasis pagano. Alejandro nunca había visto nada semejante en el monótono trabajo campesino en ninguna parte. Allí, entre los cosacos, se movía afanosamente, negro como un escarabajo, el de rostro calmuclo, todo cubierto de vello, enjuto y flaco, el diácono Jruliov. Y si no fuera por su larga cabellera, sería indistinguible de los cosacos. No llevaba sotana, sino pantalones blancos.

Al saber que eran hijos del nuevo pope —como llaman los cosacos al sacerdote—, los metió enseguida en la barca y les puso nasas en las manos, obligándolos a pescar agujilla. Los cosacos se desternillaban de risa al ver su torpeza con la simple herramienta. Ellos hacían lo que podían, y los cosacos gritaban: «¡Vosotros, piojosos, que os parta un rayo! ¡Esto no es zamparse las sopas en los funerales! ¡Aprended, aprendedles, que os precipitéis al río!» Cuántas cosas les gritaron. Pero aquellos gritos no resultaban ofensivos. Los cosacos, se notaba, no se enorgullecían, no se daban aires, sino que realmente querían enseñarles a pescar. Con aquellos chascarrillos no había ofensa alguna. Y les parecía tan natural como saber llevar la cuchara a la boca. No había ni gota de maldad en sus insultos.

El diácono, con la ayuda de los muchachos cosacos, llenó hasta arriba un enorme saco de pescado y se lo echó a la espalda a su hermano, mientras Alejandro lo sostenía por detrás, y le ordenó llevarlo al pueblo. Al anochecer, consiguieron llevar a casa aquella pieza, que les pareció entonces una riqueza fabulosa.

Los cosacos de los Urales se dedicaban a la pesca todo el año. Esto había hecho de ellos, durante siglos, verdaderos hijos de la naturaleza. Eran sanos como fieras, alegres, bondadosos, hospitalarios de forma simple y gozosa. Orgullosos, celosos de lo suyo, pero no codiciosos ni avaros. Y su padre hizo pronto buenas migas con ellos, ya que siempre había amado apasionadamente la pesca. Ahora solo pesca. Por respeto a sus costumbres dejó incluso de fumar. Supo de su odio ancestral hacia la hierba del tabaco, como ellos decían, y lo dejó como si se lo hubiera cortado.

La caza también era apreciada por los cosacos. Alrededor del pueblo había mucha caza. Bastaba alejarse un kilómetro por el Yerik para tener ocasión de abatir patos, chorlitos y perdices. Y en el primer año su padre compró en Uralsk por tres rublos y cincuenta kopeks una vieja escopeta pesada de un solo cañón. Pero él mismo ya no cazaba, y sus hermanos solo venían al pueblo dos meses de verano. Alejandro se las arregló durante mucho tiempo con un arco y una ballesta, persiguiendo gorriones y los insolentes cuervos. Aprendía. Y más tarde se hizo con una honda de goma gruesa y redonda. Y aprendió a disparar con ella magistralmente. Los gorriones eran su presa habitual. También cazaba a los cuervos, que vivían en el pueblo en bandadas y robaban los huevos de los gallineros. Por eso se lo tenían bien merecido.

Su padre apoyaba de mil maneras las inclinaciones cazadoras de Alejandro. Se interesaba vivamente por sus progresos en el tiro, incluso con la honda. Una vez su madre trajo de Uralsk una olla esmaltada y, después de lavarla, la colgó a secar de una estaca. Estaban en el patio, su padre y él, y Alejandro lanzaba piedrecitas con la honda a los gorriones. Y su padre le dice de repente:

—A esa olla no le das. No hay manera.

—¿Que no? —contestó él con desprecio.

—¡Venga, dale! —se rió su padre—. ¿A que no aciertas ni la mitad de diez tiros?

La apuesta se hizo. Y Alejandro clavó con fruición ocho piedrecitas en el centro de la olla verde. Ocho estrellas blancas brillaron en su costado. Su madre dio un grito y luego los regañó largo rato. Su padre se disculpaba riendo:

—¿Quién iba a saber que tendría tanta suerte? Normalmente ni a una vaca acierta. ¡Pero con los gorriones se ha entrenado, qué demonios!

Pero en otra ocasión su travesura cinegética acabó peor. Su madre tenía una gallina blanca y gallarda, de cuya belleza se enorgullecía ante las cosacas. La gallina escarbaba en el estiércol del patio trasero. Y ellos estaban a unos cincuenta pasos de ella. Alejandro, la verdad, esta vez temía perder la apuesta. Pero tuvo suerte: la piedra dio justo en la cabeza de la gallina, con un crujido. Y la gallina se desplomó al instante. Allí sí que se asustaron. Alejandro intentó reanimar a la gallina con su método infantil: sopló con todas sus fuerzas debajo de la cola, diciendo: «¡Cúrate, gallina, cúrate! ¡Que te duela a la urraca!» Así les habían enseñado. Pero, ay, la medicina resultó inútil. Y su madre no pudo olvidar aquella maldad por mucho tiempo, recordando a su favorita.

