El Hada

¡De mayor voy a ser un hada!

Lucía, cariño, ¿por qué un hada?

Porque quiero, mamá. ¡Y punto!

Lucía se deslizó de las rodillas de su madre, donde había estado disfrutando de las felicitaciones por su quinto cumpleaños, y colocó con dignidad la amplia falda de tul.

Mamá, las hadas son todas guapas y muy listas. ¡Y pueden hacerlo todo! ¡Yo también podré!

¡Por supuesto que podrás! Sandra intentó abrazar a su hija, pero ella ya había dado un saltito hacia atrás.

¿Y la tarta?

Pronto. Ve a jugar un rato con los peques, que en cuanto esté, te aviso, ¿vale?

¡Vale!

Sandra se quedó mirando cómo los bucles de su niña, que le había hecho con tanto esmero aquella mañana, botaban al ritmo de sus saltos, y sonrió:

Qué niña tan resuelta me está saliendo Y lista. ¿Qué otro crío de su edad te suelta así sus ideas? Es para quedarse de piedra ¡Todo lo puedo!

Sobre todo, que nadie le rompa ese convencimiento añadió su mejor amiga, Marta, asintiendo mientras recogía los restos del confeti. Menos mal que no has caído en lo de los padres de mira la vida con realismo, que tienes mucho camino por recorrer Simplemente hay que creer en los niños y ellos acaban pudiendo más de lo que creemos. Te lo digo yo, que cuando mi Carlota puso un pie en la escuela de danza

Sí, sí, tu Carlota es un prodigio la cortó Sandra, riéndose. Chicas, ¿me ayudáis? Que toca cortar la tarta. Giró sobre los tacones y se encaminó a la cocina.

La casa, amplia y luminosa, parecía estar a punto de despegar del jaleo de criaturas. El suelo estaba sembrado de serpentinas y trozos de globos explotados. Un ramo de tulipanes los que su madre, Mariana, le había mandado especialmente para felicitar a su nieta languidecía en un rincón, y Sandra arrugó el ceño al pasar.

Ahora Mariana vivía a quince minutos en coche, pero antaño apenas iba a visitar a su hija, prefería que Lucía estuviese bajo su techo.

Hija, aquí me encuentro incómoda Me da miedo romper algo. Todo es tan no sé, tan de revista.

¡Ay, mamá, tampoco nos hemos vuelto jeques! protestaba Sandra. Es bonito, simplemente hemos trabajado mucho, Jaime y yo. Así que disfrutamos lo que podemos permitirnos.

Ya, hija, pero yo en casa estoy más tranquila.

Lo que tú digas. Lo importante es que Lucía esté bien.

Desde recién nacida, la pequeña había vivido bajo la protección de su abuela.

Mamá, no me da la vida. Sandra se pintaba el rabillo del ojo antes de salir volando al trabajo. Si paro ahora, tira a la basura cinco años Todo va a mil por hora, y no son solo mis euros, son las familias que dependen de mí. Pero sobre todo, Lucía es mi prioridad.

Pero ¿no crees que para la niña sería aún más importante que estuvieras con ella mientras es tan chiquitita?

¡Mamá, ahora no empieces! ¡Sé lo que hago! ¿Quién la va a sacar adelante, si no soy yo? ¿Quién le va a dar todo lo que necesita?

¿Y Jaime?

¡Mamá, por favor! Claro, él también, pero es un hombre. Hoy está aquí, mañana a saber. ¿Y si un día desaparece?

¡Madre mía, qué cosas! se escandalizaba Mariana. ¿Ya sospechas algo?

¿Quién sabe? ¿Acaso tengo tiempo de fijarme? A saber ¡Si no me entero de lo que pasa en mi propia casa! Entre embarazo y parto, me quedé fuera del mundo. Ahora toca recuperar el tiempo perdido, mamá, ¡tienes que ayudarme! ¿Sí?

Claro que sí Mariana, mirando a su nieta dormida, movía la cabeza con ternura. Qué pequeñita Tú eras más grandecita.

