Diario de Eugenia Madrid, junio, 1983
¡Pues nada, Eugenia, me voy! ¡No hace falta que me despidas! ¡Volveré tarde! Ten preparada la camisa y el pantalón azul para mañana, no te olvides. ¡Hay que recogerlos de la tintorería! gritó desde el recibidor Víctor, mientras se echaba la gabardina al hombro, se revisaba en el espejo, cogía el sombrero y salía dando un portazo tan fuerte que las vidrieras de la ventana vibraron.
Corriente de aire…, pensé al escuchar el sacudido de la ventana. Apagué el grifo, me sequé las manos en el delantal y salí a mirar el pasillo bañado de sol, las fotos familiares en la pared, el papel pintado a rayas azul celeste dos anchas, dos finas, tan luminoso todo; mi abrigo colgado en el perchero. Y entonces…
Fruncí el ceño.
¡El paquete! Víctor se había dejado el paquete con las empanadillas dentro. Me había levantado al alba para preparar esas empanadillas de cebolla y huevo como a mi Víctor le gustan. Eran para hoy, que tenía que ir a hacer una visita de obra y seguro que no tendría dónde comer. ¡La comida de casa siempre sienta mejor!
Me quité el delantal a toda prisa, me arreglé un poco el pelo y, aún con mi vestido casero sencillo, de mangas cortas y manchita de café en la falda, agarré el paquete calentito contra el pecho y salí corriendo del piso, por suerte no me dejé las llaves. Bajé las escaleras de aquel edificio clásico de Madrid, agarrada a la barandilla barnizada, que serpenteaba hacia abajo: cuarto, tercero, segundo…
Podría, como muchas otras vecinas, haberle gritado por la ventana al salir, pero no me parecía propio. Esa no era yo. Yo le daría el paquete en mano y de paso, le diría adiós, me daría un beso fugaz en la mejilla, como siempre.
Al bajar tan deprisa me faltó el aire, pero logré salir al patio de la corrala, estampando la puerta tras de mí. Ya no soy una cría, he pasado de los cuarenta y nueve, y cada vez me cuesta más correr, pero todavía puedo si hace falta.
Escaneé con la mirada la calle buscando la silueta alta de Víctor, con su gabardina gris y su sombrero claro.
Le encantaban los abrigos largos, abiertos, ondeando con el viento como si fuesen alas. Los sombreros había todo un catálogo en casa, uno para cada estación. Yo era la encargada de mantenerlos impecables, de vez en cuando le compraba uno nuevo porque para mí ese pequeño cuidado era amor.
¡El sombrero es cuestión de estilo! se defendía Víctor cuando nuestro hijo, Miguel al que pusimos así por su abuelo , se reía de él. Vosotros, los jóvenes, eso no lo entendéis, todo artificial y plástico…
¿Dónde está Víctor?
Ahí, justo al girar la esquina para perderse entre la marea de Gran Vía. Si no corro, sale en el autobús y adiós.
Corrí por el patio, saludando con la cabeza a las vecinas sentadas al sol con sus bastones y jerséis de punto. Sonreían y asentían, como celebrando mis desvelos y la felicidad del hogar.
¿Qué pasa, Eugenia? preguntó la señora Carmen, la más veterana.
¡La comida! ¡Víctor se la ha dejado, las empanadillas! le grité al pasar.
La señora Carmen sonrío con aprobación: empanadillas y amor, combinación perfecta.
Al salir a la acera, me detuve en seco. Allí, en la parada de autobús, vi a Víctor tomado del brazo de una mujer joven, de pecho generoso y risa escandalosa. Él le reía las gracias, inclinándose, y de repente ella apartó a Víctor con desprecio y se cruzó de brazos, pero él buscó de nuevo su mano, casi suplicando. Ella retiró la suya bruscamente, como si le hubiera dado una bofetada. Él le ofreció un caramelo de su chaqueta y ella, coqueta, abrió la boca dejando que la alimentara.
Sentí náuseas. ¡Dios de mi alma! Víctor, serio, decente, casi un señor mayor, humillándose ante una chiquilla. Y yo aquí, de ama de casa, con el paquete de empanadillas.