Con la honda solía ir a cazar a lo largo del Yerik. En primavera las orillas siempre estaban cubiertas de caza. Recuerda que una vez logró acercarse sigilosamente a unos zarapitos. Agitado, sin aliento, clavó hábilmente una piedra en el costado de uno. Este batió las alas un instante contra el suelo, pero se fue volando. La mayoría de las veces acechaba a los chorlitos, y dos o tres veces consiguió matar pequeños limícolas. Llegaba a casa como con una pieza de verdad. ¡El proveedor! O, como él mismo se llamaba, el intendente, que había leído por ahí que así se llama. El abastecedor del barco, vaya.

Su padre se burlaba bonachonamente de sus éxitos:

—Dentro de diez años te compraremos una escopeta de verdad. ¡Nuestro intendente-lector! Por aquí la compraremos, si te portas bien. ¿Entendido? Ya veremos, por así decirlo, según tu comportamiento.


Alejandro estaba sentado en el porche de la vieja casa, mirando cómo el sol se hundía lentamente en el horizonte. La estepa respiraba el fresco del atardecer, y en la lejanía gritaban los guiones de codornices. Pasó la mano por la madera áspera de la barandilla, la misma que agarraba cuando era niño mientras veía a su padre ensillar los caballos. La vida había seguido su curso, pero allí, en aquellos lugares, el tiempo parecía haberse detenido. Volvía a sentirse aquel chico mugriento que se arrojaba a los pies de sus hermanos rogándole que lo llevaran de caza, que lloraba hundiendo la cara en la crin del caballo cuando no lo llevaban, y que vio por primera vez la muerte de un animal, impactado por su belleza despiadada.

Su padre se había ido hacía tiempo. Sus hermanos se habían dispersado por las ciudades. A Fiel nunca lo encontraron: quizá se curó y vive en algún bosque, quizá encontró aquella hierba curativa y se fue adonde van todos los perros fieles. Pero el recuerdo quedó. Quedó en aquellas paredes, en las marcas del marco de la puerta, en el olor del ajenjo estepario que el viento traía de los prados.

Alejandro se levantó, recorrió con la mirada el patio donde antes perseguía a las gallinas y disparaba con la honda a los gorriones. Todo había cambiado. Pero algo permanecía, algo que no se puede describir con palabras, que vive en la sangre y se transmite de generación en generación. El amor por la estepa, por la caza, por aquella libertad primigenia que solo la naturaleza concede. Aquello que le enseñó su padre, que le enseñaron los cosacos, que le enseñó el perro fiel que se fue al bosque a buscar la hierba curativa.

Bajó del porche, se acercó al viejo pozo. El agua estaba fría y limpia, como en la infancia. Alejandro cogió un cazo, bebió, miró a su alrededor. El sol casi se había puesto, la estepa se llenaba de sombras violáceas. Desde detrás de la loma llegó un grito: alguien llamaba a los caballos. Así que la vida continúa.

Se encaminó hacia el camino donde lo esperaba su coche. Antes de irse, se volvió. La vieja casa seguía allí, arrimada al suelo como un anciano que ha visto mucho y mucho recuerda. Y Alejandro comprendió de repente que todo lo que fue no había pasado. Quedaba allí, en ese aire, en esa tierra, en su corazón. Y mientras él recuerde, mientras lo cuente, mientras regrese, todo sigue vivo. Viven su padre y sus hermanos, viven los cosacos con su salvaje bravura y su sonrisa bondadosa, vive Fiel corriendo tras el rastro en medio de la ventisca. Vive aquella pasión, aquella dulce y mal incurable que mamó con la leche de su madre y con el viento de la estepa. Y ya no hay manera de escapar de ello.

Se sentó en el coche, arrancó el motor, pero no se movió. Permaneció allí, mirando el cielo que oscurecía, la primera estrella que se encendía sobre la estepa, y sentía cómo dentro de él se alzaba algo inmenso, luminoso, inexpresable. Quizá eso era por lo que merecía la pena vivir. No el recuerdo mismo, sino la capacidad de sentir, de recordar, de regresar. La capacidad de seguir siendo aquel muchacho que se caía del carro, se levantaba, se sacudía y volvía a correr hacia adelante, porque allí, adelante, estaba la caza, la estepa, la libertad. Y su padre, que siempre lo esperaba.

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Elena Gante
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El llamado de la estepa
The Truth He Tried to Hide