¡Pues no pasa nada! Crecerá, mamá.

Y la niña crecía. Un poco enclenque y pillando todos los catarros, pero Mariana ya no entraba en pánico. Llamaba a su pediatra de cabecera, con la seguridad de una madre curtida. Sandra, siempre contrarreloj, sólo respondía escuetamente:

Mientras no me traiga fiebre de cuarenta Vosotras mismas, que tengo una reunión.

Lucía se abrazaba al cuello de su abuela con sus manitas calientes y sollozaba contra su hombro.

Ya está, pequeñaja, vamos a por un zumito, luego a dormir y ya verás cómo todo pasa. ¿Cuento? ¿Quieres que te lea uno?

¿De hadas?

También, si quieres.

¡Siiii!

Aquel álbum lleno de ilustraciones preciosas se lo había traído su padre de Londres.

Ramón, pero esto está en inglés protestaba Mariana.

¿Y? Que la chiquilla se acostumbre a otro idioma respondía él, práctico. ¡Si tú has dado clase en la Universidad! Seguro que podrás apañar una traducción.

Sí, sí, podré, pero voy a tener que empezar antes con el inglés

La vida de Mariana se llenó de aquellas pequeñas ocupaciones de los sustos y alegrías de su nieta y no le podía hacer más feliz. Por primera vez en años sentía que todo tenía sentido de nuevo.

En la década desde que Sandra se casó y acabó la carrera, Mariana la había visto poco. Siempre iba corriendo, reservando el tiempo justo para las comidas familiares. Cansada de las negativas de su hija, Mariana dejó de insistir, pero echaba de menos cuando Sandra volvía del instituto y se acurrucaba en el sofá con sus piernas cruzadas, su taza de té de menta y empezaban a charlar de cualquier cosa. En Sandra estaba todo su mundo.

La había tenido muy joven. Ni veinte años tenía Mariana. Aquella boda precipitada con un compañero de clase fue un despropósito. Se separaron al año y Sandra se convirtió en la única constante en el caos que fue su juventud, especialmente tras quedar su madre enferma y a su cargo durante más de una década. Enferma, olvidadiza y con una niña que la reclamaba toda entera.

Mariana no era lo que se dice una belleza, ni de joven ni después. Pero Sandra, gracias a una fortuna de la genética, sí lo fue. Y su madre, orgullosa, sólo pensaba en darle todo: clases de baile, música, talleres de idiomas Al terminar el colegio, podía decir que había hecho todo lo posible. Solo le turbaba la dureza con la que su hija defendía sus intereses: jamás toleraba una afrenta y pasaba por encima de quien hiciera falta para lograr sus metas.

Mamá, necesito esos zapatos. ¿Sabes que no puedo ir al primer trabajo con los que tengo? Tengo que dar la talla, ¿vale? Es importante.

Mariana tiraba de los ahorros para las vacaciones y se los daba. Ya irían a la playa otro año: lo primero era que a Sandra le fuera bien.

La boda con Jaime fue el éxtasis de tanto esfuerzo. Mariana lloró con dulzura viendo a su hija cruzar el salón, ruborizada y magnética. Jaime nunca le terminó de convencer del todo; había algo distante en él. Pero, repitiéndose que cada uno es como es, lo dejó estar, sobre todo porque su hija le insistió:

Mamá, este matrimonio no es solo amor: también hay un pacto. Eso lo hace fuerte.

¿Y qué acuerdo, hija?

Socios, mamá. Todo a medias desde la boda. Vale, no reclamo lo que tenía antes, pero después todo sí. Solo me pide una cosa.

¿El qué?

Que le dé un hijo. Un niño la miró con seriedad. Si lo hago, renegociaremos los términos.

Qué cosas tan raras No sé, a mí solo me importa que seas feliz.

Lo seré, mamá.

Nunca hablaron más del tema. Sandra se enfrascó en el negocio que montó Jaime y en médicos, porque lo del niño no terminaba de llegar.

El nacimiento de Lucía fue un inesperado giro del destino.