El autobús llegó justo entonces. Víctor ayudó a su acompañante a subir al vehículo y las puertas se cerraron.
Cuando el autobús arrancó, me pareció que Víctor me miraba directamente a los ojos. Me sentí diminuta, avergonzada de mi vestido casero, de las zapatillas gastadas y el dichoso paquete de empanadillas.
Me di la vuelta de golpe y caminé de regreso, cruzando otra vez el patio entre el desfile de batas y faldas floridas de las vecinas. Casi choqué con la señora Carmen.
¿No lo alcanzaste, Eugenia? preguntó mirando el paquete en mis manos. Llamaba fiambreras a esos paquetitos, siempre un poco crítica con mis desvelos por Víctor.
No me dio tiempo respondí distraída.
Qué pena, se va a echar a perder la comida. Ya le diré a Alberto que pase a por las empanadillas. ¿Estás en casa hoy?
Asentí vagamente.
Pues ya le aviso. Que las coma él, que le gustan las empanadillas. Yo no tengo paciencia para la masa.
La señora Carmen se marchó corriendo detrás de algún vecino distraído que amenazaba con aplastar sus flores, sus gritos resonaban por el patio, pero yo ni oía. Solo caminé hacia el portal, cruzando el mosaico frío, el eco de mis pasos mezclándose con mis sollozos.
Eso fue todo. Se acabó. Fin de la familia, del calor de hogar, de la confianza. Los cimientos de una vida. Yo, que no tuve más hombre que mi Víctor, a quien me entregaron con la recomendación de cuidar y querer. ¿Y ahora qué?
Me dejé caer en el taburete del recibidor, el paquete de empanadillas cayó al suelo. Mi gato Tomás se acercó, restregándose y maullando lastimosamente por comida, pero yo ni le vi. En mi mente seguía de pie junto al canalón, mirando aquel vestido azul con lunares blancos y a su dueña, mirando a Víctor. Y me rodaron lágrimas calientes por las mejillas, un llanto tan profundamente femenino que terminó gustándome, ese dejar salir la pena sencilla, sin tener que fingir ni erguida ni sonriente… sólo llorar por mí y ya está.
No sé cuánto tiempo estuve así, hasta que alguien empujó tímidamente la puerta. Tomás salió disparado. En la rendija asomó la cabeza don Alberto, el marido de Carmen. Grande, de cabellos ensortijados, mofletes colorados, con esa pinta bonachona poco refinada para la finca tan llena de funcionarios y antiguos profesores. Pero era de los nuestros, artista, un poco excéntrico como decía Víctor.
Eugenia, ¿me reconoces? Carmen me ha dicho que te sobraron empanadillas. Tenemos la cocina en obras y mi Carmen dice que coma por ahí, pero ya me harté…
Había algo cálido y honesto en sus grandes ojos grises; si no fuese por el ridículo bigote y el pelo desordenado, podría pasar por párroco de pueblo, pensé.
¿Puedo entrar a secarme los zapatos? Que venía de la plaza y he pisado un charco…
Dejé los zapatos mojados en el balcón, pero Alberto prefirió quedarse en calcetines, a los que asomaba un dedo por un agujero.
Ya estaba él trajinando en la cocina, abriendo armarios y tarros, cuando me pidió té bien oscuro, con limón. Me puse a ello en piloto automático, incapaz de sacudirme el frío del alma pensando en Víctor y en la otra mujer. Intenté convencerme de que solo fue una casualidad, que aquello no podía ser real.
Pero Alberto se torció de pronto:
¿Me vas a echar el mismo té recalentado de esta mañana? Un invitado de honor merece lo mejor, no seas tacaña dijo olisqueando desde lejos la pequeña tetera de porcelana que siempre usábamos. Hizo una mueca. Al fregadero con ello, mujer.
Le rellené la lujosa tetera de porcelana azul cobalto y oro, su favorita. Insistió con el capricho y con sus excentricidades. Puse las empanadillas en bandeja buena, le pasé aguja e hilo para que se remendara los calcetines, y me sentí ridícula; yo, licenciada, maestra retirada y mujer capaz, ahora a sus pies por pura costumbre.