Para qué fiarse de las ecografías modernas farfullaba doblando una mantita azul, convencida de que sería niño. ¡Mamá, tres veces me aseguraron que era chico! ¿Y esto tiene pinta de niño?

Pero hija, ¿una niña qué tiene de malo?

Nada, mamá, nada Es solo que tenía otras expectativas. Será cuestión de tiempo.

Ya vendrá el niño, Sandra. Dale tiempo, que llega.

Ojalá

Pero cada revisión médica era una decepción, más aún tras probar tres clínicas privadas. Al final, Sandra lo dejó correr.

No sé qué más hacer, mamá, ya lo he probado todo.

Quizá es hora de centrarte más en la niña que ya tienes.

¡Mamá!

¿He dicho algo incorrecto? Ya tiene casi cinco años, está hecha un sol. ¿Y quién dice que un padre solo quiera hijos varones? Cambia los términos del contrato.

Sandra lo pensó detenidamente, y empezó a traer más a Lucía a casa.

Pero Mariana puso límites. Cuando la pequeña se enfermó nada más cambiar de casa, la abuela tuvo que mudarse temporalmente.

Mamá, aquí hay espacio, la niña está contigo y no te preocupas.

Resignada, Mariana se instaló, aunque siguió extrañando su piso de siempre. Sabía que Sandra y Jaime estaban distantes, pero optó por no meterse. La protagonista era Lucía, que correteaba por el salón con cara angelical, preguntando:

Abuela, aquí hay sitio de sobra. ¿¿¿Puedo tener un perro???

Eso no me toca decidirlo, cariño.

¿Por qué no? La niña escrutaba a su abuela. ¿No es un poco tu casa?

No cielo, es de tus padres. Yo tengo mi piso, allí sí puedo mandar. Aquí, solo cuando tiras el café por la mesa, sí te puedo regañar. Pero perro no.

¡Vaaaale!

Lucía se sentó en el suelo, pensativa. Mariana la observó. Esa cara era la misma que ponía Sandra cuando tramaba algo importante. Seguro que pronto tendría más novedades.

¡Se lo pediré a papá! decidió la niña, de repente.

Así fue: esa misma noche, Lucía se plantó en el despacho de Jaime esquivando miradas severas:

¿Me quieres?

Jaime se quedó a cuadros. Ese tipo de conversaciones le superaban.

Claro, los padres quieren mucho a sus hijos.

Me da igual los padres. Quiero que tú me quieras.

¿Quieres un juguete nuevo?

¡No! ¡Quiero un perro!

¿Un robot?

¿Pero qué dices? ¡Uno de verdad!

Jaime se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz:

¿Grande?

Da igual, pero que sea bueno.

Elige uno y ya hablarás con mamá.

Sandra no estaba tan convencida. Discutieron largo y tendido, sin saber que Lucía escuchaba tras la puerta.

No es un peluche, Jaime. Un perro es una responsabilidad.

Para eso está tu madre, o la asistenta replicó él. Donde hay un niño, cabe un perro.

¿Y los gastos? ¿Y el veterinario?

Hay clínicas a patadas. Y si no, coged un perro mestizo y listo, te ahorras disgustos.

No es tan fácil.

Pero tampoco es el fin del mundo dejarla tenerlo, Sandra.

Lucía supo entonces que su victoria era inevitable. Y, efectivamente, a los dos días llegó a casa un pomerania diminuto. Dos meses después, tras el cumpleaños de Lucía, Sandra recogía trastos para volver al piso de Mariana.

La madre seguía ausente, pendiente del móvil y de su larga lista de asuntos. Lucía preguntó bajito:

Abuela, ¿qué le pasa?

Ya te lo explicará Ahora nos quedamos aquí más tiempo.

Sólo unos días después de la gran fiesta, Sandra bajó con una maleta:

Mamá, prepara las cosas, nos mudamos. Haz la maleta de Lucía, que no tengo tiempo.

Sin preguntas, Mariana obedeció, algo encogida por la frialdad de su hija. Por la noche, mientras ponía té para Sandra, intentó sacar el tema.