De repente Alberto pegó un golpe en la mesa y alzó la voz:
¡Pero por el amor de Dios, Eugenia! ¿Cómo permites que te traten así? ¿Dónde está la mujer majestuosa de antes? ¡Antes eras una reina! Te admiraban tus alumnos, todo el barrio se rendía a tu elegancia… ¿Qué ha pasado? exclamó, extendiendo los brazos.
Me cayó mal lo que decía al principio, pero conforme me imitó riendo mis frases habituales, sonreí casi a mi pesar. Sí, seré una gallina, pensé, pero a mí me gusta cuidar, mimar, servir. Pero él replicó:
Lo has convertido en un niño, y los hombres no necesitamos niñeras. Necesitamos pasión, lucha, sentirnos vivos… Has dejado de ser su esposa y te has hecho su madre. Por eso busca a otras, para sentirse joven.
No podía entenderlo. Toda mi vida la había dado por mi familia, dejando hasta mi trabajo de profesora, relegando mis pasatiempos, mis salidas, hasta mis amigas. Al menor gesto de molestia de Víctor, cedía. Hasta pintaba menos y cantaba menos, por no molestarle con los olores de los pinceles y el ruido.
Y así has dejado de ser tú misma, Eugenia, y lo has llenado todo de comida y ropa limpia, pero él no quiere eso, ya no. ¡Reacciona! ¡Resucita y vuelve a ser tú!
Siendo sinceros, tenía razón. El espejo no mentía: ni manicura, ni tacones, ni vestidos nuevos. ¿Para qué, si nadie lo iba a notar?
Miguel, mi hijo, solo venía una vez al mes, comía, recogía sus fiambreras y se iba. Las amigas me llamaban muy de tarde en tarde. Mi vida era mi marido, y él, resulta, ya ni me quería cerca.
No te derrumbes, Eugenia. ¡Vuelve a florecer! No todo está perdido sentenció Alberto, acabando la última empanadilla. Tus empanadillas valen un potosí. Si tuviera dieciocho años menos, te conquistaba ahora mismo.
Se marchó animoso y me quedé sola.
Víctor volvió muy tarde, con olor a vino y a colonia ajena.
La conferencia se alargó murmuró, dejándome la cartera y haciendo un gesto de dolor de espalda . Sírveme patatas, y vodka, con lágrima.
Le retiré la cartera y, fría, contesté:
No puedo, Víctor. Tengo que preparar mi maleta.
¿Te vas? ¿Por qué vas tan arreglada? Se quedó pasmado al verme con mis mejores sandalias, mi vestido beige y los cabellos peinados impecables.
Me esperan en un congreso de educación en Valencia. Apáñate tú solo estos días, Víctor. La vida sigue, contigo o sin ti.
¿Y la camisa? ¿Quién me la plancha para mañana?
Tú mismo, o que venga tu nueva amiga. No me importa, Víctor. Adiós.
Salí cerrando la puerta. Notaba el peso de la maleta molestando en la mano, pero la emoción era más fuerte. Bajé las escaleras de puntillas, escuchando el eco de mis tacones marchando hacia una vida diferente.
Oí a Víctor llamarme desde el descansillo, pero su voz apenas me alcanzó.
Eugenia, le oí suspirar al fin.
Ahora que lo pienso, lo único que le quedaba era llamar a alguien, y llamó a Fátima, la chica del autobús. Pero ella fue clara: si tienes problemas, llama al médico, no me molestes, y colgó. Fátima parecía tan independiente desde el principio. No era yo. No era yo en nada.
Al final, Víctor fue a la cocina tambaleándose, y allí estaban mis empanadillas, frías sobre la bandeja. Gimió. Lo había perdido todo él solo, con sus propias manos.
…
Volví al día siguiente acompañada de un médico y un ramo de rosas. Yo misma las compré, y las coloqué en el jarrón de cristal. Olía a perfume y a un poco de tabaco sí, a veces fumaba para calmarme.
Espere, doctor, no pinche todavía interrumpí al médico sobre el paciente.
¿Ahora qué pasa? preguntó el doctor, aguja en mano.
¿Qué le prometiste a esa tipa, Víctor? Las mujeres así no se enredan por nada; para ella eres viejo.
No soy viejo, estoy en la flor de la vida…
Jubilación remató el médico con sorna. ¿Qué le prometiste?
U…una plaza fija. Y una ayudantía. Pero no le he dado nada. ¡Solo a ti te quiero, Eugenia! Perdóname, por favor.
Nada de eso. Eres hombre, y debes cumplir tu palabra. Ella tendrá su plaza y su ayudantía, para no sentirse humillada. Y tú te vas de tu oficina. No me importa dónde, pero a casa no vuelves igual. Yo, por mi parte, vuelvo a trabajar desde la semana que viene. El dinero del planchado y de la comida, que lo gestione quien quiera. ¿No te gusta? Pues te divorcias. ¿Lo has entendido?
Víctor asintió resignado, gimiendo de dolor, con el sudor bañándole la frente. El médico se echó a reír, y Alberto, el artista, asomaba por la puerta; seguro que en cualquier momento llegaba la señora Carmen para presenciar el espectáculo.
Entendido, todo entendido… ¡Ponga ya la inyección, que me muero!
Yo asentí y el doctor hizo su trabajo.
Fátima, mientras tanto, alcanzó su plaza fija y no volvió a mirar a Víctor. Los ascensos y el doctorado ya eran suyos, gracias a ese tonto enamorado. Pronto encontraría a otro.
Víctor se marchó. Nadie entendía el motivo, dejar un puesto así Solo dijo que había dado su palabra, sin más explicaciones.
En la fiesta de despedida me llevó de la mano con los pendientes de oro y un vestido nuevo; bailó conmigo un tango y me miró de un modo que nunca había mirado a Fátima.
La respuesta era simple: porque, para Víctor, yo lo era todo. Yo era el aire que respiraba y solo lo entendió cuando se ahogó sin mí. No por la comida caliente ni los cuidados: yo era su libro sin terminar de leer, misteriosa y viva, como una fresa veraniega madura al sol.
Y Fátima… Fátima aún no ha aprendido a leer libros así. Quizá algún día lo consiga. ¿Quién sabe?
EugeniaNunca más volví a ser invisible.
El reloj de la entrada, que durante años solo marcó la hora de las comidas de Víctor y las visitas de Miguel, empezó a darme un ritmo distinto. Recobré mis pinceles, mis alumnos, mis charlas de café en la Plaza Mayor y risas con la señora Carmen, que me abrazó un día y dijo: Ya era hora, Eugenia. Descubrí que las tardes sin hacer la cena podían ser doradas y lentas, y que el té sabe mejor cuando se comparte con quien te escucha de verdad.
En casa, bailé sola al compás de un bolero tras cerrar la puerta a los que solo sabían pedir. Abrí las ventanas, empañadas de silencio y recuerdos, y dejé que entrara un aire fresco, perfumado de jacarandas y ganas de vivir.
Víctor intentó volver, claro: con cartas larguísimas, promesas de viajes y cenas en restaurantes elegantes. Pero ahora mi respuesta estaba siempre lista: No busco ya quien me abra la puerta, sino quien quiera salir a caminar conmigo, bajo el mismo sol.
Y Miguel, al fin, se sentó a mi mesa, ya no solo para llevarse fiambreras. Aprendió a preparar empanadillas; la receta era simple, le dije, lo complicado era darles la forma y el mimo exactos, el secreto de mi madre y el mío. Nos reímos, y por primera vez sentí su hombro junto al mío, igual en la vida que frente al fogón.
Un día, la señora Carmen apareció meneando la cabeza y dijo: Eugenia, tienes las manos de artista y el corazón de reina. Habrá quien lo sepa ver, y quien no pero da igual, lo sabes tú. Miré mis manos, llenas de arrugas y harina, y por fin me parecieron hermosas.
Y así, terminé mi diario aquel verano, en una esquina soleada de Madrid, mientras Tomás ronroneaba a mis pies, las rosas se abrían y otra tanda de empanadillas doradas perfumaba el aire, solo para mí.
Me reí, sola y libre, y en ese instante supe que, aunque todo cambie, siempre hay tiempo para escribir una nueva página, y para morder, sin culpa, la vida aún caliente.