No preguntes, mamá. Nos divorciamos.

Mariana soltó un suspiro, mirando de reojo al pasillo, donde Lucía veía dibujos.

Tiene otra. Y un hijo.

Sandra escondió la cara en las rodillas. Mariana intentó abrazarla, pero la vio riéndose.

Creí que llorabas

Pues no. Se acabó, mamá.

El motivo del cambio de familia de Jaime jamás se aclaró, pero fue civilizado. Al cabo de medio año, Sandra compró y arregló un piso propio, en el mismo barrio. Sus vidas encajaron de nuevo en una rutina menos lujosa, pero al menos, estable.

Lucía crecía tozuda y con talento para conseguir que sus intereses fueran prioridad familiar. Sandra se había resignado a que la niña tuviera todo lo que deseaba, sin poner muchos límites.

Sandra, no es bueno.

Está creciendo lista y espabilada. Ahora hay que enseñarles a mirar por sí mismos primero.

No estoy de acuerdo. Me da miedo por Lucía.

Yo no. ¡Si hubiera sido más egoísta, quizá seguiría con Jaime!

Lo preocupante es no ver a tu hija estalló Mariana. Sus necesidades principales requieren a una madre.

Te tiene a ti.

Y menos mal. Pero sería perfecto si estuvieras tú también.

¿Para qué, mamá? Si me hace más caso a mí que a ti

Porque sé decirle no. Tú no se lo dices nunca.

Prefiero que sepa que puede conseguir lo que sueña. Prefiero ser su compi, no su ogro.

Mariana tiraba la toalla suspirando. Discutir era absurdo: Sandra tenía claro su proceder, Lucía, también. La abuela seguiría apoyando, porque quería a la niña más que nada.

Sandra apenas estaba en casa; se escapaban juntas solo para comprar, eso sí, a lo grande.

Tienes que cuidarte. Si la naturaleza no te ha hecho miss, puedes disimular con buena ropa y maquillaje bueno. Apunta.

Aquí sí la pequeña escuchaba; lo de vestirse bien y maquillarse, sí. El armario de Sandra era su joyero secreto.

Esto, esto y, con suerte, esto. Lo demás, ni se te ocurra, aún eres pequeña Sandra señalaba atuendos. Solo lo justo.

Las chicas del cole alucinaban con su neceser: maquillaje bueno, ni idea de cómo lo lograba.

La piel hay que cuidarla, ¿eh? le tiraba la otra abuela. Nada de baratijas.

Mariana lo veía y, resignada, intentaba suavizar el carácter de su nieta, aunque con poco éxito. Acabó el bachillerato, entró en la facultad donde habían estudiado tres generaciones. Al estrenarse como universitaria, prácticamente desapareció de casa, inmersa en la divertida y caótica vida universitaria.

Así que Mariana fue la última en enterarse del bombazo.

¿¡Que te casas!? ¿Con quién? le temblaban las manos y se le cayó la taza al suelo.

Con Eduardo Ramírez Bueno, Edu, mi Edu canturreó Lucía, encaramándose en el sofá. Es profe, pero no mío No pongas esa cara. Joven, de verdad, y un cañón.

La tontería de que estaba casado la descubrió por Sandra.

Pero, ¿cómo? Mariana se llevaba las manos a la cabeza.

No me tiene que preocupar su mujer, mamá, ni sus criaturas. Solo Lucía, y ella le quiere a él.

¡¿Pero dónde hemos fallado?! gimió la abuela. Eso no se hace

¿Por qué no? No está atado con correa. ¡Bah, mamá! Piensa en la felicidad de tu nieta, no en los demás.

¿Y si no la encuentra? Mariana vació el vaso al suelo y salió dando un portazo.

La boda fue desangelada. Los padres de Eduardo no quisieron acudir, ni tampoco Jaime, que dará por bien pagada su ausencia regalando un piso a su hija. Sandra amuebló el piso nuevo sin consultar; Lucía estaba ocupada con los preparativos.

¡Mamá, mira el vestido! Es La Hada. Lo quiero.

Es una señal. ¿Recuerdas cuando querías ser hada?

¡Claro! Y ahora lo seré. Mi vida será mágica, ya verás. ¡Todo me irá bien!

Todo irá bien repitió Sandra, pellizcando el encaje de la cola.

Mariana, tras aguantar estoicamente el bodorrio, se escabulló diciendo que no se encontraba bien.

Lucía bailaba junto a su nuevo marido, esperando poder soltar la paloma blanca, tan azorada como la propia novia.

¿Y ahora qué, Señor? suspiró Mariana en el taxi. Dame fuerzas, me van a hacer falta.

Lucía, claro, se divorció en menos de un año, a las pocas semanas de nacer su hija. La nueva conquista de Eduardo era compañera de Lucía en la facultad. Sorprendiéndoles en una romántica escena, Lucía solo hizo un comentario:

Hay que fumigar el aula, mamá. Salen cucarachas.

Pilló los papeles y llamó a Jaime para que le echara una mano.

¿Te das cuenta de que sales huyendo? Sandra le reprochó. Podrías haber luchado.

¿Para qué? Si ya no es mi sitio. Nunca me paré a pensar cómo se sentía la otra. Solo ahora entiendo que todos queremos nuestro lugar

¿Ves como eres una niña todavía? se enfadó Sandra.

Ya no, mamá. Eso se acabó. Al hada se le han caído las alas.

Mariana hacía las maletas, llorando disimuladamente, intentando tranquilizar a su bisnieta.

No pasa nada, cielo. Mamá es fuerte. Tú eres fuerte. Todo irá bien.

Sandra se quedó en su piso, y Mariana, resignada, volvió al suyo, feliz al menos de saber que juntas estarían bien.

Pasados unos años, en un parque de Madrid, una mujer joven paseaba con una niña que era la viva imagen de ella.

¡Mira, mamá! ¡Lo que hemos hecho hoy en el cole! La pequeña rebuscó en la mochila y sacó una varita con una estrella de papel de plata arrugada. ¡Oh! Se ha chafado

¿Qué es eso, Inés?

¡La varita mágica! Como la de las hadas. Pero está un poco fea

Nada, mira, ¡se arregla! Lucía enderezó la estrella y agitó la varita. ¿Ves? Funciona. Nada grave.

¿Cómo sabes que funciona? ¿Qué has pedido?

Que todo nos vaya bien y que todos estén sanos.

No funciona Inés se puso mustia. ¡Si la abuela está en el hospital!

Ya no. Ahora está en casa.

¿En serio? La niña saltó por el paseo.

En serio. Cuando lleguemos, la verás esperándonos.

¡Dámela! Ahora yo. Le arrebató la varita y susurró algo con convicción.

¿Qué has pedido?

No te lo digo.

¡Eso no vale! Lucía rio, acomodando los rizos de su hija. Yo sí te lo he contado.

Está bien: solo uno. He pedido muchos, pero uno es que estemos siempre juntas.

Lucía se agachó frente a su hija.

¿Por la abuela?

La niña asintió.

No puedo prometerte eso, corazón. No soy un hada del todo Pero sí podemos estar juntas todo el tiempo posible y querernos incluso cuando no estemos cerca. Cuando tú vas al cole y yo al trabajo, ¿sigues queriéndome? Yo también a ti, todo el día.

Inés asintió y, determinada, volvió a agitar la varita.

Pues voy a cambiar mi deseo: que la abuela se ponga muy, muy bien y que estemos juntas mucho, mucho tiempo. ¿Vale, mamá?

Lucía se levantó, le quitó la pelusilla de la falda y asintió seria.

¡Eso es el mejor deseo! Vamos a enseñárselo a la abuela. Seguro que ella también quiere pedir uno. Porque, ¿sabes qué? Tu abuela sí que es un hada de verdad.

¿De verdad-verdad?

¡Por supuesto! La mejor del mundo.

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Elena Gante
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